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Los costos por incapacidades, enfermedades y stress siguen en aumento
por el mundo. Hay varios estudios y aunque las métricas todavía no se
estandaricen, solamente en Estados Unidos se estima que las empresas
pierdan entre 200 y 300 billones de dólares al año por bajas de
productividad -incluyendo los gastos médicos- debido al stress.
¿Habrá una liga entre el éxito y el exceso?
La creencia es que si se tiene dinero los problemas se acaban. Si se
obtiene fama, se estará satisfecho. Si se llega a la meta, cualquiera
que sea, entonces se le dedicará tiempo a la familia y a uno mismo.
Pero la carrera no cesa. Una ganancia obliga a otra. Un compromiso
genera otro. Es como un tren del que no se puede bajar porque va tan
rápido que da miedo.
Veamos dos casos.
Por un lado está Juan: clase media-alta, atlético, amiguero, sonriente.
Por suerte come casi todos los días en casa y su señora le hace la
comida especial: baja en grasa y en colesterol. Todas las mañanas se va
a un parque que le queda cerca y trota. Esto lo mantiene en buen peso y
con la mente fresca.
Tiene un horario fijo y goza de pocas vacaciones porque acaba de entrar
a un nuevo trabajo. No es lo que quisiera pero por lo menos tiene
empleo. Cuando por fin toquen sus vacaciones Juan quisiera llevarse a su
familia a Disney World, pero no le llega al precio: son siete de
familia.
Por otro lado está Daniel: clase alta, barrigón, canoso, tenso y
antisocial. Come en restaurantes por lo de la comida de negocios y le
entra duro al menú.
Se excede pero siente que está atrapado en el rol: primero el
tequilita -con sangrita-, luego el vino tinto con los alimentos y cierra
con un digestivo como chaser del café cargado. Se queja de que no tiene
tiempo de hacer ejercicio y cada vez está más cachetón.
Daniel puede ir de vacaciones a cualquier lugar del mundo pero no quiere
viajar más porque está agotado de los viajes de negocios.
El jefe de Daniel es un caso. Acostumbra a citar a sus Vice Presidentes
a juntas de estrategia a las 19:30 horas. Dice que es una buena hora
porque ya sacacaron los pendientes del día y los teléfonos dejan de
sonar.
Estas juntas presionadas de estrategia al final del día ocurren cada vez
con más frecuencia.
Daniel quisiera hablar con su jefe y pedirle que considere un cambio de
hora para las juntas “clave”; pero no se atreve. Nadie se atreve aunque
estén fastidiados de rasgarse la camiseta. Pero nadie habla. Nadie
quiere mostrarse débil.
En silencio todo mundo sospecha que serían más productivos si
se respetaran más los tiempos y la gente estuviera más descansada, pero
ni hablar.
Daniel siente que es una guerra de resistencia, una competencia de quién
trabaja más horas. Como si hubiera una crisis nuclear.
Juan el atlético parece más feliz que Daniel el rico. Por lo menos da la
apariencia que vivirá más años y de que los vivirá mejor.
¿Dónde termina la satisfacción en el trabajo y empieza a dominar el
ego?
¿Qué o quién persigue a la gente para operar en el extremo y llevarlos
al exceso?
¿Será un mandato parental? ¿Una propensión genética? ¿Un cónyuge
ambicioso? ¿Una madre que nunca confió en que su hijo la hiciera? ¿El
probarle algo a alguien? ¿Será acaso la persona la que se persigue a sí
misma?
Resultó impactante que en un seminario de liderazgo el expositor mandara
mensajes de que para tener éxito en la vida era necesario enfocarse al
business y no tener escrúpulos. La frase de: nice guys finish last,
confirma esta idea. Es difícil no acordarse de la película El Abogado
del Diablo de Al Pacino.
La obsesión por el éxito puede ser tan adictiva como cualquier otro
vicio. Además de que las personas confunden al éxito con la valía de una
persona. “Si la haces vales, si no la haces no vales”.
Dentro del psique del individuo persiste la duda: si no fuera por el
dinero y por el ansia de hacerla, ¿Quién sería yo? ¿Cómo sería mi vida?
¿Realmente a qué me dedicaría? ¿Quién es el dueño de nosotros? ¿Un
script psicosocial que se escribió cuando éramos niños? ¿El jefe? ¿El
ambiente?
Algunos puntos para la reflexión:
¿El alcohol, medicamentos, o drogas, son parte de la rutina para poder
sobrevivir la semana?
¿Se llega a la casa agotado y sin ganas de hacer nada más?
¿ El trabajo impide, complica o inhibe las relaciones emocionales ?
¿La obsesión por el éxito está motivada por miedo o por probarle algo a
alguien ?
¿El fin de semana se está en la cama tirado viendo la televisión?
¿ Existe alguna sensación de infelicidad, hartazgo, o tristeza?
¿La energía se está yendo lentamente y cada vez cuesta más trabajo hacer
lo mismo de antes?
¿Se puede hablar de éxito sin hablar de exceso? Lo más probable es que
no. La frontera está borrosa.
Es una pena que personas deciden cambiar su vida hasta que les da un
infarto. Optan por tomarla más tranquila y a dedicarse a hacer lo que
realmente le gusta. A veces se tiene que medio morir la gente para
empezar a vivir.
El hacerla es tan importante que predomina sobre la vida familiar y
personal. La persona se justifica con la familia diciendo que “lo hago
por Ustedes” cuando en realidad es su reto personal o está sometido a la
presión de ser exitoso.
Cada vez que se gana, se pierde algo; cada vez que se pierde, se gana
algo. El éxito -como se conoce- también puede tener su lado negro.
Horacio Marchand - horacioarrobahoraciomarchand.com
MBA (Universidad de Texas en Austin, 1991), Lic. Administración de Empresas (ITESM, Campus Monterrey, 1980)
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