Suscríbete GRATIS al boletín y recibe:
10 ebooks con las lecciones empresariales más representativas de Jack Welch, Kenichi Ohmae, Michael Newman y otros exitosos líderes de primer nivel en el mundo de los negocios...
Al pulsar aceptas los términos de uso y la política de privacidad
O mediante uno de los siguientes servicios:
Se han adherido a la huelga, que ha convocado una sola organización
sindical, una histórica y centenaria organización, que tiene en su
pasado, también en el más reciente, la luz de la más fuerte intención de
construir la unidad sindical orgánica, aunque hoy está constreñida a
actuar en solitario.
El objetivo de la manifestación se expresaba en una sola palabra:
Democracia. En aquella plaza estaban ellos, la representación plástica
de una parte importante de nuestra sociedad, de un nuevo mundo del
trabajo que no será ya nunca más, de naturaleza fordista. Eran
portadores de demandas sociales, que todavía hoy no tienen respuesta.
Eran personas deseosas de valores a los que debemos referirnos. Que se
materializaron, entre la sorpresa de muchos, exactamente como los
trescientos mil de Génova, a finales de junio pasado.
¿Qué propone a estos sujetos la mayoría de nuestro partido, que como
todos nosotros quiere referirse a la práctica reformista y desea ser
parte integrante del socialismo europeo? ¿Qué responde a su exigencia de
aquéllos que quieren ser, políticamente, sus representantes? Confieso
que no lo he entendido.
No son sólo los únicos sujetos a los que un partido de la izquierda debe
hablar, pero son quizás, más que otros, el paradigma de las
contradicciones más violentas de nuestra sociedad, de una sociedad
articulada, divida, con la que nos confrontamos diariamente.
Reformar no es un verbo para conjugar, sino políticas concretas que
debemos promover y realizar. El reformismo no tiene necesidad de que se
le pongan adjetivos, lo que busca es el apoyo de aquellos sujetos a los
cuales quiere dirigirse. Para una fuerza de izquierda reformista no
basta el hecho de considerar el trabajo como una referencia decisiva. Un
reformista indica que el corazón de sus políticas está en la cualidad
del desarrollo y en la cualidad del trabajo; y no asiste al
empobrecimiento de una economía que ha contribuido a sanear y relanzar a
un precio elevado.
El reformista no se calla ante las responsabilidades de un sistema de
empresa como el italiano que es incapaz de situar la vía de la alta
competición, aquella que plantea saberes disponibles y accesibles,
aquella que requiere cultura de la innovación. El modelo italiano sólo
plantea las salidas de la competitividad, a través de los costos, y lo
hace atacando las tutelas y los derechos, violando las reglas existentes
en Europa. Y que, para compensar su debilidad, da vida a un inédito y
peligroso colateralismo con la política y con la subcultura económica de
la derecha, dando crédito a la derecha en la política y en los demás
escenarios.
El neoliberalismo histérico, cuando se conjuga con el populismo, se
convierte en una mezcla explosiva. De esto no tengo dudas. No estamos
frente a prácticas, a hipótesis y a proyectos que se acerquen a los que
han marcado la reciente historia de otros países de la Unión Europea.
“Il Cavaliere” Berlusconi no es Margareth Thatcher. Pero la suma de su
neoliberalismo y populismo es una práctica más insidiosa, potencialmente
devastadora. En ese sentido, se está reconstruyendo un capitalismo local
bajo el manto protector del Gobierno sin que se definan las reglas
elementales del mercado y de la competencia.
También esto produce incertidumbre para quien invierte, para quien
trabaja y, además, es una de las causas de los problemas, de las
preocupaciones para el futuro de esos doscientos mil jóvenes
trabajadores y trabajadoras que vimos en Roma el viernes por la mañana.
O de tantos y tantos, como ellos, que no han participado en una
iniciativa promovida por sus organizaciones, pero que no por eso viven
mejor, o con más serenidad y estabilidad los problemas de su futuro.
Los reformistas no podemos ignorar el modelo de sociedad que esta
derecha quiere poner en marcha. El desafío no es la modernización, sino
la defensa de la libertad de las personas y de las formas asociativas.
Entonces, es necesario, en primer lugar, conjurar la mistificación que
afirma que la persona, por sí sola, es más libre. Las leyes que se han
puesto en marcha para dar ventaja a los que tienen un conflicto de
intereses; el anunciado desmantelamiento de las protecciones sociales;
el hecho que se haya puesto a discusión las tareas públicas como la
enseñanza; la desregulación y pérdida de la contractualidad en las
relaciones de trabajo... todo ello son piezas del mismo mosaico: es lo
que define una sociedad injusta y desigual.
Los contenidos del Libro Blanco no son solamente un problema para el
sindicato. Lo que se ha discutido en el Parlamento es el intento
explícito de alterar las funciones institucionales. Nunca se ha visto
llevar a la práctica una hipótesis de transformación de una parte tan
relevante de la constitución material del país, de un sólo golpe.
Pero, si un reformista percibe este planteamiento ¿qué debe hacer?
¿Señalar que solamente el camino está en la oposición parlamentaria al
gobierno? ¿Aludir sistemáticamente a la disponibilidad bipartidista? ¿Se
encierra en la, por otra parte, necesaria y muy noble práctica
parlamentaria? O, como yo pienso, ¿promueve en la sociedad su proyecto
político para que crezca, consiguiendo fuerza y apoyo? Un reformista
sabe que el proyecto político de la derecha, si quiere imponerse, tiene
necesidad de derrotar y desmantelar la representación colectiva de los
intereses. Y para ello, hay que defenderla y valorarla: para ello hay
que darle reglas.
Aquellos doscientos mil (y los demás), ¡pensadlo bien!, pedían votar
para decidir por ellos mismos. Es un movimiento potencialmente unitario,
con una unidad basada en la democracia y no en lo arbitrario.
La globalización debe regularse
Siempre hemos estado en contra del monopolio de la representación.
Nosotros hemos pedido estar sometidos al juicio de nuestros
comportamientos por parte de las personas que trabajan y que son las
destinatarias de las funciones del sindicalismo confederal. La ley sobre
la representación ha muerto en el Parlamento, no por la división
sindical, sino por una opción política que sigo sin compartir.
Os pido, modestamente, que nos ahorréis, a mí y a tantos compañeros, la
letanía del valor de la unidad sindical y darnos un instrumento para
poder practicarla. Tengo la edad de quien entró en una fábrica cuando el
sindicato estaba dividido. Éramos tantos ... y recuerdo las derrotas que
tuvimos. Viví aquel mundo cuando se reconstruyó la unidad, participando
en momentos importantes de la vida del sindicato.
Así pues, no me pidáis cual es la mejor condición para la unidad
sindical. La respuesta que se me pueda dar es demasiado simplona. Nunca
tuve dudas. Pero para que aquella condición se realice, el fondo de la
cuestión es importante y la unidad está hecha a base de mediaciones, de
acercamiento progresivo y paciente de opiniones diversas, y ello es
posible para las decisiones de las mismas organizaciones sindicales;
pero posteriormente la unidad existe si hay una regla que permite a los
trabajadores decidir cuando sus organizaciones están divididas y no son
capaces de asumir objetivos comunes.
El reformista sabe que la globalización es un proceso que debe
regularse, haciéndolo transparente y democrático. No con hostilidades
ideológicas; pero para que ello ocurra, hay que reformar las
instituciones supranacionales, convirtiéndolas en eficaces y
representativas.
Por ello, el reformista no puede ignorar que el primer acto político, después del dramático G8 de Génova, se cerró en Qatar con decisiones que, ciertamente, hacen avanzar la posibilidad de prácticas económicas comunes a los países que han participado, pero que niegan todo reconocimiento a los derechos, a las protecciones sociales, a la representación de los trabajadores en los países más débiles. Estamos a seis meses de las conclusiones de Singapur y tenemos la paradoja de que hay, simultáneamente, más eficacia en los procesos económicos y más desigualdades sociales; de esa manera habrá más exaltación y aparecen con más dramatismo los temores de los trescientos mil muchachos de Génova.
Es lo contrario de lo que los reformistas piden cuando solicitan la
revisión de la reforma de las organizaciones supranacionales. Cuando
indican la política como camino oportuno para luchar contra la pobreza y
el odio, con el objetivo de prevenir conflictos y hacer que triunfe la
cultura de los derechos. Los reformistas saben que, cuando la política
no está en su sitio y se niegan los derechos, si la fuerza es necesaria
para imponer un derecho, la política sale derrotada porque la fuerza
genera daños y luto.
El reformista sabe que el terrorismo es el enemigo mortal de la
democracia y un constante peligro para la paz. Así pues, sabe que es
necesario atacarlo y derrotarlo con la fuerza, pero no se resigna a
aceptar como única solución una intervención armada con las modalidades
de una guerra tradicional. Por no decir que hoy, en Europa, nuestra
amplitud de miras sería otra si nos hubiésemos empeñado en la campaña
por las intervenciones humanitarias, con el cese de los bombardeos y la
utilización civil del ejército. Que no es lo que ha aprobado el
Parlamento.
Dos ideas de reformismo
Así pues, existen dos ideas diferentes del reformismo, tal como el
Congreso ha demostrado. Estas dos ideas tienen que convivir así, en un
partido unido con valores comunes, poniéndolos de manifiesto.
El compañero Giovanni Berlinguer, antes de referirse a su moción congresual, ha pedido que el partido se dote de un documento de valores y objetivos comunes para asegurar y garantizar una discusión que podía ser como ha sido: utilísima, pero áspera. Lo que no se hizo en aquella circunstancia habrá que hacerlo ahora. Todos tenemos necesidad de un partido de la izquierda y colocar este partido en un gran “Ulivo” que debemos construir lealmente como casa común de las culturas reformistas de la historia de este país, sin producir empujones en la diversa y compleja representación de la política y de las culturas europeas.
El reformismo católico, el de matriz laica y el comunista
pueden y deben estar en un gran contenedor, donde las funciones del
centro sean explícitas, claras y las de la izquierda se distingan con
claridad del resto. Lo útil es un partido unido que carga sobre sus
espaldas el último residuo de su historia. Verdaderamente sería singular
y curioso que, tras la discusión que hemos tenido removiésemos las
razones de nuestra crisis, de aquella que nos ha llevado a perder fuerza
electoral, adhesiones y afiliados. Es necesario que afirmemos
seriamente, no por praxis ritual, que sólo se ha hecho parcialmente.
Es necesario alejar la hipótesis que una idea del centralismo
democrático pueda volver a la escena. Lo quiero decir francamente: esto
no significa que apuntemos a un debate cristalizado y de pertenencias
fijas de cada uno de nosotros en el interior del partido. Pero una
distinción transparente de las posiciones, tal como se dan
objetivamente, es un elemento de una ética a la que no se puede
renunciar.
Es necesario que la unidad se conciba de esa manera: como la de un
partido que está unido, porque tiene valores, referencias comunes en
todas las mujeres y hombres que le dan vida. Y después se discute
serenamente. Confronta opiniones tal como se concibe en la historia y en
la cultura de las socialdemocracias europeas. Y es preciso que vuelva a
este partido la serenidad, la forma más eficaz y mejor en las relaciones
entre las personas y entre los grupos dirigentes, y se necesita que
prevalga siempre el respeto entre nosotros.
Nos acoge Pesaro. Uno de sus grandes ciudadanos hace cantar a don
Basilio la conocida aria de la Calumnia (1). Cuando una brisa muy gentil
se convierte en un terremoto y en un temporal que hace tronar el aria,
los daños son inevitables. El hecho de haber aireado la idea de la
escisión para negarla después, puede producir este temporal. Creo que es
preciso atajar con decisión cualquier sospecha sobre recíprocas
intenciones, y es necesario, partiendo de esa opción, trabajar para el
futuro. El futuro de un partido unido, porque es respetuoso con sus
articulaciones. Alguien ha hablado de un interés personal mío o de una
parte del grupo dirigente de la organización que dirijo de querer
promover un nuevo partido.
Cuando nació la CGIL en 1906 el partido socialista estaba atravesando
una profunda crisis. En aquella CGIL, sin la "i", la Confederazione
Generale del Lavoro, como se llamaba entonces, se discutió animadamente
acerca de la eventualidad de dar vida al partido del trabajo porque no
se sentían representados adecuadamente en la política. Por razones
obvias os habréis dado cuenta que no participé en aquella discusión.
No estaba y considero cerrada aquella discusión en el
movimiento sindical; y no es por casualidad que no ha aparecido más,
porque la distinción de las funciones de la representación se consideran
como un valor irrenunciable, un bien para ellos y para nosotros. Porque
nuestros mayores nos dejaron durante un siglo una distinción
fundamental, un patrimonio al que nadie podrá renunciar. Yo considero
que este es mi partido. Pienso que podemos participar todos en él. Es lo
que yo quiero, y es lo que he pedido, en una discusión serena, en un
verdadero y propio desafío de ideas. Exactamente como los reformistas
saben hacerlo, y como nunca renunciaron a hacerlo.
Sergio Cofferati - http://www.lafactoriaweb.com
Publicado Originalmente en la revista cuatrimestral la factoría*
Buscar recursos sobre
Master internacional desde España (Online)- Becas parciales
Una frase memorable
Acerca de GestioPolis: Qué es GestioPolis — Términos de uso y Política de privacidad — Mapa del sitio — Contácto — Aliados — Contratar publicidad
Derechos de Autor: Los contenidos están bajo la licencia Reconocimiento - No comercial - Compartir bajo la misma licencia 3.0 Unported de Creative Commons a menos que se indiquen derechos de autor específicos. Si desea citar o utilizar públicamente alguno de los contenidos le solicitamos ponerse en contacto con el respectivo autor.
Derechos Reservados sobre el concepto del sitio web GestioPolis.com © 2008 Carlos López