CONSTITUCIÓN EUROPEA Y CATALANISMO

Autor: Antoni Castells

OTROS CONCEPTOS DE ECONOMÍA

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05-2005

Texto

La firma de la Constitución europea tiene una significación muy especial. A veces las palabras adquieren uno u otro significado según las circunstancias. Hay quien sostiene, por ejemplo, que la Constitución europea no es más que un tratado como los demás. Pero todos sabemos que no es exactamente así. Porque hay momentos en que las palabras se convierten en símbolos. Y cuando esto sucede, las palabras son más que la palabra, son también el símbolo que llevan consigo. Cuando se convierten en banderas de división y de confrontación, hay que rechazarlas.

Y en este país, donde a menudo es la palabra, más que su contenido, la que ha estado en el origen de querellas y conflictos irresolubles, hay que estar atentos a este peligro. Pero cuando las palabras devienen símbolos de transformación y de movilización, cuando permiten resumir en una expresión lo que precisaría mucho tiempo tratar de explicar, cuando sirven para unir y avanzar, entonces el valor de la palabra es inestimable.

Es lo que sucede con la Constitución europea. Sabemos lo que ha costado que se aceptara la expresión "Constitución europea", en parte precisamente por su valor simbólico: el del anhelo por una Europa unida que tantas generaciones de ciudadanos europeos han perseguido. ¿Quién nos hubiera dicho hace, no ya diez años, sino sólo cuatro o cinco, que hoy estaríamos debatiendo la Constitución europea? No ha sido nada fácil recorrer este camino. El que en los años cuarenta y cincuenta emprendieron aquellos padres fundadores que hoy se sentirían plenamente recompensados al comprobar que, cincuenta años después, gracias a las banderas que entonces levantaron, Europa tendrá una Constitución.

La Constitución es hoy el símbolo de la Europa unida. Esta Europa que hace unos meses acogía a los diez países de la ampliación y que ha hecho de la Unión Europea el punto final de sus divisiones. De las que secularmente la han enfrentado, entre Francia y Alemania sobre todo, y que dieron lugar a la Segunda Guerra Mundial. Y de la que surgió después de esta guerra, provocando la fractura de nuestro continente en dos bloques y marcando dramáticamente nuestra historia durante medio siglo.

Puede parecer una paradoja: estamos satisfechos con la Constitución europea, pero al mismo tiempo queremos más Europa de la que ésta nos proporciona. De hecho, muchas personas son críticas con la Constitución porque querrían más Europa.

Una Europa que realmente escuche a los ciudadanos, en la que las instituciones sean elegidas democráticamente y se preocupen antes por el conjunto de Europa que por las pequeñas querellas que nos dividen y nos debilitan, y en la que se sepa quién hace qué y ante quién responde. Y precisamente porque queremos más Europa, estamos a favor de la Constitución europea. Porque la Constitución significa un paso adelante muy importante.

Decir no es retroceder

A veces hay que oponerse a los pequeños pasos. Cuando éstos entorpecen el avance, cuando son fruto de la renuncia y de la impotencia, y cuando el movimiento que desea ir más allá es poderoso y está bien organizado. Cuando se sabe, en definitiva, que diciendo no se irá mucho más allá. Pero ésta no es la situación.

Ni la Constitución europea es un paso modesto, ni diciendo no a este paso se iría más allá. Al revés, retrocederíamos. Por ello, la mayoría de los que queremos más Europa decimos si, y un si decidido y firme, a la Constitución europea. Un si que no es conformista y resignado, sino de convicción en esta Constitución que en tantos aspectos, en el simbólico y en el de los contenidos, nos permite avanzar.

Porque también en relación con los contenidos la Constitución supone un paso muy importante. En el terreno de la arquitectura institucional, al avanzar decididamente en la configuración de la Unión Europea como una realidad política, en la democratización y el fortalecimiento de las instituciones y en la transparencia y el control por parte de los ciudadanos sobre estas instituciones.Y en el terreno de las políticas que podrá llevar a cabo la Unión, sobre todo en el campo de las políticas sociales. Es cierto que la Constitución no supone la culminación de nuestras aspiraciones.

Quedará aún mucho por hacer. Pero también es cierto que, desde todos estos puntos de vista, la Constitución marcará un antes y un después del proceso de integración política europea.

Catalunya no puede faltar a esta cita. Existe una vieja relación, más que de amistad, de amor, entre Catalunya y Europa. Catalanismo y europeísmo han ido siempre unidos. Catalunya siempre ha visto a Europa con admiración, como el destino soñado. Los catalanes, que nos enorgullecemos de ser la puerta de Europa en España y los más europeos de los ciudadanos españoles y recordamos con orgullo nuestras raíces carolingias, no podríamos volver ahora la espalda a Europa sin abandonar la mejor tradición del catalanismo político.

El catalanismo debe contemplar este gran proyecto europeo con altura de miras. Debemos preocuparnos, naturalmente, por el papel de Catalunya en Europa, de nuestros símbolos y señas de identidad. ¿Cómo los catalanes podríamos dejar de interesarnos por nuestra lengua y nuestra cultura, porque nuestra presencia institucional sea la que debe ser? ¿Cómo en esta Europa que se amplía a veinticinco, y después a veintisiete y quizá a más países, no deberíamos decir "nosotros también queremos estar presentes"? Claro que queremos estar en ella. Pero además de preocuparnos por nuestro papel y nuestra posición, nos interesa también, de forma muy esencial, que Europa progrese de verdad en su integración política.

Catalunya tiene un interés genuino en una mayor integración política europea, en un Gobierno europeo más potente y unas instituciones más fuertes. Entre otras razones, porque ello nos debe ayudar a situar en una perspectiva radicalmente nueva nuestro conflicto básico como nación, que es el encaje de Catalunya en el Estado español y el del reconocimiento de nuestro autogobierno político. Europa simboliza a la vez el surgimiento de una nueva realidad política y el debilitamiento de los viejos estados nación.

Europa será necesariamente una estructura política descentralizada y plurinacional. Contribuir a avanzar de verdad hacia este horizonte, ¿no es quizá lo mejor que podemos hacer por nuestros intereses como nación?

Para Catalunya es, pues, muy importante la integración política europea. Catalunya no puede quedar al margen de este proceso, ni desentenderse de él.

Defensa del federalismo europeo

La historia del catalanismo está repleta de figuras que han hecho suya la causa del europeísmo. ¿Alguien cree, por ejemplo, que cuando Carles Pi i Sunyer, ministro de la República, consejero de la Generalitat, alcalde de Barcelona, en los años cuarenta y desde el exilio de Londres, defendía el federalismo europeo, lo hacía sólo porque quería que el catalán fuera reconocido? Naturalmente que amaba el catalán; ¿quién puede ponerlo en duda? Pero él sabia que una Europa más unida políticamente era vital para la causa nacional de Catalunya. Y por esto luchaba por el federalismo europeo. Y cito a Carles Pi i Sunyer, un hombre de ERC, que hoy se ha convertido en patrimonio de todos los catalanes y es un símbolo y un referente de la historia del catalanismo.

Catalanismo y europeísmo siempre han ido juntos, y sin duda así seguirán en el futuro. Los ciudadanos de Catalunya manifestarán su opinión en el referéndum sobre la Constitución europea.

Aunque el Gobierno de Catalunya no tiene fijada una posición sobre la misma, a todos sus integrantes nos anima, como el president Maragall ha subrayado, un doble anhelo: más Catalunya y más Europa; lo que significa avanzar hacia una Europa más unida políticamente y conseguir que Catalunya vea reconocida en ella su personalidad política y nacional.

Un anhelo compartido, pero diferentes posiciones sobre la Constitución europea. Esta es la realidad. Ahora bien, los miembros del Gobierno de Catalunya tenemos no sólo el derecho, sino probablemente la obligación, de explicar a los ciudadanos cuál es nuestra posición y nuestro pensamiento en un tema tan crucial como éste. Por transparencia, por coherencia y por honestidad con el compromiso que hemos contraído con los ciudadanos de Catalunya. Y también por madurez como país, madurez que se manifiesta cuando las personas son capaces de expresar sus ideas con toda libertad, pero también con todo el respeto por las ideas de los demás.
 

Antoni Castells  - http://www.lafactoriaweb.com 

Publicado Originalmente en la revista cuatrimestral la factoría*

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