Es que los humanos tenemos una cierta propensión a esculpirnos a
nosotros mismos y modelarnos alrededor de un grupo al que queremos
pertenecer.
Hace unos 25 años yo decidí moldearme alrededor de los yuppies
neoyorkinos: trabajador, workaholic, preparado, agresivo, ambicioso.
Leía con furia las revistas de Fortune, Business Week, América Economía,
Expansión y me gustaba que me vieran en los aviones con una copia del
Wall Street Journal.
La película de Wall Street con Michael, Gordon Gekko, Douglas, era una
de mis favoritas. Me empecé a peinar con fijador hacia atrás y compré un
traje de rayas a-la-Gekko; su frase: greed is good.
Tenía la ilusión de hacer mi maestría en Estados Unidos y quedarme a
trabajar en Goldman Sachs o Lehman Brothers. Saber de vinos y puros
exóticos, conocer el mundo en business class.
Me gustaba ponerme saco y corbata de marca porque me hacían lucir más
grande y, según yo, más competente y formal; disfrutaba y me sentía
importante al cargar un maletín y hacer viajes de negocios.
Para el récord: ahora leo más filosofía que de negocios, ya no uso
corbatas ni traje, ni me peino como Gekko; no utilizo maletín, le saco
la vuelta al viaje, pido el vino de casa. Quién sabe alrededor de quién
me modelo ahora; espero que sea alrededor de mi mismo.
Llevada al extremo, la modelación alrededor de un rol predeterminado
puede caer en patología. El psicoanalista Enrique Guinsberg propone que
incluso la depresión puede estar relacionada con los mensajes de los
medios de comunicación masiva, particularmente la televisión.
La patología emerge cuando la persona se frustra al no poder seguir los
modelos de vida que se exponen en los medios masivos. Adiós Gekko.
Y hace poco me quedé varado en un aeropuerto casi 11 horas. Hice de
todo: leer, comer, escribir, sacarle plática a extraños, comer, caminar,
comer, comprar, comer; pero lo que más disfruté fue mirar, con ocio, a
la gente.
Una conclusión evidente es que la gente que anda junta se parece mucho,
y forman segmentos de mercado fragmentados.
Primero un grupo de señoras de la tercera edad ataviadas con trajes
sastre de lino, el pelo levantado tipo salón de belleza, con fleco
artificial, portando el mismo tipo de bolso, tacón alto, collares
grandes y dorados. La similitud de las cuatro damas era impresionante.
En la fila que se formaban, el letrero decía Las Vegas. Desee que mi
señora hiciera lo mismo cuando enviude.
Luego tres muchachos de unos 20 años, escandalosos, gritando,
carcajadas, empujándose, con jeans exageradamente acampanados, camisetas
de esas que venden en las tiendas Hot Topic con frases irreverentes;
pelo largo, mochila en la espalda, tenis Adidas. Sentí nostalgia.
Dos ejecutivos caminando a toda velocidad -dos Gekkos- como si se
tratara de una competencia, con trajes oscuros que fácilmente pudieran
ser de Ermenegildo Zegna, corbata roja, porta-trajes negros con
rodillos, lentes -muy parecidos, pelo corto, bien rasurados, con los
labios apretados. Adiós Gekkos.
Dos parejas de Winter Texans, los que salen huyendo del gélido invierno
del norte de Estados Unidos y viajan al sur, pero no a México. Los
hombres con chaquetas marca Members Only, zapatos tipo Payless Shoes,
pantalones Sansabelt (que no necesitan cinto). Ojalá un día sea yo un
iluminado como ellos, más allá de la moda y lo cool; ojalá un día llegue
a tener esa edad.
La pareja romántica, que se redescubrió en el viaje o que inician su
relación. Su paso lleno de gracia, ambos con una sonrisa marcada en el
rostro, vestidos a la moda tipo Zara; se tocan con las manos, se
acercan, se miran, se ríen. Me recordé de ese viaje crónicamente
pospuesto a Cancún con mi esposa.
La pareja agotada, que parece viaja a la fuerza, que da la apariencia de
que apenas se soporta. Su paso lento, con el rostro tenso; no se tocan,
camina cada quien por su lado, no se miran, no sonríen. Eso no se lo
deseo a nadie; preferí pensar que simplemente se habían peleado.
Finalmente, un grupo de señoras de unos 40 años. Pelo largo suelto, ropa
entallada y moderna tipo Banana Republic, elegantes pero con toques
juveniles, bolsas Louis Vuitton -de las de color blanco y logotipos de
colores. Las tres se veían atléticas y de proporciones firmes, como
aferrándose a sus mejores años. Pasaron por donde estaba yo sentado y
dejaron un olor a perfume de mujer bonita. Las seguí mirando y por una
fracción de segundo me quise ir con ellas.
El común denominador de estos grupos no sólo era la forma en que se
vestían y se conducían; hasta el lenguaje corporal era casi el mismo.
La teoría y la práctica de los segmentos de mercado es fascinante y,
como todo, también hay excesos. Un exceso está en la persona que se
funde con el grupo, se fanatiza, y nulifica su personalidad en aras del
colectivo; el otro exceso está en la persona que se niega a pertenecer o
socializar, y termina como un solitario empedernido.
La gran gama de variables que se conforman para dar vida a increíbles y
numerosos tipos de grupos, combinado con la facilidad de transmisión y
comunicación entre las personas, lleva inevitablemente al micromarketing
(en oposición al massmarketing).
Y esto es un cambio fundamental. Las sociedades se atomizan en infinitos
segmentos de mercado.
El futuro: el segmento de uno. O como dice M. Lawrence Light, VP
Marketing McDonald's: antes la gente decía "quiero ser normal", ahora
dice "quiero ser especial".
MBA (Universidad de Texas en Austin, 1991), Lic. Administración de Empresas (ITESM, Campus Monterrey, 1980) www.horaciomarchand.com
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