Esta tarea comercial, en sus diferentes formas de vendedores o
comerciales propios, comisionistas, distribuidores, agentes de ventas y
otras similares es perfectamente válida y comúnmente utilizada. Estos
profesionales de la venta y la representación están lícitamente
retribuidos y, en muchas ocasiones, reciben importantes comisiones fruto
de su buen hacer profesional.
Existen otras ocasiones en que una empresa, para lograr contratos,
pedidos o colocar sus productos o servicios, recurre a dar dinero o
regalos a personas que, desde el lado del potencial cliente, pueden
favorecerla consiguiendo el pedido o contrato correspondiente. Pueden
darse muy diferentes y variopintas situaciones. A continuación exponemos
una de ellas, la de Alfonso, empresario del sector de la construcción y
las obras públicas.
Alfonso tiene sesenta años y es el clásico exponente del hombre hecho a
sí mismo, trabajador, sin horarios y que en veinte años ha creado una
importante empresa de la construcción y las obras públicas en su zona.
Su empresa cuenta con una amplia plantilla de personal y es una de las
más conocidas en su sector, a nivel del ámbito de su Comunidad Autónoma.
Hace años, cuando empezaba su actividad como contratista de obras en
ayuntamientos de su provincia, se encontró, en una ocasión en que
trataba de licitar en una de ellas, con que un personaje de la
Administración que había de decidir sobre aquellas obras, le indicó la
conveniencia de darle una determinada cantidad de dinero si quería
obtener la contrata. Alfonso quedó sorprendido. Nunca le había sucedido
nada similar. En especial, le impactó la claridad y lo directo del
mensaje.
Consultó con un amigo sobre el tema. Le indicó que no fuera “tonto” y
que eso lo hacía todo el mundo. Que podía haber encontrado una mina. Así
que le animó a pagar esa cantidad. Lo hizo así, consiguió aquella obra
en aquel Ayuntamiento y, tras ésta, varias más por el mismo
procedimiento.
Alfonso se acostumbró a esta situación, aunque en su fuero interno la
despreciaba y además, pensaba, parte del beneficio se lo llevaba otro y
no su empresa, que era la que hacía el trabajo. Y además tenía un coste
fiscal. Pero, en otras obras en otros lugares y diferentes
Administraciones Públicas buscó, con cierta habilidad, llegar al mismo
sistema. Esto le funcionó en la mayoría de los casos. No en todos, ya
que se encontró personas que no querían saber nada de esto, e incluso
algunas que lo despidieron a “cajas destempladas”. Pero, su empresa
crecía al hilo del aumento de contratas en obras públicas.
Al cabo de los años, Alfonso está totalmente adaptado a este sistema de
la comisión ilegal, el “cazo” o como se le quiera llamar. A veces
consiste en un regalo de cierto valor para el interesado. Y se
autojustifica pensando que el culpable es el otro, el que acepta...Y
además, piensa, todos lo hacen.
Podríamos continuar profundizando en la vida y circunstancias de
Alfonso, pero creemos que no es necesario. Es un tipo de personaje,
hasta cierto punto común hoy en día. Pero con matices...Veamos.
De entrada, el sistema en sí, por extendido que se encuentre, es
absolutamente ilegal e inmoral. Es totalmente contrario a la Ética. Y es
abusivo, precisamente para el interesado que lo sufre: el propio
empresario. Se convierte en un verdadero chantaje en muchas ocasiones.
Las licitaciones de obras públicas, en una economía de mercado como es
la nuestra, han de ser absolutamente limpias y transparentes. Lo exige
el bien común, el de la propia comunidad que tiene derechos a obras bien
hechas, por los mejores contratistas posibles y a un precio justo, pero
adecuado a los trabajos de que se trate. Por tanto, no han de resultar
trabajos “encarecidos” o, por el contrario, de mala o pobre calidad.
La existencia de comisiones, pagos ilegales, “cazos” y similares a
personas de la Administración Pública acaba por repercutir o en la
calidad de los trabajos, ya que el empresario ha de recuperarse en ellos
lo que ha debido pagar a otros, o termina por repercutir en los precios
ofertados en las obras, para resarcirse de esos costes en atípicos. Al
final, el ciudadano contribuyente acabará sufriendo en una u otra forma
las consecuencias.
El empresario sufre, además, el perjuicio fiscal de esos pagos, ya que
no puede deducirse como gasto los mismos. Ve incrementado así,
artificialmente, su beneficio que queda gravado en el Impuesto de
Sociedades o en el IRPF, por encima de lo que le correspondería.
Posiblemente, bastantes empresarios metidos en este “fregado” dormirían
más tranquilos y preferirían que esta casuística no se estuviese
produciendo.
El caso es grave en todas las situaciones, aunque una de las más
nefastas es precisamente cuando es alguien de la propia Administración o
de su entorno quien insinúa o exige esos pagos.
Entre otras cosas, se rompe la norma de la libre competencia y la
igualdad de oportunidades, axiomas ambos clásicos en un mercado dentro
de un sistema económico de corte liberal y en un sistema político
democrático. Ambas, la libertad y la democracia, se caen por los suelos
con prácticas como las que sufre o aviva el bueno de Alfonso.
Aportado por: El Rincón del Gerente. www.gerenteweb.com.
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