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La comida mexicana no podía faltar.
Era un stand pequeño y se vendían tacos, frijoles, tostadas, sopes,
guacamole. El cocinero era el típico gordito, cachetón y simpático.
Parecía que dominaba bien la cocina.
La que atendía la caja parecía su hija. Tenía algo de sobrepeso y
trenzas. La ayudante de cocina parecía su esposa. Entre ellos hablaban
español con un ligero acento del sur de México. Una familia más
trabajando por el american dream.
No tenían clientes, quizá porque era temprano o porque le faltaba algo a
la forma en que montaron su stand. Pero ahí estaban al pie del cañón.
Como a tres cuadras había otro stand de comida mexicana. La
competencia.
Este estaba decorado como piñata: de colores vivos, alegre y con
banderolas en rojo, blanco y verde; música de fondo tipo mariachi light.
Desde lejos, se vislumbraban sus anuncios: “BURRITOS”, “MEXICAN FOOD”,
“CHURROS”. En este stand, sí había fila de clientes.
Lo más impactante: los que manejaban este puesto eran una pareja de
anglos en sus treintas, delgados, ojo azul y bien vestidos.
¿Y el know-how de la cocina de los paisanos? ¿Y las tortillas recién
hechas? ¿Y la salsa?
No hacían diferencia para los que rondaban por ahí.
Sin duda el “stand anglo” estaba mejor montado. Podría decirse que
“tenía más marketing”. Independientemente de la autenticidad y sabor de
la comida, la gente ahí ya que aparentemente cuadraba mejor con sus
expectativas.
Lo serio del caso es si los paisanos se percataban de la diferencia en
la presentación del stand y podían analizarla bajo una perspectiva de
competencia. O si entendían que la oferta va mucho más allá del
producto, del sabor o la autenticidad de la comida mexicana.
Siguiendo con el ejemplo de comida, veamos el caso de El Pollo Loco.
El Pollo Loco es una cadena de pollos asados que arrancó en el noreste
mexicano. Ha crecido a un ritmo acelerado y el éxito de su receta única
ha sido tal, que vendió a un alto precio el concepto a una firma
norteamericana.
En México su modelo de negocio consiste en pequeños locales en áreas de
tráfico y predomina el concepto para llevar (drive-thru). No es
restaurante, no llevan a domicilio y siguen vendiendo como locos.
En Estados Unidos los nuevos propietarios decidieron revolucionar el
concepto. Es un restaurante de comida rápida en forma.
Los platillos, además del tradicional pollo, se componen de burritos,
tacos, ensalada, frijoles, tamales, etc. Cuentan con una barra donde se
encuentran diversos tipos de salsas y condimentos.
Para un mexicano acostumbrado a pedir por unidades de pollos enteros,
las opciones representan un reto estimulante.
En una tarde entre semana, una sucursal de San Antonio, Texas, lucía
completamente llena. Además de clientes, en una mesa larga sesionaban
-devorando pollo loco- unos 12 ejecutivos de la cadena. Uno de ellos se
paraba a ver qué se le ofrecía a la clientela.
Al cuestionarlo de la diferencia entre el modelo de negocio de El Pollo
Loco Estados Unidos al de México dijo “compramos los derechos y buscamos
expandir nuestra participación en Texas. En California ya vendemos más
que McDonald’s”
Para un paladar acostumbrado al sazón mexicano, y en medio de los
McDonald’s, KFC y Wendy’s, encontrar un Pollo Loco es como encontrarse
un pedazo de México; el sabor sigue siendo auténtico.
El Pollo Loco en EUA y México: misma marca, misma receta, dos negocios
completamente diferentes, en función de dos segmentos de mercado
diferentes.
El caso de los paisanos -queriéndola hacer- en NY y el de los dueños de
El Pollo Loco -que ya la hicieron- no necesariamente están conectados,
pero nos dejan la lección de que un producto es mucho más que un
producto: es una oferta completa.
La Oferta se compone de por lo menos cuatro dimensiones:
1) La física.- Incluye el producto físico, sus características
específicas, funciones y beneficios intrínsecos.
2) El empaque.- Incluye precio, calidad, diseño, estilo, nombre,
eslogan.
3) El servicio.- Incluye atención, entrega, instalación, garantía.
4) La experiencia del usuario.- Resume todo lo anterior bajo la
perspectiva de la experiencia de un cliente al transaccionar con la
compañía. Qué tan “bien” o “mal” sintió la interacción.
Partiendo de esto, en teoría no deberían existir guerras de precios.
Ceteris paribus, si todo lo demás se mantuviera constante, la decisión
de un comprador se basaría en precio. Pero en el mundo actual esto es
casi imposible.
Un mismo concepto de negocio puede variar en forma de entrega, plazo de
pago, logística, color, tamaño, mercado meta, empaque, formato,
especialización, etc. Esto no tiene final.
Estar atrapado en la inercia del precio, precio, precio, puede ser el
resultado de que la empresa esté cimentada sobre una ventaja de costos
bajos (no de precios bajos); que se esté en un negocio “viejo”; falta de
creatividad; o simplemente que no se reconozca el paquete completo por
el cual compra un prospecto.
Cambiar el marco mental de producto a oferta, proporciona un largo
espectro de posibilidades. El secreto radica en modificar las variables
que impactan al consumidor.
MBA (Universidad de Texas en Austin, 1991), Lic. Administración de Empresas (ITESM, Campus Monterrey, 1980) www.horaciomarchand.com
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