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La vinculación de CC.OO. con la Diada de Sant Boi fue importante. Y no sólo por la fuerte implicación organizativa y la significativa participación de las mujeres y los hombres de CC.OO. de aquellos momentos.
También porque la negociación previa de los representantes de la
Assemblea de Catalunya y de las fuerzas políticas democráticas con el
Gobierno Suárez, y la misma celebración de la Diada, no habrían sido
posibles sin los hechos, las luchas sindicales y las movilizaciones, que
se habían producido durante todo el año 1976 para forzar la ruptura
social, política y nacional.
Señalamos las huelgas en empresas significativas, como Motor Ibérica,
los diez días de huelga general del Baix Llobregat en el mes de enero,
las manifestaciones por la amnistía del mes de febrero en Barcelona, la
huelga general de febrero en Sabadell, o la asamblea constituyente de
CC.OO. en Barcelona en el mes de julio, forzando la legalidad sindical
posfranquista, o la constitución en septiembre de la Coordinadora de
Organizaciones Sindicales (COS).
Todas estas luchas prepararon y propiciaron el clima político que permitió a las fuerzas democráticas catalanas pactar la celebración del primer Onze de Setembre tolerado desde la guerra civil.
Quizá en aquella Diada se asentaron las bases de lo que después ha
sido el futuro histórico de Catalunya en estos 25 años: el
reconocimiento de las instituciones catalanas por los herederos del
franquismo, en uno de los pocos actos institucionales de ruptura
política clara con el franquismo que se produjeron durante la
transición.
El papel de la CONC
La participación activa de los hombres y las mujeres de CC.OO. de
Catalunya en la Diada del 76, relatada por los cronistas de la época y
reconocida por los historiadores, fue la expresión natural de una
organización que había hecho de la condición de sindicato de clase y
nacional una de sus señas de identidad. Reflejada en la constitución, en
el año 1969, de la Comissió Obrera Nacional de Catalunya.
Se trataba de una manera de entender el sindicalismo que no era nueva en
la historia de Catalunya, que asumía y se hacía eco de un rasgo
característico de una buena parte del movimiento obrero catalán del
siglo XX: aquel que recoge las aportaciones del catalanismo progresista
y del federalismo republicano de Valentí Almirall y de Pi i Maragall y
que sintonizó con dirigentes obreros como Salvador Seguí o Joan Peiró, a
través de personas como Francesc Layret o Lluís Companys.
Quizá por ello, durante la dictadura, todos los partidos y la
mayoría -no todas- de las organizaciones sociales tenían una matriz
catalana propia.
Hoy es ya evidente la clarividencia de aquellos dirigentes obreros que,
vinculados políticamente al PSUC y a su tradición nacional hicieron esta
gran apuesta por el sindicato de clase y nacional, que todo el mundo
reconoce que ha sido una de las mayores aportaciones a la cohesión de la
sociedad catalana.
Era una aportación socialmente significativa en la medida en que:
* Posibilitó la participación de los trabajadores y de la clase obrera
catalana en el proyecto de reconstrucción nacional de Catalunya,
impidiendo así la identificación exclusiva de este ideal con sectores de
la burguesía y la menestralía catalana.
* Hizo una aportación clave a la integración social en Catalunya de los
centenares de miles de trabajadores nacidos en otros lugares de España,
que, en muchos casos, se incorporaron plenamente a nuestra sociedad a
partir de la lucha sindical, vecinal o política.
* Permitió la cohesión de la clase obrera catalana, impidiendo su
división artificial en función de la lengua utilizada o del lugar de
nacimiento de las personas. Y en este sentido dificultó la consolidación
de un sindicalismo nacionalista autárquico.
* Contribuyó a la cohesión como sociedad, con la incorporación al
proyecto nacional de valores avanzados y reivindicaciones y conquistas
sociales.
* Hizo inviable cualquier opción sindical en Catalunya que no integrase
el binomio nacional y de clase. Y esto, que ahora parece tan evidente,
no siempre ha estado tan claro a lo largo del siglo XX, ya que en
Catalunya ha existido siempre una corriente significativa del
sindicalismo -identificada fundamentalmente con la UGT- que hasta bien
entrados los años 90 del siglo pasado no había incorporado esta visión
nacional al hecho social que representa el sindicalismo.
Otra aportación, ésta más contemporánea, ha sido la posibilidad de que
el sindicalismo transformado del siglo XXI sea capaz de integrar dentro
de su manera de ser como sujeto social la conciencia nacional en un
mundo fuertemente globalizado. Es ésta una perspectiva de futuro que
trataré de analizar más adelante.
Cambios en estos 25 años
Sin ninguna voluntad exhaustiva u omnicomprensiva creo que es oportuno
resaltar algunos cambios que pueden resultar significativos para encarar
una realidad marcada por la globalización.
* España ha protagonizado un importante proceso de descentralización
política, posiblemente uno de los más profundos y más rápidos de todos
los vividos por estados centralizados en la época moderna.
* Catalunya ha alcanzado un importante nivel de desarrollo nacional, con
un incremento significativo de las competencias de que disponen las
instituciones catalanas y a la vez un nivel de autogobierno social y
político que es perfectamente comparable al de algunas estructuras de
estados federales. Hasta el punto de que algunos estudiosos se atreven a
hablar de Catalunya como una unidad nacional casi estatal.
Éste ha sido un proceso que ha situado a Catalunya y a España en muy
buenas condiciones para encarar un futuro de globalización,
caracterizado por procesos aparentemente contradictorios, pero que no lo
son.
Al contrario, comportan un nivel de complementariedad muy
positivo entre la globalización de los grandes movimientos y, a la vez,
la necesidad y la oportunidad de acercar las micropolíticas a las
personas, a las empresas y a la sociedad, al territorio, en definitiva,
a espacios cercanos a la ciudadanía, quizá como reacción ante los
riesgos de uniformización que comporta la globalización.
* Veintidós años de gobierno nacionalista conservador, con dificultades
para integrar dentro del proyecto nacional las políticas sociales
transformadoras que reclama la sociedad catalana, han reducido y diluido
la capacidad de implicar en este proyecto a amplias capas de la
población.
Una expresión política electoral de esta afirmación la encontramos en
los bajos índices de participación en las elecciones autonómicas durante
los años 80 y 90, que están por debajo de aquellos que se dan en las
elecciones generales y que sólo superan los de las elecciones europeas.
Una abstención que no tiene sólo esta explicación, y de la que no parece
responsable único el gobierno conservador, sino un cierto sentimiento
ciudadano de la escasa utilidad del voto, al que quizá ha contribuido
una manera de hacer políticas de izquierda que ha sido percibida por
importantes sectores de la ciudadanía como indistinta en términos
sociales.
* El impacto y las diferentes reacciones ante el proceso de
globalización, aunque éste es un tema que hay que analizar con
profundidad y sobre el que no parece existir unanimidad.
Así, mientras parece que haya una coincidencia fuerte -que no quiere
decir necesariamente aceptación- sobre las consecuencias que para el
Estado Nación y su reconstrucción o deconstrucción está teniendo el
proceso de globalización, no creo que sea pacífica la interpretación que
se hace del impacto que esto puede tener en las naciones como realidades
sociales, en las conciencias nacionales y en las ideologías
nacionalistas en cualquier parte del mundo.
Si bien en un primer momento y desde algunos ámbitos, especialmente de
la izquierda, se ha teorizado que los procesos de interrelación social
que comporta la globalización convertirían en obsoletas las visiones
nacionales y las opciones nacionalistas, la realidad de los últimos
veinte años no parece confirmar estas reflexiones, más bien lo
contrario. Al menos hasta ahora.
Quizás sea cierto que los aspectos de los proyectos nacionales
vinculados a la construcción del Estado nacional propio de la Revolución
Industrial pierden fuerza.
Es inevitable que sea así, si tenemos presente que aquel Estado nacional tenía como uno de sus objetivos crear las condiciones económicas, sociales y políticas que facilitasen el desarrollo industrial de cada país con medidas en muchos casos de proteccionismo nacional.
En Catalunya tenemos algunos ejemplos concretos: en el ámbito
social, con la creación de lo que hoy es la patronal catalana, Fomento
del Trabajo Nacional, y en el ámbito político, con partidos como la
Liga.
En este sentido, es evidente que la huida fuera de los ámbitos de las
fronteras nacionales de los grandes factores reguladores de las reglas
de la economía propicia una pérdida de peso de estos espacios
económicos, sociales y políticos.
Posiblemente esta es la razón profunda del drama que viven algunos
países en vías de desarrollo, en los que, después de todos los intentos
frustrados del siglo pasado por crear las condiciones propicias para la
consolidación de una burguesía propia de base industrial, ahora se
encuentran con el hecho de que las reglas de juego de la globalización
económica no necesitan y no hacen posible el desarrollo de estos
sectores sociales y los sitúan como sociedades en un contexto de
dependencia y subalternidad total.
Un proyecto para un mundo globalizado
Pero las naciones, los proyectos nacionales y las opciones nacionalistas
no son sólo proyectos de las burguesías industriales, ni se puede decir
que sólo tengan vigencia en un contexto industrial.
Existían, en el caso de Catalunya es evidente, mucho antes de
la Revolución Industrial y, por lo que parece hasta ahora, pueden tener
las bases, la fuerza y la capacidad de adaptación necesarias,
especialmente si se trata de proyectos nacionales abiertos y con
capacidad de integración de las nuevas realidades emergentes.
Mi apreciación personal es que un proyecto nacional catalán tiene
posibilidades de pervivir si está en condiciones de integrar los cambios
que comporta el proceso de globalización. Y esta afirmación se basa en
la observación de la historia más reciente de nuestro país. No sería la
primera vez que esto pasa.
Creo útil recordar que los rasgos característicos del proyecto nacional
catalán asumidos de forma bastante generalizada por la sociedad catalana
tienen algunas características diferenciadas de otros modelos sociales
de matriz nacionalista. No tiene una base étnica, bien al contrario, se
fundamentan en un fuerte componente de mestizaje, que lo enriquece y lo
refuerza ante los cambios.
Hay que apuntar que el mestizaje étnico, cultural, lejos de
debilitar la identidad nacional de un pueblo, puede perfectamente
reforzarla. Basta con recordar que uno de los países que tienen una
mayor identidad nacional, los EUA, es uno de los países con más
diversidad y pluralidad de origen cultural.
El proyecto nacional catalán tiene en cambio una fuerte base cultural en
el que la lengua tiene un papel clave.
Y, en contra de los factores negativos que en el terreno
económico puede comportar la utilización de una lengua con un universo
limitado de utilización, en el terreno social y político la defensa de
la propia lengua en un contexto de globalización lingüística y cultural
tiene una gran capacidad de agregación de las personas y las
comunidades, y puede convertirse en un factor clave para organizar
mecanismos de resistencia hacia lo que es percibido como la
uniformización provocada por una globalización liberal, gobernada sólo
desde las reglas del mercado y de la economía.
Y por último, el proyecto nacional catalán ha estado siempre abierto a
los procesos de cambio o de internacionalización económica.
Sólo hay que recordar los dos últimos momentos históricos recientes
en que esto se ha producido. Cuando a finales del siglo XIX se produce
la descomposición del régimen político español, el nacionalismo español
reacciona buscando la recuperación en la regeneración y en las señas de
identidad más cerradas, en el pasado imperial, incluso en el rechazo a
la influencia extranjera. En el mismo momento histórico, el nacionalismo catalán reacciona en
una dirección opuesta, con opciones económicas contrarias y expresiones
culturales y artísticas como el modernismo, que ponen de manifiesto una
clara voluntad de apertura al mundo.
Lo mismo creo que puede decirse del papel y la reacción de la sociedad
catalana con relación al proceso de apertura económica y política de los
años 60 y el proceso de integración de España en la UE.
Hay que aclarar que la manera diferente de encarar los cambios y los
procesos de internacionalización no responden a una especial
idiosincrasia cultural o étnica a la que tan fácilmente se remiten
algunos para explicar los elementos diferenciales entre sociedades.
Más bien tenemos que buscar las explicaciones en las diferencias
importantes que existen en las bases materiales, económicas y sociales,
en las necesidades de los sectores dominantes de cada sociedad, en el
activo papel representado por los movimientos sociales transformadores,
y en los ritmos y profundidad con que son vividos los procesos de
transformación.
Hay pues dos grandes razones que explican la utilidad, en términos
sociales, de actualizar y reforzar hoy un proyecto sindical nacional
para Catalunya:
* Los procesos de globalización están abriendo nuevos espacios para la
intervención social en comunidades o unidades de convivencia
infraestatales. Y es una tendencia que puede ir a más.
Esto será todavía más evidente en el marco de la Unión Europea, donde el
proceso de reconstrucción del Estado, y, por tanto de recuperación de
sus mecanismos de intervención por parte de las sociedades pasa por
reforzar las instituciones políticas y sociales de la Unión Europea. Y
también por aprovechar todos los nuevos espacios que abre este proceso
de reestructuración territorial.
Hoy tenemos más que indicios de cómo los movimientos de armonización y
convergencia de los procesos económicos, sociales y políticos en el
ámbito de la Unión Europea van acompañados de la aparición de factores
de diferenciación en los ritmos o en la intensidad de estos cambios.
Diferencias que cada vez serán más evidentes en la medida en que avance
el proceso y se amplíen los países que se incorporen a la Unión Europea.
Parece evidente que el proceso de ampliación, previsto para el año 2006, tendrá consecuencias diversas en los diferentes estados, pero estas diferencias se expresarán también en términos regionales. Para algunas realidades regionales la ampliación de la UE comportará fundamentalmente una apertura de nuevos mercados y de futuros posibles consumidores de sus productos.
Para otras regiones europeas la ampliación puede comportar
especialmente la incorporación de competidores en algunos sectores
económicos muy maduros y riesgos para la economía y la ocupación.
Se produce, por tanto, de manera simultánea y complementaria, una
diferenciación regional en los aspectos microeconómicos y una
armonización o convergencia.
Lo que otorga una significativa importancia a los espacios sociales y
políticos territoriales, en el sentido de los espacios locales
vinculados a las metrópolis y también de los espacios regionales que
disponen de capacidad de intervención social. Y no estamos hablando sólo
de los espacios institucionales, sino de mecanismos sociales, en los que
las organizaciones sociales, las instituciones, la negociación
colectiva, la concertación de políticas sociales, tienen un papel clave
en las sociedades desarrolladas.
* En un segundo término no hay que perder de vista la importancia que en
el proceso de reconstrucción de nuevos mecanismos de reequilibrio entre
economía y mercado, por un lado, y personas y sociedad por otro, pueden
tener los factores de cohesión social. Y en este sentido reforzar la
identidad nacional de Catalunya en torno a derechos sociales y de
ciudadanía puede ser un elemento clave de aglutinamiento o de agrupación
de una colectividad o una sociedad como la catalana.
Un refuerzo de la identidad en torno a los derechos de ciudadanía que
tiene que tener en la sociedad civil catalana y su riqueza el principal
protagonista, especialmente si tenemos presente que los factores de
equilibrio y de control del mercado y de la economía no vendrán en el
futuro sólo de las instituciones políticas, de los estados, sino de la
sociedad en sus diferentes formas de organización social.
Ejes para el nuevo proyecto
* La defensa del catalán, como lengua propia de Catalunya, como un
derecho de ciudadanía, también como un factor de cohesión, de
incorporación de nuevas personas, de nuevos ciudadanos.
No podemos olvidar que el conocimiento del catalán es un factor que facilita el acceso de las personas a otros derechos básicos, como el derecho al trabajo, y a la vez propicia la integración social, en la medida que actúa como un elemento de relación con la sociedad.
En este sentido hay que hacer pedagogía para dejar de hablar del uso
del catalán como un deber y situarlo claramente en el terreno de los
derechos de las personas.
* La defensa de la cultura construida por la sociedad catalana, de
manera abierta, plural e intercultural, entendiendo la interculturalidad
o la multiculturalidad no como el mantenimiento de culturas diferentes o
de espacios cerrados en función del origen de los diferentes colectivos, sino como una cultura en proceso de permanente adaptación y que sea
el espacio común en el que se encuentren todas las aportaciones
culturales de todas las personas que componen en cada momento histórico
la sociedad catalana.
Una cultura abierta a la incorporación de todas las nuevas aportaciones,
que sólo tiene que tener el límite de la defensa o la protección de los
derechos humanos, los derechos de ciudadanía. Intentando, sin embargo,
no confundir instituciones culturales propias de nuestra sociedad con
estos derechos de ciudadanía.
Así, la incorporación de personas que profesan otras religiones diferentes a la históricamente mayoritaria no puede representar ningún retroceso en la consolidación de una sociedad laica y en el avance histórico en la separación de Iglesia y Estado.
Pero tampoco puede llevarnos a la identificación entre valores
cívicos y cultura cristiana, por poner sólo un ejemplo de confusión
protagonizado, en alguna ocasión, por destacados dirigentes políticos de
nuestro país.
* Un incremento de las capacidades institucionales y sociales de
autogobierno de la sociedad catalana, que le permita construir
instrumentos y mecanismos de reequilibrio social y de fuerzas.
En el terreno político esto se concreta hoy en un nuevo modelo de
financiación de las administraciones catalanas -Generalitat y
administraciones locales-.
Construido sobre los principios de autonomía, de suficiencia, de corresponsabilidad y de solidaridad, y que tenga también presente el esfuerzo y las necesidades fiscales de la sociedad catalana. En este sentido, el acuerdo del Consell de Política Fiscal de 27 de julio de 2001 representa un paso hacia delante en lo referente a la corresponsabilidad y a la autonomía fiscal.
Así una parte significativa de los ingresos de la Generalitat
tendrán su origen, no en las transferencias de la Administración Central
del Estado, sino en la recaudación en Catalunya de los impuestos
propios, los cedidos y los compartidos, con una ampliación significativa
de la participación en los impuestos compartidos indirectos.
También se incrementa la capacidad normativa de la Generalitat en la
regulación de los tramos autonómicos de determinados impuestos.
En cambio, no parece que el modelo acordado para el período 2002-2006
responda satisfactoriamente a la necesidad de atender de manera justa la
suficiencia y el esfuerzo fiscal, ni que vaya más allá del debate sobre
las balanzas fiscales y la complejidad política y técnica de objetivar
unos mecanismos de cálculo en los que se mezclan criterios de imputación
territorial con razones eminentemente sociales, como el hecho de que un
sistema fiscal progresivo siempre tiene que tener una capacidad de
redistribución social de la renta, con una presión más grande para las
rentas altas y un gasto mayor para las bajas.
Lo cierto es que con el nuevo acuerdo fiscal no se resuelve el
problema de la suficiencia fiscal de las instituciones autonómicas para
hacer frente a sus funciones sociales. Y que continúa existiendo un
desequilibrio con relación a los ingresos per cápita que recibe el
gobierno catalán en términos comparativos al de otras comunidades
autónomas con un nivel parecido de competencias.
Hay, por tanto, que plantearse la necesidad de introducir cambios y
reformas en el sistema de financiación, que consoliden los avances
producidos en términos de corresponsabilidad y autonomía fiscal y que
encaren las dos asignaturas pendientes de la suficiencia y del esfuerzo
fiscal de la sociedad catalana.
En el terreno social la profundización del autogobierno pasa por el
refuerzo de los mecanismos de intervención de los agentes sociales en la
regulación de la sociedad. A través de la negociación colectiva, de la
concertación social. Lo que desde principios de los 80, la CONC ha
denominado el marco catalàn de relaciones sociolaborales.
Y en este sentido hay que destacar que el nuevo contexto de
globalización parece caracterizarse por la aparición de nuevas, diversas
y policéntricas formas de intervención social en las relaciones
económicas y el funcionamiento del mercado, por lo que el futuro puede
dar más oportunidades a las formas o instituciones de autogobierno
social que a las institucionales, que por definición son más rígidas y
tienen una
capacidad de adaptación menor.
* Un cambio radical en el modelo social y de relaciones de trabajo que
rompa con la precariedad como la estrategia competitiva del tejido
económico catalán durante las dos últimas décadas y apueste por un nuevo
modelo de empresa y de competitividad en el que la calidad de la
producción y la cohesión social sean los motores de la competitividad.
Sin caer en la ingenuidad o en el espejismo de creer que en un
contexto económico de globalización tienen cabida oasis o islas que
queden al margen de las grandes reglas, tampoco es cierto que hayan
desaparecido todas las posibilidades de intervenir social o
políticamente en la configuración de las relaciones económicas. Y en
este sentido una sociedad y una economía como la catalana, muy
interrelacionadas, pero con unas características sociales, territoriales
y físicas de dimensiones humanas, puede perfectamente plantearse este
reto.
* Una profundización de los derechos sociales, a partir de la
constitución cívica de nuevos derechos de ciudadanía, que tengan su
razón de ser no en la nacionalidad, sino en la ciudadanía.
Se trata de los derechos sociales clásicos, universalizados y ampliados
a todas las personas que viven y trabajan en Catalunya, con
independencia de su situación legal o administrativa.
Pero también estamos hablando de nuevos derechos. Vinculados a las
nuevas formas de convivencia, familia y sociedad.
Entre ellos la actualización de derechos como el de libre
circulación de personas, que no puede continuar identificándose como un
derecho político en el marco de los estados nacionales, sino como un
derecho humano en un contexto de globalización.
Pero son sobre todo un cambio radical en los mecanismos de participación
de la ciudadanía en nuestras sociedades.
Y como una manera más de participación, no la única, una nueva regulación del acceso al derecho de voto. Una reforma sustancial del derecho de voto para ponerlo al alcance de las nuevas migraciones llamadas extracomunitarias, terminología tan cargada de valoraciones negativas como la de extranjeros.
Éste tiene que ser el primer paso, un cambio absolutamente imprescindible que permita provocar una ruptura en el concepto y en el origen del acceso a los derechos sociales y políticos.
Mientras que la Revolución Francesa comenzó la universalización de
algunos derechos y los vinculó a la condición de nacionales, como una
manera de romper con las desigualdades existentes en las sociedades
preindustriales, hoy la nueva realidad exige un nuevo paso en la
universalización, que ahora pasa por su vinculación a la condición de
ciudadanía.
La incorporación de los no nacionales a los derechos de ciudadanía y
entre ellos al derecho de voto es, quizás, la única posibilidad de
apostar plenamente por una sociedad de personas, de ciudadanos, no de
factores del mercado de trabajo. Y es también la única posibilidad de
abrir espacio a proyectos políticos que tengan en cuenta la realidad de
la inmigración y los derechos de los inmigrantes.
Lo que es políticamente inviable en sociedades en las que las
personas inmigrantes trabajan, crean riqueza, pero no tienen derecho a
voto y, por tanto, no pueden condicionar los proyectos políticos, que
quedan sólo en manos de los ciudadanos nacionales, que en muchos casos
ven la inmigración como un riesgo para su estabilidad económica, para su
mejora social o para su identidad cultural.
Un proyecto nacional que tenga sus raíces en la cohesión social y en la
profundización de los derechos de ciudadanía, como los entendemos en
CC.OO. es, sin duda, la mejor contribución que desde Catalunya puede
hacerse a la construcción futura de una Europa construida no sólo sobre
el mercado y los estados, sino también arraigada en las naciones que la
componen. Una Europa federal y plurinacional.
Joan Coscubiela - http://www.revistalafactoria.eu/
Publicado Originalmente en la revista cuatrimestral la factoría*
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