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Y en este país, donde a menudo es la palabra, más que su contenido,
la que ha estado en el origen de querellas y conflictos irresolubles,
hay que estar atentos a este peligro. Pero cuando las palabras devienen
símbolos de transformación y de movilización, cuando permiten resumir en
una expresión lo que precisaría mucho tiempo tratar de explicar, cuando
sirven para unir y avanzar, entonces el valor de la palabra es
inestimable.
Es lo que sucede con la Constitución europea. Sabemos lo que ha costado
que se aceptara la expresión "Constitución europea", en parte
precisamente por su valor simbólico: el del anhelo por una Europa unida
que tantas generaciones de ciudadanos europeos han perseguido. ¿Quién
nos hubiera dicho hace, no ya diez años, sino sólo cuatro o cinco, que
hoy estaríamos debatiendo la Constitución europea? No ha sido nada fácil
recorrer este camino. El que en los años cuarenta y cincuenta
emprendieron aquellos padres fundadores que hoy se sentirían plenamente
recompensados al comprobar que, cincuenta años después, gracias a las
banderas que entonces levantaron, Europa tendrá una Constitución.
La Constitución es hoy el símbolo de la Europa unida. Esta Europa que
hace unos meses acogía a los diez países de la ampliación y que ha hecho
de la Unión Europea el punto final de sus divisiones. De las que
secularmente la han enfrentado, entre Francia y Alemania sobre todo, y
que dieron lugar a la Segunda Guerra Mundial. Y de la que surgió después
de esta guerra, provocando la fractura de nuestro continente en dos
bloques y marcando dramáticamente nuestra historia durante medio siglo.
Puede parecer una paradoja: estamos satisfechos con la Constitución
europea, pero al mismo tiempo queremos más Europa de la que ésta nos
proporciona. De hecho, muchas personas son críticas con la Constitución
porque querrían más Europa.
Una Europa que realmente escuche a los ciudadanos, en la que las
instituciones sean elegidas democráticamente y se preocupen antes por el
conjunto de Europa que por las pequeñas querellas que nos dividen y nos
debilitan, y en la que se sepa quién hace qué y ante quién responde. Y
precisamente porque queremos más Europa, estamos a favor de la
Constitución europea. Porque la Constitución significa un paso adelante
muy importante.
Decir no es retroceder
A veces hay que oponerse a los pequeños pasos. Cuando éstos entorpecen
el avance, cuando son fruto de la renuncia y de la impotencia, y cuando
el movimiento que desea ir más allá es poderoso y está bien organizado.
Cuando se sabe, en definitiva, que diciendo no se irá mucho más allá.
Pero ésta no es la situación.
Ni la Constitución europea es un paso modesto, ni diciendo no a este
paso se iría más allá. Al revés, retrocederíamos. Por ello, la mayoría
de los que queremos más Europa decimos si, y un si decidido y firme, a
la Constitución europea. Un si que no es conformista y resignado, sino
de convicción en esta Constitución que en tantos aspectos, en el
simbólico y en el de los contenidos, nos permite avanzar.
Porque también en relación con los contenidos la Constitución supone un
paso muy importante. En el terreno de la arquitectura institucional, al
avanzar decididamente en la configuración de la Unión Europea como una
realidad política, en la democratización y el fortalecimiento de las
instituciones y en la transparencia y el control por parte de los
ciudadanos sobre estas instituciones.Y en el terreno de las políticas
que podrá llevar a cabo la Unión, sobre todo en el campo de las
políticas sociales. Es cierto que la Constitución no supone la
culminación de nuestras aspiraciones.
Quedará aún mucho por hacer. Pero también es cierto que, desde todos
estos puntos de vista, la Constitución marcará un antes y un después del
proceso de integración política europea.
Catalunya no puede faltar a esta cita. Existe una vieja relación, más
que de amistad, de amor, entre Catalunya y Europa. Catalanismo y
europeísmo han ido siempre unidos. Catalunya siempre ha visto a Europa
con admiración, como el destino soñado. Los catalanes, que nos
enorgullecemos de ser la puerta de Europa en España y los más europeos
de los ciudadanos españoles y recordamos con orgullo nuestras raíces
carolingias, no podríamos volver ahora la espalda a Europa sin abandonar
la mejor tradición del catalanismo político.
El catalanismo debe contemplar este gran proyecto europeo con altura de
miras. Debemos preocuparnos, naturalmente, por el papel de Catalunya en
Europa, de nuestros símbolos y señas de identidad. ¿Cómo los catalanes
podríamos dejar de interesarnos por nuestra lengua y nuestra cultura,
porque nuestra presencia institucional sea la que debe ser? ¿Cómo en
esta Europa que se amplía a veinticinco, y después a veintisiete y quizá
a más países, no deberíamos decir "nosotros también queremos estar
presentes"? Claro que queremos estar en ella. Pero además de
preocuparnos por nuestro papel y nuestra posición, nos interesa también,
de forma muy esencial, que Europa progrese de verdad en su integración
política.
Catalunya tiene un interés genuino en una mayor integración política
europea, en un Gobierno europeo más potente y unas instituciones más
fuertes. Entre otras razones, porque ello nos debe ayudar a situar en
una perspectiva radicalmente nueva nuestro conflicto básico como nación,
que es el encaje de Catalunya en el Estado español y el del
reconocimiento de nuestro autogobierno político. Europa simboliza a la
vez el surgimiento de una nueva realidad política y el debilitamiento de
los viejos estados nación.
Europa será necesariamente una estructura política descentralizada y
plurinacional. Contribuir a avanzar de verdad hacia este horizonte, ¿no
es quizá lo mejor que podemos hacer por nuestros intereses como nación?
Para Catalunya es, pues, muy importante la integración política europea.
Catalunya no puede quedar al margen de este proceso, ni desentenderse de
él.
Defensa del federalismo europeo
La historia del catalanismo está repleta de figuras que han hecho suya
la causa del europeísmo. ¿Alguien cree, por ejemplo, que cuando Carles
Pi i Sunyer, ministro de la República, consejero de la Generalitat,
alcalde de Barcelona, en los años cuarenta y desde el exilio de Londres,
defendía el federalismo europeo, lo hacía sólo porque quería que el
catalán fuera reconocido? Naturalmente que amaba el catalán; ¿quién
puede ponerlo en duda? Pero él sabia que una Europa más unida
políticamente era vital para la causa nacional de Catalunya. Y por esto
luchaba por el federalismo europeo. Y cito a Carles Pi i Sunyer, un
hombre de ERC, que hoy se ha convertido en patrimonio de todos los
catalanes y es un símbolo y un referente de la historia del catalanismo.
Catalanismo y europeísmo siempre han ido juntos, y sin duda así seguirán
en el futuro. Los ciudadanos de Catalunya manifestarán su opinión en el
referéndum sobre la Constitución europea.
Aunque el Gobierno de Catalunya no tiene fijada una posición sobre la
misma, a todos sus integrantes nos anima, como el president Maragall ha
subrayado, un doble anhelo: más Catalunya y más Europa; lo que significa
avanzar hacia una Europa más unida políticamente y conseguir que
Catalunya vea reconocida en ella su personalidad política y nacional.
Un anhelo compartido, pero diferentes posiciones sobre la Constitución
europea. Esta es la realidad. Ahora bien, los miembros del Gobierno de
Catalunya tenemos no sólo el derecho, sino probablemente la obligación,
de explicar a los ciudadanos cuál es nuestra posición y nuestro
pensamiento en un tema tan crucial como éste. Por transparencia, por
coherencia y por honestidad con el compromiso que hemos contraído con
los ciudadanos de Catalunya. Y también por madurez como país, madurez
que se manifiesta cuando las personas son capaces de expresar sus ideas
con toda libertad, pero también con todo el respeto por las ideas de los
demás.
Antoni Castells - http://www.lafactoriaweb.com
Publicado Originalmente en la revista cuatrimestral la factoría*
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