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Clinton tenía entonces once años y cursaba estudios en Hot Springs,
en una escuela primaria segregada, a unas 50 millas de distancia de
Little Rock.
El Presidente Eisenhower había dado la contraorden a los militares para
que escoltasen a los nueve estudiantes después de que el Gobernador de
Arkansas, Sr. Orval Faubus, hubiera dado la orden a la Guardia Nacional
de Arkansas de evitar que los estudiantes de color se matriculasen en el
Instituto Central High.
Al finalizar su discurso, Clinton encabezó el grupo de los nueve
ex-alumnos escaleras arriba, les abrió la puerta del Instituto Central
High y les indicó que entrasen delante de él.
Asistieron al acto la Primera Dama Hillary Rodham Clinton, el Fiscal del
Estado Sra. Janet Reno y el Sr. Thurgood Marshall Jr. , miembro de la
Casa Blanca en Washington, DC.
Fue el padre del joven Sr. Marshall, el Sr. Thurgood Marshall Senior,
quien, siendo abogado, defendió y ganó un caso emblemático a favor de la
integración de escuelas ante la Corte Suprema de los Estados Unidos en
la primavera de 1954, que recibió el nombre de "Brown contra la Junta de
Educación". Esta ley fue la que impulsó al Presidente Eisenhower a
mandar las tropas de las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos para
hacerla cumplir en el Instituto Central High en otoño de 1957. En el año
1967 el Sr. Thurgood Marshall Senior fue nombrado Juez de la Corte
Suprema.
Hillary y yo estamos contentos de estar en casa, especialmente hoy. Y
les damos las gracias por su acogida. Sentiría cometer una negligencia
si no dijese una cosa más, como ciudadano. Sabéis que hace poco nuestra
hija ha empezado las clases en la escuela superior, después de recibir
durante ocho años y medio una muy buena educación en el distrito escolar
de Little Rock. Por eso queremos darles a todos nuestras más sinceras
gracias.
En este día tan claro y soleado, se han dicho tantas palabras bonitas
con tanta convicción que me siento incapaz de mejorarlas. Pero debo
pedirles que se acuerden una vez más y que se pregunten ustedes mismos:
¿Qué significado tiene hoy lo que pasó aquí hace 40 años? ¿Qué nos
cuenta, más importante aún, sobre el mañana de nuestros hijos? Hace 40
años una única imagen rasgó nuestros corazones y conmovió la conciencia
de nuestra nación. Tan poderosa fue aquella imagen que los que la vimos
la recordamos todavía. Una niña de 15 años con un vestido negro y
blanco, llevando únicamente una libreta, rodeada de multitudes, niños y
niñas, hombres y mujeres, soldados y agentes de policía. Con su cabeza
erguida, sus ojos fijos hacia delante. Y estaba totalmente sola.
El 4 de septiembre de 1957 Elizabeth Eckford vino andando hasta esta
puerta para pasar su primer día en el colegio, absolutamente sola. La
hicieron volver personas con miedo al cambio, instruidos en la
ignorancia, odiando lo que simplemente no podían entender. Y América la
vio, con la mirada perdida y siendo insultada por el color de su piel. Y
con esta imagen pudimos tener una visión inquietante de nosotros mismos.
No vimos una nación bajo un Dios, indivisible, con libertad y justicia
para todos, sino dos Américas, divididas y desiguales. Lo que pasó aquí
cambió el curso de nuestro país para siempre. Como "Independence Hall",
donde por primera vez abrazamos la idea de que Dios nos creó a todos por
igual. Como Gettysburg, donde americanos combatieron y murieron para
saber si permaneceríamos como una nación, acercándonos al significado
verdadero de la igualdad. Como ellos, Little Rock es tierra histórica.
Sin duda alguna, fue aquí en el Instituto Central High donde dimos un
paso gigante hacia el "Ideal Americano".
Los Nueve de Little Rock
Elizabeth Eckford, junto con sus 8 compañeros de colegio, fueron
rechazados el 4 de septiembre. Pero los Nueve de Little Rock no se
dieron por vencidos. Hace 40 años ellos subieron los escalones, pasaron
por el umbral de la puerta y conmovieron a nuestra nación. Y por eso
debemos mostrarles nuestro agradecimiento.
Hoy homenajeamos a los que lo hicieron posible. En primer lugar, sus
padres. Como les dijo Eleanor Roosevelt: " Dar tus hijos por una causa
es aun más duro que darse a uno mismo". En honor de mis amigos Daisy
Bates, Wylie Branton y Thurgood Marshall, el NAACP y a todos los que
guiaron a estos niños, en honor al Presidente Eisenhower, al Fiscal del
Estado Brownell y a los hombres de la División 101 Airborne, quienes
ejecutaron la Constitución. En honor a cada estudiante, cada profesor,
cada ministro, cada residente de Little Rock, blanco o de color, quien
ofreció una palabra de cariño, una mirada de respeto o un apretón de
manos amistoso, en honor a quienes nos dieron la oportunidad de formar
parte en este día de festejo y celebración.
Pero sobre todo, venimos para homenajear a los Nueve de Little Rock. Los
que habéis visto desarrollar los acontecimientos sin tomar parte
directa, no podréis entender nunca el sacrificio que hicieron. Imaginad
todos vosotros como sería venir a clase un día y ser empujado contra las
taquillas, que os pusieran la zancadilla para haceros caer por la
escalera, insultado día tras día por tus compañeros de clase, pasar toda
tu vida de colegio sin ninguna esperanza de ir a ver una obra teatral
escolar o pertenecer al equipo de baloncesto o poder aprender en paz.
Hablando de paz, me gustaría hablar hoy de la paz. Quiero que todos
estos niños miren a estas personas. Ellos perseveraron. Ellos
resistieron. Ellos prevalecieron. Pero tuvieron que pagar un precio muy
alto. Como dijo Melba años después en su obra biográfica, "Warriors
Don't Cry", (Los Guerreros no Lloran), "Mis amigos y yo pagamos por la
integración al Instituto Central High de Little Rock con nuestra
inocencia".
La tienda de ultramarinos de mi abuelo
Amigos, en 1957, cuando la mirada del mundo estaba fija en Little Rock,
yo tenía 11 años y vivía a 50 millas, en Hot Springs. Como casi todos
los del Sur, por aquel entonces nunca habíamos ido al colegio con una
persona de otra raza. Pero como un chico joven, en la tienda de
ultramarinos de mi abuelo, aprendí lecciones que nadie se molestó en
enseñarme en mi colegio segregado. Mi abuelo tuvo una educación primaria
en una escuela rural pequeña. Nunca hizo mucho dinero. Pero en aquella
tienda, en la manera que trataba a su clientela y me animaba a que
jugara con sus hijos, aprendí la lección más profunda de América:
Realmente somos todos iguales. Realmente tenemos el derecho de vivir con
dignidad.
Realmente tenemos el derecho de que nos traten con respeto. Tenemos el
derecho de ser escuchados.
Nunca supe como mi abuelo y mi abuela llegaron a tener estas
convicciones pero nunca olvidaré como las vivieron. Irónicamente mi
abuelo murió en 1957. Nunca vivió para ver a América compartir su forma
de pensar.
Pero yo sé que él esta sonriendo hoy, no a su nieto, sino a los Nueve de
Little Rock, quienes dieron su inocencia para que toda la buena gente
pueda tener la posibilidad de vivir sus sueños.
Déjenme decirles algo más que fue cierto en aquella época. Antes de lo
ocurrido en Little Rock, para mi y otros niños blancos, los esfuerzos
que hacía la gente de color, fuéramos simpatizantes u hostiles hacia
ellos, sólo era música de fondo, absortos como estábamos en nuestras
propias vidas. Estábamos todos, como ustedes, más preocupados por
nuestros amigos y nuestras familias, día tras día. Pero cuando vimos lo
que estaba ocurriendo en nuestra propia casa tuvimos que arreglarlo.
¿Dónde nos encontramos? ¿En qué creemos? ¿Cómo queremos vivir? Fue
Little Rock la que hizo que la igualdad racial fuera una obsesión
primordial en mi vida.
Años más tarde, el tiempo y la casualidad hicieron que Ernie Green fuera
amigo mío. La suerte me llevó al cargo de Gobernador, desde donde hice
todo lo que pude para curar las heridas, resolver los problemas y abrir
las puertas para que pudiéramos llegar a ser las personas que decíamos
querer ser.
Hace 10 años los Nueve de Little Rock volvieron a la mansión del
Gobernador cuando yo estaba allí. Quería que ellos vieran que el poder
que había bloqueado su camino, ahora les daba la bienvenida. Pero como
tantos americanos nunca podré pagar mi deuda a estas nueve personas.
Porque, con su inocencia consiguieron más libertad también para mí y
para toda la gente blanca. Una persona como Hazel Brown Massery, quien
insultaba a Elizabeth Eckford, ha estado esta semana con ella, como
amiga, delante de la misma escuela. Y con el regalo de su inocencia
ellos nos enseñaron que, por desgracia, lo que debe ser, demasiado a
menudo no es así, ni puede ser así sin tener que dar algo a cambio.
Han pasado cuarenta años
Cuarenta años después, ¿qué cree la gente joven de aquí y qué han
aprendido? Bien, 40 años después sabemos que todos salimos beneficiados
- todos nosotros - cuando aprendimos juntos, trabajamos juntos y nos
reunimos. Esto es, después de todo, lo que significa ser americano.
Cuarenta años después sabemos que, a pesar de la resistencia de algunos
cínicos, todos nuestros hijos pueden aprender y esta escuela es una
prueba de ello.
Cuarenta años después sabemos que cuando los derechos constitucionales
de nuestros ciudadanos son amenazados, el Gobierno Nacional tiene que
garantizarlos. Hablar está bien, pero cuando se están amenazando los
derechos necesitas leyes fuertes, fielmente cumplidas y defendidas por
Tribunales Independientes.
Cuarenta años después sabemos que hay todavía más puertas por abrir,
puertas abiertas que hay que abrir más, puertas que debemos hacer todo
lo posible para que no se vuelvan a cerrar. Cuarenta años después
sabemos que la libertad y la igualdad no se pueden conseguir sin
responsabilizarnos de nosotros mismos, de la familia y de nuestros
deberes de ciudadanía, no sin comprometernos en construir una comunidad
de destino compartido y una verdadera sensación de integración.
Cuarenta años después sabemos que la cuestión de raza es más compleja y
más importante que nunca que abarca no solamente a gente de color y
blancos, a hispanos y americanos nativos. Hay ahora gente de todas las
partes de la tierra, venidos para confirmar la promesa de América.
Cuarenta años después, francamente sabemos que vamos con rumbo a volver
donde empezamos. Después de todos los años, cansados y con lagrimas
silenciosas, después de todos los caminos pedregosos y viajes amargos,
la cuestión de raza es, al final, un asunto de corazón.
Los enclaves cómodos del aislamiento étnico
Pero si esto es nuestro aprendizaje, ¿qué tenemos que hacer? Primero
debemos reconciliarnos. Después debemos hacer frente a los hechos de
hoy. Y finalmente debemos actuar. La reconciliación es importante, no
solamente para aquellos que practican el fanatismo, sino también para
todos aquellos cuyo resentimiento permanece todavía, porque ambos
encarcelan el espíritu y no pueden liberarse.
Si Nelson Mandela, que pagó con 27 de los mejores años de su vida por la
libertad de su gente, pudo invitar a sus carceleros a su investidura y
pedir a las víctimas de la violencia que perdonaran a sus opresores,
entonces cada uno de nosotros podemos buscar y dar el perdón.
¿Y cuales son los hechos? Es un hecho, mis conciudadanos americanos, que
hay todavía demasiados lugares donde las oportunidades de una educación
y trabajo no son iguales, donde la desintegración de la familia y
vecindad los hace más difícil. Pero también es un hecho que escuelas,
vecindades y vidas puedan dar la vuelta, aunque sólo si estamos
dispuestos a hacer todo lo que sea necesario.
Es un hecho que hay todavía demasiados lugares donde nuestros hijos
mueren o se dan por vencidos antes de desarrollarse, donde están
atrapados en una red de crimen, violencia y drogas. Sabemos que esto
también puede cambiarse, pero solamente si estamos dispuestos a hacer
todo lo que sea necesario.
Hoy, niños de todos las razas pasan por la misma puerta, pero después,
con frecuencia, van por pasillos diferentes. No sólo en esta escuela
sino a lo largo de América, se sientan en aulas diferentes, comen en
mesas diferentes. A menudo se sienten en gradas diferentes para ver un
partido de fútbol. Demasiadas comunidades son incapaces de mezclarse,
todos blancos, todos de color, todos latinos, todos asiáticos... Es más,
demasiados americanos de diferentes razas han empezado a olvidarse de la
idea de integración y la búsqueda del terreno común.
Por primera vez desde los años 50 nuestras escuelas en América se están
volviendo a segregar. El giro atrás de la acción afirmativa está
cerrando las puertas de la educación superior a la nueva generación,
mientras aquellos que la oponen todavía no han encontrado otra
alternativa.
Nos contenemos demasiado. Nos retiramos hacia los enclaves cómodos del
aislamiento étnico. No tratamos con personas que son distintas a
nosotros. La segregación ya no es una ley pero, frecuentemente, es
todavía la regla y no podemos olvidarnos de este hecho tenaz, que no ha
sido anunciado con la claridad que debería. Todavía hay discriminación
en América.
Todavía hay gente que no puede superarlo, que no puede soltarlo y que no
puede vivir si no tiene a alguien a quien despreciar. Se manifiesta en
nuestras calles y vecindades, en los lugares de trabajo y escuelas y
esto es una equivocación. Tenemos que seguir trabajando, no solamente
con nuestras voces sino también con nuestras leyes. Tenemos que
emplearnos a fondo.
Celebremos la diversidad cultural
Claro está que debemos celebrar nuestra diversidad. La mezcla
maravillosa de culturas, creencias y razas siempre ha enriquecido
América y es nuestra entrada al siglo XXI. Además, tenemos que recordar
las lecciones penosas de las guerras civiles y de la limpieza étnica que
ocurren alrededor del mundo. Cualquier nación que se permite el
separatismo destructivo no podrá satisfacer ni conquistar los retos del
siglo XXI.
Tenemos que decidir -todos vosotros, gente joven, tenéis que decidir. O
nos mostramos como un ejemplo sobresaliente, o como una pavorosa
represión para el mundo de mañana. Porque la alternativa a la
integración no es el aislamiento o una nueva separación con igualdad. Es
la segregación.
Sólo el Ideal Americano es bastante fuerte para mantenernos unidos. No
importa si nuestros antepasados llegaron aquí como esclavos o a bordo
del Mayflower. No importa si llegaron pasando por la isla de Ellis o a
bordo de un avión a San Francisco, o si han estado aquí desde hace miles
de años. Creemos que cada individuo posee las mismas posibilidades; cada
individuo nace con el derecho igual para esforzarse, para trabajar y
para subir tan alto como pueda; y que nazca con igual responsabilidad
para actuar según las leyes, para reflejar nuestros valores y para
transmitirlos a sus hijos. Somos blancos, de color, asiáticos, hispanos,
cristianos o judíos, musulmanes, italianos, vietnamitas y polacos y
otros más. Todos somos americanos. Sobre todo, somos americanos. Martin
Luther King dijo: "Estamos entrelazados en una prenda sin costuras, que
es el destino. Tenemos que ser una única América".
Igualdad de oportunidades
Los Nueve de Little Rock nos enseñaron esto. No podemos tener una
América única gratuitamente. Ni hace 40 años, ni hoy día. Tenemos que
actuar. Todos nosotros tenemos que actuar. Cada uno de nosotros tenemos
algo para hacer. Especialmente nuestra gente joven es quien debe buscar
personas distintas a ellos mismos y hablar libremente y con franqueza
para descubrir si comparten los mismos sueños. Todos nosotros debemos
abrazarnos a una sociedad que aprecia todos los colores. Hay que
reconocer el hecho de que todavía no estamos allí y que no podemos
cerrar de golpe las puertas a las oportunidades educacionales y a las
económicas.
Todos debemos abrazarnos al orgullo étnico y debemos venerar la
convicción religiosa, pero debemos rechazar separatismos y aislamientos.
Todos debemos valorar y practicar la responsabilidad personal para el
provecho de nosotros mismos y de nuestras familias. Todos los
americanos, sobre todo nuestra gente joven, deben devolver algo a sus
comunidades a través de prestaciones sociales. Americanos de todas las
razas deben insistir sobre la igualdad de oportunidades en el trabajo y
una buena educación. Esto es mucho más importante hoy día de lo que fue
para aquellas nueve personas, y mirad lo lejos que se atrevieron a ir
con la educación que tenían y por la educación que deseaban conseguir.
No robaré su futuro a ningún niño
Hoy, el verdadero campo de batalla es la educación, si realmente creemos
en lo que cada niño puede aprender y si tenemos el valor de marcar unos
altos niveles académicos, a los cuales esperamos que todos nuestros
hijos lleguen. No debemos reemplazar la tiranía de segregación con la
tragedia de expectativas demasiado bajas. No robaré a ningún niño
americano su futuro, es una equivocación.
Conciudadanos americanos, debemos tomar conciencia, no tanto por los
pecados de nuestros padres, sino por el éxito de nuestros hijos, como
vivirán y como vivirán juntos, en los años venideros. Si estos nueve
niños pudieron subir estos escalones totalmente solos hace 40 años, si
sus padres pudieron mandarlos hacia la tormenta armados únicamente con
sus libros de texto y la honradez de su causa, entonces, sin duda,
juntos podremos construir una América única, una América que asegure que
ninguna generación futura, la de nuestros hijos, tenga que pagar por
nuestros errores con la perdida de su inocencia.
En este umbral de la escuela, hoy nos regocijamos de lo lejos que hemos
llegado en estos 40 años. Debemos recoger el testigo de los Nueve de
Little Rock y continuar con confianza el trabajo duro pero a la vez
noble que nos espera. Levantemos nuestras voces y cantemos "hasta que la
tierra y el cielo retumben", una América hoy, una América mañana, una
América para siempre.
¡Dios bendiga a los Nueve de Little Rock, y Dios bendiga a los Estados
Unidos de América! Gracias.
Bill Clinton - http://www.lafactoriaweb.com
Publicado Originalmente en la revista cuatrimestral la factoría*
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