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Y esa es la promesa que parece que no es muy cumplidora: si hacemos
x, y, z, entonces seremos otros -o por lo menos nos dará esa ilusión.
Pensamos que tiene que haber algo en el mercado que nos haga más guapos,
más inteligentes, más jóvenes, más integrados, más fuertes, más sabios.
¿O no?
Y es en las transiciones donde parece que nos sentimos mejor. Es en el
proceso de cambio de lo viejo a lo nuevo, donde nos sentimos ganchados,
como si fuéramos adictos a lo “nuevo”.
Los comienzos, los principios, los cambios, son bellos, retadores, y
estimulantes. Dan la impresión de que al cambiar algo dejaremos de ser
las viejas versiones de nosotros mismos.
Nada como un romance nuevo en plena primavera. Cuando se está enamorado
el rostro se nos pone rosita, el peso se aligera, estamos animosos,
dadivosos, divertidos, relajados; sonreímos más y la vida nos regresa la
sonrisa.
Un empleo nuevo, qué emoción. Aquí sí me van a reconocer lo que valgo,
me van a dar independencia, el ambiente se ve bueno, las oficinas están
agradables: cómo duré tanto en mi otro trabajo.
Pregúntale a cualquier pareja joven si se quieren ir a “estudiar la
maestría” a otro país de recién casados; qué más pueden pedir: una luna
de miel prolongada y una sensación de ellos vs. el nuevo mundo.
Llevado al extremo, el efecto de lo “nuevo” también puede caer en lo
patológico, pero no deja de reflejar una propensión del humano a la
renovación -como sea que cada quien la interprete. Un hombre cincuentón
norteamericano fue encarcelado por haber abandonado a cinco esposas
-tres de ellas con hijos.
La rutina era llegar a un pueblo nuevo, con una identidad nueva, se conseguía un empleo nuevo, una esposa nueva y después de un promedio de cinco años, decidía no regresar a su hogar y simplemente desaparecía de un día a otro.
Con tintes de novela, abandonaba en sigilo a su vieja vida y se
aventuraba a una nueva. Cuando le preguntaron por qué hacía esto,
contestó que porque se aburría. Oh my God.
Desde el punto de vista de mercadotecnia de productos, la promesa de
venta se basa en que: si usas esto que es nuevo, tú serás renovado.
Y por ahí andan los nuevos perfumes –y lociones para hombres- que tiene
feromonas humanas o algún otro tipo de químico exótico, que al
combinarse con la piel ofrecen una mezcla irresistible. Te harán
deseable, sexy, seductor y el sexo opuesto caerá rendido. ¿Desde que uso
x loción, mi vida cambió?
Ah, y las fajas con nueva tecnología y fibras de vanguardia. Las que
aprisionan amablemente los glúteos, el abdomen y llantitas. ¿Si uso x
faja, de seguro ligo, consigo pareja y entonces seré feliz?
También está el nuevo producto para el aliento que trabaja desde adentro
del intestino, y que dura horas enteras. Los besos serán los mejores de
tu vida. ¿Con x fresco-aliento, ahora sí estaré seguro, le van a
encantar mis besotes y me va amar?
Los publicistas suelen cargar de magia los productos y servicios que
comunican porque -como niños chiquitos- la masa queremos creer en la
magia de la transformación de lo que adquirimos.
Un buen amigo cambia su personalidad -es otro- cuando se pone sus
anteojos oscuros; el problema es que ni de noche se los quiere quitar.
Algo similar ocurre cuando la mujer se pone un vestido nuevo o regresa
de la estilista; y más nos vale a los hombres notarlo, y decírselo
varias veces: qué bonita quedaste.
Y desde niños parece que esto ya está formado.
La niña –apenas con cuatro años- se puso firme: ella quería ponerse el vestido de su prima mayor. No hubo poder humano para poderle quitar ese floreado vestido, a pesar de que le arrastraba y podía tropezarse. Tras llantos y gritos, se salió con la suya.
Cuando la lucha cesó y el ambiente se relajó, le pidieron que
modelara, y caminó como en pasarela, se volteó como modelo. Qué bonita
te ves con ese vestido. Y ella, sonriendo dijo “soy una princesa”.
Aparte del aspecto transformador en lo personal. El manejo de lo Nuevo
es un vehículo de comunicación ya que le da a la gente de qué hablar, al
mismo tiempo que funciona como un método para establecer o validar
cierta condición social dentro de un grupo.
Por ejemplo, ¿conoces las islas griegas; no has ido al nuevo sector
de Valle de Bravo; ya fuiste a x restaurante nuevo; qué te parecieron
los videos de los políticos; ya viste la Pasión de Cristo?
Y este es uno de los puntos fundamentales de un negocio: llevar el
negocio a lo coloquial, que se hable de él, que se recomiende. La
relaciones públicas, en el sentido amplio, sigue siendo la forma más
efectiva de dar a conocer y/o promover un negocio.
Resumiendo, la sensación de transformación con lo “nuevo” no es
permanente, es volátil por naturaleza. Por ejemplo si viajamos, como
quiera ahí nos llevamos a nosotros mismos: la “solución geográfica o de
locación”, rara vez funciona.
Dicho todo lo anterior, me permito proponer un nuevo término: Noveísmo,
que se podría definir de la siguiente forma:
1.-La creencia de que al experimentar y/o incorporar algo nuevo, todo
cambiará para bien.
2.-La propensión a buscar cosas nuevas para aliviar situaciones y
problemas actuales, con la expectativa de que - por ese simple hecho-
desaparezcan.
3.- La búsqueda incesante de algo externo, para llenar una necesidad
interna.
A los mercadólogos: ojo, el noveísmo es una mina de oro. A los
consumidores: cuidado, el noveísmo puede convertirse en una trampa.
Este fin de semana haz algo -responsablemente- que nunca hayas hecho
antes en tu vida. Atrévete, rejuvenécete, y disfruta de lo satisfacción,
usualmente temporal, de la renovación.
Horacio Marchand - horacioarrobahoraciomarchand.com
MBA (Universidad de Texas en Austin, 1991), Lic. Administración de Empresas (ITESM, Campus Monterrey, 1980)
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