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LA CONSTITUCIÓN DE EUROPA

Autor: Ralf Dahrendorf

GLOBALIZACIÓN, INTEGRACIÓN INTERNACIONAL Y APERTURA ECONÓMICA

05-2005

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El extraño documento que surgió de las largas reuniones de la Conferencia Intergubernamental de estados miembros de la Unión Europea técnicamente no es una constitución. Por ejemplo, en ningún lugar dice “Nosotros, los pueblos de Europa...”. Más bien, el documento es simplemente un Tratado por el que se instituye una Constitución de Europa acordado por Altas Partes Contratantes, es decir, gobiernos nacionales.

 Deberá ser ratificado por los parlamentos de cada país, en algunos casos mediante referéndum, y sólo puede ser enmendado en conferencias intergubernamentales, no por el Parlamento europeo, y menos aún por el (inexistente) pueblo de Europa.

El Tratado es particularmente ambiguo cuando utiliza un lenguaje constitucional. La llamada “Carta de Derechos Fundamentales”, por caso, en apariencia protege las libertades civiles. De hecho, sólo se aplica a actos de las instituciones de la Unión Europea.

“Las disposiciones de la presente Carta están dirigidas a las instituciones y órganos de la Unión respetando el principio de subsidiariedad, así como a los estados miembros únicamente cuando apliquen el Derecho de la Unión” (capítulo VII artículo 51-1). Cuando se garantizan derechos específicos se añade la siguiente cláusula: “según las leyes nacionales que regulen su ejercicio”.

Igualmente, al describir las instituciones de la UE, el Tratado esencialmente resume el derecho existente. Algunas disposiciones nuevas -como el peso de los votos nacionales en los Consejos de la Unión- se han discutido y seguirán discutiéndose ampliamente.

 Disposiciones como las que establecen una Comisión de 25 -y tal vez pronto de 30 miembros- probablemente se modificarán dentro de poco tiempo porque sencillamente no son viables. En cualquier caso, es seguro que el texto actual del Tratado no durará más de dos siglos (como la Constitución de Estados Unidos), o siquiera dos décadas.

Entonces, ¿por qué tantos políticos inteligentes están armando tal alharaca? Es necesario darse cuenta de que en Europa cuentan tanto los actos simbólicos como las realidades tangibles. Por eso posee esa curiosa característica de que a veces es visible y a veces no.

El primer ministro británico, Tony Blair, dijo durante mucho tiempo que el Tratado era simplemente un ejercicio para poner orden y que por lo tanto no había que tomarlo muy en serio. Cuando el debate simbólico se le vino encima cambió completamente de táctica.

En efecto, para sorpresa de casi todo el mundo, ahora promete realizar un referéndum sobre el Tratado y afirma que así se decidirá de una vez por todas si Inglaterra está dentro o fuera de la Unión. Un debate similar se está dando en Suecia.

En otros lugares, sobre todo en Francia y Alemania, se han hecho afirmaciones tan contundentes a favor de la llamada Constitución que los pocos que realmente han leído el borrador se han de preguntar por qué sus 125 densas, si no es que oscuras, páginas habrán de salvar a Europa.

Charles Grant, director del Centro para la Reforma Europea de Inglaterra, ha especulado sobre lo que sucedería si ese país “vota por el no”.

 Sostiene que si sólo se tratara de Inglaterra ciertamente habría presión para que el país repitiera la votación (como sucedió en Dinamarca en 1992 e Irlanda en el 2001), o para que se retirara de la Unión y adoptara una especie de estatus de asociado. Si otros países, y no sólo los pequeños, también votan por el no, habrá una tendencia (según Grant), sobre todo en Francia y Alemania, a “avanzar con un núcleo europeo”.

Escaso entusiasmo

Pero hay que preguntar qué haría ese núcleo europeo. En particular, cómo se enfrentarían los gobiernos de cualquier núcleo europeo al hecho de que, como lo demostraron las elecciones europeas de principios de junio, sus propios pueblos distan de estar entusiasmados con la Unión.

Todo esto sugiere conclusiones que dan qué pensar. Parece que ante la falta de proyectos sustantivos de política, la Unión Europea se ha encerrado en sí misma y ha producido un documento que pretende ser mucho más de lo que es en realidad. Cuando se le presenta la oportunidad de opinar, la gente expresa dudas considerables, como lo hizo en las recientes elecciones europeas.

En efecto, mientras más vieja y arraigada está la democracia en los países europeos, más escépticos se muestran sus ciudadanos frente a las pretensiones del tratado constitucional. Así, la brecha entre la imagen de Europa y la realidad de la UE se está ampliando.

¿Qué hacer si uno cree en la Europa real y sus metas comunes? El primer requisito es bajarle la temperatura al debate sobre el Tratado. No se deben hacer afirmaciones sin fundamento en su favor. La Europa ampliada puede sobrevivir sin él.

El segundo requisito es darle mayor importancia a la Europa real. El mercado único está lejos de completarse. Hay asuntos muy importantes sin resolver en los alrededores inmediatos de la Unión ampliada, en Europa del Este y en los Balcanes. En resumen, el orden del día debería incluir menos las preocupaciones abstractas sobre la identidad de Europa y más las acciones prácticas para definirla en hechos, no en símbolos.

 

Ralf Dahrendorf - http://www.lafactoriaweb.com 

Publicado Originalmente en la revista cuatrimestral la factoría*

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