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Incluso los conceptos que se utilizan, ya no sólo cuando se habla de competitividad, cuando se habla de eficiencia, excluyen la naturaleza social de ese análisis.
Afortunadamente, ya hay mucha gente que en estos momentos sitúa esa
diferencia entre crecimiento económico y desarrollo, desarrollo que
requiere del crecimiento económico, pero que, sin duda, tiene que
aportar un componente importante de sostenibilidad social y
sostenibilidad ambiental, que no está presente en muchos de los modelos
de nuestras sociedades.
A veces se nos escapa, o a veces incluso lo negamos, pero creo que es
oportuno que seamos conscientes de que todo modelo económico tiene una
capacidad de generar riqueza, pero tiene también una gran capacidad de
generar desigualdades y de generar la forma más extrema de esas
desigualdades, que es la exclusión social.
Parece ser, si se analiza la historia, que en los momentos de grandes cambios, de grandes transformaciones económicas y sociales, los riesgos de que convivan en el tiempo gran crecimiento de la riqueza y gran exclusión social se incrementan.
En los grandes momentos de cambio se produce ese gran riesgo y creo
que estamos asistiendo en todos los países, pero me refiero ahora al
ámbito europeo y especialmente al nuestro, a uno de esos momentos.
Cuál es, desde mi punto de vista, el eje que explica algunas de estas
cuestiones: sin duda, podríamos hablar de insuficiencia del Estado de
bienestar, pero creo que el más determinante es que el modelo económico
que en estos momentos es hegemónico es un modelo que gira, se
fundamenta, se ha construido, sobre una estrategia que pudiéramos
llamarla de los beneficios conseguidos sobre la base de externalizar
hacia otros los costes y los riesgos, externalizar de empresas grandes a
pequeñas, externalizar de la empresa a los trabajadores, externalizar
incluso de trabajadores de empresas centrales a trabajadores de empresas
periféricas, de trabajadores que están ocupados a trabajadores que no lo
están, de hombres a mujeres, de gente que tiene una determinada edad y
trabaja a gente joven que se incorpora al mercado de trabajo, de
externalización de riesgos ambientales de una empresa que intenta ganar
muchos beneficios hacia la sociedad, que tiene que soportar los costes
que eso comporta por falta de medios de seguridad, de externalización en
forma de pérdida de vidas humanas y de salud con unos modelos de
producción que generan permanentemente accidentes o pérdida de salud...
Segmentación y dualización
Creo que el eje, la característica de estos momentos, mucho más que en
otras etapas de la historia, es que los cambios tecnológicos han
permitido poner en marcha un modelo de organización del trabajo y de la
organización de la producción que permite mucho, mucho, esa estrategia
de externalizar costes y riesgos.
Y eso nos ha situado en un contexto de profunda segmentación y
dualización. Pero más que segmentación y dualización, que parece que son
de dos mundos, preferiría usar un concepto en el que segmentación y
dualización aparecieran de maneras diversas, pero siempre muy
confrontadas, para ver quién externaliza al último, quien ya no puede
externalizar a nadie más los costes y los riesgos.
Este es el gran factor que en estos momentos está alimentando la
exclusión social.
En estos momentos, hay dos características importantes y que en muchas
de estas jornadas aparecen, y es que, hasta al menos en los años de gran
crecimiento del modelo económico y social europeo, el tener una cierta
ubicación laboral en el mercado de trabajo era una cierta garantía de no
sufrir exclusión social. Hoy eso no es así.
Hoy estar trabajando de manera asalariada o con una retribución no es garantía de no caer en algún momento en un proceso de exclusión.
Hoy las viejas formas de exclusión resurgen en nuestra sociedad a
partir de la incorporación de nuevas personas vía inmigración pobre.
Insisto en la inmigración pobre por esa facilidad que tenemos todos para
identificar inmigración, exclusión, identidad, así, como el triángulo
sagrado de la Santísima Trinidad de hoy, no deja de menospreciar que el
dato fundamental es que todo eso sólo gira alrededor de la situación de
inmensa pobreza o de situación de pobreza que arrastran esas personas
desde que salen de su lugar de origen hasta que consiguen algún nivel de
socialización en las sociedades de llegada.
Tres razones clave
No digo nada nuevo si recuerdo que cuando estamos hablando de nuevas
formas de exclusión estamos hablando de mujeres responsables de familias
monoparentales, estamos hablando de jóvenes con lugares de trabajo
precarizados, que determinan en cascada formas de exclusión total, cómo
el acceso a la propia madurez vital, o el acceso a factores clave para
eso, a la propia individualidad de la persona, formas de vivienda, de
trabajo, y perceptores de prestaciones públicas, jubilados,
fundamentalmente mujeres que, como consecuencias más históricas que
reales por las cotizaciones que se hacían en algunos años y la debilidad
propia del Estado de bienestar, se encuentran en esa situación.
Creo que las razones de esta situación son muchas, como siempre, pero
quisiera identificar tres, principalmente por lo que hace referencia a
nuestro país. Y es que el modelo de competitividad que en los últimos 20
años ha hecho girar una parte de la actividad económica de nuestro país,
utiliza la precariedad como factor de competitividad, como elemento
estratégico y utiliza no sólo la precariedad laboral, utiliza la
precariedad social.
Si no, fíjense ustedes qué papel están jugando determinados sectores de la inmigración en nuestro país.
Están siendo el ejército de reserva, que no había en nuestro mercado de trabajo, el cual cambiaba de composición, fruto de los cambios demográficos y del crecimiento económico; y incluso se está produciendo -cosa que no ven porque algunos son bastante ciegos-, a medio plazo, la utilización intensiva de la inmigración para dar salida a determinadas visiones empresariales de corto plazo. Está provocando dos efectos indeseables, creo.
En primer lugar, está atrasando los procesos de modernización de muchos tejidos económicos y productivos, porque está permitiendo que utilicen intensivamente mano de obra mal pagada y con costes muy bajos, cuando lo normal es que estuvieran en un proceso de cambio de modelo económico de substitución de mano de obra precaria por mano de obra más cualificada de más valor añadido y más productividad.
Y está provocando un atraso significativo en el cambio de las estructuras sociales, es decir, la pérdida de protagonismo de la mujer en la cobertura de determinadas funciones de carácter social reproductivo que pasan, en otros países más desarrollados, a ser cubiertas por un ámbito institucional que se incorpora como prestación de ciudadanía al Estado de bienestar.
En nuestro país no avanza, entre otras cosas, porque estamos tirando de unas mujeres inmigrantes, que juegan este papel, con el coste que eso tiene, pero, sobre todo, con el factor de retraso en lo que podría suponer un cambio en la estructura social.
Por cierto, creo que las políticas que, de manera indistinta,
están aplicando las administraciones en relación a las supuestas
políticas de ayuda a la familia, están provocando lo mismo o pueden
provocar, si se sitúan en esos términos, un atraso considerable en el
cambio de roles y de las estructuras sociales vinculadas al papel de la
mujer, la familia y a la necesaria substitución de esa función por
funciones más comunitarias, institucionales, etc.
En la primera identificación está la segunda, que es, una mala
adaptación de esas estructuras sociales. Y, en nuestro caso, en nuestro
país, creo que ayuda mucho una deficiente cobertura del sistema de
bienestar social que continúa siendo bastante Taylorista-Weberiano.
Es decir, está muy vinculado a un modelo industrialista en el que aún demasiadas prestaciones están vinculadas al factor de trabajo, cuando cada vez más las formas de Estado de bienestar más avanzadas lo vinculan a derechos de ciudadanía.
Muy pocos, poco a poco, los vamos consiguiendo, pero muy pocos derechos, hoy, de nuestro Estado de bienestar, están en ese contexto.
Y si lo están, como es en el caso de la enseñanza y de la sanidad,
tienen serios problemas de financiación, incluso en algunos casos,
comportan factores de redistribución regresiva de la renta, por el
sistema fiscal tan brutal que se ha generado en nuestro país desde
mediados de los 90, que es uno de los sistemas fiscales que tiene más
capacidad de generar desigualdades, no igualdades, que sería el objeto
básico de la razón de existir del estado social y del modelo de
fiscalidad.
Algunos datos
Algunos datos de cómo el modelo de competitividad basado en la
precariedad genera esa situación de exclusión.
Por ejemplo, en estos momentos, a pesar de que se ha reducido prácticamente en un 33%, es decir, que sólo quedan el 66% de lo que había en el año 96, pero continúa habiendo aún 222.000 personas en Catalunya, según los datos del IDESCAT, del IV trimestre del 2002, que viven en unidades familiares donde todos los contratos de trabajo son temporales, con lo que eso comporta.
Existen, aproximadamente, aunque es un factor difícilmente calculable, entre 150.000 y 200.000 personas en Catalunya, que, trabajando, no tienen ningún convenio colectivo aplicable, con lo cual se rigen por el salario mínimo interprofesional, y existe aproximadamente una cantidad parecida que, a pesar de tener convenio colectivo, son convenios colectivos obsoletos o de sectores nuevos que no tienen fuerza sindical detrás, que están en unas condiciones que, si no es el salario mínimo, muy poco por encima están.
Estos son colectivos que están insertados institucionalmente
dentro de lo que hace poco configuraba una cierta garantía, que es
formar parte del mercado de trabajo y que están en riesgo en todo caso
de exclusión.
La fase más brutal de la externalización de costes o riesgos vinculada
al factor trabajo es lo que podríamos llamar los falsos autónomos, por
decirlo de alguna manera.
Es una situación de fraude a la ley, pero que se utiliza. Y luego otro concepto nuevo, que insisto, no es exactamente lo mismo, al que nosotros desde Comisiones Obreras le hemos querido dar nombre para darle identidad, que es la externalización llevada a sus últimas consecuencias, que es la aparición de un trabajador que es trabajador, empresa y centro de trabajo al mismo tiempo -la santísima trinidad, también-, que es el “trade”.
El trabajador autónomo independiente, que, como consecuencia de
la falta de un marco institucional, un marco jurídico de protección y de
derechos, a veces (no siempre, porque hay “trade” con un nivel de
cualificación y de capacitación que puede defender sus condiciones de
trabajo, pero hay “trade” que no) adquiere esa situación.
Derechos de ciudadanía
Termino, en relación a la idea del déficit de cobertura en relación a
las instituciones del Estado de bienestar. Aquí, en Catalunya, iniciamos
una modesta aproximación a eso con la renta mínima de inserción, que
creo se ha quedado a mitad de camino. Al final, no sabemos exactamente
qué es, si una medida de lucha contra la exclusión social o algo que se
parezca a un salario mínimo garantizado.
Creo que deberíamos avanzar hacia la creación de esos derechos de
ciudadanía, que requerirían concebir dos aspectos básicos, que son el
salario mínimo de ciudadanía garantizado y la pensión básica también de
ciudadanía que pudieran, desde cierto punta de vista, compensar algunos
de los desequilibrios que el mercado genera.
Para el futuro y para la gente mayor, de una cierta edad, el tema de la
creación de nuevas prestaciones, tipo prestaciones de dependencia como
ciudadanía.
Pero claro, cada vez que comparamos nuestro nivel de los mayores en nuestras pensiones nos olvidamos de una cosa importante, y es que no es lo mismo tener la misma cantidad en euros de pensiones si al final resulta que tienes que ir loco buscándote una plaza de residencia asistida para una persona de 80 y tantos años, que no, si eso lo tienes cubierto a través de algún criterio básico.
Un tema que nunca aparece entre esos temas, es el del
urbanismo, de la política urbanística. Creo que ese puede ser un gran
factor de socialización o de exclusión.
Hoy, por ejemplo, alguien se queja, de que hayan colectivos de
inmigrantes, que llevan 20 o 30 años en nuestro país con serias
dificultades para incorporarse a elementos culturales como la lengua,
pero nadie se ha quejado de que, como factor previo a eso, se les ha
colocado en determinados segmentos de mercado de trabajo muy
precarizados y para que no se olvidaran nunca de que estaban
segmentados, luego se les ha albergado también en determinados barrios
urbanísticamente segregadores.
Hecha esa descripción, que puede parecer que es la descripción del
desastre, pero que es justo lo contrario, porque creo que junto a la
identificación de esta situación, mi percepción personal en estos
momentos es que hemos pasado la peor etapa en este sentido, que es la
etapa de los años 80 o 90, de pensamiento único, pero tan único, tan
único, que era imposible pensar de otra manera.
A veces algunos de nosotros nos habíamos autocensurado pensar de otra
manera, nos parecía que pensar en cosas como, por ejemplo, las políticas
municipales de alquiler, como las que se producen en países como
Dinamarca gobernados por el centroderecha, pues no es nada
revolucionario, es una cosa tan básica como garantizar el derecho social
a la vivienda o garantizar el uso social de la propiedad privada, dos
principios constitucionales que han sido 20 años marginados de nuestra
percepción social.
¿Qué hacer?
Creo que estamos en un momento de cambio, eso que pudiéramos llamar los
ciclos largos. Refiriéndome a Europa, percibo en muchas cosas en el
movimiento sindical, en movimientos ciudadanos, en la percepción
pública, un agotamiento importante en términos ideológicos de ese modelo
de competitividad globalizador sin reglas.
Creo que no es casualidad que algunos hayan decidido no dar la batalla en el modelo económico después de los grandes hundimientos, fraudes contables de Enron y compañía, y que ahora han decidido que la batalla de todas las batallas está en la seguridad y en la lucha contra el terrorismo.
Ya no quieren dar la batalla que nos dieron durante 20 años y que nos masacró, que es la batalla de que el único modelo económico posible era el que ellos defendían.
Eso ha quedado aparcado, ya nadie quiere discutir de un modelo
económico, o ellos no quieren discutir de modelo económico y nos quieren
situar en el terreno de la seguridad y el terrorismo como único
elemento. Y aquí, en Catalunya, los debates sobre España y todos
nosotros.
Creo que, especialmente en España, en el terreno económico se está
empezando a ganar la batalla de que en este modelo de competitividad,
competitividad y derechos son incompatibles. Cada vez más empieza a
haber un debate fuerte sobre que en Europa no es posible construir un
modelo de eficiencia social y económica que haga compatibles
competitividad y derechos.
Creo sinceramente que en ese contexto es cuando, a lo mejor,
deberíamos todos concluir que la única posibilidad de reconstruir
espacios de debate, de confrontación y de carácter ideológico, político
y social, que nos permitan ganar esa batalla contra la exclusión social
en todas sus fórmulas, es ser conscientes de que difícilmente vamos a
reconstruir esas formas de mejora de las condiciones de vida de la gente
en el terreno de los estados nacionales. Eso creo que es intentar
reconstruir la etapa del industrialismo.
Creo, personalmente, que la única posibilidad es volver a hacer otra vez
el itinerario, pero construyendo esas maneras de hacer política y esas
instituciones desde el ámbito de la construcción europea con todas sus
fuerzas. Por eso creo que, en estos momentos, hay tanta gente, perdón,
hay algunos gobiernos que se oponen con tanta fuerza a ese factor.
Y termino diciendo una cosa, que creo que hoy es más evidente que nunca.
En este actual modelo económico existen, al menos, como contradicción principal, una evidencia y es que existen dos grandes modelos de futuro: aquel que necesita la exclusión social y la desigualdad como factor del crecimiento y de la acumulación de riqueza y aquel que rechaza la exclusión y considera que, en cambio, los derechos como tales no sólo no son obstáculos a una competitividad económica, no son obstáculo a una eficiencia, sino que son el motor de ese crecimiento.
Aquel viejo paradigma que tanto usaron los socialdemócratas nórdicos
que dice que el Estado de bienestar no es el problema, sino que forma
parte de la solución.
Joan Coscubiela - http://www.lafactoriaweb.com
Publicado Originalmente en la revista cuatrimestral la factoría*
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