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Un hecho es cierto: hasta hace un año nadie habría podido imaginar el
peso que la acción de la CGIL tiene en el conjunto de la opinión
pública. Creo que esta circunstancia es absolutamente positiva. Si la
CGIL, cumpliendo rigurosamente su papel como sindicato, tutelando los
intereses de los trabajadores y pensionistas, según su tradición de “confederalismo”,
defiende junto a los derechos de los trabajadores, también los derechos
de todos los ciudadanos, se trata de una misma cosa en puridad
democrática. Y todavía más para la democracia italiana, amenazada por el
berlusconismo.
Mientras los demás sindicatos, rompiendo con la CGIL y escuchando las
sirenas mentirosas del “Cavaliere”, se mueven en dirección opuesta,
abandonando los intereses de los trabajadores, los pensionistas y los
parados, aceptando incluso la hipótesis de un sindicato “paraestatal”,
que da servicios que son competencia del Estado, la CGIL ha respondido
con los hechos con su papel reivindicativo y reformador. Y sobre esta
vía (que es también en defensa de la independencia sindical) ha sabido,
por eso, escuchar y apoyar a los movimientos que han surgido de la
sociedad civil: desde los antiglobalización a los que dieron vida a la
histórica jornada del 14 de setiembre en la Plaza de San Giovanni (1).
Si todo ello parece superar la responsabilidad del sindicato, quizás la
explicación esté en buscar, no ya un cambio de comportamientos de la
CGIL, sino en la doble anomalía italiana: un gobierno que no es de
centro-derecha y siempre más extraño a la democracia liberal (2) (de
izquierdas, de centro y también de centro-derecha) y una oposición que
se ha alejado de su base, y la ha desilusionado; de manera que la
oposición real ha pasado de la indignación a la autoorganización.
Sergio Cofferati.- Yo no creo, de ninguna de las maneras, que la CGIL
haya asumido características que la puedan comparar o acercar a
Solidarnosc y a su experiencia, que está circunscrita muy
específicamente y no es transferible a ninguna parte del mundo.
Solidarnosc tenía unas determinadas razones históricas y unas
condiciones muy particulares. Yo nunca compartí que aquello pudiera
convertirse en las funciones normales de un sindicato; aunque reconozco,
como muchos, el valor de la función de Solidarnosc, en aquel momento
específico, que impulsó los procesos de cambio en Polonia. Pero nosotros
no vamos por ahí.
Yo creo, contrariamente, que nunca como en estos meses la CGIL ha
desarrollado su función histórica y tradicional de sindicato confederal.
La paradoja está propiamente en eso: en haber asumido un papel y una función muy visible, comprometida con tantos sujetos diversos, de trabajadores y pensionistas, que son los referentes históricos de una organización confederal, desarrollando fuertemente su propia actividad y su propia función. Incluso, si se quisiera observar con mayor atención todavía lo que ha hecho la CGIL, se podría llegar a la conclusión que, con su actividad, ha vuelto a las funciones y modalidades del típico ejercicio del sindicalismo confederal de sus orígenes, a la época del nacimiento de las primeras “Camere del Lavoro” y los primeros sindicatos de ramo.
Eran unos tiempos en que una organización sindical (como eran aquellas “Camere del Lavoro” y, después, la CGIL, que nació en 1906) para asegurar la emancipación a millones de personas, tenía que batirse y, simultáneamente, mejorar las condiciones materiales del trabajo y de vida e imponer, al mismo tiempo, el respeto a los derechos fundamentales de aquellas personas en su condición de trabajadores.
Todo ello ocurría en una Italia donde el trabajo agrícola era casi la
totalidad de la actividad productiva y el trabajo industrial empezaba a
ser una actividad que se estaba ampliando, todavía de manera limitada.
Entonces el trabajo prevalente era el jornalero y agrícola. El nuevo
trabajo era de tipo industrial. Hoy el trabajo prevalente es el
industrial, lo nuevo son las actividades diversificadas, los llamados
“trabajos atípicos”. ¿Dónde está, pues, la novedad? Yo creo que está en
el hecho de haber puesto en el centro de la iniciativa de los meses
pasados, por parte de la CGIL con una grandísima decisión, el tema de
los derechos. Obviamente, la CGIL, partiendo de la razón de su
existencia, se ha ocupado de los derechos en la esfera del trabajo. Pero
haciéndolo con rigor y determinación, no podía no encontrar a tantos
sujetos que se han preocupado y han tenido sensibilidad por el tema de
los derechos de ciudadanía.
Quién se ha batido en estos meses por el derecho a una información pluralista, por una prensa libre, ha afrontado un derecho contemplado en el artículo 21 de la Constitución. Quién se ha batido por la justicia y por una magistratura independiente y eficaz, ha puesto en escena una razón que, también ella, responde a un derecho de ciudadanía fundamental. También esto es un segmento de la democracia substancial.
Quién ha afrontado los temas de la cultura pacifista, o la cultura antiglobalización, ha hecho vivir en el cuerpo de la sociedad italiana una suma de exigencias de derechos fundamentales, como el de poder vivir en paz en un mundo con reglas y no en un mundo en el que la falta de ellas produce rupturas, conflictos y marginalidad de los débiles y los pobres. Cada uno de estos sujetos se ha movido libremente con una inspiración visible y positiva.
Era inevitable (y añado, “justo”) que estos sujetos interactuaran;
que en cualquier circunstancia se encontraran juntos. Y ello ocurrió el
23 de marzo en la manifestación de la CGIL, y sucedió también en las
iniciativas de los “girotondi”, en los movimientos por la paz en Perugia-Asís
o en los movimientos antiglobalización.
Verdaderamente hemos dado sustancia, de forma particular y de conjunto,
a una idea permanente que debería formar parte de la Constitución formal
y material de Europa. Ni más ni menos: la idea de los derechos
conectados.
La Carta de los derechos que surgió de Niza define la inescindibilidad
entre el derecho de la persona, el derecho del ciudadano y el derecho
que nace en la esfera de las relaciones económicas. Bien, esta cadena,
esta conexión, esta inseparabilidad ha tomado cuerpo en Italia mediante
iniciativas de muchos sujetos diferentes que, sin embargo, han trabajado
de modo conjunto.
Yo creo que ha sido muy importante este trabajo conjunto y representa
uno de los legados más significativos de este tiempo reciente. Porque
las sinergias han sido evidentes y positivas, han implicado y convencido
a muchísimas personas; y yo creo que también ha sido importante el modo
con el que estos sujetos diversos se han relacionado recíprocamente. En
mi opinión es fundamental el respeto mutuo. Es importante reconocerse
una función diferente, pero igualmente legítima.
Por parte de ellos no ha existido la tentación de hegemonizar al otro, a
pesar de las diferencias evidentes de dimensión o historia que cada cual
tenía a sus espaldas.
En esta dialéctica, con todas las dificultades y también los contrastes
que existen en la verdadera dialéctica, se dio el crecimiento de un
movimiento difuso.
Un movimiento que, por otra parte, ha pedido a la política que se preocupe de estos temas, y no siempre la política ha estado atenta de manera adecuada. Algunas veces la representación política y la institucional se han visto obligadas a tener en cuenta las demandas del movimiento; en otras ocasiones, dicha representación política ha participado activamente en la construcción de tales demandas. Yo creo que hoy estamos ante un pasaje muy delicado.
Lo describiré de este modo: o se consolida esta dialéctica,
perfeccionando las formas, a partir del reconocimiento de la plena
legitimidad de todo nuevo sujeto y consolidando las modalidades que
utiliza, o nos arriesgamos a ir para atrás.
Ninguno de esos sujetos ha pretendido representar la complejidad de la
sociedad italiana; ninguno de esos sujetos ha intentado sustituir la
política. Pero le han enviado a ésta mensajes muy fuertes para que
tuviera en cuenta las exigencias que ellos planteaban. Bueno, ahora le
toca a la política considerar atentamente, no sólo el fondo de estos
mensajes sino también sus formas y las modalidades dando cabida a
centenares de miles de personas. Esta es la articulación, potencialmente
positiva, de la relación entre la política y los movimientos.
Desgraciadamente, no siempre veo por parte de la política una atención adecuada. Porque la política comete un error cuando se retrasa y se pierde insistiendo en los aspectos radicales de los movimientos. Es evidente que toda fuerza de representación parcial, incluida la sindical (que, sin embargo, es muy vasta por los sujetos y las tipologías de sus materias) tiene en sí el límite de la radicalidad, que en ocasiones es un mérito.
Quien tiene responsabilidades de mediación debe hacerse cargo de
ello; y no puede pedir a los demás que resuelvan un problema que no
constituye una contradicción de los movimientos sino que objetivamente
forma parte de su naturaleza.
Yo creo que, en este crecimiento de formas de ciudadanía activa, está un
elemento de democracia substancial en un país que, con demasiada
frecuencia, ve puestos en entredicho algunos aspectos significativos.
Se crea un peligro y una alarma para la democracia cuando se atacan, explícita o implícitamente, las reglas de la Constitución y cuando se gestiona la actividad política prevalentemente a favor de los intereses privados sobre los de tipo general. Tales alarmas y peligros pueden ser eliminados siempre que se dé fuerza y consistencia a estas formas de ciudadanía activa. Creo que se trata de novedades positivas. Tengo la edad suficiente para haber conocido los movimientos de finales de los años sesenta y del inicio de los setenta: no tenían estas características, ni esta compostura. Y, sobre todo, tenían con frecuencia la tendencia a transformarse en sujetos de representación política; hoy los movimientos no tienen esas tentaciones.
Creo que la CGIL ha tenido el mérito de dejarse convertir en un
punto de referencia, construyendo esta cadena junto a los demás. No es
una función nueva. No es una función que desborde el papel histórico de
un sindicato; es el ejercicio de una particular y antiquísima función,
hecha con rigor, adquiriendo valor y mayor relieve, también para otros
muchos que, en ese mismo tiempo, se habían “distraído”.
Si se puede hablar de paradoja, la paradoja está en el hecho que,
haciendo nuestra la muy tradicional actividad en la forma más antigua,
hemos aparecido como un sujeto extraordinariamente nuevo y moderno. En
fin, este es un aspecto posterior que no debe infravalorarse. Creo que,
a los ojos de muchas personas, ha sido importante el rigor y la
coherencia con que nos hemos movido: el haber sido firmes en nuestras
propias referencias, ya sea en el plano de los valores ya sea en el de
nuestros comportamientos.
El respeto al esfuerzo que se hizo les parece hoy a muchos, en
esta convulsa situación, un rasgo singular y una rara circunstancia. La
CGIL, en las relaciones con sus interlocutores (el Gobierno y los
empresarios), ha dicho que estaba en condiciones de negociar algunas
materias; y, con la misma claridad, manifestó que no estaba dispuesta a
negociar otras: por ejemplo, los derechos individuales, que consideraba
como intocables. Haber llevado esta postura hasta el final les pareció
una extravagancia a algunos. Simplemente se trata de una forma de
ejercer las tareas, y ello no debería sorprender a nadie.
Quien tiene responsabilidades de representación colectiva debería
declarar siempre su juego: cuando se dice que sí o que no, no se trata
de un acto de abstracta conservación o de indisponibilidad en la
confrontación. No, se trata de una opción concreta.
Ello es muy importante, y se define incluso declarando que es
irrepetible, que no está sujeto a la mediación natural y fisiológica
entre las partes sociales. Yo nunca he pensado que el sindicato deba
negociar a cualquier precio o negociarlo todo.
FA.- El artículo 18 es uno de esos aspectos que has reiterado como
innegociable (3). Sin embargo, algunos (también desde la izquierda)
juzgan tu intransigencia como un “capricho”, ya que los casos concretos
que llegan a los tribunales al cabo del año, en relación a este
artículo, son unas pocas decenas.
Intentemos dar por buena, en pura hipótesis, esta objeción. Ello querría
decir que la Confindustria y el Gobierno, no ya la CGIL, han planificado
intencionadamente la opción de un asunto que tiene escasos efectos
prácticos, haciendo del pretexto “casus belli “ un choque de un altísimo
valor simbólico, orientado a humillar al sindicato, obligándole, más que
a plegarse, a desnaturalizarse.
El hecho de que la CGIL, en ese punto, haya aceptado el desafío
y declarado que el argumento era intratable, me parece una señal que no
es un capricho, sino un raro y lúcido “realismo político”, más allá de
la fidelidad a su historia y de responsabilidad a sus propios
representados. Realismo político: de hecho, en un choque simbólico, la
puesta en juego es la identidad misma y los principios en los que se
basa.
En este caso, es la identidad de un sindicato autónomo, como elemento no
secundario del sistema de relaciones de fuerza y equilibrio quien
garantiza el carácter democrático y liberal de una sociedad.
Porque, como ya he señalado, el cambio de naturaleza del sindicato,
en el que CISL y UIL se están deslizando, comporta la transformación del
sindicato, entendido como representación de una parte social
(representación por naturaleza “conflictiva” y también contractual)
hacia un papel y vocación diferente: en una agencia paragubernamental de
servicios, donde conflictividad y representatividad irían debilitándose
conjuntamente. Pero sin un sindicato independiente, la sociedad se hace
menos abierta, menos democrática.
Y sobre todo: este ataque del Gobierno Berlusconi a la autonomía del
sindicato se inscribe en un ataque sistemático y general a todas las
formas de autonomía y “balance des pouvoirs” que caracterizan y
constituyen una sociedad liberal y una convivencia democrática
. Un poder se mantiene “liberal” sólo en el cuadro de un “gobierno limitado”, tal como sabían los padres fundadores de la democracia americana. Sin embargo, Berlusconi está intentando destruir exactamente este carácter irrenunciable de “límite” de poderes, de contrapesos recíprocos, sin los cuales el gobierno se convierte en despotismo: el poder autónomo de una magistratura independiente, el poder autónomo de unos medios de comunicación libres de condicionamientos gubernamentales, pluralistas y en concurrencia.
Si la operación triunfa (en parte ha triunfado) y el sindicato se ve
obligado a cambiar su propia naturaleza, cambia verdaderamente la
naturaleza, la estructura de la convivencia política y social. Pues de
un régimen liberal-democrático se pasa a un régimen inédito, de
despotismo aliberal, de peronismo opulento y videocrático.
Mi hipótesis es que la intransigencia de la CGIL en torno al artículo
18, su capacidad de librar una gran batalla nacional por los derechos -y
realizar “una huelga general por Italia”- da miedo, especialmente porque
es capaz de defender los intereses de los trabajadores y, al mismo
tiempo, contener la deriva aliberal del Gobierno, invirtiendo la
tendencia y cambiando la correlación de fuerzas.
SC.- Mientras tanto, en el plano práctico, no olvidamos el freno que
representa el artículo 18, sin el cual un número enorme de despedidos
sin una causa justa sería el cuento de nunca acabar. Pero es una gran
verdad que, más en general, se puso en marcha -y todavía está presente-
un duro ataque por parte del gobierno a todas las formas de autonomía,
en todos aquellos lugares donde la autonomía se hace explícita, incluida
la administrativa-institucional.
Bajo esta perspectiva, no es casual que el proceso de estas
últimas semanas, en todo lo que gestiona el Gobierno, se vaya en una
dirección opuesta respecto a lo que -sobre todo alguna fuerza política
de la mayoría- habían teorizado con tanto énfasis (4). O sea, en lugar
de la descentralización, estamos nuevamente ante procesos de
centralismo, con una fortísima intervención altamente discrecional de la
política.
Todavía es más fuerte el ataque a la autonomía de la Magistratura o a la
de la prensa. Específicamente, en lo referente al sindicato que es un
sujeto que tiene su historia y una estructura enraizada, el intento ha
asumido progresivamente connotaciones muy precisas. Yo creo que existe
una parte visible de instrumentalismo en la opción del Gobierno y la
Confindustria cuando ataca, mediante el artículo 18, los derechos
fundamentales de las personas.
Este artículo se ha convertido, por muchas razones, en
simbólico. Pero no podemos olvidar que representa también un eslabón
delicadísimo de la cadena de los derechos. La supresión del artículo 18
y su manumisión, rompería esta cadena y produciría efectos consistentes,
también materiales, y la eliminación de otras tipologías de derechos.
Sería una explícita violación de las orientaciones y sensibilidades que,
por ejemplo, se han consolidado en Europa.
Pero, junto al ataque a los derechos, era y es muy visible el intento al
que antes me refería. Es decir, cambiar la naturaleza del sindicato. El
sindicato tiene una función fundamental: la tutela de las personas que
trabajan y las que han trabajado y ahora son pensionistas.
El conjunto de normas relativas al mercado de trabajo y algunas de
las hipótesis de modificación del andamiaje de las funciones
contractuales, tal como sostiene el Gobierno (y que han estado
acompañadas también de la teorización de la ruptura de la unidad
sindical, que el Gobierno consiguió después), tienen incluso esta
inspiración: realizar la modificación de las funciones del sindicato,
reduciendo las de tutela, incrementando las de sujeto destinado a dar
servicios, en substitución de las actividades fundamentales que son
propias del Estado.
Hay otro tema que se refiere simultáneamente a la representación social
y a la política-institucional que no se puede olvidar. Durante estos
meses el Gobierno ha buscado sistemáticamente modificar algunos
importantes aspectos de la Constitución, mediante la progresiva
transferencia hacia el sector privado de toda una serie de funciones que
son típicas del Estado.
Estamos ante la desnaturalización de la misma idea de subsidiariedad que
indica la Unión Europea. Para ésta la subsidiariedad es la intervención
de los sujetos privados en la integración y en el reforzamiento de las
tareas fundamentales del Estado. Sin embargo, en la traducción casera de
nuestro Gobierno, la subsidiariedad se ha convertido en una actividad
substitutiva por parte de lo privado que se ha apropiado de las
funciones que son inherentes al Estado.
Es lo que persiguen, en lo referente a la sanidad y lo que
quieren hacer sobre las pensiones, en relación al mercado de trabajo y
en la enseñanza. Los casos son numerosos, clamorosos, y apuntan en lo
fundamental a las políticas de Estado de bienestar, es decir, a todo lo
que garantiza la cohesión y la igualdad.
La teorización de lo privado no tiene un carácter subsidiario sino
substitutivo y, por lo tanto, ahí esta la intentona de una progresiva
desnaturalización de las funciones elementales del Estado. Como siempre,
en estas intenciones, planea con frecuencia que en esta cuestión
específica más sabe el diablo por viejo que por diablo, pero la
intención está clara. Valdría la pena entender lo que se está tramando,
incluso en estos días, en la discusión entre el Gobierno y las
organizaciones de la amplísima área del “tercer sector”.
¿Por qué ha explotado, ahora, esta polémica tan de repente con
un Gobierno que va contra las organizaciones laicas y progresistas del
voluntariado? Exactamente por la misma razón: la hostilidad a todo tipo
de autonomía. No es sólo un Gobierno que quisiera discriminar y escoger
a sus interlocutores (una hipótesis inaceptable), sino que incluso
querría decidir, sobre la base de su “propia” idea de gestión de la cosa
pública y de la sociedad, cuáles son las funciones que deben tener sus
interlocutores.
Este cambio es una intentona muy profunda. Tiene formas y
características diferentes, unas veces muy virulentas y otras muy
chillonas, pero es profunda. Es un intento que se debe contrastar
teniendo una idea precisa sobre cada segmento de la actividad de las
diversas formas de representación y con una idea propia de la sociedad a
la que quiere referirse. La política de izquierdas puede caer en un
grave error: ofrecer un consenso al centro-derecha sin tener un modelo
propio de sociedad, al margen de su propia identidad, siguiendo el
camino del centro-derecha.
En estos últimos tiempos he tenido muchas veces la ocasión de polemizar
con algunos juicios y valoraciones que circulan, también, por la
izquierda. Pienso, por ejemplo, que el reformismo es una práctica que
tiene como fundamento el cambio, la gradualidad en el cambio, pero que
debe ser, como práctica política, el signo de una radicalidad en los
comportamientos y en la defensa de los valores. Hace un momento tú
decías que sindicato significa negociar.
Sí, esa es su naturaleza. Pero ¡ay si se negociara olvidando
que algunas materias no son disponibles! Por ejemplo, los derechos de la
persona. O si se negociase al margen de toda jerarquía de valores.
Cuando el sindicato se encuentra frente a la disyuntiva de elegir entre
la defensa de un derecho o de la hipotética mejora de la condición
material, que niega aquel derecho, creo que se debe optar por la defensa
del derecho.
FA.- Refiriéndote a la mayoría parlamentaria de Berlusconi, tú casi
siempre has hablado de “centro-derecha”. No obstante, incluso esta
definición, aparentemente obvia, puede resultar chocante. De hecho,
también tú has dibujado un cuadro de la situación que es el resultado de
una agresión sistemática a todas las expresiones de autonomía que son
constitutivas de una democracia liberal.
Este Gobierno, en otros términos, está buscando minar, destruir o,
incluso, desmontar el Estado de derecho liberal-democrático. Pero no
puedo silenciar que uno de los máximos estudiosos liberales
conservadores, Giovanni Sartori (en “Democrazia e definizioni”, que ya
es todo un clásico de la ciencia política, traducido en todo el mundo)
quien ha sostenido la legitimidad de aquel término (“régimen”) para
definir la realidad del berlusconismo y su distancia “estructural” de
los cánones de una democracia liberal.
Queda una cuestión: ¿el de Berlusconi es simplemente uno de tantos
gobiernos de centro-derecha existentes en Europa y América (y quizás el
peor) o la teoría y la práctica berlusconiana del poder son
extrademocráticas, extrañas a la democracia liberal, e incluso es ya un
peligro en potencia? Esta pregunta (y mi implícita y archiconocida
respuesta) nada tiene que ver con la legitimidad del resultado electoral
y, por tanto, de la victoria de Berlusconi en las elecciones de 2001.
Berlusconi tiene una amplia mayoría parlamentaria, obtenida en unas
elecciones sin tejemanejes y, por lo tanto, son normales.
Así pues, nadie le contesta la legitimidad para gobernar. Sin
embargo, una coalición puede vencer con normalidad en unas elecciones
democráticas sin que dicha coalición sea democrática. No sería la
primera vez que sucede. También hay muchos modos de no ser demócratas,
no sólo los fascistas, y habría también muchos modos inéditos: el
berlusconismo podría ser uno de estos. La normalidad del desarrollo y
del éxito de una contienda electoral no nos dice nada, en suma, sobre la
naturaleza, la cultura y la acción democrática de las fuerzas que ganan
o que participan en dichas elecciones.
Prescindamos, sin embargo, de que Berlusconi no fuese elegible en el
Parlamento: no lo era, tal como claramente estaba establecido por una
ley de 1957, cuya aplicación se pidió al Parlamento y también a un
tercer juez imparcial, aunque el centro-derecha y el centro-izquierda
prefirieron desatenderla; y prescindamos del hecho que el fallido
desenlace del conflicto de intereses y la falta de una normativa
antitrust sobre la televisión constituyeron un “culmus” macroscópico en
las condiciones occidentales estándar de “flair” competición
electoral...
Lo realmente extraño de Berlusconi, de su mundo y su poder, queda
reflejado en la democracia liberal por actos y declaraciones. Sería ya
suficiente la idea de un Estado-empresa para situar a Berlusconi entre
los enemigos de la democracia liberal, dado que una empresa presupone
dueño y empleados, mientras que un Estado reconoce sólo ciudadanos
libres e iguales. Cuando esta distinción resulta demasiado débil para
ser entendida, se está ya a muchos años luz de la cultura
liberal-democrática.
Sin embargo, son los actos concretos de gobierno los que dan testimonio
de un enajenamiento no episódico de la democracia. Las leyes se han
dirigido únicamente a impedir la administración de una justicia igual
para todos. Es la intentona sistemática de redimensionar y destruir la
autonomía de la Magistratura, el monopolio total de los medios de
información decisivos, la mentira sistemática, mediante dicho monopolio,
las reiteradas amenazas de considerar que toda manifestación en la calle
es un refuerzo del terrorismo, la intención de destruir la autonomía del
sindicato... Todo ello son “hechos” extraños y contrapuestos a la
democracia.
Por otra parte, hay una contraprueba irrefutable de esta tesis, una
verdadera y específica tira de tornasol. Comparemos a Berlusconi con las
otras derechas y veremos el abismo que las separa. Escojamos solamente
los casos más llamativos: en la España de Aznar, un solo individuo (¡sin
carné político alguno!) no puede controlar más del 49 por ciento de un
solo canal de televisión, mientras que Berlusconi controlaría totalmente
dos canales y el 51 por ciento de un tercero, aunque no fuera primer
ministro. En los EE.UU. de Bush, la pena máxima por falsificar un
balance se ha aumentado a 25 años de cárcel; si se aplicara aquí
¿cuántos amigos y parientes de Berlusconi, él mismo incluido, estarían
en libertad?
En la Inglaterra de la señora Thatcher, su sucesor en la dirección del partido “tory”, Jonathan Aitken, que mintió en un tribunal sobre la factura de un hotel por un valor de 1.500 euros, fue condenado a seis meses de cárcel sin libertad condicional y sin recurso (lo que significó el final de su carrera política), sin que nadie protestara, incluida la prensa conservadora, ya que un parlamentario debe dar buen ejemplo y si miente ante un tribunal se le castiga de un modo ejemplar.
En la Alemania de Helmut Kohl, este hombre que pasará a la historia como un gran estadista -el Canciller que reunificó Alemania, curando la herida más grave abierta en el corazón de la Europa de finales de la Segunda Guerra Mundial- se vio obligado por su propio partido a abandonar la política, gracias a una indiscreción periodística: por algo que sólo había constituido un delito de ilícito administrativo, no penal.
Así pues, no sólo no hay nada parecido entre el Gobierno Berlusconi y
los gobiernos de centro-derecha sobre dos temas tan cruciales como la
justicia y la información, sino la contraposición totalmente neta de que
tampoco la oposición de centro-izquierda ha tenido el coraje de proponer
en Italia las medidas de aquellos gobiernos de centro-derecha. Querría,
además, darle la vuelta a un famosísimo eslogan de nuestros dirigentes
parlamentarios: no ya aquel “decid algo que suene a izquierda”, sino
“hacer algo de derechas que sea de recibo”.
SC.- Desde muchos puntos de vista, la situación italiana es muy anómala.
Me explico: estamos en un país en el que un gobierno de centro-derecha
está poniendo en marcha una serie de intenciones graves y peligrosas,
como las que he descrito anteriormente. Por otra parte, no son las
únicas.
Todo ello viene de un sujeto que ha ganado las elecciones con las reglas
establecidas y que, hasta ahora, ha respetado las normas que se
sobreentienden en la gestión de la actividad política e institucional.
Ahora bien, este gobierno -en este cuadro de indiscutida legitimidad
democrática- muestra diariamente que tiene una idea particular de la
misma democracia liberal y, en cualquier caso, tiene unas pulsiones que
contrastan con los fundamentos de la democracia liberal. Unas pulsiones
que pueden transformarse, también, en actos concretos y políticas
activas.
En definitiva, las características de la orientación y de la coalición
del gobierno son demasiado particulares. Por esto no creo que Berlusconi
sea asimilable a ninguna de las experiencias actuales o pasadas, tanto
de los conservadores como del centro-derecha del resto de los países
europeos.
La mezcla de vocación imitativa de la cultura neoliberal y del populismo
que caracteriza las acciones de este gobierno es, con frecuencia,
grotesco. Se pueden dar algunos ejemplos simples, pero esclarecedores.
Este es un gobierno que dice que su comportamiento, en relación al
mercado, se inspira en las teorías del neoliberalismo. Pero, después,
frente a una dificultad, cuando aumenta la inflación interviene, no con
el bloqueo de las tarifas (que es un acto contrario a una inspiración
neoliberal) sino con la alteración de las funciones de los sujetos de
control, es decir, de las “authority”. Tendríamos que pedir a muchos de
los comentaristas liberales una aclaración sobre este tema, ya que hasta
ahora no han dicho ni pío.
Yo no sé cómo irán las cosas sobre la dramática y peligrosa crisis de la
FIAT. Probablemente aparecerán no pocas novedades entre esta noche y
cuando la revista esté en los quioscos; pero este es un gobierno que,
frente a la crisis de la mayor empresa privada, ha pensado
inmediatamente en la posibilidad de una intervención pública. Por ahí se
apunta, de una parte, a una privatización de las funciones “ordinarias”
del Estado; y, de otro lado, simultáneamente, se avanza de manera
instrumental, incluso la hipótesis de nacionalización de una actividad
privada.
Son contradicciones muy llamativas, casi explosivas, que, sin
embargo, se refieren a la mezcla peligrosa que he descrito. Peligrosa
porque, a continuación, el populismo se suma a las actitudes regresivas.
Creo que es difícil buscar un paralelismo entre esta situación y las
condiciones elementales del ejercicio de las responsabilidades que
tienen los conservadores o los gobernantes de derechas en Europa.
Observando los hechos concretos, nos encontramos diariamente ante algo
que va tomando cuerpo, que se explicita en unos comportamientos que con
frecuencia son llamativamente contradictorios, pero no por ello menos
peligrosos.
No creo que sea un proyecto definido y completo, incluso con estas innumerables contradicciones. Sin embargo, es una tendencia, una línea de funcionamiento que se va concretando. Que se realiza a través de zigzagueos, contrastes y rupturas, también en el interior de la propia mayoría, como se ha visto en las polémicas, a propósito de pasados acontecimientos pasados: tal es el caso de “Mani Pulite” (5). O en la polémica entre centralización y descentralización de las funciones del Estado; fue curioso ver cómo las disposiciones que otorgaron al Ministro de Economía una discrecionalidad central, de intervención sobre el gasto en todas las Regiones, ha permanecido sin respuesta alguna. Esta es una medida inconstitucional. Es exactamente lo opuesto a lo que los teóricos del federalismo deberían considerar como normal.
Más todavía, estas llamativas contradicciones, esta
zigzagueante forma de proceder consiguen, a continuación, un punto de
mediación en el interior de una política gubernamental que
constantemente se concreta en pequeñas o grandes lesiones contra lo que,
hasta ahora, tenía la garantía de la cohesión social, las normas y el
respeto a los procedimientos. Así pues, hay un empeoramiento de las
condiciones materiales, acompañado de una agravación del sistema de
relaciones y reglas institucionales que dan sustancia a la convivencia
civil y democrática.
Este empeoramiento es visible unas veces y subterráneo en otras
ocasiones. Pero me parece innegable.
Cualquier ciudadano italiano que quiera observar con un mínimo de atención lo que está ocurriendo, debería preocuparse, por ejemplo, por una práctica del gobierno que es muy recurrente: prometer cosas que sabe que son impracticables. Cuando, quien tiene importantes tareas de orden político e institucional, asume como práctica el uso de la promesa, sabiendo de antemano que no la podrá mantener, pagará más tarde un precio en apoyo electoral. Pero no me preocupo por ello, es un daño que le afectará a él. Lo que me inquieta es que esta praxis sistemática conduce a una caída de la credibilidad de las instituciones.
Las personas que tienen funciones y tareas de representación pública
no son gente cualquiera. Son personas cuyo comportamiento es valorado,
juzgado, y algunas veces incluso genera imitaciones. Si se difunde, como
modelo imitativo, esto de prometer sabiendo lo que no podrá mantener,
constituye ya un daño para el conjunto de la sociedad. Si, después,
produce también una caída de la credibilidad de las instituciones, el
daño es para todos. No solamente para quienes mienten y pierden apoyos.
FA.- Tú has hablado de graves y profundas anomalías en relación al
funcionamiento estándar de una democracia. A veces me parece ver en
Berlusconi auténticas y particulares “pulsiones totalitarias”. Incluso
“irrefrenables” pulsiones totalitarias.
Pienso en un jefe de gobierno que controla ya el 95 por ciento del
sistema televisivo e intenta impedir el nacimiento de un debilísimo
“tercer polo”: en realidad un canal, LA7 que es un experimento y no
supera el 3 por ciento de la audiencia. Por cierto, todavía ningún
periodista ha conseguido aclarar el “do ut des” con Tronchetti. Pienso
en un jefe de gobierno que querría utilizar la crisis de la FIAT para
meter mano también en el “Corriere della Sera”... ¿Cómo no hablar de una
devoradora, inagotable e irrefrenable pulsión totalitaria?
Si todo esto no se ha convertido en sentido común, quizás dependa del
hecho de que el centro-izquierda, cuando estaba en el gobierno, no supo
y tal vez no quiso afrontar los nudos esenciales de la anomalía
berlusconiana, de la condición estructuralmente extraña de la democracia
liberal. Y ello tiene repercusiones en el futuro porque con un gobierno
perverso de centro-derecha, se pueden hacer acuerdos institucionales en
determinados momentos. Pero con un gobierno extraño a la cultura y
praxis democráticas, no era imaginable la idea de negociar reformas
institucionales. Y ahora mucho menos. Y, sin embargo, se hizo tiempo
atrás.
Porque para hacer, conjuntamente, reformas institucionales, es necesario
tener en común un horizonte mínimo de valores compartidos: esto es lo
que no existe entre una democracia liberal y el berlusconismo. Nosotros
no tenemos, como en las otras democracias europeas, un centro-derecha al
que se contraponga un centro-izquierda. Tenemos una anomalía democrática
a la que se opone, necesariamente, una derecha-centro-izquierda, es
decir, la coalición de los que entienden que estamos frente a una
emergencia democrática.
De hecho, Montanelli era de derechas y Sartori ni siquiera es de
derechas. Lamberto Dini estaría en la derecha en cualquier otro
Parlamento de Europa, y con él tantos otros, obligados sin embargo en la
anomalía berlusconiana, a situarse en el centro-izquierda.
Desgraciadamente esta oposición parece no entender, de ninguna manera,
la situación existente, que he descrito sucintamente. Tanto más, pues,
es incapaz de ver un problema que afecta a todo Occidente: la creciente
desafección popular en las luchas de la política en su forma actual, la
famosa “crisis de representación”. De ella se ocupa sólo cuando da lugar
a episodios clamorosos como cuando Le Pen sobrepasó al primer ministro
socialista Jospin; pero esta es una cuestión que está en el orden del
día de casi toda una generación, desde por lo menos unos veinte años. En
cada país se manifiesta con diversos ritmos e intensidades, pero apenas
si se habla de ello: de la “oleada de la antipolítica”. Sólo que, a
diferencia de los procedimientos populistas y poujadistas, esta oleada
de antipolítica tiene una valencia y una potencialidad democrática.
Verdaderamente se trata de un hecho contradictorio. Pero también es
verdad que su rasgo, potencialmente más marcado, no es una crítica
populista de la política, sino una crítica progresista de “esta”
política, del monopolio de los partidos sobre la vida pública. Una
crítica que, por ello, exige más política, es decir, mayores
posibilidades de participación en las “decisiones” por parte del
ciudadano.
Esta oleada de antipolítica no propone la apatía sino que se
dirige hacia una política de ciudadanía activa: a “más” política. Pero
de una forma “nueva”, referida al monopolio de los políticos de oficio.
No se plantea abolir los partidos o los políticos profesionales, lo que
quiere es que éstos no tengan el monopolio. Quiere abrirse al poder de
decisión de aquellos que quieren hacer política en un fragmento de su
tiempo libre, como “política-bricolaje”.
Los movimientos que se han extendido durante estos meses en Italia, la
autoorganización de la sociedad civil en torno a problemas cruciales,
representan, en mi opinión, también, una primera respuesta a este
problema de fondo de las democracias occidentales. O, al menos, una
respuesta parcial. Respecto al sesenta y ocho la diferencia no es la
“compostura” (de la que tú has hablado, y que tanto sorprendió a los
comerciantes y taberneros de Piazza San Giovanni). Tampoco está en la
mayor proporción de presencia burguesa, porque también los estudiantes
del sesenta y ocho eran, muy mayoritariamente, hijos de burgueses.
La diferencia era que entonces se trataba de un movimiento espontáneo
de masas que, incluso, tenía raíces en un lugar social, la enseñanza.
Hoy es el “ciudadano abstracto” el que se autoorganiza por “ideales
abstractos” para demostrar que, de hecho, no se trata de abstracciones
sino de pasiones civiles que tienen una concreción muy material. Incluso
es esto lo que le hace a los movimientos ser particularmente
interesantes. Porque expresan una voluntad de ciudadanía activa que ha
echado raíces, que se expande y que tiene en el voluntariado otra de sus
expresiones.
SC.- Vale la pena subrayar esta anomalía italiana producida, de hecho,
por la mezcla que está en la base de la cultura política de esta
derecha. No siendo ella la expresión de una cultura liberal, ha ocurrido
que una parte no pequeña de la amplísima cultura liberal del país ha
sido y es contraria a este gobierno. Hay muchas personas -consideradas
como conservadoras o moderadas por su tradicional orientación- que
tienen una feroz hostilidad a este gobierno de centro-derecha. Son
gentes que tienen ahora una ubicación política aparentemente anómala.
Por otra parte, la debilidad de una cultura liberal emerge también en la
práctica: es débil, y todavía no asume suficientemente la exigencia de
reglamentar legislativamente las funciones de las “authority” en el
mercado, de las organizaciones de los consumidores, etcétera.
En lo que se refiere al pasado, creo poder decir serenamente, sin
ninguna intención particularmente polémica -pues se trata de argumentos
conocidos- que la falta de soluciones a enormes problemas, en la pasada
legislatura del centro-izquierda, ha facilitado algunos rasgos de la
situación actual. Lo que ha hecho más difícil la confrontación respecto
a prácticas e intenciones particularmente negativas de la actual
mayoría. Me refiero a temas que no fueron solucionados anteriormente: el
conflicto de intereses, una actividad legislativa insuficiente sobre las
reglas del mercado de trabajo y otros.
Sin embargo, no creo que la actual oposición tenga que reflejar
simplemente los límites y errores del pasado. Lo que debe hacer es
definir su propio perfil de futuro y su proyecto, sabiendo cuáles fueron
sus límites y errores pasados. Más todavía, dada la diferencia numérica
tan relevante en el Parlamento, es inimaginable que la acción de la
oposición pueda tener eficacia resolutiva; de todas formas, yo pienso
que el proyecto y la coherencia de los comportamientos cotidianos en
relación al proyecto valen muchísimo para conseguir apoyos a corto,
medio y largo plazo.
Pienso que las fuerzas políticas tienen que repensarse a sí mismas,
argumentando el proyecto y adoptando los comportamientos más coherentes
en la gestión ordinaria. Todo ello me hace decir que sigo siendo uno de
los pocos italianos que continúa teniendo una enraizada convicción de la
utilidad de los partidos y de su insubstituible función. Sin embargo, al
mismo tiempo, pienso que los partidos que históricamente hemos conocido
no están ya en condiciones de aprehender por entero las demandas de
participación que vienen de una parte importante de la sociedad.
Hay una parte de la sociedad que renuncia y delega, pero hay
otro sector que quiere intervenir, que está comprometida y, por lo
tanto, pide participación. En base a ello los partidos tienen que
repensar su forma, deben repensar no solamente las políticas más
adecuadas para los acontecimientos electorales, sino también su
estructura organizativa.
Por ejemplo, creo que se necesita una transformación y una ampliación de
los límites de la representación política.
Lo diré mejor: es preciso una mayor flexibilidad de los límites de la
representación política. ¿A qué me refiero? A que las fuerzas políticas
deben abrirse a una relación sistemática, de igual a igual, con todos
los sujetos que representan: son los movimientos de estos meses y de
estos años. Las fuerzas políticas tienen que aceptar la dialéctica que
todo ello comporta. Poco importa que se trate de capas burguesas o de
otras hipotéticas clases sociales; hago referencia a capas burguesas y
otras capas sociales porque todavía funcionan los viejos cánones de
análisis de las estratificaciones sociales.
Lo que cuenta son las personas que desean participar que son muchas:
esto lo dice la realidad.
Piensa en el elevado número de personas que dedican una parte de su
tiempo a la actividad, de diversa naturaleza, del voluntariado. Son
gentes que tienen diferente cultura y extracción social, y sus ideales
son profundamente diversos entre ellos. Piensa en tantas personas que
has encontrado y conocido en estos movimientos, en los movimientos
espontáneos que, en cada momento, han asumido dimensiones muy relevantes
y que están en condiciones de movilizarse rápida y sistemáticamente,
cuando lo que está en juego es una razón compartida por todos. Creo que
es incluso inevitable, fisiológico, que muchos de estos sujetos
desaparezcan, igual que otros que nacieron en su día.
Pero nacerán otros porque, en la compleja sociedad moderna, hay
tantas razones de conflicto y sufrimiento, y tantas exigencias que nacen
y decaen en breve tiempo, que pueden inducir a que se añadan otras
fuerzas a las de tipo tradicional. Bueno, con esta inmensidad de sujetos
-diferentes por naturaleza, por inspiración y por funciones- la política
debe estar en condiciones de relacionarse y de reconocerlos. Lo que tú
llamas política de “bricolaje” se hace a base de disponibilidades
parciales de las personas que tienen una actividad prevalente en su vida
profesional, de trabajo, empresarial a la que quieren añadir algo más.
Vale, creo que es importante que no se pierda nunca, tampoco, una miaja
de estas disponibilidades.
Para corresponder a estas energías positivas, la construcción de las
reglas debería ser una de las tareas prioritarias de esta política que
se repiensa a sí misma. Y la política (me refiero, en este caso, a los
partidos) no debe ver la presencia de estos sujetos como un peligro o
como una competencia desleal. Yo creo que una persona puede militar
tranquilamente en un partido si lo considera útil y, al mismo tiempo,
estar atento o simpatizar y participar en un movimiento, si este asume
uno de los aspectos de su interés, de su condición material, de sus
pasiones.
Una sociedad es rica y una democracia es vital, si cuenta con estas
formas de participación generalizada; si estas formas de participación
dialogan entre ellas; si estas formas de participación tienen una
relación con la representación institucional; si la política sabe tener
un ligamen positivo con tales formas de participación, que puede ser
normado cuando sea necesario.
FA.- ¿Cómo se puede configurarse, concretamente, esta apertura de los
partidos a los movimientos? Porque constantemente se tiene la impresión
de que los dirigentes de los partidos hablan mucho de la necesidad de
“escuchar” a los movimientos -cuando estos son fuertes y no pueden ser
ignorados o, incluso, escarnecidos- pero posteriormente quieren
custodiar celosamente el monopolio del “uso” que de dichos movimientos
(y de su fuerza) realiza la política. Mientras, el problema de la
desafección -repito, que es europeo- hacia la política actualmente
existente tiene su particular raíz en este monopolio. Hasta que los
partidos no renuncien a ello continuará una parte del problema, y nunca
podrán ser un elemento de la solución.
Tantos y tantos ciudadanos a los que tú te refieres, y de los que dices
que no hay que despreciar ni una miaja de su disponibilidad, desean
participar plena y directamente en las decisiones políticas, no quieren
constituir sólo un elemento que modifique las relaciones de fuerza en la
sociedad sobre un tema determinado para que después retorne a los
aparatos de los partidos el uso de dicha fuerza.
Esta es la cuestión. Así pues, ¿qué deberían hacer los partidos
para permitir también al ciudadano -que quiere continuar dedicando la
mayor parte de su tiempo a las actividades profesionales y reservar al
esfuerzo cívico y político algunas horas de su tiempo libre semanal- un
peso en las decisiones? ¿En qué dirección deben transformarse para que
participen de verdad en tales decisiones, paritariamente, los que
ejercen la política como oficio y quienes lo hacen como “bricolaje”?
¿Qué innovaciones, en las formas y en las prácticas, de la actividad del
partido y, eventualmente, qué tipo de ingeniería electoral e
institucional?
SC.- Un partido tiene, por definición, una función de representación
general y su línea la deciden los organismos dirigentes elegidos
democráticamente por sus afiliados. Pero el partido, si quiere ser capaz
de políticas eficaces sobre cada tema particular que un movimiento pone
en el interés de todos, debería saber construir las formas y modalidades
para escuchar y dialogar con dicho movimiento. No para hacerse dictar
simplemente las soluciones que el movimiento considera útil para el tema
específico sino para tener todas las ocasiones de profundización de
dicho tema y para buscar conjuntamente su solución. De tal modo que la
mediación, que la representación general impone, sea ante todo la más
cercana a la sensibilidad y a las razones que aquel movimiento ha
indicado en cuanto expresión de una atención que se agota en un tema
particular.
Naturalmente, a veces el tema, aunque específico, no es de poca monta.
Piensa sólo, por no hablar exclusiva o fundamentalmente del caso de los
“girotondi”, en las demandas ambientales. Constituyen parte de políticas
globales, pero la sensibilidad ambiental es algo que un partido puede
construir, también, mediante una relación y un vínculo con asociaciones
que tienen sólo aquel horizonte. Habrá que estudiar e inventar las
modalidades para la profundización común, pero es irrenunciable porque
de ese modo los movimientos intervendrán no sólo en la orientación y
seguimiento de la línea del partido en ese tema específico, sino también
en el peso que aquel asunto particular debe tener en la orientación
general del partido.
Obviamente la representación general está por encima de cada
sensibilidad particular. Alguna que otra vez la puede ver y apreciar;
algunas veces puede no sentirla inmediatamente o, incluso, se arriesga a
no asumirla. Es de la mayor importancia que sean uno o varios
movimientos quienes representen esas instancias y que lo vivan en
positivo. Te lo repito: con la radicalidad que necesariamente tiene
quien se ocupa de un tema específico. Una radicalidad que es objetiva,
inevitable, incluso positiva, porque verdaderamente quien sabe todo lo
que hay en el árbol, puede que no conozca el carácter, la composición y
el límite del bosque; pero su conocimiento del árbol es precioso, si lo
pone en sintonía con el resto.
Sin embargo, tengo la sensación que, en alguna ocasión, las fuerzas
políticas tienden a convertirse en autoreferenciales. E, incluso, tienen
un temor de lo que se mueve fuera de ellos, porque sienten que les hacen
la competencia. Es un temor infundado. Y requiere, creo yo, también el
coraje de medirse con lo diferente y con lo nuevo. No para sofocarlo,
sino para que de esta comparación, si se gestiona sin intenciones
instrumentales y no se tiene la intención de apropiárselo para después
hacer un uso privado, puedan surgir estímulos importantes.
En su lugar (me refiero a los partidos) no tendría ningún temor a
abrirme a un contraste de esta naturaleza. Sin embargo, me parece que en
algunas ocasiones este temor existe y también las intenciones
instrumentales. En esos casos, los partidos serían arrinconados. Por
otra parte, la ventaja ha sido relevante para todos durante los últimos
tiempos, cuando se han utilizado las sinergias y donde no se han tenido
miedo de la contaminación.
FA.- Sobre eso podríamos decir algo sobre el “Ulivo”...
SC.- Confieso que no sabría qué decir.
FA.- Oye, oye ¡no podemos terminar el diálogo con esta broma! Se
desencadenaría un tumulto de polémicas. Es verdad que, ahora, el “Ulivo”
no existe. Que se oye hablar, para hacerlo resurgir, del “Piccolo Ulivo”,
“Grande Ulivo”, “Nuovo Ulivo”... Francamente, todo ello me parecen
etiquetas que dejan que vaya pasando el tiempo. Y todavía es más risible
ciertas dicotomías acomodaticias: reformistas y maximalistas, liberales
y conservadores, pero los conservadores y los maximalistas son los que
llenan las plazas con millones de personas...
SC.- Yo entiendo por ser conservador aquel que se bate coherentemente
por defender con frecuencia, incluso en defensa de los artículos de la
Constitución. De modo que estoy orgulloso de que me incluyan entre los
conservadores. Más todavía a propósito del “Ulivo”. Una coalición, o un
nuevo sujeto, por decir una extraordinaria trivialidad, debería ser
tendencialmente lo más amplio posible.
De ahí que me parezca algo singular el esfuerzo que hace la oposición
intentando construir cosas pequeñas. Sería necesario siempre tener como
inspiración un horizonte lo más grande posible. La verdad es que estoy
convencido testarudamente que la ampliación del horizonte no se
construye con alquimias, etiquetas o con la búsqueda de alianzas, aunque
todo ello es necesario: son cosas secundarias en relación al proyecto.
Hay que tener el deseo de argumentar el proyecto. Sin embargo, si las
personas se anteponen al proyecto, el daño está garantizado. Bien, este
deseo de diseñar el proyecto, englobando a todo el mundo, no lo veo; y
esto me preocupa mucho.
FA.- ¿Terminamos así?
SC.- Sí.
Paolo Flores d’Arcais Sergio Cofferati - http://www.lafactoriaweb.com
Publicado Originalmente en la revista cuatrimestral la factoría*
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