La señal
03-2005
Si trabajas duro y te desgastas lo suficiente, le acabarás pegando en
serio, a lo grande; lo mismo si estudias mucho y acumulas grados; si
consigues dinero e inversionistas leales; pero lo más importante: si
escuchas bien, si abres los ojos, recibirás una señal del Cosmos en
cuanto a tu destino, y si la sigues, le acabarás pegando en serio, a lo
grande.
Existe una mitología entre las personas, y que se refleja en las
empresas, de que se tiene un destino en el mundo y de que hay un camino
predestinado, por lo que el mayor reto en la vida se centra en
descubrirlo.
“Diosito, mándame una señal”: y tras un estruendo el cielo se abre, y
por ahí sale un rayo de luz que señala el rumbo; en paralelo aparece una
música celestial de fondo: “ahí está tu señaaal” contesta solemnemente
el cielo, “adelanteee, estás iluminado; sigue tu destinooo, adelanteee”.
Ah, el final de la duda, la certidumbre de vida, gracias.
Esta señal del cielo –antigua representación que aparece en numerosos
libros y películas de diferentes culturas- es el cliché más establecido
de la petición tácita o expresa de ser un iluminado, de conocer desde el
más allá aquello en lo que soy bueno, aquello en lo que debo de
enfocarme, ahí donde está mi máximo talento, aquello para lo cual vine
al mundo. Y este marco mental, esta expectativa consciente o
inconsciente, puede ser un terrible acicate: buena suerte.
Es que parece ser un arquetipo fijamente establecido y que se manifiesta
particularmente en el espíritu de los jóvenes recién egresados que
empiezan a explorar el mundo profesional. Se les ve en sus ojos, se les
escucha cuando se confiesan: el joven de corazón quiere hacer una
diferencia, quiere hacer una contribución y trascender; de pasada,
quiere -por qué no- también la fama y el dinero. ¿Y si yo soy
verdaderamente especial?
Hace 20 años, yo era de esos jóvenes buscando la señal y a mentores
facilitadores de destino, ahora, cuarentón, me toca ser ese mentor; pero
la realidad es que personalmente sigo en la búsqueda; sigo esperando una
señal que no me ha llegado. Por lo menos no con esa sencillez del rayo
de luz, ni con la nitidez que yo quisiera. Si acaso, el avance está en
que ya no siento tanta angustia, porque quizá he aprendido que la
respuesta no vendrá del exterior, ni se abrirá el cielo, ni me enviarán
personalmente a Hermes con un mensaje dedicado. Y si me llegara, o si ya
llegó, yo no lo percibiría como tal.
Deepak Chopra -el médico naturista de corriente Ayurvédica, que entre
sus mejores cualidades está la de ser un gran mercadólogo- describe su
concepto del Dharma como el camino que “nacimos para seguir”, en función
de que todo mundo tenemos talentos y dones particulares. No hay seres
iguales y todos somos especiales. Y si descubrimos, exploramos y
seguimos nuestro Dharma, Chopra asegura que por el simple hecho de hacer
lo que nos gusta y lo que tenemos facilidad, el dinero, el éxito y la
fama serán productos naturales y accesorios; a tal grado, que ya no
serán de importancia.
Suena mágico, suena bien, hasta parece tener sentido.
Y así le ha pasado a muchos. Como a Verónica, una diseñadora gráfica que
ha ganado varios premios de diseño y ejecutado campañas publicitarias de
alto impacto, que relajadamente dice “desde muy chiquita, como desde los
10 años, siempre supe lo que quería hacer, me encantaba el diseño”.
Pero parece haber muchos más que han sentido el estar completamente
perdidos en un mundo que exige de la especialización y de
posicionamiento; que demanda expertos y definiciones estrechas en la
vocación para alcanzar competitividad.
La mayoría de la gente, sigue buscando –a veces toda una vida- ese
camino a seguir.
“¿Pero cómo? O me especializo o paso desapercibido. ¿Por qué tengo que
decidir ahora? Si apenas tengo 17 años y ya tengo que escoger lo que
quiero ser toda mi vida; estoy entre Ingeniero en Sistemas de
Información, Médico Pediatra o Psicólogo”, me decía un joven que le
quedaban dos días para decidir en qué carrera inscribirse y que
confesaba que lo que más le gustaba era Hotelería.
En términos menos divinos o del destino incambiable, está la tesis del
desaparecido John Campbell, experto en mitología trans-cultural, que
veía a la vida como un círculo: “ Un héroe se aventura hacia delante
desde el mundo de lo cotidiano hacia uno de maravilla sobrenatural; ahí
se topa con fuerzas fabulosas y logra una victoria decisiva; y el héroe
regresa de esta misteriosa hazaña con el poder que se gana para
compartirlo con la humanidad”. En esta aventura de 1) salir, 2) vencer
con dificultad y 3) regresar, aparecen: numerosas pruebas y retos
enormes; enemigos horribles y poderosos; así como la ayuda de entidades
superiores, elixires, y finalmente el triunfo, la iluminación y el
regreso, cerrando el círculo.
Y Campbell remata: “Por doquier, sin importar las esferas de interés
(política, religiosa, personal, y yo agregaría: profesional y
empresarial), los actos verdaderamente creativos son representados por
aquellos que se derivan de alguna forma de muerte al mundo; y de lo que
pasa con el héroe en ese intervalo de la aventura”.
En términos modernos Hamel & Prahalad le llamarían la Reinvención:
volver a empezar, volver a ser, acabar con la vieja versión de uno mismo
(compañía o persona). Si no hay exploración, aventura, audacia, el
riesgo es que el negocio quede desincronizado de su entorno, abriéndole
campo a la competencia.
Las empresas nacen cuando de entrada se encuentran en ese Dharma
corporativo, que emana del ejercicio del emprendedor ¿de qué otra manera
encuentran el éxito en el mercado, si no es por fuerzas insospechadas
con las que se van topando y que demandan al producto, para convertirlo
en un éxito?
¿De que otra manera explicar al buscador Google, el sistema operativo de
Microsoft, el walkman de Sony, el servicio a domicilio de Domino´s, y
así sucesivamente?
En realidad no se puede saber si se está montado o no sobre el Dharma,
si se sigue o no una señal, si el buscarla en sí misma y vivir ese
proceso acabe por convertirse justamente en el camino.
Pero andando, afanando, correteando, reflexionando; ahí de seguro se
llegará algo. Quizá se comprenda sólo de manera retrospectiva donde todo
finalmente luce acomodado y casi predestinado; quizá eventualmente
llegue la señal aunque en formas de camuflaje que sólo con el tiempo
comprenderemos.
¿Te gustó? Compártelo con tu mundo
Horacio Marchand
MBA (Universidad de Texas en Austin, 1991), Lic.
Administración de Empresas (ITESM, Campus Monterrey, 1980)
www.horaciomarchand.com
horacioarrobahoraciomarchand.com