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Me resulta difícil escribir algo sensato sobre los retos que actualmente tiene planteados el urbanismo sin remitirme al legado de la vieja ciencia urbanística que nos es culturalmente más próxima; a la disciplina, el instrumental y los métodos que se quisieron poner al servicio del paradigma industrial para mejorar la calidad de vida de las personas en las ciudades.
Antes, hubo de ser ampliamente aceptado que la ciudad era el sistema -el lugar si se quiere- de que se había dotado el ser humano para mejor vivir y desarrollarse.
oy, constatamos la parte cuantitativa de esta intuición del siglo
pasado. Más del 80% de los europeos vivimos en ciudades, y antes del fin
de siglo la mayor parte de la humanidad será urbana.
Precisamente por ello, la valoración en torno a la bondad de la ciudad
no es unánime
. Los problemas de la humanidad han pasado a ser problemas esencialmente urbanos o generados en -y por- las ciudades. Y su solución, a depender del ajuste de las numerosas disfunciones de la vida urbana actual y del modelo económico que la ha hecho posible.
A mí, me sigue pareciendo que la ciudad es el sistema desde el que mejor se pueden encarar -localmente- los problemas humanos globales.
Por el patrimonio acumulado en su formación, por las posibilidades
que ofrece la ciudad para concentrar y organizar informaciones y
cultura, y por la diversidad y extensión del entramado de relaciones y
enlaces entre las personas -de o desde la ciudad.
El paradigma industrial: Ildefons Cerdà
El 23 de agosto de 1.876 moría Ildefons Cerdà (1.815-1.876) en Caldas de
Besaya (Santander), el diario La Imprenta publicó la siguiente nota
necrológica: "El señor Cerdà era liberal y tenia talento, dos
circunstancias que en España perjudican y suelen crear muchos
enemigos..."
La situación higiénica y las condiciones de vida en la Barcelona de
mediados del siglo pasado eran insostenibles, a la vista del progreso y
la equidad que prometía el paradigma industrial. Una epidemia de cólera
en la ciudad contribuyó a que el gobernador Pascual Madoz hiciera
efectivo el expediente de derribo de las murallas y diera paso a la
formación del Ensanche de Barcelona.
Durante este siglo largo, el Ensanche ha sido un marchamo de calidad
para la ciudad y una isla central de civismo para su hinterland
urbanizado -nada más lejos de la ausencia de centro, y de la democracia
territorial que concibiera su autor.
A pesar de ello, y de los homenajes rendidos por los círculos más
fieles, su obra más emblemática -"La Teoría General de la Urbanización"-
no ha sido reeditada en nuestro país desde 1968.
Para entender y proyectar la ciudad Cerdá recogió y produjo su propia
información. Por un lado, la precisa e inusual cartografía del llano de
Barcelona y de la ciudad, a la escala adecuada para el trabajo.
Y por otro, redactó en 1856 su "Monografía Estadística de la Clase
Obrera", un estudio exhaustivo en que analizó las necesidades sociales,
ambientales, económicas y de alimentación de la población de la
Barcelona confinada por las murallas -el apéndice de su Teoría General
de la Urbanización.
Sistematizó el urbanismo como una disciplina científica con métodos y
técnicas de deducción propios, que permitían un rigor y una complejidad
crecientes.
Y pasó de la práctica intuitiva y dogmática en que se había basado la
construcción de la ciudad desde el Neolítico -amalgama de atavismos,
religión, economía o técnica militar-, a la práctica teórica, científica
y política, apenas legitimada por los sistemas constitucionales de que
se había dotado la burguesía de finales del siglo pasado.
Para entender hasta que punto es imprescindible el método propuesto por
Cerdà para analizar la ciudad de hoy y proyectar en ella, permítanme
citar unos fragmentos del Prólogo de su Teoría de la Construcción de
Ciudades, aplicada al Proyecto de Reforma y Ensanche de Barcelona,
seleccionados por Javier García Bellido en su "Aproximación al Método
Científico aplicado en el discurso de Cerdà", Barcelona 1991:
"Empecé pues por procurarme catálogos de varias librerías a fin de
averiguar lo que acaso pudiera haberse escrito sobre este particular;
pero desgraciadamente encontré tan poco y tan incompleto que mis deseos
y mis esperanzas estuvieron muy lejos de quedar satisfechos, pues a cada
paso que daban mis investigaciones, no obtenía más resultado que el
afirmarme más en la convicción de la complejidad y trascendencia del
asunto y de la falta de datos para tratarlo con el debido acierto (...).
Pasé del campo de las teorías al terreno de la práctica.
Me dirigí a los puntos donde antes que en España han tenido que tratar
cuestiones de ensanche y reforma de las poblaciones, me dirigí a las
administraciones y a los hombres de arte y de ciencia encargados de
llevar a cabo dichos proyectos, con el fin de poder ilustrarme acerca
del modo de concebirlos y realizarlos para venir a deducir la ley que
pudiera establecerse con el carácter de general y las modificaciones que
en ella pudieran ser convenientes para amoldarla prácticamente a nuestro
país.
(...); pero una vez más tuve lugar de comprender su enormidad y la
necesidad de sacarla del terreno de las aplicaciones particulares para
sujetarla a una teoría general. Vi que la necesidad de una reforma
radical en la disposición y sistema de construcción de nuestras casas y
de nuestras ciudades, es tan universalmente reconocida, que, en todos
los países y de todas partes se deja sentir un deseo general que la
reclama (...)
El problema no solo está muy distante de su resolución, sino que ni siquiera se halla debidamente planteado (...)
Cuando se ha tratado de un proyecto de fundación, reforma o ensanche de una ciudad, se ha librado todo al empirismo facultativo, creyendo que consistía todo en coger un plano más ó menos exacto de la localidad, trazar sobre él un sistema de líneas que siendo más ó menos seductor a la vista de los profanos, haya halagado los intereses privados de las personas que directa o indirectamente pudieran influir en su aprobación (...)
Fundado en estos estudios analíticos que había empezado a hacer
para darme cuenta de las condiciones higiénicas, económicas, y sociales
de la población que habita esta ciudad, he hecho después la síntesis
razonada de mi proyecto para su reforma y ensanche".
"Hasta el presente, cuando se ha tratado de fundar, reformar o ensanchar
una población, nadie se ha ocupado de otra cosa que de la parte
artística y monumental. Se ha prescindido por completo del número,
clase, condición, carácter y recursos de las familias que debían
ocuparla.
Se ha sacrificado a la belleza y a la grandiosidad de
determinados detalles la economía política y social del conjunto de la
ciudad, o de sus habitantes, que en buena lógica debiera ser el
verdadero punto de partida en estudios de esta naturaleza". (1.859.
Teoría de la Construcción de Ciudades").
Confío en que compartan que el texto es de plena validez cien años más
tarde, cuando balbucea un nuevo paradigma que habrá de substituir al de
la modernidad industrial -maquinista primero, consumista más tarde.
Y se mezclan de forma imprecisa y un tanto esotérica conceptos
como globalización, solidaridad, superación de la insostenibilidad,
información y comunicación en tiempo real.
Con un Cerdà progresista que desde el prometedor paradigma industrial
leyó y repensó la ciudad con amplitud de miras, la urbanística pasó a
ser practica transdisciplinaria y teoría científica al servicio de la
ciudadanía.
Y la propia ciudad, a ser reconocida como una realidad compleja, un sistema, cuyo conocimiento no puede ser reducido al de sus partes sin correr el riesgo de perder información respecto de las relaciones entre ellas.
La ciudad no puede ser entendida tampoco desde la simple agregación
interdisciplinar de ópticas sectoriales -trazado viario, ingeniería de
infraestructuras, arquitectura, economía, administración, derecho,
sociología, ecología, o higiene-, ni desde el cuarteado de espacios
independientes inconexos -campo/ciudad, calles/plazas/ avenidas/parques,
residencia/industria/comercio/ocio, casco antiguo/
ensanche/periferia/suburbio, ...-
Cada elemento de su estructura y cada subsistema se relaciona e
interactúa con todos los otros en las interfases -los ecotonos-
realimentando el conjunto del sistema. De ahí nacieron los conceptos de
vía-intervía, barrios equipados, islas de casas, que fueron ordenados
sobre redes de relación de extensión ilimitada -plantación urbana,
servicios, movilidad,...- interrelacionadas mediante nódulos.
La localización del paradigma industrial, basada en la incorporación
masiva de energía a la ciudad, hizo saltar por los aires la ciudad
cerrada, medieval. Desde ahí, Cerdà propuso la fusión integradora del
binomio ciudad/naturaleza (la aldea/bosque de los cuentos infantiles).
A partir de entonces, este binomio ya no debiera haberse
entendido nunca más como una fisión excluyente -lo está siendo.
No valían las recetas universales. Sin echar mano de modelos
prediseñados y ecuménicos, construyó desde el paradigma industrial una
teoría comprometida con los sitios y la calidad de vida de sus gentes,
que le permitió entender, proyectar y proponer las utopías concretas
necesarias en un espacio y en un tiempo determinados.
El urbanismo no fue, para Cerdà, el arte de la construcción de
ingeniosas quimeras arquitectónicas y sociales, válidas para cualquier
lugar, resultado del "arte de la fundación y construcción de ciudades"
-practicado hasta entonces, volverá a serlo en pleno siglo veinte-. Cada
ciudad es un sitio concreto donde localizar un determinado paradigma
global. Con problemas políticos, sociales, económicos, de comunicación,
de diseño, de gestión pública de los intereses colectivos locales.
Diseccionó las estructuras de la ciudad, utilizando los instrumentos más
eficaces que estaban a su alcance para producir y organizar
informaciones valiosas -imprescindibles-, y cruzó entre sí estas
informaciones para concretar -desde la ideología- la forma, el
funcionamiento y la gestión de su proyecto.
Dejó de lado la mera creatividad personal -estética e intuitiva-, e incorporó al Urbanismo métodos deductivos, empíricos.
Amplió a la práctica política el campo estrictamente disciplinar de
la antigua proyectación de ciudades, y propuso que el método para tomar
decisiones urbanas pasara por los instrumentos del plan urbanístico.
Hasta entonces, esta toma de decisiones se basaba únicamente en el
proyecto arquitectónico, en la intuición, y en el poder absoluto para
decidir.
Para Cerdà, el núcleo duro de la cuestión estaba en superar las
disfunciones sociales y económicas que había analizado, que resultaba de
la confrontación entre intereses públicos -colectivos- y privados.
Para superar estas disfunciones sociales y económicas le resultaba
imprescindible un nuevo aparato conceptual que legitimase el cambio de
enfoque y permitiera adaptarlo a las nuevas estructuras industriales.
La crisis de lo Moderno: La técnica urbanística
La valiosa aportación de Cerdà pasó cien años con más pena que gloria.
Hasta que, desde mediados de los sesenta, diversos profesionales
aglutinados entorno al trabajo riguroso, la intuición y la entrañable
tozudez del profesor Fabià Estapé, fueron incorporándose a la lectura,
investigación, interpretación y puesta al día de su obra: Albert
Serratosa, Salvador Tarragó, Joan Busquets, Manuel de Solà- Morales,
François Choai, Javier García Bellido, Arturo Soria, Gabriel Dupuy, ...
En general, la aportación de Cerdà, y las más recientes de Soria, Wright,
Mumford, Lynch o Rouge, se han quedado en reducidos círculos
universitarios y especializados, y poco han tenido que ver con la
construcción efectiva de las ciudades a lo largo de este siglo.
Entretanto, la extensión de la urbanización no se ha contenido y la
población se ha organizado mayoritariamente en los núcleos urbanos. Con
las mismas leyes generales de crecimiento, pero con formas muy diversas
dependiendo de la latitud y de los niveles de desarrollo económico.
¿Qué papel han jugado los urbanistas en la formación de estas
connurbaciones? ¿Ha habido Urbanismo? Y, si es así, ¿de qué forma ha
contribuido a la construcción de nuestras ciudades y con qué mecanismos
ha actuado? ¿Qué no ha funcionado?
En los círculos especializados hace tiempo que se percibe malestar,
despiste en torno al papel del Urbanismo, de los urbanistas y de los
planes urbanísticos.
Las salidas han consistido en el decantamiento de los
profesionales hacia los proyectos urbanos, la participación populista,
el medio ambiente entendido como paisaje, los planes estratégicos, o el
urbanismo concertado -urbanismo a medida de las inversiones de grandes
operadores.
Pienso que el malestar durará tanto como resista la posición de
desarraigo y autonomía disciplinar que mantienen actualmente buena parte
de los urbanistas más influyentes.
Continuará si seguimos empecinándonos en abordar únicamente la forma de crecimiento de la ciudad, y entendiéndola autónoma de los agentes que participan en su formación.
De las demandas latentes en la ciudadanía y en sus representantes
políticos. Y de la nueva realidad nacida de la autonomía que otorga el
automóvil, de la extensión territorial de las redes de comunicación e
información, y de la conciencia de que existen límites al crecimiento
material y energético del sistema, que aflora en el resto de ámbitos del
conocimiento.
En nuestro país, seria ingenuo, injusto, y reduccionista generalizar y
decir que la herencia urbana de la Dictadura no ha sido superada en
muchos aspectos, pero esto no ha sido mérito de los urbanistas sino de
la democracia tutelada en que desembocó aquella etapa.
No obstante, y a la vista del territorio urbanizado, el resultado de la urbanización es funcional y formalmente incomprensible.
Da la sensación de que se haya producido por azar, por simple
agregación y extensión, aprovechando los sucesivos momentos de bonanza
económica.
Tampoco sería justo atribuir exclusivamente este resultado a los
urbanistas. Hemos de hacerlo a las relaciones azarosas entre los
diversos agentes que, en una democracia tutelada, intervienen de forma
impersonal y anónima en la construcción del territorio: la maraña de
Administraciones, las Empresas Públicas sectoriales, los Bancos y las
Cajas de Ahorro, los monopolios de suministro de servicios, el sector
del automóvil, las grandes compañías constructoras e inmobiliarias,...
Cada uno de nosotros -nominalmente- hemos delegado en este sistema
anónimo de relaciones la toma de nuestras decisiones más personales, las
de mayor trascendencia.
En este entramado, el urbanista ha jugado el papel de hacedor técnico de
trozos de suelo técnicamente urbanos. Y el ideal renacentista a que
siempre ha aspirado el urbanismo se ha venido abajo. Afortunadamente. Si
no hay Príncipe, no hay Arquitecto.
El conflicto no se plantea en la calidad con que se ha resuelto cada una
de las partes en que ha quedado dividido el territorio -que también-,
sino en la calidad, cantidad y diversidad de relaciones entre ellas.
En los enlaces, en los nódulos, en su continuidad, y en su
comprensión. Resulta paradójico que la generalización del vehículo
privado haya pillado "out side" al urbanismo, o que lo hagan de nuevo
las redes telemáticas o los conflictos ambientales que tienen su origen
en la ciudad.
Los urbanistas de "ciencias", propositivos y dibujantes, solemos
provenir de las escuelas de Arquitectura y de Ingeniería de Caminos.
Los agentes que tratan las redes urbanas de transporte, comunicación e información acostumbran a ser Ingenieros -de Caminos, Aeronáuticos, Industriales, de Telecomunicación. Los que tratan redes de distribución de servicios, Economistas, Industriales.
Los Biólogos y los Ingenieros Agrónomos han intervenido en el tratamiento de la agricultura periurbana y el verde público. Hay también urbanistas de letras, más analíticos pero con una escasa posibilidad de incidir en la construcción de la ciudad desde la propia disciplina -Geógrafos, Biólogos, Sociólogos, Psicólogos, Pedagogos, Médicos,...-.
Cada disciplina ha construido su nicho de conocimiento y
aptitud en la formación del sistema urbano actual. Y este hecho,
aparentemente irrelevante, ha condicionado radicalmente la forma de la
ciudad y del territorio, y sus mecanismos de producción y crecimiento.
La ciudad no es únicamente su forma, sus partes, o sus elementos de
enlace. El centro de la ciudad ha dejado de ser una posición física, una
localización, y ha pasado a ser cada ciudadano que, en si mismo, decide
y opta por utilizar o combinar elementos de la red en base a
determinadas informaciones, que a su vez produce y organiza.
Tomemos como ejemplo el juego del ajedrez. Una visión desde la forma únicamente llegaría a comprender que el juego se compone de una cuadrícula de sesenta y cuatro cuadros blancos y negros, dispuestos alternativamente, en los cuales se mueven reglamentariamente según su forma dieciséis piezas negras y dieciséis blancas.
En cambio, si aplicamos una óptica sistémica -de red-, el ajedrez
-como la ciudad- pasa a ser un sistema de relaciones organizado desde
una determinada estrategia de salida -un paradigma-, una información de
casos, y una táctica que se realimenta en cada jugada según la posición
relativa de las piezas y el grado de incertidumbre que cada posición
genera respecto del paradigma.
Al principio, actuar sistémicamente será más complejo y aparentemente
más caótico que actuar simplistamente desde la zonificación o
sectorialmente, pero merece la pena intentarlo si queremos intervenir en
el sistema urbano.
Tenemos delante el conflicto, la incertidumbre metodológica, la
complejidad, la contradicción, la diversidad, y la ubicuidad, y son
estos los materiales entorno a los que fundir los conocimientos, las
informaciones, las cartografías, y los esfuerzos personales, para
adecuar el sistema urbano al paradigma de la sostenibilidad.
El Paradigma 21
G.H. de Radkowski escribió en 1967 un artículo en la revista Janus que
contiene una definición breve y certera de la situación urbana actual:
"Nuestra realidad urbana se inscribe en este espacio-red, cuyas mallas
están formadas por el conjunto de vías de comunicación -terrestres,
marítimas, aéreas y carreteras, así como por cables eléctricos o
telefónicos, y hasta por ondas herzianas-, que transportan personas,
bienes (la energía está entre ellos) e informaciones. La ciudad ya no es
una unidad autónoma, un centro encastrado en el campo circundante, sino
una zona específica de condensación entorno a puntos de cruce -enlaces-
de las vías de comunicación citadas.
"Habitar" ya no designa aquí residir, sino -virtual, o
territorialmente- comunicar (la circulación es el aspecto mejor
conocido). El ciudadano-residente es un "abonado" a estos puntos nodales
del espacio-red, y su residencia una "conexión" a esta red.
La urbanización ha explotado en proporción a la posibilidad de usar la
energía fósil de forma general y ubicua, a la extensión de las redes de
servicios, negocios, comunicación e información, y a la concentración de
capital, trabajo, materia, energía e información entorno de esas redes.
La extensión del fenómeno urbano se ha basado en modelos económicos,
sociales y urbanísticos -centralizados o de mercado- que no han
contabilizado ni la pérdida de patrimonio que supone el consumo
acelerado de todo tipo de recursos no renovables; ni el coste de la
"tierra quemada" residual o degradada, incluida en los perímetros
urbanizados; ni los costes sociales y ambientales derivados de la forma
y cantidad en que son producidos los residuos; ni los costes de todo
tipo que son obligados para obtener a lo largo de la vida, con
independencia de la edad o condición de cada persona, y con dignidad,
las rentas necesarias para sobrevivir en estos sistemas.
Las connurbaciones y sus extensos hinterlands -ya no más la ciudad
clásica, ideal, medieval, o renacentista- han tomado la forma de un
agregado de islas dedicadas a cada uno de los diversos monocultivos
urbanos -residencia, centro histórico, comercio, industria, educación,
sanidad, ocio...- dispuestas dentro de una malla formada por "cañerías"
por las que circulan todo tipo de flujos -circulación, transporte,
residuos, agua, energía, información, dinero...-.
Los costes generados por la distancia y el consumo de espacio y de
tiempo han sido considerados marginales al considerar libres -o casi
libres- los recursos materiales y energéticos, y el propio tiempo.
La urbe moderna ha dejado a un lado la obsesión de Cerdà por compatibilizar la habitabilidad y la vialidad en la ciudad.
Obsesión por el orden en la relación de las partes y de sus
subsistemas esencial para obtener un alto grado de compacidad,
diversidad, y comunicabilidad, valores que a su vez son necesarios para
producir una fábrica urbana económica en el estricto sentido del
término.
El concepto de ciudad es atávico. Al igual que un niño dibuja una casa
con tejado cuando se le pregunta por "su" vivienda en un bloque de
apartamentos, cuando somos preguntados por nuestra ciudad, los adultos
la dibujamos abierta -con un dibujo detallado en sus rutas interiores
conocidas y desdibujado en las fronteras.
La forma de la ciudad dibujada se corresponde con la de un sistema
ecológico abierto, con fronteras difusas.
Como he dicho antes, las concentraciones que se han producido entorno de
las redes sobre las que se organizan los sistemas urbanos y la propia
extensión de las redes, son la causa de su mayor dispersión en el
territorio y del carácter difuso de sus fronteras. Las connurbaciones se
comportan como sistemas abiertos, inestables e inmaduros, dependientes
de una elevada aportación externa de materia y energía, que acumulan
artefactos e información.
Las redes constituyen los subsistemas alimentario-energético, digestivo,
respiratorio, circulatorio, linfático y nervioso de la ciudad, que
interaccionan y dan sentido a su anatomía.
El Urbanismo se ha ocupado tradicionalmente de esta última, dejando a
menudo de lado la fisiología de la ciudad, materializada en las redes y
en sus nódulos de relación.
En un marco de escasez de recursos energéticos y de materia, el hacer
más eficiente su consumo será el objeto económico, que habrá de primar
la utilización adecuada de los recursos que puedan llegar a ser más
abundantes: la información, los conocimientos acumulados y los
artefactos que -evolutivamente- sean más eficientes.
No consigo entender porqué los artículos que forman este quinto número
de La Factoría no son considerados urbanísticos, si constituyen la que
debiera ser materia primera del Urbanismo: la producción de información,
y su análisis sesgado, que permite formar conocimiento desde un
determinado paradigma.
No debemos seguir pensando que la vertiente de la ordenación espacial de la ciudad está servida porque ya nos ocupamos de ella los urbanistas, seamos arquitectos, ingenieros o economistas.
La ordenación espacial de la ciudad no es tan solo
arquitectura, ingeniería civil o economía. Hemos de conseguir situar en
la base misma del Urbanismo aportaciones aparentemente tan dispares como
los contenidos de este número, y convertirlos, por un lado, en objetivos
estratégicos de los planes y de los diversos instrumentos de gestión
urbanística, y por otro, en el centro mismo de la política urbana.
La producción limpia, la calidad del aire, la producción y los residuos
urbanos, el ciclo del agua, la movilidad sostenible, la potenciación de
la diversidad biológica, la oportunidad que ofrece un conjunto de
inversiones de saldar el pasivo ambiental de un territorio, la reflexión
entorno a la sociedad sostenible, o la política entendida como
mediación, debieran ser consideradas Urbanismo. ¿De lo contrario, qué
es, en qué consiste una pretendida ciencia que no enraíza sus propuestas
en los conflictos?
También han de estar en la base del Urbanismo las reflexiones entorno al
nuevo paradigma desde el que actuar: la integración racial, el papel de
las democracias, la inmigración, la ciudad educadora, las reflexiones
sobre ética y civilización, la formación de una Europa federal, la
situación laboral de la mujer.
Un Urbanismo que contribuya a formular el nuevo paradigma y
tenga la voluntad de ponerse a su servicio, deberá prestar mucha
atención, en primer lugar, a las informaciones, conocimientos y métodos
de análisis de las condiciones de vida en las ciudades, que ofrecen
disciplinas hasta ahora alejadas habitualmente de la gestión
urbanística; en segundo, a las demandas latentes de la sociedad, a los
nuevos requerimientos, y a las nuevas potencialidades; y en un tercer
lugar, a la producción del utillaje de gestión adecuado a la nuevas
voluntades legitimadas social y políticamente -producción de indicadores
e información, y un marco pedagógico, legal, económico y normativo
ajustado a la nueva realidad.
Albert de Pablo - http://www.lafactoriaweb.com
Publicado Originalmente en la revista cuatrimestral la factoría
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