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Hace pocos años, un ejecutivo inglés, especializado en hacer
investigaciones de mercado, vino a México por un período de tres años.
Toda la familia estaba emocionada: subieron las pirámides, nadaron en
las playas, comieron pozole y mole, aprendieron algunas palabras en
castellano. Todo, como muchos comienzos, iba muy bien.
A los 4 meses, por cuestiones de salud, su esposa y su hija de 4 años
tuvieron que regresar a Inglaterra y él se quedó solo.
Al principio sintió que fueron vacaciones. Llegaba tarde a su
departamento sin rendirle a nadie, algunas noches se iba de copas y
otras de visita a algunos antros; también le dio por visitar museos y
leer en las bancas de parques los fines de semana.
Pero tras algunas semanas empezó a sentirse solo. También empezaron sus
problemas en el trabajo y la grilla corporativa lo golpeaba
despiadadamente. Por su origen anglo, sentía que no podía leer bien las
sutilezas de nuestra cultura.
Empezó a perder el sueño y todo el escenario era el ideal para que
regresaran las apariciones de sus viejos fantasmas: sentimientos de
inferioridad, inseguridad en su capacidad y su lucidez y una sensación
extraña de soledad.
Ya había enfrentado estas cuestiones con un sacerdote, con un psicólogo
y un psiquiatra. Incluso llegó a sentir que estaba al borde de
enloquecer. La realidad era, creo yo, que nunca se había dado el tiempo
de analizar sus sentimientos, ni había practicado la introspección y por
eso se desconcertaba.
Y empezó a tomar ansiolíticos. Se los habían recetado en el pasado
porque adicionalmente a la disminución de ansiedad, tenía el efecto
secundario el provocar el sueño. Y de ahí se agarró.
Dormía delicioso. Dejó de ir a los antros, le bajó al consumo de
alcohol, retomó el ejercicio. Empezó a llegar más temprano a la oficina
y a sentirse mejor.
Pero el efecto duró poco y al tiempo incrementó sus dosis de
ansiolíticos y otra vez se sintió mejor.
Al cabo de unos meses, además de la noche, una a media mañana le sentía
bien para enfrentar el trabajo y se convirtió en un ritual de dos veces
por día.
Y así siguió por espacio de tres años. Terminado su contrato regresó
feliz a su país. El encuentro definitivo con su familia y el poder
personal que da tu lugar de origen se hizo manifiesto. Regresó también a
su trabajo anterior y todo pareció acomodarse.
Lo único a lo que no regresó fue a su independencia de los ansiolíticos.
Eran tan importantes en su vida que cuando viajaba por avión los metía
en su bolsillo, por aquello de que se le perdiera su equipaje.
Una noche antes de acostarse se topó con la horrorosa sorpresa de que la
caja estaba vacía. Desesperado volteó su casa al revés buscando la
pastillita. Despertó a la señora, le ayudó a buscarla, pero nada. La
receta para ir a surtirla a una farmacia que abría las 24 horas tampoco
apareció.
Fue una noche horrible. Se fue de la recámara para no importunar a la
mujer y tuvo quizá la peor noche de su vida. En la noche todo es más
feo, más negro, más imposible, más pesado. Es en la noche que las cosas
se transforman y nos agobian a la décima potencia. Y él estaba ahí
frente a su angustia.
Se dio cuenta que era un adicto. Una forma sofisticada y elegante de
junkie.
Fue con una psicóloga para pedirle su opinión. Y ella le dijo que, en su
experiencia, algunas personas que tomaban ansiolíticos se hacían con el
tiempo inseguras, indecisas, con poca claridad mental, con un bajo
libido, baja energía y con una pérdida de concentración y de memoria.
El inglés salió asustado. El se sentía justamente así. Tenía una racha
de que las cosas no le salían bien, como de malas, irritable, amargado.
Se informó como pudo, y encontró versiones que aseguraban que cierto
tipo de ansiolíticos, en ciertas dosis, en ciertas personas, les
ocasionaba adicción y dependencia.
En el largo plazo, decían algunas fuentes, los afectados terminaban
vagamente lisiados desde el punto de vista personal. Los ansiolíticos no
se diseñaron para el largo plazo, y mucho menos para la automedicación.
Se entrevistó con un homeópata y empezó la desintoxicación.
Fue una batalla. Entendió cómo batallan los drogadictos. Tras noches en
vela, buenos y malos días, con un cierto grado de depresión, finalmente
se los quitó.
Pero era demasiado tarde. Cuando menos desde el punto de vista de su
empleo: lo despidieron. Nadie podía explicar su caída en el desempeño.
En un arrebato, vino a México. No supo a qué exactamente, pero se dedicó
a buscar a sus amigos, y entre ellos a mí.
Y ahí me contó todo con detalle. Le pedí permiso de publicarlo y le
prometí omitir su nombre.
Lo escuché con atención, registré algunas notas, pero lo que me impactó
fue que me lo contó justo en el tiempo que yo cumplía un año de estar
tomando un ansiolítico.
Para mí el ansiolítico era el medicamento de la era y lucía justificado
por el stress, la velocidad, el desgaste, las prisas. Yo lo tomaba en
versión líquida y las gotitas diluidas en agua parecían inofensivas.
Ahora yo fui el del susto. Fui con un chochero y empecé mi
desintoxicación. Influenciado con lo del inglés o no, ya había empezado
a sentir algunos efectos.
Me lo quité, regresé al ejercicio y también regresé a algunas noches de
insomnio, a la ansiedad, al acelere, pero por lo menos soy yo mismo.
Y me prometí escribir una columna sobre esto. Aclarando que gracias a
los emporios farmacéuticos, en general, el nivel de vida y la longevidad
han subido; pero no podemos ignorar los costos, ni dar por un hecho que
todo le cae bien a todo el mundo. Aguas.
A cada día su propio afán; no más, no menos.
Horacio Marchand - horacioarrobahoraciomarchand.com
MBA (Universidad de Texas en Austin, 1991), Lic. Administración de Empresas (ITESM, Campus Monterrey, 1980)
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