Desde las páginas de esta misma revista ya se han perfilado algunas
de las características y los rasgos de los cambios que ya se vienen
produciendo en el mundo de la empresa, y en la actividad económica en
general "1".
Las preguntas que, a renglón seguido nos hacemos son varias.
En primer lugar, si estarán las organizaciones de trabajadores a la
altura de los cambios, si serán capaces de defender a la nueva tipología
de trabajadores, en qué medida podrán influir en los cambios económicos,
cuál es su papel en la nueva empresa, cómo defenderán los valores de
solidaridad y progreso, en un futuro medio económico adverso, cómo
evitarán anquilosarse y continuar siendo un instrumento de
transformación social y a la vez de progreso económico. En definitiva si
estarán a la altura de la 3a. Revolución Industrial.
Éstas son algunas de las cuestiones en torno a las cuales he elaborado
las reflexiones que siguen, con el ánimo de apuntar posibles respuestas
que, aún siendo genéricas, puedan orientar al lector sobre lo que los
sindicatos catalanes y la Unió General de Treballadors en particular, se
plantean en estos momentos de cambio.
En la nueva empresa
Los paradigmas de la producción de bienes y servicios están
evolucionando vertiginosamente. Las formas y métodos de dirección y
managment, lo hacen a la par. Las unidades productivas se reducen, se
hacen más flexibles y a adaptadas a la demanda coyuntural.
Se introducen nuevas formas de gestionar las empresas y cientos de
nuevos conceptos surgen desde las grandes consultoras y desde las
factorías automovilísticas más punteras: just in time, círculos de
calidad, reingeniería....
Son los nuevos conceptos de esta nueva era postindustrial, que nos está
tocando vivir a todos y a la que todos debemos hacer un esfuerzo de
adaptación y comprensión: gobiernos, agentes sociales, ciudadanía. Las
organizaciones de trabajadores somos conscientes de estar inmersos en
este proceso de cambio.
Pero nuestra impresión es que estos fenómenos representan algo más que
un cambio. Si las formas antiguas de producir están en extinción, no hay
cambio, hay abandono. Si el managment más actual postula que cada puesto
de trabajo debe ser concebido como una empresa, no hay cambio, hay
revolución. Y si ello es así, ¿cómo se verán afectadas las relaciones
laborales?.
Zonas industriales, cadenas de producción, cientos de personas
trabajando en cadena, oficinas con empleados de funciones definidas,
convenios colectivos por sector, productividad, incentivos,
participación..., muchos de éstos términos están transformando su
contenido, incluso muchos de ellos desaparecerán en un futuro inmediato.
La causa: el cambio de estructura de la producción, la transformación
del concepto empresa que implica, no sólo un cambio de hábitos, sino un
cambio conceptual profundo.
Las organizaciones de trabajadores somos conscientes que el cambio
tecnológico, los cambios socioculturales que van ligados a él, la nueva
empresa como tal, pone en jaque al sindicalismo tradicional e incluso a
la clase trabajadora tal como hoy la concebimos a medio y largo plazo.
El contexto económico mundial
Los métodos tradicionales de análisis económicos indican que es
imprescindible contextualizar los fenómenos socioeconómicos para
comprenderlos, predecirlos e influir en ellos. Pero en la era que nos
toca vivir la globalización de la economía, los datos macroeconómicos
mundiales son más que un dato, son el dato.
Y ello tiene implicaciones trascendentales, fundamentalmente por un hecho: la capacidad de incidir y condicionar en los hechos, en las condiciones sociales y salariales y en las políticas económicas superan al Estado moderno y no hace falta decir que también a los agentes sociales nacionales. Con lo cual, y para empezar, ante un fenómeno global sólo se dan respuestas regionales como máximo.
La falta de una autoridad laboral mundial, en nuestro caso, afecta directamente a las condiciones de los trabajadores de cualquier país. Y aquí tenemos una primera causa de desasosiego e impotencia para los gobiernos y los agentes sociales, que se ven incapaces para competir económicamente con países que practican el dumping social, rebajando costes casi exclusivamente por la vía salarial.
Baste ver el problema de la reforma laboral en Corea, para
anunciarnos cual es el paraíso ideal del capitalismo más salvaje:
despido libre, sindicato único, posibilidad de contratar esquiroles en
caso de huelga, etc.
¿Es ésta la respuesta que van a dar los gobiernos occidentales a la
creciente globalización y competitividad de las empresas? ¿Es realmente
la aniquilación de la participación de los trabajadores y de la
mediación colectiva organizada lo que puede garantizar la adaptación de
las economías?, o ¿hay que formular seriamente nuevas estrategias
participativas que no supongan, indefectiblemente, una merma de los
derechos de los trabajadores?.
Este es el verdadero reto y, reconozcámoslo, en este asunto tenemos
todavía más preguntas que respuestas.
Características de las nuevas empresas
La empresa moderna tal y como hoy la entendemos, es la que viene
desarrollando su forma de funcionamiento y estructura desde fines del
siglo XIX. Son empresas con una estructura de dirección jerárquica, con
una clara división del trabajo, una alta especialización y baja
polivalencia en las funciones de los empleados.
Son empresas muy estables, con poca movilidad interna y externa, donde la información va de arriba hacia abajo, como la estructura de mando, con una producción de bienes y servicios en masa para mercados grandes y con mercancías poco personalizadas; en definitiva es consecuencia del fordismo y del taylorismo que han dejado su huella en la estructura productiva que hoy conocemos. Todo ello, obviamente, ha marcado el tipo de participación de los trabajadores en las empresas.
En una primera fase, dicha participación se ceñía a la discusión y negociación de las condiciones de trabajo y salariales, y en una segunda, introducida por las grandes industrias automovilísticas japonesas, la participación de los trabajadores se extiende, también, a la elaboración y mejora del producto.
Para la primera tipología de participación los sindicatos son idóneos, facilitan la interlocución con los empresarios por su estructura piramidal, tienen como las propias empresas una clara jerarquía, la permanencia de los trabajadores en las empresas facilita la paz social interna, así como llegar a acuerdos estables en el tiempo.
Pero en la segunda tipología, la participación en la producción, las
organizaciones sindicales ya empiezan a no ser imprescindibles, basta
con que el trabajador aporte no sólo su capacidad de trabajo, sino
también sus conocimientos, experiencia, imaginación y creatividad para
lograr un mejor producto de calidad y al menor coste posible.
La participación sindical
Hay quien puede pensar que la participación en la producción y el
funcionamiento de la empresa, no es participación en el sentido estricto
del término y que por ese motivo no es necesaria la participación
sindical.
Maticemos algunos puntos. En primer lugar, un sindicato moderno y dinámico debe concebir la participación en un sentido global, es decir, no puede quedarse en la mera relación reivindicación-negociación-consecución-objetivos, sino que debe ir más allá.
Debe comprometerse con la empresa, con sus objetivos, su funcionamiento y la calidad y competitividad de sus productos. ¿Quién conoce mejor el trabajo o la función desempeñada que el propio trabajador? ¿Quién más que el trabajador puede estar interesado en la buena marcha de la empresa?. No obstante, hasta aquí se puede seguir sosteniendo la tesis según la cual las organizaciones de trabajadores pueden no intervenir en esta participación en la producción.
Ocurre, sin embargo, que muchas empresas utilizan este tipo de participación, los antes mencionados círculos de calidad o bajo otras denominaciones, como forma de explotación sutil y encubierta.
El objeto de la participación del trabajador en la producción, en principio, es para que ésta mejore y sea de calidad, que suele ir acompañado de un aumento de la productividad encubierto, controlado y supervisado, que suele suponer un sobresfuerzo no compensado económicamente , y que cuenta con la aquiescencia tácita del propio trabajador.
Establecer la frontera entre una mejora en la productividad y la
calidad, con una sutil sobre-explotación, es misión de la empresa y de
los representantes de los trabajadores. Y éste debe ser uno de los
objetivos más importantes que debe cubrir un sindicato en la
participación de la producción.
La pequeña empresa
Las empresas de las que hemos hablado no son, ni la mayoría, ni las que
tienen un futuro más asegurado.
El futuro está en las pequeñas y medianas empresas, como versátiles núcleos productores de bienes y servicios, muy adaptables a la demanda coyuntural, con una gran movilidad funcional y geográfica de los empleados estructurados en equipos multidisciplinares, con una gran interacción entre áreas de trabajo, etapas de la producción, etc; es lo que se viene en denominar la ingeniería simultánea.
Estos pequeños y casi volátiles centros empresariales aplicarán un proceso de desburocratización, a través de la supresión de los niveles intermedios en la jerarquía directiva, con el consiguiente incremento de la participación de los trabajadores en la producción y los consecuentes cambios en los flujos de información y poder en la empresa, que al ser de arriba-abajo es predecible que devengan bidireccionales.
Otros elementos nada desdeñables de estas nuevas empresas es, sin duda alguna, la automatización de la producción y la aplicación de las nuevas tecnologías. Ésto supondrá la reducción paulatina de los trabajos susceptibles de ser realizados automáticamente, y consiguientemente, supondrá una revalorización de los trabajos intelectuales y creativos.
El teletrabajo, empresas virtuales, la contratación de servicios
externos a la empresa a través de consultoras, proveedores
especializados, empleos temporales, subcontratación a través de empresas
de trabajo temporal, etc, representan ya actualmente un cambio radical
en la concepción del trabajo y la clase trabajadora.
El reflejo social: los nuevos asalariados
Lo anteriormente expuesto nos lleva a una conclusión inicial ya
apuntada; el cambio del concepto de trabajo y trabajador es inminente.
¿Podremos hablar consecuentemente de clase trabajadora dentro de 10 o 20
años?. Es una cuestión que no creo podamos contestar con rigor hoy por
hoy ni en este artículo. De lo que sí podemos estar seguros es que quizá
hablaremos de clases trabajadoras.
Es evidente que las clases sociales no han desaparecido, ni creo que
desaparezcan por mucho que ciertos sectores económicos e intelectuales
liberales se empeñen en decirlo, pero sí, obviamente, la dialéctica
entre ellas, en el sentido marxista del término.
Aspectos del mercado de trabajo que hoy empiezan a mostrar su faceta más
dura, como lo es la dualización de las relaciones laborales y, con ello,
las dobles escalas salariales, derechos sociales, etc; pueden acabar
consolidando una clase trabajadora (en el sentido clásico de empleado
por cuenta ajena, en un centro organizado de capital y trabajo) de doble
rango: el núcleo de técnicos cualificados y dirigentes, con empleo
estable y buenos salarios, y un segundo nivel de trabajadores menos
cualificados, con empleo precario, derechos sociales mínimos y a
expensas de la demanda y la capacidad de producción puntual.
La cuestión está en saber cómo se garantizará la participación de estos
segundos en la vida de la empresa, o como mínimo con que medios de
representación y participación contarán para la defensa de sus derechos
y legítimos intereses.
Por lo tanto, se está dando ya una serie de factores que complican y dificultan, cuando no imposibilitan, la representación y la participación de esta nueva clase trabajadora.
A saber: la precarización, la alta movilidad, la individualización de
las relaciones laborales, el aislamiento físico y técnico en muchos
casos, del trabajador,. En definitiva, la pérdida de facto del monopolio
de la concertación y la mediación por parte de las organizaciones
sindicales.
La necesaria renovación del sindicalismo
Desde una perspectiva de progreso, de defensa de la justicia social y de
los derechos de los asalariados, evidentemente la izquierda social y
política debe replantearse las estrategias. Es tan patente que se está
dando una crisis general de las organizaciones representativas, tales
como partidos políticos, patronales, sindicatos y asociacionismo en
general, como es patente la necesidad de una sociedad civil fuerte,
frente al mercado cada vez más arrogante.
Es cierto que los sindicatos abandonaron hace décadas la lucha de clases
como objetivo último de su acción, pero también lo es que la defensa y
conservación de las conquistas y los derechos adquiridos ya no es
suficiente. Debemos ampliar más el horizonte de los objetivos del
trabajo sindical, pues las nuevas clases trabajadoras exigen un nuevo
sindicalismo.
Las estructuras representativas sindicales deben iniciar un proceso de
renovación audaz sino quieren acabar periclitadas por la evolución del
mercado de trabajo y quieren incidir en él para evitar su degradación
absoluta.
Esta renovación debe correr a la par con las nuevas tendencias de
organización empresarial, adaptarse a las necesidades concretas de los
nuevos trabajadores polivalentes, movibles, participativos y, a la vez,
más desprotegidos que nunca.
El combate contra la precarización, la neo-explotación
encubierta bajo nuevas formas de producir, debe hacerse concertando con
los gobiernos medidas legislativas y políticas, pero también, y sobre
todo si no quiere perderse afiliación y apoyo directo de los
trabajadores, desde los centros de trabajo.
Hay que sustituir los viejos principios organizativos por nuevos:
transversalidad frente a jerarquía piramidal, horizontalidad frente a
verticalidad, autonomía federativa frente a centralismo, flexibilidad
frente a rigidez, organizaciones autónomas que incorporen nuevos métodos
de encuadramiento de acuerdo con las necesidades actuales. El proceso
será lento y árduo, pero no por ello necesario o incluso inevitable.
Pautas para una nueva forma de concebir la participación
Una vez descrito el contexto en el cual vamos a desarrollarnos en el
futuro de cambio y transformación del concepto de trabajo y de
trabajadores, y, consecuentemente, de la imprescindible renovación de
las estructuras representativas, nos vamos a permitir establecer unas
primeras pautas para una nueva forma de participar.
Evidentemente, no son un sistema cerrado ni pretenden dibujar
la solución a los retos que se nos plantean, como ya hemos dicho el
proceso es tan necesario como inevitable, pero a las estructuras con las
que ahora contamos los agentes sociales se deberían incorporar de una
serie de nuevas pautas y ahondar en otras.
- Sindicalismo social. Las organizaciones sindicales deben ser garantes,
a través de la participación en los procesos de toma de decisión
política, no sólo de los derechos de los trabajadores, sino de
colectivos sociales desamparados excluídos o con una situación laboral
precaria.
Efectivamente, las organizaciones políticas de izquierda, por la lógica
democrática de la búsqueda de espectros sociales amplios que les
otorguen mayorías, tienden a centrar sus posiciones, dejando, a menudo,
la defensa de los intereses de colectivos que, incluso en ocasiones y
debido a su situación de exclusión social, ni siquiera participan en
procesos electorales. Si la población inactiva supera el 50%, ello debe
afectar a la estrategia participativa sindical.
- Sindicalismo complejo: Las organizaciones representativas de los
trabajadores, para legitimar su participación, deben evolucionar en el
sentido de ser sindicatos catch all. Es decir, incorporar en su seno y
representar a nuevos sectores asalariados con características
particulares: desde cuadros medios, hasta nuevas profesiones
pseudoliberales, pero sujetas a relaciones laborales comunes, y también
a tele-trabajadores, trabajadores de empresas temporales, etc. Es lo que
podríamos llamar el sindicalismo complejo.
- Por una participación que busca el ganar/ganar: Cambiar la lógica
participativa en las negociaciones. Es cierto que se ha avanzado mucho
en el sentido de no centrar exclusivamente la relación
empresa-sindicatos en la cuestión salarial, al introducir las mejoras
sociales, las medidas de seguridad e higiene en el trabajo, etc.
Pero se sigue en la lógica de que lo que gana una parte lo pierde la
otra, hay que introducir la cultura del ganar/ganar. Los frutos de una
negociación, si son buenos, lo son para ambas partes. Ése debe ser el
objetivo conceptual de la participación: ganar todos.
- Intervención y participación en la economía social: Ha de au- mentar.
Es un terreno todavía poco explotado, pero la econo- mía social está
lógicamente más acorde con los valores y los principios del sindicalismo
de clase, y sólo organizaciones fuertes y consolidadas como los
sindicatos pueden permitirse adentrarse en este ámbito de la economía,
siempre que se haga con criterios empresariales.
- La calidad de la participación: Es esencial para la credibilidad de
los sindicatos. Por este motivo, es fundamental mantener un alto rigor
en los estudios y los análisis previos a la participación, a la
aportación de datos, informaciones y otras cuestiones.
- Individualización, flexibilidad organizativa, nuevos métodos de
encuadramiento en la relación empleados-sindicatos: La introducción de
nuevos principios para una nueva era: la individualización de las
relaciones afiliado-sindicato (en correspondencia a la progresiva
individualización de las relaciones laborales), la responsabilización de
los actores implicados en las negociaciones, la flexibilidad en la
relación afiliativa, la modificación de los métodos de encuadramiento
tradicionales, la profundización en el aspecto servicios y asesorías
para los trabajadores, etc.
- La formación para la participación: La riqueza de las economías ya no
son ni los recursos naturales, ni tampoco la producción de carbón y
acero de mediados de siglo. La nueva riqueza es el conocimiento, y, por
tanto, la capacidad de formación y adaptación. Para participar hay que
conocer.
El aprendizaje y la capacidad de reciclarse depende de la formación
de los trabajadores, que la empresa no siempre cubre con eficiencia o
hace con el único objetivo de la rentabilidad inmediata.
- Control en la participación en la producción: Los métodos japoneses de
participación de los trabajadores en la producción, como ya se ha
indicado con anterioridad, son innovadores en la medida que han
permitido una implicación global del empleado en su trabajo, pero se ha
aprovechado para introducir prácticas coercitivas más que discutibles.
Combatir las nuevas formas de coerción y la sutilidad con que se
introducen medidas de aumento de la producción con costes de salud
personal y social, todavía hoy incalculables, son uno de los nuevos
objetivos de la participación sindical en las empresas.
- Foros de debate sobre la participación a largo plazo: Fomentar foros
de participación empresas-organizaciones de trabajadores, que sean lugar
de reflexión y debate al margen de las coyunturas político-laborales y
al margen de las administraciones y organismos oficiales, y que permitan
hacer propuestas a medio y largo plazo.
El ejemplo podría ser la experiencia que está llevándose a cabo
en Francia, desde inicios de los años noventa, por medio de los foros de
Estrategia y Futuro.
Estas pautas para una nueva participación son apuntes y líneas de
trabajo que los sindicatos debemos plantearnos a medio plazo. Todas y
cada una de ellas pueden extenderse y complementarse con más
aportaciones, pero condensan gráficamente las tres grandes líneas de la
participación en el futuro: la participación en los acuerdos
socio-salariales y de condiciones de trabajo, la participación efectiva
en la marcha de la empresa y en la producción y la participación directa
de los sindicatos en la economía.
No olvidemos que en un mundo en transformación es necesario
cambiar para mantener la identidad.
Josep Maria Álvarez - http://www.lafactoriaweb.com
Publicado Originalmente en la revista cuatrimestral la factoría*
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