Suscríbete GRATIS al boletín y recibe:
10 ebooks con las lecciones empresariales más representativas de Jack Welch, Kenichi Ohmae, Michael Newman y otros exitosos líderes de primer nivel en el mundo de los negocios...
Al pulsar aceptas los términos de uso y la política de privacidad
O mediante uno de los siguientes servicios:
Para el concepto de Negocio el teatro de operaciones es,
habitualmente, el Mercado.
Para el concepto de Estrategia el teatro de operaciones es una
concepción física de espacio-tiempo en donde se ponen en práctica las
acciones.
Ambos conceptos convergen ontológicamente cuando se afirma que el teatro
de operaciones no puede ser una abstracción intelectual, debe ser una
realidad de carácter físico. Esta consideración cobrará mucha
importancia luego.
En primer lugar debe determinarse si el Mercado puede entenderse como
una concepción física en el tiempo y en el espacio.
En la teoría de Negocios el Mercado reúne a todos los agentes
involucrados en la dinámica que sustenta el propio Negocio.
Entre ellos se ubica, por supuesto, la propia Organización, las
organizaciones competidoras y los clientes, consumidores o agentes de
compra. Esta última clasificación no es irrelevante, dado que la
Estrategia de Ventas diferencia un Cliente (agente con frecuencia de
compra definida) de un consumidor (que eventualmente accede a la oferta
de la Organización) o un agente de compra (que podría constituirse en
consumidor o cliente pero que en determinado momento no es ni lo uno ni
lo otro).
Para la teoría de los Negocios el mercado incorpora también otros
agentes que de suyo propio tienen una gravitación importante en el
desenvolvimiento de las operaciones: Organizaciones Reguladoras,
Legislación, Organizaciones en la línea del Negocio (proveedores,
asociaciones de consumidores o clientes, por ejemplo), etc.
La teoría de Negocios sitúa cada uno de estos agentes en un determinado
Sistema, lo que permite una mejor identificación y evaluación: la
organización, la competencia y los clientes forman el Sistema Principal,
sus componentes forman parte de
diversos Subsistemas y el resto de los agentes forman parte del
Suprasistema.
Todos los sistemas trabajan en subordinación y condicionamiento
continuo, generando la dinámica propia de la operación.
Si la teoría de Negocios concluyera de ésta forma su concepto del
Mercado, todos estos elementos podrían situarse sin mayores problemas
entre los márgenes de realidades físicas en el tiempo y el espacio,
condición que el concepto de Estrategia demanda. En ése caso no
existiría dificultad adicional para que la Estrategia tome el comando de
la acción.
El problema se presenta cuando la teoría de negocios, en un afán técnico
de completar la evaluación de los factores, estudia variables que
también componen la dinámica del Mercado y que no tienen necesariamente
características físicas. La mayoría de ellas están vinculadas al agente
más importante del mercado: el consumidor, el cliente, el agente de
compra (por comodidad se lo llamará cliente de aquí en adelante).
El cliente es quién define el carácter de todo el Proceso. El cliente es
la razón de ser y de existir del Negocio y con ello de toda la teoría de
negocios.
El poder del cliente sobre todo el proceso se encuentra en la Decisión
final que toma para perfeccionar la Venta, en la elección que hace sobre
el conjunto de opciones que le presenta la Oferta.
Las variables que se encuentran condicionando las decisiones y
elecciones del cliente entre las opciones de la oferta, construyen, a su
vez, la Demanda. La
Demanda se encuentra lejos de constituir un agregado de las
transacciones específicas de compra-venta, éstas últimas solamente son
una conclusión, un estado específico que alcanzó el proceso. La Demanda
existe antes de la concepción misma de estas transacciones y existe
después que ellas se han transformado en una estadística. La Demanda es
un estado permanente sostenido por la existencia de los agentes que
inexorablemente demandan bienes y servicios, a cada momento, siempre.
¿Qué variables determinan entonces la existencia de la Demanda?
Son las respuestas que tiene esta pregunta las que alejan todo el
proceso de parámetros físicos que se ubiquen en un cuadro concreto de
espacio y de tiempo.
Las respuestas a esta pregunta conducen el estudio a niveles de
abstracción que pueden cambiar muchas de las consideraciones esenciales.
Porque abstractas son precisamente las variables que explican la
Demanda: gustos, preferencias, inclinaciones, hábitos, manías,
costumbres, etc., todas ellas actitudes de personas de carne y hueso.
La primera consideración que corre el riesgo de cambiar es precisamente
la relacionada con el teatro de operaciones.
Si todo el proceso que sustenta la razón de ser del Negocio y por ende
de la Estrategia de Ventas, se perfecciona en la Decisión del Cliente,
entonces el campo de batalla concreto lo constituye La Mente del
Cliente. Allí se produce el conflicto, desde allí se gestionan las
decisiones finales que perfeccionan todo el proceso, allí se gesta
también el carácter esencial de la Demanda, entendiendo por esto último
lo que un conjunto incalculable de Mentes esté procesando con respecto a
las opciones que presenta la Oferta, incluso más allá de consideraciones
que le merezca la Oferta, dado que puede interpretarse que primero
existe la Demanda y que ésta genera la necesidad de existencia de una
Oferta.
Esta complejidad no asusta probablemente hasta el momento que las
siguientes preguntas surgen con sutileza: ¿Qué es la Mente del Cliente?,
¿Qué es una Mente?.
El sincretismo gnoseológico que sustenta la existencia de la
Administración y de la Estrategia como elementos de gestión, es en este
caso, puesto a dura prueba.
El problema no necesariamente transita por la imposibilidad que exista
de racionalizar el asunto. El gran problema surge por la dificultad
implícita en el tema, por los márgenes enormes de error que el manejo de
un asunto de ésta naturaleza puede ocasionar.
Ante la sola perspectiva, el concepto de Negocio ingresa en un conflicto
de relaciones causales, pero el concepto de Estrategia puede recibir un
golpe mortal, uno que de hecho lo haga inviable como instrumento
facilitador en la mecánica de realización del Negocio.
Es aconsejable recalcar nuevamente que la Estrategia es en esencia un
elemento de orientación pragmático, convive con elementos prácticos, es
un conjunto de elementos dinámicos que deben desarrollar su energía y
que tienen que alcanzar objetivos de manera eficaz porque solo allí se
explican y se justifican.
Esto no se consigue de ninguna manera explorando la Mente del Cliente,
ése
complejo universo de dimensiones insospechadas.
Para tener una idea de la complejidad que está representada en la Mente
Humana (por último lo que menos importa es si se trata de la mente de un
cliente), basta con observar a una persona cualquiera, a UNA sola. Las
conclusiones básicas que se obtengan sobre ella pueden tener magnitudes
similares a las que podrían extraerse de la evaluación de todos los
fenómenos de la Naturaleza juntos. Si a más de ser UNA persona, se
visualiza a MÁS DE UNA, a muchas, a decenas de personas, a centenas, a
millares de personas, a cientos de miles, a millones. ¿Cuál podrá ser el
carácter de las conclusiones que se obtengan?.
Al Hombre le puede faltar el tiempo completo de la existencia que se le
haya definido en este Universo, para obtener ésas conclusiones.
¿Por qué, entonces, emprender un camino tan sinuoso desde la humilde
perspectiva del mundo de los Negocios y de la Estrategia?, ¿Por qué
hacerlo para establecer el teatro de operaciones en la Mente de la
Gente?.
¿Por un sano afán teleológico?.
La verdad más grande que respeta la Estrategia es la efectividad de la
acción, luego es importante que mucha carga se acomode en el camino.
Niveles altos de abstracción no son admisibles para la Estrategia, por
ello la Mente del Cliente no se considera, a priori, el campo de batalla
en donde se dirimirá el conflicto.
Con ello no se desconoce en absoluto su importancia y no se peca al
recomendar que el STRATEGOS tenga los conocimientos necesarios (en
términos de su función específica), del intríngulis que representa la
Mente del Cliente y los agregados a ésta que definen el carácter de la
Demanda en los mercados.
Pero por lo demás, el STRATEGOS debe orientarse por los efectos que “en
la práctica” y en el Mercado, provocan los procesos mentales de la
gente. En caso contrario existiría obligación de recomendar que el
STRATEGOS sea primero un psicólogo social y ello resta una consistencia
elemental al justificativo de la existencia del STRATEGOS y su función
básica: la Estrategia.
Si bien no se puede determinar con claridad la naturaleza de los
procesos mentales de la gente (a ciencia cierta no se sabe quien pueda
hacerlo con la suficiente profundidad y responsabilidad), sí se puede
observar y evaluar con nitidez las conductas y los comportamientos de
estas personas en los mercados. Ellos establecen patrones sujetos a
pragmáticas interpretaciones. Estos patrones son, en muchos casos,
sostenidos en el tiempo, lo que permite una humilde interpretación
estadística y la posibilidad de considerarlos relativamente previsibles.
Dada la existencia y el carácter de los efectos que producen los
procesos mentales, bien le puede convenir al método declarar los propios
procesos como incluidos en una “caja negra”, cuya existencia se reconoce
pero cuya mecánica específica se establece como prescindible, en tanto
que su estudio no condiciona, en el tiempo de vida de la Estrategia y en
su propia práctica, la efectividad de los resultados.
Y no se trata solamente que esto pueda hacerse, porque en definitiva
todas las ciencias lo hacen para conservar utilidad, es algo que DEBE
hacerse con el objetivo de preservar los beneficios que la Estrategia le
puede otorgar a la teoría de los negocios.
La propia Estrategia tiene, además, mecanismos de protección que impiden
que éste tipo de juicios pueda perjudicar en alguna forma la obtención
de los resultados, aún asumiendo que alguno de ellos estuviera errado.
El principal mecanismo de protección es la Experiencia. Pocas
actividades humanas llevan los alcances de la Experiencia tan lejos como
lo hace la Estrategia. Y es que ella misma no es nada más que un
conjunto ordenado de Experiencias puestas en practica de manera sucesiva
y consistente.
La Experiencia, que a la vez es un método que sustenta la Ciencia, es
una nutriente de incomparable valor para la Estrategia y se aplica
perfectamente en la determinación de las conductas observadas y
previsibles del consumidor.
Ahora bien, ésta afirmación llega a ser mucho más que un enunciado para
el caso de la Estrategia. La Experiencia, el hecho empírico, seguramente
no es un factor ausente en la explicación de todas las actividades
humanas, pero se ve reforzada como sustento para el caso de la
Estrategia porque ella vive en trato permanente con el Conflicto y éste
imprime medidas cortas en la calificación de resultados, medidas que no
se alejan mucho de la determinación de Éxito y Fracaso. Luego toda
experiencia asociada al fracaso se desecha, especialmente si ha
constituido una repetición sostenida en el tiempo, y por otra parte la
experiencia asociada al éxito se incorpora entre las Formas hasta el
punto en que deja de ser solo una
Forma y adquiere estructura, convirtiéndose en una Síntesis que ha
transitado mecanismos dialécticos de rígida evaluación.
¿De que otra manera pueden entenderse los Principios Estratégicos?.
Ellos son simplemente (en éste caso valga la humildad), conjuntos de
experiencias de hombres en situaciones diversas enfrentando el
conflicto. Muchas de éstas experiencias han sobrevivido a miles de años
de historia, demostrando en cada oportunidad en la que han sido puestos
en practica, su preciosa efectividad.
La efectividad es, precisamente, el veredicto final.
Uno de los Principios Estratégicos básicos establece que: “Toda acción
debe estar normada por un equilibrio entre medios y fines”. Y cuantas
veces este precepto sea puesto a prueba, la Efectividad que se alcance
producto de su respeto, sólo conseguirá que se afirme, hasta el punto de
hacerse irrebatible y confirmar con ello el valioso aporte que la
Experiencia le proporciona al ejercicio de la Estrategia.
El valor agregado de estas Experiencias transforma la Estrategia en
Sabiduría, esto es en “una conducta prudente, en un conocimiento
profundo”.
Y la Sabiduría puede reemplazar perfectamente muchos otros tipos de
consideraciones o puede aplicarse sin temor allá donde los instrumentos
de evaluación resultan técnica o metodológicamente insuficientes. Qué
otra cosa nos demuestra el célebre rey Salomón de quien se dice pidió a
Dios “Dame ahora sabiduría y ciencia, para presentarme delante de este
pueblo; porque ¿quién podrá gobernar a este tu pueblo tan grande?” (2 Cr,
1-10). Sabiduría primero y ciencia luego.
El propio Salomón percibe este orden de las cosas cuando en
Eclesiastés, libro de la Biblia cuya autoría se le atribuye dice: “Si se
embotare el hierro, y su filo no fuere amolado, hay que añadir entonces
más fuerza; pero la sabiduría es provechosa para dirigir” (Ec. 10-10).
He aquí el precepto central: la sabiduría es provechosa para DIRIGIR.
Y la Estrategia tiene de sabiduría para Dirigir lo que le puede faltar
en alguna consideración técnica. Y ello no deja margen a mayor
preocupación porque la Experiencia es fiel centinela para remediar las
falencias y los errores.
Si algún error o falencia existe al considerar que el Teatro de
Operaciones en donde se dirime el conflicto, a efectos de los intereses
del Negocio y de la Estrategia, es el Mercado y no la Mente del Cliente,
la consecuencia podrá remediarse de la misma forma en que el método lo
ha hecho a lo largo de miles de años. Al menos el proceso encontrará a
las organizaciones en acción, buscando alcanzar objetivos y consiguiendo
éxitos.
Ahora bien, todo estudio de la “caja negra” (que a efectos de la
Estrategia está compuesto por los Procesos Mentales que condicionan las
actitudes de los consumidores en el Mercado), representa un activo sobre
el que la Estrategia se otorga pleno derecho de uso. Especialmente en
tanto que puedan ser factores que otorguen ventajas competitivas.
Por ejemplo: si el estudio de la conducta de las personas hubiera
llegado a determinar que éstas reaccionan favorablemente a la
utilización de teléfonos públicos de color rojo y si la Estrategia de
Ventas de un Operador Telefónico puede utilizar este factor
beneficiosamente para el cumplimiento de los objetivos, entonces el
dictamen estratégico estará orientado a la colocación de teléfonos de
éste color. Punto.
Ello no obliga a trabajar, desde la Estrategia de Ventas, en la
determinación de los móviles que la gente pueda tener para privilegiar
el uso de teléfonos de color rojo.
Ni obliga tampoco a que la Estrategia realice una presentación de
imágenes
dirigida a la mente de los clientes, asumiendo que reaccionarán
positivamente ante la oferta de teléfonos rojos. La Estrategia lo hará
si la Experiencia previa hubiese determinado este tipo de efecto en las
conductas del consumidor en el mercado.
De allí para adelante el combate se producirá contra un competidor de
carne y hueso, uno que está operando en el mercado para entorpecer la
Estrategia propia de “teléfonos rojos”. Los procesos mentales del
cliente quedaron atrás, ahora ellos están hablando por teléfono.
Ives H. Philoleau y Denise Barboteu-Hayotte son los autores franceses de
un libro que en lengua castellana se distribuye con el título de
“Marketing de Combate”, en realidad los autores titulan a su obra, “Le
grant combat. Conquérir la préference des clients”.
Es conveniente establecer claramente el título de origen porque luego
servirá para ilustrar la forma absolutamente abusiva en que la palabra
Marketing se utiliza.
Estos autores realizan un esfuerzo importante para abordar la temática
de conseguir o conquistar la preferencia de los clientes basados en el
estudio y conocimiento de sus procesos mentales. No es un esfuerzo vano,
muchas de las conclusiones pueden encontrarse correctas. El problema se
puede presentar luego, cuando algún especialista en estos procesos
mentales encuentre que cierta conclusión adolece de algún error
interpretativo.
El sentido común obliga a pensar que esta no es una probabilidad remota.
Para consolidar el argumento, véanse algunas conclusiones que éste libro
maneja:
“La preferencia que un individuo tenga por una oferta u otra está
motivada por sus proyectos y no por sus necesidades” (según los autores:
Segundo pilar del marketing de Combate).[1]
“La preferencia de un individuo por una determinada oferta de marca está
condicionada por sus instintos, sus conocimientos, sus valores y sus
costumbres” (según los autores: Segundo pilar del Marketing de
Combate).[2]
“Los combates en marketing se ganan por los movimientos psicológicos de
las imágenes de las ofertas de marca y no mediante el simple
reforzamiento de sus posicionamientos. Las ideas sobre las maniobras
deben por lo tanto preceder a los conceptos de las ofertas” (según los
autores: Cuarto pilar del Marketing de Combate).[3]
“Los objetivos de una operación de marketing no son las clientelas sino
las imágenes de las ofertas de los competidores” (según los autores:
Tercer pilar del Marketing de Combate)[4]
Un STRATEGOS cualquiera, desde el fondo de su tienda de campaña puede
preguntar:
1. ¿Cómo discrimino “proyectos” de “necesidades” entre mis clientes?.
¿Cómo lo hago entre aquellas personas que aún no son clientes míos?
2. ¿Quién ha establecido que son Proyectos y no Necesidades las que
condicionan la preferencia de los individuos por las ofertas?. ¿Es
posible que esta relación sea inversa o en algún momento se invierta?
3. ¿Cómo reconozco los Instintos de mis clientes?. ¿Cómo sus
conocimientos, sus costumbres y sus valores?. ¿Hasta que punto se habrá
de segmentar un mercado de manera de alcanzar un criterio homogéneo que
permita clasificarlos de acuerdo a estas variables?
4. ¿Qué es un movimiento psicológico de ofertas de marca?
Puede resultar por demás estimulante escuchar las repuestas técnicas a
estas preguntas. Pero resultará mucho más útil conocer las respuestas
que para ellas ha establecido el Mercado.
Porque ésta es una gran verdad: el Mercado tiene la respuesta. En él se
manifiestan las preferencias del cliente, más allá que tengan como móvil
los proyectos o las necesidades de la gente, sus instintos, sus
costumbres o sus valores. Puede resultar importante conocer Por Que se
han producido ciertas preferencias en lugar de otras, pero es más
importante conocer perfectamente las preferencias manifestadas.
Los “Por Que” en éste caso enriquecen el análisis pero no condicionan la
actitud estratégica, porque definitivamente pueden tener muchas más
respuestas a las que menciona el citado libro. El tratamiento de las
preferencias no puede, en ningún caso, trasladarse al campo de las
deducciones determinísticas. Sus móviles son inmensos y cambian con una
rapidez asombrosa.
En una entrevista de televisión, un periodista que seguramente calculaba
poseer importantes conocimientos psicológicos, le preguntó a un
homosexual joven el por qué de sus preferencias sexuales. El joven
transitó afanosamente por caminos que conducían a diferentes
explicaciones, muchas de ellas se ajustaban primero al formalismo del
conocimiento popular, otras al razonamiento pseudo científico, por
último en algún momento contestó: “Por que me gusta”. Y dado que esta
respuesta probablemente cerraba el círculo de las expectativas del joven
homosexual pero no de su entrevistador, aquel terminó por decir una
verdad clara y contundente: No lo sé.
Puede especularse mucho sobre los móviles que tengan las preferencias,
sin embargo el Mercado está mostrando objetivamente las propias
preferencias. Por lo tanto resulta más seguro trabajar sobre éstas
preferencias que sobre los móviles que ellas hipotéticamente tengan.
Por otra parte resulta absolutamente engorroso determinar Qué es un
movimiento psicológico. En este sentido al STRATEGOS le resulta más
sencillo programar sus movimientos de manera de “conseguir” cierto
efecto psicológico de parte de ellos.
Finalmente el “movimiento de las imágenes de oferta de marcas” y el
“ataque a las imágenes de marca que sostienen los competidores” es un
trabajo que se desarrolla en el Mercado y desde allí llega a la Mente
del Cliente.
Probablemente por medio de esta afirmación se obtiene una posición más
conciliadora: Se trabaja en el Mercado para llegar a la Mente del
Cliente.
Se desconoce si el orden de esta relación conceptual genera alguna
incomodidad en el método científico, pero existe seguridad que no le
genera ninguna incomodidad al STRATEGOS, todo lo contrario, le brinda la
posibilidad indispensable de contar con una “construcción” presente
físicamente en el tiempo y el espacio. Un Teatro de Operaciones,
finalmente.
[1] Philoleau Ives H y Barboteu-Hayotte Denise, Marketing de Combate,
Editorial Oberon, Madrid España, 2000.
[2] Ibidem, Pag 137.
[3] Ibidem, Pag 157.
[4] Ibidem, Pag 54.
Carlos Nava Condarco, 39 años, natural de Bolivia. Licenciado en Administración de Empresas. Experto en Estrategia de Negocios. Catedrático de la Universidad Católica Boliviana en la materia de “Política y Estrategia Empresarial”. Experiencia en Gerencia Estratégica de empresas de productos de consumo masivo.
Empresario Independiente.
Autor del libro en edición: “El STRATEGOS y la guerra en el mundo de los negocios”.
Director del portal www.elstrategos.com
Buscar recursos sobre
Master internacional desde España (Online)- Becas parciales
Una frase memorable
Acerca de GestioPolis: Qué es GestioPolis — Términos de uso y Política de privacidad — Mapa del sitio — Contácto — Aliados — Contratar publicidad
Derechos de Autor: Los contenidos están bajo la licencia Reconocimiento - No comercial - Compartir bajo la misma licencia 3.0 Unported de Creative Commons a menos que se indiquen derechos de autor específicos. Si desea citar o utilizar públicamente alguno de los contenidos le solicitamos ponerse en contacto con el respectivo autor.
Derechos Reservados sobre el concepto del sitio web GestioPolis.com © 2008 Carlos López