El Tratado es particularmente ambiguo cuando utiliza un lenguaje constitucional. La llamada “Carta de Derechos Fundamentales”, por caso, en apariencia protege las libertades civiles. De hecho, sólo se aplica a actos de las instituciones de la Unión Europea.
“Las disposiciones de la presente Carta están dirigidas a las
instituciones y órganos de la Unión respetando el principio de
subsidiariedad, así como a los estados miembros únicamente cuando
apliquen el Derecho de la Unión” (capítulo VII artículo 51-1). Cuando se
garantizan derechos específicos se añade la siguiente cláusula: “según
las leyes nacionales que regulen su ejercicio”.
Igualmente, al describir las instituciones de la UE, el Tratado
esencialmente resume el derecho existente. Algunas disposiciones nuevas
-como el peso de los votos nacionales en los Consejos de la Unión- se
han discutido y seguirán discutiéndose ampliamente.
Disposiciones como las que establecen una Comisión de 25 -y tal
vez pronto de 30 miembros- probablemente se modificarán dentro de poco
tiempo porque sencillamente no son viables. En cualquier caso, es seguro
que el texto actual del Tratado no durará más de dos siglos (como la
Constitución de Estados Unidos), o siquiera dos décadas.
Entonces, ¿por qué tantos políticos inteligentes están armando tal
alharaca? Es necesario darse cuenta de que en Europa cuentan tanto los
actos simbólicos como las realidades tangibles. Por eso posee esa
curiosa característica de que a veces es visible y a veces no.
El primer ministro británico, Tony Blair, dijo durante mucho tiempo
que el Tratado era simplemente un ejercicio para poner orden y que por
lo tanto no había que tomarlo muy en serio. Cuando el debate simbólico
se le vino encima cambió completamente de táctica.
En efecto, para sorpresa de casi todo el mundo, ahora promete realizar
un referéndum sobre el Tratado y afirma que así se decidirá de una vez
por todas si Inglaterra está dentro o fuera de la Unión. Un debate
similar se está dando en Suecia.
En otros lugares, sobre todo en Francia y Alemania, se han hecho
afirmaciones tan contundentes a favor de la llamada Constitución que los
pocos que realmente han leído el borrador se han de preguntar por qué
sus 125 densas, si no es que oscuras, páginas habrán de salvar a Europa.
Charles Grant, director del Centro para la Reforma Europea de
Inglaterra, ha especulado sobre lo que sucedería si ese país “vota por
el no”.
Sostiene que si sólo se tratara de Inglaterra ciertamente
habría presión para que el país repitiera la votación (como sucedió en
Dinamarca en 1992 e Irlanda en el 2001), o para que se retirara de la
Unión y adoptara una especie de estatus de asociado. Si otros países, y
no sólo los pequeños, también votan por el no, habrá una tendencia
(según Grant), sobre todo en Francia y Alemania, a “avanzar con un
núcleo europeo”.
Escaso entusiasmo
Pero hay que preguntar qué haría ese núcleo europeo. En particular, cómo
se enfrentarían los gobiernos de cualquier núcleo europeo al hecho de
que, como lo demostraron las elecciones europeas de principios de junio,
sus propios pueblos distan de estar entusiasmados con la Unión.
Todo esto sugiere conclusiones que dan qué pensar. Parece que ante la
falta de proyectos sustantivos de política, la Unión Europea se ha
encerrado en sí misma y ha producido un documento que pretende ser mucho
más de lo que es en realidad. Cuando se le presenta la oportunidad de
opinar, la gente expresa dudas considerables, como lo hizo en las
recientes elecciones europeas.
En efecto, mientras más vieja y arraigada está la democracia en los países europeos, más escépticos se muestran sus ciudadanos frente a las pretensiones del tratado constitucional. Así, la brecha entre la imagen de Europa y la realidad de la UE se está ampliando.
¿Qué hacer si uno cree en la Europa real y sus metas comunes? El
primer requisito es bajarle la temperatura al debate sobre el Tratado.
No se deben hacer afirmaciones sin fundamento en su favor. La Europa
ampliada puede sobrevivir sin él.
El segundo requisito es darle mayor importancia a la Europa real. El
mercado único está lejos de completarse. Hay asuntos muy importantes sin
resolver en los alrededores inmediatos de la Unión ampliada, en Europa
del Este y en los Balcanes. En resumen, el orden del día debería incluir
menos las preocupaciones abstractas sobre la identidad de Europa y más
las acciones prácticas para definirla en hechos, no en símbolos.
Ralf Dahrendorf - http://www.lafactoriaweb.com
Publicado Originalmente en la revista cuatrimestral la factoría*
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