DOS REFORMISMOS EN UN SOLO PARTIDO

Autor: Sergio Cofferati

OTROS CONCEPTOS DE ECONOMÍA 

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05-2005

Texto

Queridas compañeras y queridos compañeros, el viernes por la mañana se manifestaron en Roma más de doscientas mil personas ante la sorpresa de muchos y la indiferencia de otros. Son personas que trabajan, en gran medida jóvenes, que tienen una relación de trabajo flexible y una gran incertidumbre en su futuro.

Se han adherido a la huelga, que ha convocado una sola organización sindical, una histórica y centenaria organización, que tiene en su pasado, también en el más reciente, la luz de la más fuerte intención de construir la unidad sindical orgánica, aunque hoy está constreñida a actuar en solitario.

El objetivo de la manifestación se expresaba en una sola palabra:

Democracia. En aquella plaza estaban ellos, la representación plástica de una parte importante de nuestra sociedad, de un nuevo mundo del trabajo que no será ya nunca más, de naturaleza fordista. Eran portadores de demandas sociales, que todavía hoy no tienen respuesta. Eran personas deseosas de valores a los que debemos referirnos. Que se materializaron, entre la sorpresa de muchos, exactamente como los trescientos mil de Génova, a finales de junio pasado.

¿Qué propone a estos sujetos la mayoría de nuestro partido, que como todos nosotros quiere referirse a la práctica reformista y desea ser parte integrante del socialismo europeo? ¿Qué responde a su exigencia de aquéllos que quieren ser, políticamente, sus representantes? Confieso que no lo he entendido.

No son sólo los únicos sujetos a los que un partido de la izquierda debe hablar, pero son quizás, más que otros, el paradigma de las contradicciones más violentas de nuestra sociedad, de una sociedad articulada, divida, con la que nos confrontamos diariamente.

Reformar no es un verbo para conjugar, sino políticas concretas que debemos promover y realizar. El reformismo no tiene necesidad de que se le pongan adjetivos, lo que busca es el apoyo de aquellos sujetos a los cuales quiere dirigirse. Para una fuerza de izquierda reformista no basta el hecho de considerar el trabajo como una referencia decisiva. Un reformista indica que el corazón de sus políticas está en la cualidad del desarrollo y en la cualidad del trabajo; y no asiste al empobrecimiento de una economía que ha contribuido a sanear y relanzar a un precio elevado.

El reformista no se calla ante las responsabilidades de un sistema de empresa como el italiano que es incapaz de situar la vía de la alta competición, aquella que plantea saberes disponibles y accesibles, aquella que requiere cultura de la innovación. El modelo italiano sólo plantea las salidas de la competitividad, a través de los costos, y lo hace atacando las tutelas y los derechos, violando las reglas existentes en Europa. Y que, para compensar su debilidad, da vida a un inédito y peligroso colateralismo con la política y con la subcultura económica de la derecha, dando crédito a la derecha en la política y en los demás escenarios.

El neoliberalismo histérico, cuando se conjuga con el populismo, se convierte en una mezcla explosiva. De esto no tengo dudas. No estamos frente a prácticas, a hipótesis y a proyectos que se acerquen a los que han marcado la reciente historia de otros países de la Unión Europea.

“Il Cavaliere” Berlusconi no es Margareth Thatcher. Pero la suma de su neoliberalismo y populismo es una práctica más insidiosa, potencialmente devastadora. En ese sentido, se está reconstruyendo un capitalismo local bajo el manto protector del Gobierno sin que se definan las reglas elementales del mercado y de la competencia.

También esto produce incertidumbre para quien invierte, para quien trabaja y, además, es una de las causas de los problemas, de las preocupaciones para el futuro de esos doscientos mil jóvenes trabajadores y trabajadoras que vimos en Roma el viernes por la mañana. O de tantos y tantos, como ellos, que no han participado en una iniciativa promovida por sus organizaciones, pero que no por eso viven mejor, o con más serenidad y estabilidad los problemas de su futuro.

Los reformistas no podemos ignorar el modelo de sociedad que esta derecha quiere poner en marcha. El desafío no es la modernización, sino la defensa de la libertad de las personas y de las formas asociativas.

Entonces, es necesario, en primer lugar, conjurar la mistificación que afirma que la persona, por sí sola, es más libre. Las leyes que se han puesto en marcha para dar ventaja a los que tienen un conflicto de intereses; el anunciado desmantelamiento de las protecciones sociales; el hecho que se haya puesto a discusión las tareas públicas como la enseñanza; la desregulación y pérdida de la contractualidad en las relaciones de trabajo... todo ello son piezas del mismo mosaico: es lo que define una sociedad injusta y desigual.

Los contenidos del Libro Blanco no son solamente un problema para el sindicato. Lo que se ha discutido en el Parlamento es el intento explícito de alterar las funciones institucionales. Nunca se ha visto llevar a la práctica una hipótesis de transformación de una parte tan relevante de la constitución material del país, de un sólo golpe.

Pero, si un reformista percibe este planteamiento ¿qué debe hacer? ¿Señalar que solamente el camino está en la oposición parlamentaria al gobierno? ¿Aludir sistemáticamente a la disponibilidad bipartidista? ¿Se encierra en la, por otra parte, necesaria y muy noble práctica parlamentaria? O, como yo pienso, ¿promueve en la sociedad su proyecto político para que crezca, consiguiendo fuerza y apoyo? Un reformista sabe que el proyecto político de la derecha, si quiere imponerse, tiene necesidad de derrotar y desmantelar la representación colectiva de los intereses. Y para ello, hay que defenderla y valorarla: para ello hay que darle reglas.

Aquellos doscientos mil (y los demás), ¡pensadlo bien!, pedían votar para decidir por ellos mismos. Es un movimiento potencialmente unitario, con una unidad basada en la democracia y no en lo arbitrario.

La globalización debe regularse

Siempre hemos estado en contra del monopolio de la representación. Nosotros hemos pedido estar sometidos al juicio de nuestros comportamientos por parte de las personas que trabajan y que son las destinatarias de las funciones del sindicalismo confederal. La ley sobre la representación ha muerto en el Parlamento, no por la división sindical, sino por una opción política que sigo sin compartir.

Os pido, modestamente, que nos ahorréis, a mí y a tantos compañeros, la letanía del valor de la unidad sindical y darnos un instrumento para poder practicarla. Tengo la edad de quien entró en una fábrica cuando el sindicato estaba dividido. Éramos tantos ... y recuerdo las derrotas que tuvimos. Viví aquel mundo cuando se reconstruyó la unidad, participando en momentos importantes de la vida del sindicato.

Así pues, no me pidáis cual es la mejor condición para la unidad sindical. La respuesta que se me pueda dar es demasiado simplona. Nunca tuve dudas. Pero para que aquella condición se realice, el fondo de la cuestión es importante y la unidad está hecha a base de mediaciones, de acercamiento progresivo y paciente de opiniones diversas, y ello es posible para las decisiones de las mismas organizaciones sindicales; pero posteriormente la unidad existe si hay una regla que permite a los trabajadores decidir cuando sus organizaciones están divididas y no son capaces de asumir objetivos comunes.

El reformista sabe que la globalización es un proceso que debe regularse, haciéndolo transparente y democrático. No con hostilidades ideológicas; pero para que ello ocurra, hay que reformar las instituciones supranacionales, convirtiéndolas en eficaces y representativas.

Por ello, el reformista no puede ignorar que el primer acto político, después del dramático G8 de Génova, se cerró en Qatar con decisiones que, ciertamente, hacen avanzar la posibilidad de prácticas económicas comunes a los países que han participado, pero que niegan todo reconocimiento a los derechos, a las protecciones sociales, a la representación de los trabajadores en los países más débiles. Estamos a seis meses de las conclusiones de Singapur y tenemos la paradoja de que hay, simultáneamente, más eficacia en los procesos económicos y más desigualdades sociales; de esa manera habrá más exaltación y aparecen con más dramatismo los temores de los trescientos mil muchachos de Génova.

Es lo contrario de lo que los reformistas piden cuando solicitan la revisión de la reforma de las organizaciones supranacionales. Cuando indican la política como camino oportuno para luchar contra la pobreza y el odio, con el objetivo de prevenir conflictos y hacer que triunfe la cultura de los derechos. Los reformistas saben que, cuando la política no está en su sitio y se niegan los derechos, si la fuerza es necesaria para imponer un derecho, la política sale derrotada porque la fuerza genera daños y luto.

El reformista sabe que el terrorismo es el enemigo mortal de la democracia y un constante peligro para la paz. Así pues, sabe que es necesario atacarlo y derrotarlo con la fuerza, pero no se resigna a aceptar como única solución una intervención armada con las modalidades de una guerra tradicional. Por no decir que hoy, en Europa, nuestra amplitud de miras sería otra si nos hubiésemos empeñado en la campaña por las intervenciones humanitarias, con el cese de los bombardeos y la utilización civil del ejército. Que no es lo que ha aprobado el Parlamento.

Dos ideas de reformismo

Así pues, existen dos ideas diferentes del reformismo, tal como el Congreso ha demostrado. Estas dos ideas tienen que convivir así, en un partido unido con valores comunes, poniéndolos de manifiesto.

 El compañero Giovanni Berlinguer, antes de referirse a su moción congresual, ha pedido que el partido se dote de un documento de valores y objetivos comunes para asegurar y garantizar una discusión que podía ser como ha sido: utilísima, pero áspera. Lo que no se hizo en aquella circunstancia habrá que hacerlo ahora. Todos tenemos necesidad de un partido de la izquierda y colocar este partido en un gran “Ulivo” que debemos construir lealmente como casa común de las culturas reformistas de la historia de este país, sin producir empujones en la diversa y compleja representación de la política y de las culturas europeas.

 El reformismo católico, el de matriz laica y el comunista pueden y deben estar en un gran contenedor, donde las funciones del centro sean explícitas, claras y las de la izquierda se distingan con claridad del resto. Lo útil es un partido unido que carga sobre sus espaldas el último residuo de su historia. Verdaderamente sería singular y curioso que, tras la discusión que hemos tenido removiésemos las razones de nuestra crisis, de aquella que nos ha llevado a perder fuerza electoral, adhesiones y afiliados. Es necesario que afirmemos seriamente, no por praxis ritual, que sólo se ha hecho parcialmente.

Es necesario alejar la hipótesis que una idea del centralismo democrático pueda volver a la escena. Lo quiero decir francamente: esto no significa que apuntemos a un debate cristalizado y de pertenencias fijas de cada uno de nosotros en el interior del partido. Pero una distinción transparente de las posiciones, tal como se dan objetivamente, es un elemento de una ética a la que no se puede renunciar.

Es necesario que la unidad se conciba de esa manera: como la de un partido que está unido, porque tiene valores, referencias comunes en todas las mujeres y hombres que le dan vida. Y después se discute serenamente. Confronta opiniones tal como se concibe en la historia y en la cultura de las socialdemocracias europeas. Y es preciso que vuelva a este partido la serenidad, la forma más eficaz y mejor en las relaciones entre las personas y entre los grupos dirigentes, y se necesita que prevalga siempre el respeto entre nosotros.

Nos acoge Pesaro. Uno de sus grandes ciudadanos hace cantar a don Basilio la conocida aria de la Calumnia (1). Cuando una brisa muy gentil se convierte en un terremoto y en un temporal que hace tronar el aria, los daños son inevitables. El hecho de haber aireado la idea de la escisión para negarla después, puede producir este temporal. Creo que es preciso atajar con decisión cualquier sospecha sobre recíprocas intenciones, y es necesario, partiendo de esa opción, trabajar para el futuro. El futuro de un partido unido, porque es respetuoso con sus articulaciones. Alguien ha hablado de un interés personal mío o de una parte del grupo dirigente de la organización que dirijo de querer promover un nuevo partido.

Cuando nació la CGIL en 1906 el partido socialista estaba atravesando una profunda crisis. En aquella CGIL, sin la "i", la Confederazione Generale del Lavoro, como se llamaba entonces, se discutió animadamente acerca de la eventualidad de dar vida al partido del trabajo porque no se sentían representados adecuadamente en la política. Por razones obvias os habréis dado cuenta que no participé en aquella discusión.

 No estaba y considero cerrada aquella discusión en el movimiento sindical; y no es por casualidad que no ha aparecido más, porque la distinción de las funciones de la representación se consideran como un valor irrenunciable, un bien para ellos y para nosotros. Porque nuestros mayores nos dejaron durante un siglo una distinción fundamental, un patrimonio al que nadie podrá renunciar. Yo considero que este es mi partido. Pienso que podemos participar todos en él. Es lo que yo quiero, y es lo que he pedido, en una discusión serena, en un verdadero y propio desafío de ideas. Exactamente como los reformistas saben hacerlo, y como nunca renunciaron a hacerlo.

 

Sergio Cofferati - http://www.lafactoriaweb.com 

Publicado Originalmente en la revista cuatrimestral la factoría*

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