Jamón de bellota
03-2005
El anfitrión, uno a uno, les explicaba a sus invitados la historia del
jamón serrano que había comprado para la reunión. Era un jamón serrano
delicioso, suavecito y bajo en grasa.
El hecho de que viniera de España le daba un toque especial, pero su
característica más exótica era que al cerdo lo alimentaban con bellotas.
La gente lo escuchaba y decía “Ohhh, qué interesante”. Y engullía.
Empezaron las preguntas: ¿Qué exactamente es la bellota? ¿Por qué desde
España? ¿Cómo había descubierto esa delicia? “Me lo dijo un amigo”
contestó. Así se venden estas cosas. De boca en boca, de referencia en
referencia.
Una historia se transmite con gusto. A los humanos les gustan los
cuentos. Les gusta asociar una historia a la gente que conocemos, a las
marcas que preferimos, a los productos que consumimos.
Ese jamón serrano tenía una historia a su favor. Y de ahí continuaron
las preguntas ¿dónde lo compraste? ¿cuánto cuesta? Ahí se iniciaba otro
proceso de compras.
Siguiendo un poco la pista, de los jamones “belloteros” sobresale el
llamado Pata Negra, que se vende por pieza (una pierna completa) a un
costo de 12,000 pesos aproximadamente. De ahí le siguen el Bellotero
Extra y el Bellotero Tradicional, cuyos precios fluctúan entre 1,900 y
780 pesos el kilo.
Ante un mundo saturado de mensajes, productos, servicios y marcas, el
distinguirse se hace crítico. Hay que ser diferentes, especiales y hasta
algo exóticos. De lo contrario el producto nunca penetrará la barrera de
la mente que discrimina para no saturarse. Se tiene que filtrar y vencer
la barrera.
Una de las mejores formas de hacerlo es creando y/o explotando una
historia. Una buena historia alrededor de lo que vendemos es una forma
potente de promoverse.
La cerveza Corona además de ser un caso de éxito, representa una buena
historia. De repente nos topamos con una cerveza nacional que se vende
en más de 150 países. Hasta intrigaba que Corona vendiera más en Estados
Unidos que la popular Heineken.
El eslogan de Corona capitalizó la historia: la cerveza mexicana de
mayor exportación en el mundo, y con más fuerza se vendió en México.
Las razones del éxito de Corona se siguen discutiendo en el medio y en
las escuelas de negocios: que si la botella, el sabor, la distribución,
la asociación de que la cerveza mexicana era más “fuerte” en su
contenido de alcohol, su suavidad, su calidad, etc.
Una de las historias originales y recurrentes fue la del peregrino
vendedor que le tocó la zona de California, EUA. Tenaz, se la pasó
visitando bares y platicando con los barman. Les daba a probar la
cerveza y le ponía un toque mágico: una rebanada de limón insertada en
la botella. Cerveza con limón.
El ritual mexicano de ponerse limón y sal en la mano para acompañar el
trago de cerveza se había modificado ligeramente. A los californianos
les gustó lo del limón y se impuso una moda. Lo que pega en California
tiende a pegar en el resto de Estados Unidos. Y después en el mundo.
La idea de cerveza con limón, se corrió como reguero de pólvora. Muchos
mexicanos se llegaron a extrañar de que los extranjeros insertaban el
limón a la botella tal y “como lo hacen ustedes los mexicanos”. La
botella transparente armonizaba a la perfección con el limón flotando.
Si ocurrió o no conforme se describe arriba, es lo de menos. Las
historias ahí están.
La historia Gatorade está documentada (ver artículo previo “Marketing de
Causas”).
Gatorade arrancó inspirada en los deseos de verdaderos entrenadores de
futbol americano de la Universidad de Florida en Gainesville.
En honor al equipo de casa, los “Gators”, bautizaron a la bebida
Gatorade. Uno de las mejores ideas de la compañía fue crear el Gatorade
Sports Science Institute, con la misión de mejorar el desempeño
deportivo y la fórmula Gatorade.
Hasta este día, sus directivos se apasionan cuando hablan de su misión:
que los atletas recuperen su energía rápidamente y que su rendimiento no
se viera afectado.
Eran como apóstoles gritando un descubrimiento para incrementar el
potencial humano con la idea de llevarlos a nuevos niveles de desempeño.
La parte más dramática de la historia Gatorade se ubicó en uno de los
tazones colegiales más importantes, el “Orange Bowl” de 1967, donde los
“Gators” de Florida enfrentaron a Georgia Tech.
Durante el medio tiempo a los “Gators” les dieron Gatorade de tomar: el
elíxir secreto. Ni el equipo contrario, y para el caso ni el mundo, lo
conocían.
En la segunda mitad del partido los jugadores de Georgia Tech se veían
lentos en sus movimientos y cansados, mientras que los “Gators” lucían
como si apenas comenzaba el partido.
Y ganaron 27-12.
Al final, el entrenador del equipo perdedor de Georgia Tech hizo un
comentario que valió más que muchos millones de dólares en publicidad:
“Nosotros no teníamos Gatorade”. La frase apareció en Sports Illustrated
y le dio la vuelta al mundo.
Y la historia pegó duro: Gatorade revolucionó el deporte. En la
actualidad el Gatorade Sports Science Institute trae a deportistas como
Mia Hamm (la mejor jugadora de soccer femenil de EUA), Vince Carter (uno
de los siguientes Jordans), Peyton Manning (el Quarter Back de los
Colts) y Derek Jeter (New York Yankees) entre otros, en pruebas en sus
laboratorios.
No hay nada como promover un producto con una buena historia y una
diferencia memorable. Entre más novedoso, radical, interesante, original
o cool, más se facilita la transferencia y la comunicación de la
historia y de la marca. Y ésta es una forma poderosa de darles vida.
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Horacio Marchand
MBA (Universidad de Texas en Austin, 1991), Lic.
Administración de Empresas (ITESM, Campus Monterrey, 1980)
www.horaciomarchand.com
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