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Dependiendo del caso, tu respuesta va a variar. No en contenido, pero
sí en intención. Toda tu vida parece resumirse frente a ese instante, y
en cuestión de minutos, dos, tres, quizá cinco, sintetizas logros,
desempeño y tu valía en este mundo del capital y la productividad.
Sientes el rigor de esta gran pregunta. Se acabó el tono relajado de la
plática informal: te enderezas, agarras aire, te pones solemne, y
contestas de la mejor manera posible: el currículo interesante, la
demostración de experiencia, lo razonablemente sofisticado, el potencial
económico sin la superficialidad, lo interesante que eres. Difícilmente
te vas a animar a confesar fracasos, confusión o inseguridad.
Esta es la gran pregunta del mundo capitalista: "¿Qué haces, a qué te
dedicas, what do you do for a living? Dame un discurso, cuéntame tu
historia que necesito categorizarte, ubicarte, sondearte. Necesito
ubicarme con relación a ti. Si me ganas, déjame explorar cómo puedo
sacar provecho de este contacto; si te gano, déjame apantallarte para
que le cuentes a tu señora a quién conociste.
Y mientras el otro habla sigues pensando; o mientras tú hablas el otro
sigue pensando: qué tan hábil es, qué tanto me sirve conocerlo, cuánto
tiempo le invierto, qué puedo aprender de él, qué puedo compartir,
¿tendrá influencia? ¿Acabará siendo un baboso, charlatán, engreído; o
será un genio escondido, el primo lejano de Athina Onassis, un contacto
futuro?
El mundo y sus categorías. La gente y sus etiquetas. La persona y su
actividad. Tanta categorización con frecuencia genera miopía personal.
Ahí va un recorrido de las etapas de ¿a qué te vas a dedicar?
¿Dónde vas a trabajar? Esta era la pregunta que nos hacíamos entre los
compañeros de la carrera. La ilusión era formar parte de esos grupos
industriales, ahora muchos de ellos desinvertidos, en vías de extinción
o en manos de extranjeros.
¿Qué vas a fabricar? Al egresar de profesional la pregunta cambió a ¿qué
vas a fabricar? Por aquellos años apenas despegaba el modelo industrial
y lo que eventualmente llegaría a la maquila. Se empezaba a pulir el
concepto de Bancomext y el orgullo de exportar producto mexicano se
trasminó en la cultura empresarial.
¿Qué vas a importar? Pasaron los años, se firmaron tratados como el GATT
y el TLC, y se dejó sentir la avalancha de productos extranjeros a los
que defensivamente se les llamó "chatarra" y que pusieron en aprietos a
la industria nacional. Se masacró la industria zapatera, dulcera,
mueblera, textil y juguetera, entre otras. La prisa era amarrar
distribuciones exclusivas.
¿Qué puntocom vas a poner? La fiebre del Internet de repente hizo
empresarios a los jóvenes. Impotentes frente a un sistema financiero
ineficaz y alejado de su función, los jóvenes empezaron a conocer la
existencia de términos prácticamente ignorados en México: venture
capitalists, risk capital, white knights, seed money, etc. La brecha
entre jóvenes y adultos maduros se abría aún más. El polvorín se acabó
por sentar, y terminó con un "lero, lero, se los dije", del
establishment corporativo.
¿Qué empresa extranjera los compró? Con la extranjerización del país,
íconos de la era industrial, comercial y de servicios en México han ido
cayendo en manos de extranjeros. A billetazos los empresarios mexicanos
se han ido reduciendo. Empresarios mexicanos nacionalistas quedan muy
pocos.
¿Qué negocio vas a poner? Ésta es la pregunta de la persona
económicamente activa. Nadie podrá negar que ha considerado esta
posibilidad alguna vez en su vida. Todos queremos iniciar algo. Tenemos
una chispa interna de creación que se manifiesta de maravilla cuando se
monta un negocio. Algunos lo equiparan con tener un hijo, otros con
tener una amante, cada quién. Pero lo que sí es que hay un emprendedor
muchas veces atrapado dentro de nosotros mismos. Cuando se monta un
negocio o un proyecto nuevo, nuestra personalidad se expande, se crece,
se fortifica, se realiza.
Nada despierta más emoción que compartirle a alguien que somos
propietarios y creadores de un negocio. Tener un rincón propio en el
mundo es de los más grandes satisfactores. Incluso si se trabaja de
empleado no es condición excluyente para montar algo, aunque sea
pequeño.
¿Por qué no pones un negocio? Dime.
En los 20’s, no lo pongo porque me falta experiencia. Prefiero aprender
y luego que le entienda a la cosa, me aviento.
En los 30’s, porque me ando casando (o por que recién me casé). Tengo
muchos compromisos: casa, autos, muebles. Luego que me estabilice, me
aviento.
En los 40’s, porque tengo muchos gastos de mis hijos: universidad,
viajes, ropa, cd’s, autos; no me doy abasto. Luego que terminen la
escuela, tengan un trabajo o se casen, me aviento.
En los 50’s, porque tengo dudas de qué negocio poner. Siento que me he
desconectado del mercado un poco, además quiero ayudarles a mis hijos
con su casita, luego que termine esta etapa, me aviento.
En los 60’s, porque ¿ya para qué? ¿Y luego si me va mal? Imagínate de
qué voy a vivir en mi vejez. Tengo que pensar en estos años donde ya me
retiro. No puedo andar arriesgando, mira, ¿ya para qué me aviento? No
tengo la energía, no siento la pasión; así estoy bien, las cosas a su
tiempo, ves.
¿A qué te dedicas?
Horacio Marchand horacioarrobahoraciomarchand.com www.horaciomarchand.com MBA (Universidad de Texas en Austin, 1991), Lic. Administración de Empresas (ITESM, Campus Monterrey, 1980)
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