Vender más, satisfacer al mercado, ganar dinero, correr más rápido
que la competencia, adoptar mejor tecnología, estar a la vanguardia;
todo esto conlleva a su vez costos personales, y es aquí justamente
donde se vislumbra esta rentable y gran industria del mundo.
Hace falta acuñar un término a la suma total de industrias que
pretenden: curar heridas, llenar vacíos, encontrar respuestas, y
regresar a la persona su balance de vida.
Esta suma incluye un amplio rango de giros: gimnasios, religiones, spas,
control mental, métodos alternativos de sanación, turismo, meditación,
arte, yoga, tai chi, organizaciones para encontrar pareja,
entretenimiento, etc., y por eso vale billones de dólares.
Es que siempre que ganamos algo, perdemos algo; y siempre que perdemos
algo, ganamos algo.
La tecnología no es intrínsecamente “mala”, ni se trata de una postura
en contra del progreso de la Ciencia. Pero para que sea auténticamente
progreso, tiene que ser cuestionado, criticado, pulido.
Lo que ocurre con la Tercera Ola -con todas sus ventajas y
contribuciones- es que trae consigo una deshumanización implícita:
relaciones virtuales, mecanización, interacción remota, intimidad
anónima, aislamiento. Continuamente estamos conectados con celulares,
faxes, mails, ancho de banda, y encendemos algo, lo que sea, cuando
sentimos que acecha la angustia del silencio.
La tecnología acerca a la gente, pero también tiene el potencial de
alejarla porque como “ya se está en contacto”, entonces el verdadero
contacto se pospone o se evita.
La tecnología avanza y amenaza -en la mente de muchos- al humanismo.
Y la cultura pop recoge esta mitología: en I Robot –de Assimov- el robot
entra en conflicto al pretender humanizarse; en Odisea 2001 del Espacio
la computadora quiere “vivir” y toma el control de la nave; en Matrix se
libra una guerra frontal por la existencia entre humanos y máquinas.
No sólo es la tecnología la que puede deshumanizar, también está el
sistema de vida.
El dinero, la fama y el éxito tienen un precio y en muchos casos es la
autodestrucción. La lucha por hacerla subordina tanto a la persona que
puede acabar perdiendo su misma esencia.
Los costos por incapacidades y enfermedades siguen en aumento por el
mundo. Solamente en Estados Unidos se estima que las empresas pierdan
entre 200 y 300 billones de dólares al año por bajas de productividad
-incluyendo los gastos médicos- debido al stress.
La carrera capitalista no cesa. Una ganancia obliga a otra. Un
compromiso genera otro. Es como un tren del que no se puede bajar porque
va demasiado rápido; además, nuestro grupo de referencia siempre anda en
lo mismo.
De ahí la afirmación de Nietzsche: vivimos atorados entre tener una vida
sin precedente (la de generación) o una vida con precedente (la de la
escasez); entre ser la excepción o ser la regla; entre ser original o
ser copia.
Nuestras acciones y decisiones, pueden provenir de la parte fuerte y la
potencia creativa -que quiere manifestarse- o pueden venir de la parte
ansiosa y débil -que quiere a toda costa la aceptación convencional-.
Por eso el borreguismo, las modas, el querer imitar a otros, copiar
formas aprobadas de ser, el deseo por afiliarse y pertenecer.
El consumismo: querer más, comprar más, tener más es otro acicate de los
tiempos.
La felicidad, al estilo de Platón, nace del mismo deseo de ser feliz. Y
ahí empieza la paradoja: el deseo depende de la carencia. La implicación
es curiosa: cuando la carencia se llena, cuando el objeto se tiene; la
carencia desaparece y con ella el deseo puesto que sólo se desea lo que
no se tiene.
Como un preámbulo a la Cuarta Ola, Víctor Frankl -sobreviviente
Auschwitz, psiquiatra vienés, fundador de Logoterapia- aseguraba que hoy
en día el padecimiento predominante es la falta de sentido personal. Y
el síntoma más representativo de esta carencia es el aburrimiento.
La Cuarta Ola, da la impresión de nacer como una respuesta necesaria
para los excesos de la Tercera Ola. Y Lou Marinoff –con su propia
batalla- pone el dedo en la llaga y anuncia la llegada de otra industria
nueva.
Marinoff, equipado con un doctorado en filosofía, está causando revuelo
por el mundo de la salud mental en función de que quiere tratar a
pacientes con problemas existenciales -de su trabajo y/o de sus
relaciones personales- con uno de los esquemas más antiguos: filosofía.
Su argumento lo centra –sin que mencione a Frankl- de que muchos de los
problemas actuales de falta de sentido y dirección en la vida podrían
atenderse con la filosofía.
Psicólogos y psiquiatras -quizá en parte porque son competencia directa-
han puesto el grito en el cielo porque dicen que sin entrenamiento
clínico un filósofo terapeuta erróneamente podría “recetar a Heidegger,
en lugar de recetar un medicamento”. Pero Marinoff asegura que la gente
está cansada de que médicos y psiquiatras se la pasen recomendando
químicos para eliminar síntomas, a pesar de que muchos de los problemas
de las personas no son ni químicos ni psicológicos, sino filosóficos.
No se tiene que estar clínicamente enfermo, ni cargar una bronca no
resuelta de la niñez, para auténticamente querer ayuda a contestar las
preguntas de la humanidad como la muerte, el propósito de vida, el
sufrimiento perenne de la condición humana. Incluso entre más sanas las
personas, más preguntas válidas tienden a hacerse sobre la ética de vida
y sus principios.
La Cuarta Ola quizá sea un tema para leerse dos veces y para la
reflexión ahora que vienen las vacaciones.
Horacio Marchand horacioarrobahoraciomarchand.com www.horaciomarchand.com MBA (Universidad de Texas en Austin, 1991), Lic. Administración de Empresas (ITESM, Campus Monterrey, 1980)
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