¿A qué te dedicas?

Autor: Horacio Marchand 

COMUNICACIÓN ORGANIZACIONAL

02-2005

Es un encuentro semi-casual y tienes frente a ti varios tipos de personas: una que potencialmente puede contratarte o recomendarte con personas influyentes; otra del sexo opuesto con posibilidades románticas; otra, uno de esos grandulones que en tu niñez te molestaban; y finalmente una anónima compañía en un vuelo cotidiano. Y te preguntan: ¿A qué te dedicas? 

Dependiendo del caso, tu respuesta va a variar. No en contenido, pero sí en intención. Toda tu vida parece resumirse frente a ese instante, y en cuestión de minutos, dos, tres, quizá cinco, sintetizas logros, desempeño y tu valía en este mundo del capital y la productividad. 

Sientes el rigor de esta gran pregunta. Se acabó el tono relajado de la plática informal: te enderezas, agarras aire, te pones solemne, y contestas de la mejor manera posible: el currículo interesante, la demostración de experiencia, lo razonablemente sofisticado, el potencial económico sin la superficialidad, lo interesante que eres. Difícilmente te vas a animar a confesar fracasos, confusión o inseguridad. 

Esta es la gran pregunta del mundo capitalista: "¿Qué haces, a qué te dedicas, what do you do for a living? Dame un discurso, cuéntame tu historia que necesito categorizarte, ubicarte, sondearte. Necesito ubicarme con relación a ti. Si me ganas, déjame explorar cómo puedo sacar provecho de este contacto; si te gano, déjame apantallarte para que le cuentes a tu señora a quién conociste. 

Y mientras el otro habla sigues pensando; o mientras tú hablas el otro sigue pensando: qué tan hábil es, qué tanto me sirve conocerlo, cuánto tiempo le invierto, qué puedo aprender de él, qué puedo compartir, ¿tendrá influencia? ¿Acabará siendo un baboso, charlatán, engreído; o será un genio escondido, el primo lejano de Athina Onassis, un contacto futuro? 

El mundo y sus categorías. La gente y sus etiquetas. La persona y su actividad. Tanta categorización con frecuencia genera miopía personal. 

Ahí va un recorrido de las etapas de ¿a qué te vas a dedicar? 

¿Dónde vas a trabajar? Esta era la pregunta que nos hacíamos entre los compañeros de la carrera. La ilusión era formar parte de esos grupos industriales, ahora muchos de ellos desinvertidos, en vías de extinción o en manos de extranjeros. 

¿Qué vas a fabricar? Al egresar de profesional la pregunta cambió a ¿qué vas a fabricar? Por aquellos años apenas despegaba el modelo industrial y lo que eventualmente llegaría a la maquila. Se empezaba a pulir el concepto de Bancomext y el orgullo de exportar producto mexicano se trasminó en la cultura empresarial. 

¿Qué vas a importar? Pasaron los años, se firmaron tratados como el GATT y el TLC, y se dejó sentir la avalancha de productos extranjeros a los que defensivamente se les llamó "chatarra" y que pusieron en aprietos a la industria nacional. Se masacró la industria zapatera, dulcera, mueblera, textil y juguetera, entre otras. La prisa era amarrar distribuciones exclusivas. 

¿Qué puntocom vas a poner? La fiebre del Internet de repente hizo empresarios a los jóvenes. Impotentes frente a un sistema financiero ineficaz y alejado de su función, los jóvenes empezaron a conocer la existencia de términos prácticamente ignorados en México: venture capitalists, risk capital, white knights, seed money, etc. La brecha entre jóvenes y adultos maduros se abría aún más. El polvorín se acabó por sentar, y terminó con un "lero, lero, se los dije", del establishment corporativo. 

¿Qué empresa extranjera los compró? Con la extranjerización del país, íconos de la era industrial, comercial y de servicios en México han ido cayendo en manos de extranjeros. A billetazos los empresarios mexicanos se han ido reduciendo. Empresarios mexicanos nacionalistas quedan muy pocos. 

¿Qué negocio vas a poner? Ésta es la pregunta de la persona económicamente activa. Nadie podrá negar que ha considerado esta posibilidad alguna vez en su vida. Todos queremos iniciar algo. Tenemos una chispa interna de creación que se manifiesta de maravilla cuando se monta un negocio. Algunos lo equiparan con tener un hijo, otros con tener una amante, cada quién. Pero lo que sí es que hay un emprendedor muchas veces atrapado dentro de nosotros mismos. Cuando se monta un negocio o un proyecto nuevo, nuestra personalidad se expande, se crece, se fortifica, se realiza. 

Nada despierta más emoción que compartirle a alguien que somos propietarios y creadores de un negocio. Tener un rincón propio en el mundo es de los más grandes satisfactores. Incluso si se trabaja de empleado no es condición excluyente para montar algo, aunque sea pequeño. 

¿Por qué no pones un negocio? Dime. 

En los 20’s, no lo pongo porque me falta experiencia. Prefiero aprender y luego que le entienda a la cosa, me aviento. 

En los 30’s, porque me ando casando (o por que recién me casé). Tengo muchos compromisos: casa, autos, muebles. Luego que me estabilice, me aviento. 

En los 40’s, porque tengo muchos gastos de mis hijos: universidad, viajes, ropa, cd’s, autos; no me doy abasto. Luego que terminen la escuela, tengan un trabajo o se casen, me aviento. 

En los 50’s, porque tengo dudas de qué negocio poner. Siento que me he desconectado del mercado un poco, además quiero ayudarles a mis hijos con su casita, luego que termine esta etapa, me aviento. 

En los 60’s, porque ¿ya para qué? ¿Y luego si me va mal? Imagínate de qué voy a vivir en mi vejez. Tengo que pensar en estos años donde ya me retiro. No puedo andar arriesgando, mira, ¿ya para qué me aviento? No tengo la energía, no siento la pasión; así estoy bien, las cosas a su tiempo, ves. 

¿A qué te dedicas?
 

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Horacio Marchand  horacioarrobahoraciomarchand.com         www.horaciomarchand.com   MBA  (Universidad de Texas en Austin, 1991), Lic. Administración de Empresas (ITESM, Campus Monterrey, 1980) 

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