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Dicha disciplina tiene sus orígenes en la tradición angloamericana donde la puritana separación entre cultura y poder político permitió desde hace más de 60 años la emergencia de un sector de crítica independiente basada en la observación empírica de los fenómenos culturales contemporáneos e intrasocietales.
Por otra parte, la propia tradición empirista en las ciencias sociales favorecía en esos países el uso de técnicas procedentes de la antropología o de la sociología de molde positivista aplicadas a las conductas expresivas y creativas de sus comunidades. Recordemos que hasta hace muy poco, lo que entendemos por "cultura" se traducía en inglés por "Arts". Mientras que el término "culture" se refería a "Civilización" o "Pueblo", objeto de estudio de la etnología tradicional.
En España, el ancestro más citado continua siendo Ortega y Gasset (1) quien en los años 30 se alineó con las corrientes de análisis cultural de F.R. Leavis su contemporáneo inglés dedicado a los estudios de la civilización desde su conocido prisma liberal-centrista.
La supremacía de la cultura de élite y el reconocimiento de su valor
como distinción social, diseccionado por Ortega, contrasta con las
corrientes de la postguerra mundial donde la atención a las culturas
populares y de masas presidió los "estudios culturales" más influyentes.
En el entorno de la escuela de Francfort. Walter Benjamin y Theodor
Adorno, abundaron en el análisis cultural de los totalitarismos y
acuñaron términos como el de "industrias culturales".
Su influencia fue inevitable en los incipientes estudios sobre los 'mass-media', la crítica política a la americanización de las costumbres y la anestesia política a través de la televisión.
Los orígenes marxistas de su óptica se vieron severamente acusados de
heterodoxia al tratar de armonizar el concepto de propiedad de los
medios de producción industrial de la cultura con las transferencias de
significados entre distintas clases sociales.
Este concepto de transaccionalismo cultural fue a su vez desarrollado
por Gramsci a través de la noción de "culturas populares nacionales" y
sobretodo, del concepto de "hegemonía" explicando la construcción
pacífica de consensos interclasistas a través de procedimientos
culturales.
Todo ello redundaba en el reconocimiento de un espacio
relativamente autónomo de los procesos culturales en relación a las
relaciones de producción y dominación de clase.
El proceso de modernización de las ciencias sociales y concretamente de
la antropología, capaz de clasificar e interpretar conductas simbólicas
y constructos míticos, desarrolló en los años 50 los "cultural studies"
bajo la égida de Raymond Williams y Richard Hoggart desde el Centro de
Estudios Culturales Contemporáneos de Birmingham, interesados en el
estudio de las culturas populares, especialmente las culturas obreras.
La irrupción de la post-modernidad, especialmente en la Francia de los
años 70, con su acento en la ecléctica intercambiabilidad de los
significados culturales, debería encajar particularmente bien en España
con la explosión de su heterogénea diversidad cultural
. No obstante, todavía son escasos los abordajes investigativos que
nos abran las auténticas claves del pensamiento cultural en la
península. La crítica periodística substituye el análisis social y el
seguimiento de las políticas culturales.
En resumen, queda por hacer la historia de las culturas populares y las
relaciones en España en el Siglo XX, en diálogo con los patrones
internacionales de los "cultural studies" para los que
el caso español es aún una fuente desaprovechada de pistas para
comprender las relaciones entre modernización, poder y creatividad en
este fin de Milenio.
Algunas claves económicas
Decía Manuel Castells (2) que la tecnología no crea ni destruye empleo
sino que lo transforma. Ello es particularmente evidente en el sector
cultural (europeo) donde si bien los empleos del ramo audiovisual han
caído en un 20% desde 1989 (3) (la tecnología en la producción, la
edición, etc... no perdona), se han creado numerosas fuentes de trabajo
en las industrias de los programas.
A más tecnología menos operarios de plató pero más guionistas para nutrir las insaciables fauces de los "media".
Esta constatación nos introduce a una reflexión sobre cultura y espacio económico en este fin de década, las ocupaciones y los oficios de la cultura tienen ya una centralidad intimidantemente negligida por los cráneos de la planificación ocupacional.
En nuestros días, la ocupación en los sectores culturales (Europa de los 15) está llegando a nivel alcanzado en la civilización sumeria aunque andamos algo por debajo del Egipto de los faraones.
Entendamos que por sectores culturales nos referimos a las
industrias de producción masiva en el libro y el audiovisual, las artes
decorativas, las artesanías, la educación artística, la educación social
para la cultura, la fase creativa de la publicidad, la moda, el diseño,
la arquitectura... Nuestra definición también comprende la lectura
pública, la conservación y divulgación del patrimonio, el turismo
cultural, las burocracias culturales (públicas y privadas) y- "last but
not least", las artes.
Dejamos al margen los sectores vinculados a la metafísica aunque hay un
debate se ha abierto en muchos frentes sobre la necesidad de incluir la
religión en la familia de actividades culturales.
En cifras manejadas en el mencionado encuentro de Spoleto (3) y en la
elaboración del informe "In from the margins" del Consejo de Europa (4),
se calcula que hay en la Europa de los 15, unos 5 millones de personas
ocupadas en menesteres culturales. Su labor justifica aproximadamente un
2% del PIB.
Ello supone un nivel de empleo y creación de riqueza superior al de
la industria del automóvil, la energía o la agricultura, quedando por
debajo de la banca, la alimentación o los transportes.
Item, las plusvalías generadas por los sectores culturales se encuentran
entre las de mayor potencial. De una parte, los valores intangibles
multiplican geométricamente su base material.
Por otra, el costo de creación de un empleo en el sector
cultural es muy inferior (al ser de trabajo intensivo) al de cualquier
otro ramo productivo. Complementariamente hay que tener en cuenta la
contribución de las dinámicas culturales en procesos de índole
educativa, social y comunicativa.
En su vertiente externa, la inversión cultural forma parte de las
estrategias de desarrollo de ciertas "colectividades territoriales" en
toda Europa. La atracción de inversiones, mano de obra cualificada y
visibilidad para una empresa dependen cada vez más de la calidad de su
entorno.
La contribución del patrimonio, la educación artística, las
buenas bibliotecas, los festivales y los espectáculos en el perfil de
una comunidad es un factor determinante en el crecimiento económico.
Ciertas zonas de la Europa desarrollada deben el crecimiento de sus "technopoles"
a la existencia de un entorno de I+D favorecido por un entorno de nivel
educativo, calidad cultural y creatividad.
El argumentario socioeconómico corolario de esas reflexiones nos lleva a
considerar que la cultura es y estará centrada en los recursos humanos y
su dinámica influirá decisivamente en los recursos mentales de la
sociedad. Por ahora, las máquinas son incapaces de realizar las síntesis
creativas que los humanos - todos sin exclusión - tienen capacidad de
sentir.
A pesar de lo que pudiera parecer, la introducción del sintetizador en la música hace más de 20 años no ha hurtado empleo a los músicos sinó que ha creado más demanda de creación musical. (La tecnología no crea ni destruye empleo...). También hay que considerar que la cultura es un sector-faro en el laboratorio de nuevas formas de empleo.
Nos referimos al empleo intermitente, itinerante, auto-gestionado, de
diversa especialización a lo largo de una carrera... Con ello no
queremos indicar que esas formas precarizadas de empleo sean los
geniales resultados del laboratorio sino que las propias necesidades de
los sectores culturales han exigido una experimentación de formas de
prestación consideradas durante muchos años como atípicas.
Finalmente, consideremos que los sectores culturales tienen un peso
estratégico en el ámbito socio-laboral ya que a menudo ocupan a los que
durante largo tiempo han sido los sectores más inempleables y díscolos
de la sociedad; jóvenes con alto nivel educativo en las artes,
humanidades y las ciencias sociales, cuya exclusión del mundo del
trabajo constituye una pérdida intolerable de destrezas y saberes.
Es probable que los licenciados barrenderos vayan en aumento aunque
la sociedad no pueda permitirse ese lujo. La alternativa suele ser el
ámbito cultural.
En lo relativo a la inversión, las industrias de lo inmaterial y los
oficios de la consciencia, se hallan entre los sectores más
globalizados. A nadie escapa la multinacionalización del capital en el
audiovisual, el mundo editorial, las instalaciones turísticas y buena
parte de la ópera, las artes plásticas, la música e incluso, el teatro.
Si Jack Lang se va al Piccolo, Purcarete pone un "pied à terre" en
Notingham y ya hace años que Peter Brook deleita en les Bouffes du Nord
de París con todas las circulaciones concomitantes de capitales para las
co-producciones internacionales.
La planificación estratégica en la economía, hoy por fin en magna
crisis, tiene mucho que aprender de los sectores de la cultura donde las
mejores virtudes en la flexibilidad organizativa, la comunicación
multidireccional, la cultura oral, la imaginación y la adaptabilidad son
consubstanciales con su propia existencia. ¿No son ésas las virtudes
predilectas del "management contemporáneo"?.
En conjunto pues, combinando los factores económicos: financieros,
empresariales y laborales, hay que convenir en la necesidad de una
profunda resituación de los sectores culturales en la galaxia económica.
En el albor de la sociedad de la información y - esperemos - el aumento
de la interactividad, la demanda de producto simbólico en la maquinaria
multimedia va a incrementar sin duda los rendimientos de los sectores
culturales.
Este planteamiento, no obstante, puede ser perfectamente asumido por una lógica liberal y de mercado con resultados contrarios a los correspondientes a una lógica de democracia cultural.
El reconocimiento del papel económico de la cultura en el desarrollo solamente puede asumirse en un contexto de defensa del espacio público donde mecanismos de compensación, impulso y protección actúen con toda su fuerza.
La cultura llegará pronto a ser el motor de la economía, el problema
es si lo será a partir de los productos basura dirigidos al mercado de
la diversión y la estupefaciencia espiritual o si representará una
oportunidad para la diversidad, la equidad y la creatividad.
Algunas claves políticas
Los argumentos en favor del papel de la cultura en la economía empezaron
a desarrollarse a fines de los años 70 bajo un paradigma político de
desarrollo territorial e integración entre la cultura y los demás
vectores del crecimiento. Desafortunadamente, la panoplia dialéctica de
los economistas primigenios de la cultura tenia débiles bases políticas
y fue absorbida por las corrientes neoliberales de los 80.
Tomemos como ejemplo el trabajo de John Myerscough, "The Economic
Importance of the Arts" publicado en 1986 (5) pensado para legitimar una
mayor inversión pública en cultura pero que a fin de cuentas obtuvo el
resultado opuesto; una mayor "desregulación" cultural y el cierre de
numerosos museos, bibliotecas, teatros y salas de exposiciones que se
beneficiaban de apoyo oficial. Si la cultura proclamaba su alto impacto
económico en el juego de mercado, se podían obviar las políticas
públicas.
De hecho, el trabajo de Myesrcough y sus epígonos tuvo una ambigüedad
calculada que intentaba complacer tanto a los militantes como a los
liberales. Finalmente su discurso fue recuperado por los conservadores.
Aunque a fin de cuentas la privatización de la cultura británica
puede llegar a ser absorbida por un sistema de "checks and balances"
(equilibrios y controles) consubstancial con la cultura política de
aquel estado, la exportación de sus filosofías privatistas ha sido
devastadora en muchos países europeos, especialmente en los surgidos de
la órbita soviética.
Si bien se achaca normalmente al sistema cultural francés su dependencia
de la política, el caso británico contemporáneo es una muestra mucho más
elocuente de ideologización.
De hecho, los cambios de mandato en el "Elíseo" han conllevado desplazamientos de prioridades mucho menores que los habidos en Gran Bretaña dentro de la misma mayoría parlamentaria desde de principios de los 80.
Lo que se debate en las políticas culturales es lo mismo que preside las discusiones de cultura política en este fin de siglo: la dimensión y fuerza del espacio público. Para ello, los franceses están equipados con una poderosa tradición Republicana donde lo que se considera "Estatal" es intocable con lo cual las políticas liberalistas entran rápidamente en colisión con la defensa del espacio público.
Contrariamente, el liberalismo británico, puede avanzar con mayor
celeridad ya que no encuentra la oposición de una Constitución (ni una
cultura política) que defienda ese espacio público.
Recordemos que uno de los caballos de batalla en esta órbita es la
emergencia de un nuevo individualismo bajo las siglas de la sociedad
civil. Una de las claves políticas del momento cultural europeo se halla
en la resituación de la galaxia de significados alrededor de términos
como "sociedad abierta, "sociedad civil", "tercer sector" o "ONG".
Mucho se está abandonando, "des-regulando" o privatizando en nombre
de esos conceptos. Hoy sabemos perfectamente que favorecer la iniciativa
social en el ámbito cultural pasa por una intensa participación en las
políticas públicas, pactadas entre Estado y Sociedad y administradas por
quien en cada caso esté mejor situado para hacerlo.
La contestación del espacio público en la cultura no ha procedido, como
se hubiese podido esperar, de sectores industriales ávidos de levantar
barreras proteccionistas. Es cierto que existe un debate sobre la
privatización de la televisión y la excepción cultural del GATT para los
productos audiovisuales.
No obstante, en los sectores "propiamente" culturales, ha sido el sector público oficial quien presa de una crisis de déficit público ha anunciado (y efectuado) cortes severos en las líneas presupuestarias dedicadas a la cultura sin que ello obedeciera a ninguna presión real. Cabe decir que el mismo pánico ha afectado la educación o los servicios sociales, aunque proporcionalmente en menor escala.
El ajuste del déficit público correspondiente a los criterios
de Maastricht no debió haber pasado nunca por los sectores culturales
por su escaso peso presupuestario, especialmente en España.
El caso español es particularmente sorprendente dado que nuestro "Estado
Providencia" no ha llegado ni a la adolescencia cuando se le ha "puesto
a ganar el pan". Hay que decir aquí que la provisión cultural pública en
España, se ha quedado en los niveles más bajos de la Unión Europea,
especialmente teniendo en cuenta que nuestros principales socios y
competidores han tenido tiempo desde 1946 de crear una infraestructura
de la que aquí carecemos.
Se podría decir que el período 1979-1996 ha servido para ponernos a la altura de las dotaciones con que nuestros vecinos del norte contaban en 1979.
En términos porcentuales de hoy, con un presupuesto ministerial
para cultura de poco más de 60.000 millones y unos presupuestos locales
y autonómicos que raramente rebasan el 3% (entre 5 y 10% en
"Europa")(6), estamos en las periferias del espacio cultural de
protección pública.
En 1997, aún con indicadores económicos favorables, la inercia política
en la que nos hallamos inmersos recrudece los ataques contra los gastos
voluntarios del ámbito público siendo la cultura la primera víctima en
la línea de amortizaciones.
Este largo exordio debería servir para introducir una clave política del
momento cultural actual; los ataques contra el espacio público de la
cultura y su financiación se apoyan en argumentos económicos pero tienen
un transfondo político de primera magnitud.
El espacio cultural de protección pública sitúa al poder ante opciones
que se ve incapaz de confrontar; toda intervención pública en este campo
representa el epítome de la voluntad política para alcanzar tres
utopías: la diversidad, el acceso y la creatividad. No pude existir una
política cultural sin utopías y la Cosa Pública parece haber tirado la
toalla ante su incapacidad de enarbolar dichas utopías.
La de la diversidad porque la coartada de Shenghen excluye las migraciones culturales y establece de rebote una jerarquización entre culturas; las que pueden entrar en nuestro sistema de mercado y las que no.
La del acceso porque parece ridículo garantizar lo que sanciona la cláusula 15 de la Carta de Derechos Económicos, Sociales y Culturales de la Declaración Universal de Derechos Humanos (que establece el derecho de todos al acceso a la cultura).
Acatar dicha cláusula implicaría una acción participativa sobre la demanda cultural cuyas consecuencias políticas son imprevisibles. ¿A qué cultura hay que garantizar el acceso? ¿Hasta qué punto es responsabilidad pública? La respuesta de la participación parece pasada de moda.
Queda la utopía de la creatividad. Un imperativo incómodo por lo que
tiene de apoyo a las vanguardias; unas culturas emergentes que por de
pronto rechazan el mercado y llevan su lucha al terreno de las utopías;
un terreno aborrecido por la configuración política del momento.
La alianza entre creatividad artística y tecnología ha creado mayor
desazón entre el "status quo" político para el que la experiencia de
Internet empieza a convertirse en una pesadilla de monstruosas
dimensiones.
La pérdida de la utopía cultural acompaña el abandono de las utopías
sociales (empezando por el espacio público) y con ellas la calidad
intelectual del entorno y la capacidad crítica de la sociedad.
La presencia de gobiernos conservadores en buena parte de Europa no hace
sinó acelerar un proceso de cesura entre las utopías culturales
emergentes y las utopías sociales residuales.
Una cesura que puede convertirse fácilmente en censura más o menos
banalizada tal y como hemos visto recientemente en distintos países
europeos.
La corrección de la tendencia debería venir de una nueva alianza entre
culturas emergentes empeñadas en el desarrollo de las tres utopías y los
movimientos sociales en defensa del espacio público.
Una alianza que puede parecer una utopía en sí misma si tenemos en cuenta el estado actual del debate político. Los resquicios de esperanza se podrían hallar en las teorías "comunitaristas" que proponen una dialéctica de lo local en una perspectiva de la globalización cultural y económica. El ámbito local constituye más que nunca una reserva de necesidad política para la defensa del espacio público.
En una perspectiva de crítica histórica, la toma de consciencia de
"lo local" como vía de incidencia global gracias a las nuevas alianzas
mundiales que permite la sociedad de la información favorecería el
fortalecimiento de nuevos espacios para la utopía.
Eduard Delgado - http://www.lafactoriaweb.com
Publicado Originalmente en la revista cuatrimestral la factoría*
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