De la inteligencia y su uso en la empresa
04-2005
Para todos nosotros y en lo referido a la inteligencia, lo importante es
cómo cultivamos y aplicamos la que tenemos; pero, si pensáramos en la
toma de decisiones en la empresa, tendríamos que enfocar seguramente la
reflexión sobre el personal directivo. Cada vez, por cierto, se toman
más decisiones por intuición, y se dice que ésta es la joya de la corona
de la inteligencia, pero pensemos en la más cotidiana inteligencia
cognitiva y en la emocional... ¿En qué otras más? ¿Podríamos hablar de
una inteligencia del pensar, otra del sentir y otra del actuar?
¿Deberíamos hablar sólo de una única global del individuo? ¿Tendríamos
que hablar de inteligencias perversas o envilecidas, en el mundo
empresarial? ¿De la inteligencia colectiva de la organización?
En las empresas se ha venido hablando de la personalidad de los
individuos, de sus currículos, de los tests de inteligencia clásicos
(para la selección de personal), de la formación, de las habilidades
personales, de la gestión por competencias y de otras muchas cosas, pero
parece que ha habido cierta resistencia a hablar concretamente de la
inteligencia emocional, a pesar de que circulaban algunos libros de
éxito al respecto.
Después de leer a Daniel Goleman, Robert K. Cooper y otros autores
(también algunos europeos), asistí a una conferencia de la Asociación
para el Progreso de la Dirección (APD) —creo que fue en 1999—, en que ya
se empezaba a vincular la inteligencia emocional con el ejercicio del
liderazgo. Los ponentes admitieron que se había tardado en reconocer la
importancia de la inteligencia emocional en las empresas, y lo hacían
finalmente para vincularla al ejercicio del liderazgo, que fue quizá el
gran buzzword de los 90, y que hoy empieza a suscitar reservas.
Uno pensaba que la inteligencia emocional —como la cognitiva— era cada
vez más necesaria para todos, pero parecía bien que se empezara por los
directivos. En cuanto al liderazgo, se había convertido en una buena
fuente de ingresos para los gurús y las consultoras, y quizá la IE podía
revitalizar el concepto. Sin duda el siglo XXI traería un nuevo perfil
de los directivos, y quizá también —ya se decía igualmente— un nuevo
perfil, más autónomo (también sonaba el empowerment y, desde luego, el
trabajo en equipo), de muchos trabajadores. Recuerdo que me disgustaba
la imagen del pastor y sus ovejas como reflejo del liderazgo, y prefería
una concepción más contagiosa, de modo que todos nos lideráramos a
nosotros mismos tras metas compartidas. Más que seguir al líder, creí
que había que perseguir unas metas compartidas: quizá porque había leído
a Senge antes que a Bennis; o quizá porque había leído demasiados libros
de caballerías. Pero sí: se vinculaba la inteligencia emocional al
liderazgo de los directivos.
Allí, en aquella conferencia organizada por la APD, entre otros gurús
españoles (Mulder, Medina...), pude escuchar con satisfacción a José
Antonio Marina, cuyos libros leo igualmente con gran placer, y que,
tanto entonces como ahora, parece desmarcarse de la teoría de la
inteligencia emocional, a la que considera una moda “iniciada por
Salovey y lanzada al estrellato por Goleman”. “No hay, pues, una
inteligencia cognitiva y una inteligencia emocional”, sostiene nuestro
prestigioso ensayista en su último libro (La inteligencia fracasada, de
Anagrama). No sé qué pensará de las inteligencias múltiples de Gardner,
pero Marina considera inseparables el conocimiento y el afecto (dese
amplio significado a estos significantes), de cara a su influencia en la
acción. (La verdad es que en nuestra acción deben influir muchos
factores difíciles de separar, y no creo que haya autores que cuestionen
esto, aunque defiendan teorías no coincidentes).
Nuestro ensayista habla de dos niveles de inteligencia: la inteligencia
estructural o computacional (“que se mide con tests”), y la inteligencia
en acción, o inteligencia ejecutiva (“que no se mide por ahora con
tests”). Parecía necesaria esta división, porque en el libro (que
subtitula Teoría y práctica de la estupidez) habla del uso de la
inteligencia, y nos dice: “La discrepancia entre ser inteligente y
comportarse inteligentemente nos revela que entre ambos niveles hay un
hiato, donde actúa un campo de fuerzas mal descrito, y esto abre un
interesante y urgente campo de investigación”. Pues esta investigación,
o al menos un vivo debate, creo yo, sería especialmente urgente en el
área empresarial... Sin duda surgirá.
(Si me aceptan un paréntesis digresivo, les sugiero que, ante cualquier
estudio de algo que les interese, no se queden con el primer autor que
les cautive —por sus ideas o por su brillantez al exponerlas—, sino que
lean más, se entreguen a la reflexión detenida, evalúen la consistencia
de las tesis respectivas —quizá por las investigaciones que las avalan,
pero, en general, cuiden sus criterios de evaluación—, eviten
precipitarse, elaboren sus propias síntesis, y no dejen de poner en
frecuente cuestión sus propias conclusiones. La Sociedad de la
Información nos ofrece mucha de ésta, pero ninguna es definitiva; de la
realidad no solemos percibir más que vistas parciales, e incluso
nosotros mismos podemos padecer tendencias espurias a avanzar por
caminos interesados. Pero, dicho esto, en el caso de la inteligencia
creo que las teorías no son tan distantes como aparentan, y considero
que mi modesta iniciación personal me ha permitido ir sumando, y nunca
restando, al leer a diferentes autores, a menudo al borde de mi
capacidad de comprensión).
Volviendo al hiato en que les dejé, cuesta creer que, con todos los
investigadores que se han dedicado al tema con importantes recursos en
las últimas décadas, no se haya abordado todavía esta distancia, e
incluso yo llegué a pensar que había sido precisamente la inteligencia
emocional la que había venido a cubrirla, al menos parcialmente. Pero ya
digo que Marina, al hablar de la inteligencia, y aunque le pone muy
diferentes adjetivos en sus obras (computacional, afectiva, creadora,
interpersonal...), prefiere hablar de una única capacidad intelectual
global, para abordar luego la manifestación (o no manifestación) de
aquélla en la conducta, y hablar también de “la inteligencia fracasada”.
Aunque el autor hable por separado de fracasos cognitivos y de fracasos
afectivos (y volitivos), insiste en que “las emociones influyen en el
conocimiento, pero el conocimiento influye en las emociones”, para
desmarcarse del extendido estudio separado de la inteligencia emocional.
Parecía oportuno releer a Goleman (La práctica de la inteligencia
emocional, de Kairós, 500 páginas), por ver si éste relaciona o separa
el conocimiento del sentimiento, y he podido comprobar, ya en la página
45, que los relaciona expresamente. Ello, sin embargo, no le impide
desarrollar su modelo de competencias emocionales (como se sabe, Goleman
fue pupilo de McClelland). A mí me parece que no hay contradicción entre
estos autores, sino visiones particulares que contribuyen
enriquecedoramente al todo; de ahí que me haya permitido, en la
digresión de hace un rato, invitarles a leer siempre mucho en cada tema.
A mí, por poner un ejemplo, me interesó el tema de la intuición en la
empresa porque se hablaba mucho de ella y quizá no era intuición todo lo
que relucía…, y encontré muy variados puntos de vista, entre los que no
olvidaría a Parikh, Vaughan, Burke, Miller, Simon, Agor…
La inteligencia en el trabajo
Un poquito antes hablábamos de las emociones y del conocimiento, y,
llevando este último al turbulento mundo de la empresa —cuidado con el
escalón—, encontramos otro sólido buzzword en la denominada “gestión de
conocimiento”, que viene a proclamar al mismo como “capacidad para
actuar”, aunque todos sabemos que actuar bien, con elevado rendimiento,
exige algo más que conocimientos. Trabajar bien exige además habilidades
sociales, determinadas creencias, adecuadas actitudes, fortalezas de
carácter... Exige actuar con inteligencia, y quizá algo más. Yo les
propondría aceptar, con Marina, que todo nuestro software funciona de
manera conjunta, si no concurrente, dentro de nosotros, aunque convenga
quizá separarlo para profundizar en ello y avanzar en el desarrollo
personal.
Como se estaba hablando ya bastante de la “gestión del conocimiento”,
improvisé en el año 2000 (en un texto publicado) la expresión “gestión
del pensamiento”, y luego he visto que también se habla de “gestión de
los sentimientos” o de las emociones, tanto en lo intra como en lo
interpersonal. El capital emocional (emociones positivas) es seguramente
un activo valioso de las organizaciones, aunque también pueda resultar
un pasivo (emociones negativas). Al final, podríamos hablar de la
“gestión de la inteligencia”, sobre todo en lo que se refiere a hacer el
mejor uso de ella; pero, ¿qué inteligencia gestiona nuestra
inteligencia?
Desde luego —¿lo aceptan, o les sigo machacando?—, una cosa es nuestra
inteligencia entendida de modo holístico y sistémico, y otra es el uso
que de ella hacemos. Quizá aquí esté efectivamente la clave —la terra
incognita de la inteligencia—: en la distancia entre la inteligencia de
que disponemos y el uso que de ella hacemos; pero ya puede advertirse
que esta distancia (aquí está la voluntad, pero debe haber mucho más)
también depende de lo que entendamos por inteligencia, aparte de otras
varias cosas. Este pensamiento sería aparentemente aplicable también a
la inteligencia colectiva de las organizaciones. (No me está gustando
nada hablar de la inteligencia sin hablar de la felicidad, y por eso
añado ahora otros nombres relevantes: Mihaly Csikszentmihalyi y Martin
Seligman).
Estaba yo pensando ahora por qué el Real Madrid, que parece atesorar
casi toda la inteligencia futbolística, está obteniendo (2005)
frustrantes resultados. Al respecto, y aunque hay muchos expertos
opinando, yo apuntaría —espontáneamente— a la fatiga psíquica de los
jugadores, su sensación de temporalidad, la entropía de metas u
objetivos de la institución, la mera fortuna, la imposibilidad de
superarse a sí mismos, la presión de los medios, posibles rivalidades en
la plantilla, un cierto narcisismo colectivo, el peso inexorable,
abrumador, paralizador, de las emociones negativas... Como mi opinión
pasará preterida, me atrevo a decir que todo esto influye en la
concentración de los jugadores y en su rendimiento individual y
colectivo. El equipo pasará el bache, pero, ¿se refiere a estas cosas
Marina, al hablar de inteligencia fracasada? Creo que a éstas y otras:
no se lo pierdan.
Las competencias
Si el lector sigue conmigo, a mí me gustaría referirme ahora al
competency movement impulsado por David McClelland, porque apunta a la
obtención de buenos resultados en el desempeño profesional. O sea, si
seguimos hablando de los directivos en las empresas, esto tendría
bastante que ver con la utilización de la inteligencia, tanto en la toma
de decisiones como en su materialización. Sospecho que los directivos
relacionan sus éxitos con el uso de su inteligencia, pero sus fracasos
con factores exógenos. De esto, de los éxitos y fracasos de la
inteligencia, habría mucho que decir, y hasta uno mismo —insolente— ha
dicho cosas; pero no se pierdan a los expertos de prestigio. Voy
entonces a lo de las competencias: a los rasgos, de diferente índole,
que parecen predecir buenos resultados.
Han pasado ya más de 20 años desde la publicación del famoso artículo
“Testing for Competence rather than for Intelligence”, con que
McClelland vino a revolucionar las ideas sobre el alto rendimiento. La
gestión por competencias llegó a las grandes empresas españolas mediados
los años 90, aunque los modelos se construyeron e implantaron quizá al
final de la década; haciendo memoria, yo creo que el desarrollo de este
postulado resultó concurrente con la llegada del denominado e-learning y
no sé si, tal vez por ello, se pudo incurrir en alguna trivialización.
Ésta sería otra historia, pero también me parece que, al principio de la
gestión por competencias, se puso quizá más empeño en las herramientas y
procedimientos que en el propio estudio de las competencias necesarias
en directivos y trabajadores.
Por seguir hablando del personal directivo, recuerdo que, con la
intención de mejorar el aprovechamiento de su potencial y de sus
recursos profesionales, se elaboraban ya en el año 2000 programas muy
estudiados para el desarrollo de sus competencias genéricas o
transversales; seguramente ahora (2005) se hace todo con mejores
resultados. Estas competencias se clasificaban y clasifican de
diferentes maneras, pero, entre las soft competencies, uno acaba
distinguiendo un grupo de competencias cognitivas (percepción de la
realidad, manejo de conceptos, capacidad de análisis y síntesis,
perspectiva sistémica, creatividad...) y otro de competencias más
personales o emocionales (empatía, liderazgo, influencia, iniciativa,
flexibilidad, resistencia a la adversidad…).
No obstante, además del desarrollo de estas competencias cognitivas y
emocionales del directivo, yo recuerdo (ya en 2002) haber defendido ante
mis colegas la necesidad de una tercera dimensión: una dimensión moral o
espiritual, que luego quise relacionar con la inteligencia de ese campo
que también acabó apuntando Gardner. Aquí, aunque ya no me acuerdo bien,
incluía rasgos como la generosidad, la subordinación al bien común, la
integridad...: “virtudes” profesionales, diría yo. Todo funciona a la
vez dentro de nosotros mismos, pero creo que, a la hora de
desarrollarnos, es útil distinguir rasgos de nuestro perfil: lo
cognitivo, lo emocional, lo espiritual... (Ahora que releo este párrafo,
no sé si esta tercera dimensión tendría algo que ver con el hiato de
Marina…).
Les traslado ahora unas palabras del profesor Santiago Álvarez de Mon,
del IESE: “El concepto de inteligencia —hablando de la inteligencia del
directivo— no puede circunscribirse al manejo solvente de números,
palabras, balances y técnicas de dirección. La lógica y práctica del
profesional de la dirección ha de incorporar a su acervo personal una
serie de habilidades y actitudes imprescindibles para liberar el talento
humano de su equipo de colaboradores”. Entre estos rasgos inexcusables,
el profesor señalaba: el arte de preguntar, la escucha empática para
alumbrar un diálogo fructífero, la humildad para aprender a aprender, la
voluntad y disposición de servicio a los demás, la gestión lúcida y
consciente del tiempo, la creatividad y visión para imaginar nuevas
posibilidades, la paciencia para saber elegir el timing más oportuno...
Bueno pues, en efecto, la eficacia del directivo, además de
conocimientos y habilidades de carácter técnico y funcional, parecería
precisar, en muy buena dosis, de las tres dimensiones que les
mencionaba, y que ya identificó (junto a otras) Howard Gardner. Incluso,
al volver sobre este conocido psicólogo del desarrollo, creo que también
sería útil la inteligencia linguística, aunque sí podríamos quizá
olvidar, en la mayoría de las empresas, otras como la musical, la
cinética o la espacial... Desde luego, habría que aplicar estas
inteligencias sinérgica y convenientemente en el desempeño profesional.
(Importante —muy breve esta nueva digresión— el GoodWork Project, en que
Gardner colabora con Csikszentmihalyi y Damon; y muy bueno, aunque lo
repita, lo de la psicología positiva de Seligman y Csikszentmihalyi, si
me permiten expresar opiniones-sentimientos).
Se clasifiquen de un modo u otro, parece positivo identificar los rasgos
competenciales que contribuyen a la consecución de resultados
profesionales, para el corto y el largo plazo. Por referirnos sólo a lo
genérico (es decir, a lo común para casi todos los directivos, tanto si
lo son de marketing, de producción, de ventas o de ingeniería),
hablaríamos de: pensamiento sistémico, manejo de conceptos, comunicación
oral y escrita, análisis y síntesis, agilidad mental, influencia,
empatía, flexibilidad, espíritu de colectividad, templanza,
autodisciplina, seguridad en sí mismo, afán de logro, amplitud de miras,
conciencia organizacional, percepción de la realidad, compromiso... Ya
sé que todas estas etiquetas pueden resultar vacías si no las
describimos con rigor y precisión, pero hacerlo ahora nos distraería.
Volviendo al uso de la inteligencia, ¿aseguraría todo esto el éxito? O,
mejor dicho, ¿asegurarían todas estas competencias el acierto en las
decisiones y la consecución de resultados? Por una parte, yo destacaría
la existencia de algunas competencias especiales —metacompetencias— que
parecen contribuir a que las otras se apliquen convenientemente:
autoconocimiento, proactividad, integridad, resistencia a la adversidad,
afán de logro, creatividad, templanza, compromiso... Pero, aunque esta
última serie parezca compuesta de catalizadores del alto rendimiento,
puede ciertamente haber, dentro de nosotros (y fuera), trampas
arraigadas que parecen llevarnos a menudo, de manera inexorable, a la
perdición.
Los obstáculos endógenos
No sólo hemos de proveernos de catalizadores del éxito, sino que también
hemos de neutralizar nuestras barreras endógenas (aparte de las
exógenas), de cara a la obtención de buenos resultados, al éxito. Para
el caso de los directivos y ejecutivos, al igual que identificamos las
competencias, cabría efectivamente identificar las barreras. A primera
vista, veo obstáculos tan fatales como tristemente frecuentes, aunque
ahora destacaría sólo unos pocos. Hay más, pero vayamos viendo:
§ El excesivo culto al ego.
§ La presunción de infalibilidad.
§ La codicia de dinero o poder.
§ El imperio de la autoridad sobre la racionalidad.
§ La complacencia.
§ El aferramiento a errores estratégicos o tácticos.
§ Una adulteración de las metas.
§ Desconectarse de la realidad interior y exterior.
Quizá la improvisación me haya llevado a sugerir lo mismo con distintas
palabras, pero hay ciertamente más cosas que nublan la vista del
directivo o del ejecutivo; yo mismo digo, por ejemplo, que lo peor que
le puede pasar a un joven directivo es tener un gran éxito demasiado
pronto. Pero, aunque no incurramos en estos y otros pecados capitales
(muchos más de siete), hay que admitir que la usual carga de tensión
nerviosa, fatiga psíquica, entropía ambiental, frustración y emociones
negativas, reduce nuestras capacidades, dispersa nuestra atención, y
amarga nuestra vida… en no pocas empresas.
O sea que, aun siendo competentes y virtuosos, podemos ver malograda
nuestra aspiración o expectativa de éxito. Incluso, se me ocurre que a
veces los fracasos tienen su origen en haber confiado en quien no se
debía, sin descartar la mala suerte. Y hablando de mala suerte, ¿acaso
no se equivocan los árbitros y jueces, y su error da al traste con
nuestras expectativas? ¿Acaso no se dan situaciones similares en el
mundo empresarial? El lector tiene suficiente materia de reflexión si no
la tenía ya previamente, y yo voy terminando; pero lean, lean al
respecto.
Conclusión
Aunque haya tratado de llevar la atención sobre aspectos que me parecen
significativos, no pretendo sino alentar el debate. Y concluyo. Concluyo
con algunas ideas finales que no hacen síntesis, pero quizá señalizan el
campo:
§ En la empresa, si la organización es colectivamente torpe, de poco
sirven las inteligencias individuales.
§ En el individuo, hay un montón de recursos
intelectuales/emocionales/espirituales en espera de ser mejor
cultivados.
§ Nos equivocaremos siempre, y eso además parece relativamente saludable
y muy humano, pero no hace falta que nos equivoquemos tanto.
§ Quizá no estaría tan mal, después de todo, analizar en qué nos hemos
equivocado cada vez, sin incurrir en la obsesión.
§ También pueden analizarse los éxitos, por si no fueran tan nuestros
como parece.
§ Importante y urgente, que todos nos conozcamos mejor a nosotros
mismos, aunque quizá no sabemos bien en qué consiste lo de conocerse
mejor.
§ Los directivos desperdician una buena parte de su inteligencia y su
energía psíquica (por no hablar del tiempo y las reuniones) en cosas
tangenciales, aunque quizá los demás también.
§ Los valores morales son más trascendentes de lo que parece, y podrían
servir de guía en la duda, y de catalizador en la eficacia.
§ Del resto de animales también nos distingue el lenguaje, y podemos
usarlo mejor: mucho mejor.
§ Quizá haya recursos, como la creatividad, la intuición y la
serendipidad, que podrían ser más útiles si se cultivaran bien (sin
adulterarlos).
§ Con lo que cuesta adquirir algunos conocimientos, es una pena que
luego no los usemos de forma óptima, pero esto habría que explicarlo.
§ A mí me parece que la vida, en general, parece más bonita cuando la
recordamos que cuando la vivimos: vivámosla mejor.
§ En el trabajo, hay dos tipos de personas: los íntegros y los
corruptos; ¿o quizá tres?
§ Creo que muchos directivos van a medio gas, porque el culto al ego y
la apariencia consumen el otro medio.
§ Es mejor ganar que perder, pero lo mejor de todo es que ganemos todos:
me ha parecido una obviedad oportuna, pero es ya la última.
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Ing.
José Enebral Fernández Consultor en Management y Recursos Humanos
jenebral1arrobami.madritel.es
Consultor
de Management y Recursos Humanos, José Enebral Fernández, madrileño y
nacido en 1951, posee una experiencia de más de 30 años en formación
continua de titulados y directivos de grandes empresas, tanto mediante
métodos presenciales como aplicando nuevas tecnologías de la información
y la comunicación. Desde 1997, publica regularmente artículos en
diferentes medios impresos de su país (Capital Humano, Training &
Development Digest, Harvard Deusto, Aedipe, Dirección y Progreso,
Q-Calidad, etc.) y también en algunos portales de la Red".