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Esta convención vino a ser una suerte de Estados Generales Europeos
que se pronunciaron sobre todos los “cahiers de doléances” que les
llegaron: miles de propuestas y quejas que fueron examinadas hasta la
redacción de un texto de tratado que representa un evidente paso
adelante dentro del proceso de construcción de esta especie de
federación Europea que, con penas y trabajos, se va configurando.
El nuevo texto no es nada menos que el denominador común al cual están
dispuestos a llegar los países miembros en este momento concreto de la
historia.
La Unión Europea se ha hecho con pequeños avances que han acabado en grandes avances -la unión monetaria, por ejemplo- y el que representa esta Constitución es un paso más en este proceso.
Un paso importante, pues representa más cohesión, un compromiso más grande de los Estados y un incremento del papel del Parlamento Europeo.
Es un paso decisivo como unificación política, en particular respecto de una política exterior y una política de defensa propias. Y significa un adelanto indudable en materia de ciudadanía europea y una mejora sustancial en materia social.
Significa un paso más en la larga marcha que supone la unidad
europea, sí, pero rotundamente es un paso adelante y no atrás, es un
progreso y no un retroceso, representa un avance positivo en el camino
de la integración del continente. Esto nadie lo puede discutir.
¿Pero el texto aprobado es el "desideratum", aquello que querríamos?
Claro está que no, ni para los unos ni para los otros. Constituye el
fruto de un acuerdo que cuenta con concesiones de todo el mundo, pero
que probablemente no significa el ideal para nadie.
Los avances no son los que desean los más europeístas, los federalistas. Los progresos sociales no entusiasman plenamente ni a empresarios ni a sindicatos.
Los miembros del Parlamento europeo habrían querido más competencias, más control democrático y una dimensión parlamentaria más grande. Las naciones sin Estado querríamos más protagonismo dentro de la Unión Europea.
Cierto; son muchos los que querrían que esta Constitución fuera más
rotunda hacia aquí o hacia allá. Se va demasiado despacio, no se tiene
en cuenta todo; hay aspectos que no son contemplados como haría falta;
domina la lógica de los Estados. Ciertamente aún es así.
Los precedentes
Se ha abierto el debate sobre la cuestión y no puedo salir de mi
perplejidad cuando hay gente que no la votará si no se añade esto o
aquello. Cuando siento a los que dicen que votarán en contra o se
abstendrán porque a Catalunya no se la menciona, ni tampoco a la lengua
catalana, me pregunto a qué estamos jugando.
¿Es que estas cosas que ahora se reclaman figuraban en el Tratado de Roma, o en Maastricht, o en Amsterdam, que hemos considerado unos tratados magníficos y nadie -nadie- de aquí los contestó? ¿Por qué ahora que hay un gobierno español que trabaja en esta dirección e intenta que la UE tenga presente las realidades subestatales y reconozca todas las lenguas oficiales, precisamente ahora se llama a votar en contra? ¿A qué lógica responde esto? Los de Esquerra Republicana en esta cuestión reaccionan como lo que fueron, los chicos de la Crida: contestan, protestan, plantean el desafío, el rechazo puro y duro.
Como si la experiencia histórica no existiera, como si no hubiera una realidad europea complicada, como si la política fuera una batalla primaria, que se tiene que librar permanentemente entre el todo o el nada.
Eso que parece que están aprendiendo en Catalunya y en el Estado -es
decir, hacer política, gobernar- parece que los de ERC no lo han
entendido en el ámbito europeo.
Y Convergéncia Democràtica hace un seguidismo espectacular de los
republicanos -en contra su socio de Unió, que éste sí que, aunque sólo
sea por razones históricas, sí que sabe de qué va Europa- y anuncia que
se abstendrá si no se incorporan Catalunya y el catalán al tratado. Aun
así no nos sorprende, puesto que este seguidismo lo repiten en todas
direcciones.
Hasta tal punto que han somatizado que los males que les afligen vienen del hecho de que el discurso de ERC es más radical que el suyo y ahora lo tienen que corregir, a base de decirla más gorda en materia supuestamente nacionalista que los socios de Carod-Rovira.
Ver un partido europeísta de pura cepa que ahora se alinea en la pura actitud radical testimonial, y a mi parecer demagógica, nos interpela sobre la verdadera pérdida del norte de los convergentes.
Me sorprende menos la actitud de los excomunistas de Iniciativa
o de Izquierda Unida, pues está claro que se conforman con expresar una
oposición radical y testimonial, sin más.
Populismo descalificador
No sé si dentro de ERC puede haber alguien que se resista al populismo
descalificador y a la retórica política antieuropea, que hará daño. Pero
lo que más me cuesta creer es que la cúpula de Convergència se mantenga
en esta tesitura radical. Ellos saben que Europa es un proceso largo,
difícil y anguloso.
Sabemos que el papel de las nacionalidades sin Estado es una cuestión que dará muchas vueltas antes de que haya una voluntad política mayoritaria en Europa favorable a las tesis catalanistas.
Conocen las dificultades, las comprensibles y las injustificables. Y
saben que Catalunya tiene más a ganar si es positiva que si es negativa,
si a pesar de todo ayudamos más a construir que a desestabilizar.
Me disgustaría mucho pensar que, en el fondo, todo esto no es más que
táctica política de escaparate, electoralismo de segunda, puro ejercicio
de campanario -y por lo tanto cínico-, basado en el convencimiento
hipócrita de que no habrá problemas, puesto que la Constitución europea
en España ya recibirá un apoyo mayoritario.
Lluís Maria de Puig - http://www.lafactoriaweb.com
Publicado Originalmente en la revista cuatrimestral la factoría
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