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Los juegos olímpicos celebrados en Barcelona, con subsede en algunas de las ciudades de su Área Metropolitana, fueron la culminación en nuestro país de un fenómeno que hacía años se gestaba.
Durante la década de los ochenta, el deporte llenó nuestro
tiempo de ocio, lo consumimos en la televisión, en la prensa. Lo hemos
practicado e incluso ha generado muchos lugares de trabajo. El deporte,
en definitiva se ha convertido en una actividad normal dentro de nuestra
sociedad.
Hace unos veinte años, en nuestros pueblos y ciudades se empezaron a
edificar los primeros polideportivos y piscinas.
Entre las ciudades vecinas había una auténtica rivalidad; se ganaba o perdía midiendo quien tenía las instalaciones deportivas mas completas y monumentales. Lo sucedido en esos primeros momentos podemos entenderlo, en muchos casos, como operaciones de prestigio social y político de una población.
Son pues acciones aún alejadas de lo que podríamos denominar
como la prestación de un servicio. Poco a poco, estas instalaciones
fueron llenándose de contenido y de gente, pasaron de ser un objeto
lúdico de prestigio a ser instalaciones con vocación de servicio. Los
usuarios empezaron a cambiar.
Por poner un ejemplo, podríamos hablar de las piscinas municipales: al
principio muchas de ellas eran descubiertas, pero, en poco tiempo, se
empezó a reclamar su cubrimiento.
La piscina estaba dejando de ser una actividad lúdica relacionada con
el buen tiempo, que fue convirtiéndose en un lugar donde practicar
deporte durante todo el año, un sitio donde la gente va por
recomendación del médico, donde las escuelas llevan a los niños para
aprender a nadar como una asignatura más, un sitio, en definitiva,
asociado a un aumento de la calidad de vida. En este momento, cualquier
formación política se plantea los equipamientos deportivos como un
servicio más que hay que ofrecer a los habitantes de su población.
Este proceso hay que realizarlo de la misma manera dentro del sector del
patrimonio cultural y natural. Ahora, si reflexionamos un poco sobre el
panorama actual, estamos justo en el momento de las grandes
edificaciones, los grandes teatros, los grandes museos, los grandes
archivos, etc..., no sería arriesgado decir que nos encontramos en la
etapa del prestigio
. Aún nos falta saber llenar de servicios y de contenido estos, por
lo general excelentes, equipamientos para que la gente realmente los
perciba como herramientas y los utilice como un complemento más dentro
de su formación cultural.
Una ojeada al exterior
Desde finales del siglo XVIII las potencias europeas, que disponían de
colonias en el exterior, empezaron a realizar las primeras
intervenciones en el patrimonio. Básicamente consistían en la búsqueda
de materiales de gran valor artístico y histórico que una vez
localizados eran trasladados a ciudades importantes del país
colonizador.
Estas primeras adquisiciones de antigüedades, de materiales
etnográficos e incluso de plantas y animales despertaron una gran
curiosidad entre el público de esos países.
Con esas incipientes colecciones se construyeron los primeros museos,
jardines botánicos, asociaciones que organizaban y financiaban
expediciones a tierras desconocidas, campañas de excavaciones
arqueológicas y paleontológicas, etc. Tal estadio inicial, abrió un
proceso en todas estas naciones, que les ha llevado a que en la
actualidad estén unos pasos por delante de nosotros en cuanto a la
gestión de recursos naturales y culturales.
Ese fenómeno, curiosamente, no se dió en España a pesar de sus
conquistas de ultramar. La respuesta a este fenómeno es difícil y habría
que analizarla con calma, lo que escapa a este sencillo artículo.
Viajando por los países mencionados, podemos comprobar que para ellos es
habitual celebrar happenings dentro de castillos y otros yacimientos
arqueológicos y que abundan las reproducciones y restituciones de casas,
las recreaciones históricas, etc.
Hay que destacar el elevado grado de desarrollo al que ha llegado la industria del patrimonio en países como el Reino Unido, donde ya han superado las fases iniciales de musealización de castillos, parques naturales y yacimientos arqueológicos, para dedicarse ahora a la difusión de su patrimonio etnológico.
Ya hace unos años que Robin Hood y sus compañeros han vuelto a las andadas en los bosques de Sherwood, donde los visitantes pagan por el placer de verles fuera de la pequeña pantalla o del cine y si llegan a hacerse amigos de los habitantes del bosque se les entrega un diploma que les acredita como integrantes de la temible banda de tan noble bandido. Otro buen ejemplo es el gran centro de interpretación construido en el lago Ness.
Nessi, pequeño monstruo de plástico que nada suavemente en un lago
artificial construido expresamente al lado del gran lago Ness, recibe
cada año miles de visitantes que salen encantados al conocer la vida de
una criatura que nunca nadie ha podido contemplar y que muy
probablemente nunca existió.
Aquí, en nuestro país, de momento nos encontramos en la fase de
construcción de las grandes infraestructuras de prestigio, recordemos el
símil hecho al inicio con el mundo del deporte. Ahora se empieza a
hablar de los grandes museos, de los parques arqueológicos o naturales.
El concepto que aún impera es que el patrimonio es caro. No existe la
convicción de que el patrimonio puede generar recursos. Se piensa que
sólo invierten en patrimonio los países ricos. Y nada más lejos de esa
idea.
Por poner dos ejemplos, citar Irlanda dentro de la UE e Israel en el
cercano oriente. Los dos están haciendo grandes inversiones en conjuntos
patrimoniales para completar su oferta turística.
Como vemos, son dos países, que podrían argumentar la falta de
dinero para no invertir, pero ya han llegado al convencimiento de que
las inversiones en patrimonio no son a fondo perdido, sino que pronto se
amortizan y que fácilmente pueden generar recursos de todo tipo que
compensan la inversión inicial.
Potencialidades del patrimonio
Vista de forma breve como está la situación en el exterior, quisiera
hacer una serie de reflexiones que nos pueden servir para poder analizar
casos concretos y también puedan servir, a quienes les parezcan
correctas, como pautas de actuación.
Las inversiones en patrimonio pueden ser favorables desde muchos puntos
de vista. Podemos entender o hablar del patrimonio cultural o natural
como de un ámbito que genera una serie de recursos sociales, culturales,
científicos y económicos en cantidades suficientes como para compensar
las inversiones iniciales que se hayan destinado a su dinamización y
para generar un aumento de la calidad de vida significativo.
Para que esto ocurra, hace falta olvidar antiguos sistemas de gestión
basados en fórmulas exclusivamente cientifistas o de recuperación
arquitectónica, que frecuentemente quedaban paralizados por su poca
rentabilidad social, para pasar a técnicas de gestión modernas, que den
un tratamiento integral al patrimonio.
No obstante, hace falta señalar una necesidad previa a las
intervenciones en patrimonio. Me refiero a la obligación de tener un
buen conocimiento científico de los bienes culturales o naturales en los
que se quiera trabajar.
Existen dos razones que lo justifican. La primera: es necesario que el
tratamiento dado, sea, al máximo, respetuoso con las características
propias de cada conjunto monumental o natural.
La segunda: es absolutamente necesario que la difusión que se haga
sea científicamente correcta y llegue al gran público sin ningún error.
Además, las inversiones en patrimonio pueden ayudar a solucionar los
problemas de financiación de los estudios científicos produciéndose de
esta manera una simbiosis que favorece tanto al estamento científico
como al resto de la sociedad que de esta manera puede rentabilizar el
trabajo de los primeros de una forma rápida y correcta.
Este último hecho, nos relaciona el mundo de la investigación con el de
la conservación.
Hace falta partir de la base de que esos bienes patrimoniales siempre
necesitan de una cierta inversión que, como mínimo, permitan su
preservación y mantenimiento, cuestión que puede parecer obvia pero nada
fácil de ejecutar dado que los recursos destinados a estos temas por lo
general son escasos y difíciles de conseguir, y más aún de mantener.
Es necesario pensar en fórmulas que sirvan para dinamizar estos bienes
culturales o naturales y que permitan extraer el rendimiento social y
cultural indispensable para que, como mínimo, se puedan conocer o
mantener tal como los hemos heredado de nuestros antepasados o de la
naturaleza.
El valor añadido
Superados estos aspectos tan básicos, pero importantes, como pueden ser
la investigación y la conservación, pasa a otros temas que podríamos
considerar el valor añadido de una correcta gestión del patrimonio. Me
refiero a los lógicos beneficios que desde un punto de vista cultural y
social se pueden extraer de las inversiones en patrimonio.
Una gestión correcta permite dar referentes históricos y geográficos a los habitantes residentes en la zona de influencia de un conjunto patrimonial
. En consecuencia, puede actuar como aglutinador de sociedades
jóvenes como la americana o que hayan sufrido fuertes procesos de
desvertebración debido a fenómenos migratorios o de otro tipo, ejemplos
de este último caso los podemos encontrar de forma muy clara en el Área
Metropolitana de Barcelona y en muchas de la ciudades y pueblos del Baix
Llobregat.
Podemos decir que el patrimonio es un elemento altamente eficaz, desde
un punto de vista pedagógico, para hacer lo que podríamos denominar
pedagogía del territorio.
Otros beneficios más mundanos, pero no menos importantes, están
relacionados con el mundo de la economía. Como veíamos con anterioridad,
hay numerosos ejemplos en que la dinamización de este patrimonio ha sido
dirigida a obtener recursos económicos procedentes del turismo cultural.
En este sentido, no hay que hablar exclusivamente de los recursos que se obtienen directamente de un museo, de un parque arqueológico o de un parque natural, en tales casos podemos darnos por satisfechos si somos capaces de llegar a la autofinanciación.
Hay que hablar de las economías multiplicativas que se generan alrededor de estas infraestructuras. Normalmente surgen productos relacionados con la temática tratada en el conjunto, se abren nuevos negocios en el mundo de la restauración, tiendas de recuerdos, etc.
Por lo tanto podemos hablar del patrimonio como un elemento capaz de
generar sinergias importantes dentro de la economía de una población y,
por extensión, de un país con un enorme valor añadido, que, con
seguridad, tendrá una clara repercusión en los habitantes de la ciudad y
en su calidad de vida.
Un entorno favorable
Pienso que si hablamos de la comarca del Baix Llobregat como una de las
más activas, dinámicas e innovadoras de Catalunya no se nos puede acusar
de estar exagerando. Esta comarca, como la mayoría de los territorios
que han sido receptores de un importante volumen de personas llegadas de
enclaves geográficos distintos, es una de las más dinámicas de Catalunya.
A lo largo de su historia, han llegado romanos, árabes, occitanos.
Durante el siglo XVII, gentes procedentes de otras comarcas catalanas,
y, para finalizar, este continuo ir y venir ha tenido su eclosión
durante la segunda década del siglo XX momento en que se registra el
mayor flujo migratorio de la historia.
El Baix ha sido una de les comarcas catalanas que ha sufrido un mayor y más rápido incremento de población desde finales de los años 50 y principios de los años 60 debido a la llegada de gente procedente de todos los rincones del Estado.
Haciendo un rápido repaso de la historia de nuestra comarca, uno se
da cuenta de que en muchos momentos de la historia, este enclave
geográfico ha sido un territorio fronterizo y cambiante, con constantes
abatares que han propiciado este constante trasiego de gentes.
Lógicamente, tales movimientos siempre han ido dejando sus influencias
en su substrato cultural. Podríamos decir que la historia ha sido
generosa con nosotros y que nos ha dejado unos ricos testimonios
patrimoniales que nos hablan del pasado y presente histórico.
Esta dinámica de cambio constante tiene aspectos positivos y negativos.
Para analizarlos de una forma clara hemos de trasladarnos a nuestro
siglo, donde la magnitud del gran alud migratorio nos sirve para
presentar de forma clara las consecuencias de este hecho y su relación
con el mundo del patrimonio.
Empezaremos por las evidencias negativas. El gran número de nuevos
residentes en las diferentes poblaciones del Baix provocó en su día una
gran desvertebración social y cultural.
El urbanismo, los servicios y el tejido asociativo de
poblaciones pequeñas, normalmente ligadas a la agricultura o en algunos
casos a una incipiente industria, no pudieron aguantar el embite de una
numerosa población joven, en cierta medida desarraigada, con multitud de
necesidades por cubrir y entre las que, lo que primaba era sobrevivir.
Este hecho hizo entrar en crisis una sociedad que en aquellos momentos
se encontraba saliendo de los problemas de la postguerra y que se veía
condenada a ser poco más que un espectador de todo lo que estaba
ocurriendo. Barraquismo, construcción de las primeras casas baratas,
instalación de industrias nuevas, resurgimiento de los movimientos
obreros y sindicales, que hacían temer a los más cautos un
recrudecimiento de las represión de la dictadura, etc...
La vertebración cultural
Podíamos decir que durante los primeros momentos hay dos sociedades, dos
modelos sociales, que conviven, sin conflicto, pero que tienen escasa
relación. Como es de esperar, en estas ocasiones el grupo más dinámico y
joven fue absorbiendo algunas de las peculiaridades de los habitantes de
zona que se mezclaron con las suyas y que han dado como resultado una
sociedad joven, abierta, emprendedora y que paulatinamente se ha ido
identificando con su nuevo lugar de residencia.
No obstante, no podemos olvidar que este proceso no está exento de los conflictos y de los fenómenos propios de los grandes cinturones industriales y zonas periféricas de las grandes ciudades.
A lo dicho, hay que añadir que esta dinámica imprime una
elevada velocidad de cambio en la sociedad y que, a su vez, origina que
los componentes de ese grupo social pierdan en cierta medida los puntos
de referencia históricos y sociales que les han de permitir entender su
pasado y el paisaje que les rodea.
Ese panorama, que en principio puede parecer negativo, y ahora
empezaremos con las cuestiones positivas, aunque parezca increíble puede
generar un entorno muy positivo para el desarrollo de nuevas ideas y de
nuevas actividades culturales.
Estas son estrictamente necesarias para finalizar el proceso de
integración de estos grupos sociales, a la vez que pueden servir para
elevar su calidad de vida. Paralelos a este fenómeno, podemos
encontrarlos fácilmente en la mayoría de áreas metropolitanas y zonas
urbanas de las grandes metrópolis europeas.
Este tipo de sociedades, debido a que no arrastran lo que podríamos
denominar lastre cultural, suelen ser muy receptivas y muy asequibles a
propuestas culturales innovadoras que en otros territorios o ciudades
mucho más conservadoras serían vistas como demasiado arriesgadas.
Ese factor actúa como catalizador positivo en cuanto que facilita y
estimula a los agentes culturales a hacer propuestas que, como decíamos,
en otros lugares serían desechadas.
¿Qué hacer en una comarca metropolitana?
Como se desprende de los apartados anteriores, es evidente que las
potencialidades del patrimonio pueden encontrar su máxima expresión y
desarrollo dentro de este territorio.
La comarca del Baix Llobregat ofrece una inmensa cantidad de posibilidades de intervención en patrimonio, ya sea cultural o natural, debido tanto a sus características sociales como a la importancia de sus conjuntos patrimoniales y a su patrimonio etnológico.
El pasado agrícola, la revolución industrial, los movimientos
obreros, la represión, el fenómeno migratorio, etc... son fenómenos de
los que no hemos hablado casi hasta el momento, pero que también hay que
tenerlos muy presentes cuando hablamos de dinamizar el patrimonio de la
comarca.
Estas condiciones favorables, pueden ocasionar una excesiva
proliferación de museos o de centros patrimoniales, que con toda
seguridad, entrarían en competencia y acabarían anulándose los unos a
los otros.
En este sentido, es necesario que exista una planificación que impida
que esto ocurra, que racionalice la creación de estos centros y que
facilite que todos tengan el mismo público potencial, que, por
descontado, no tiene porque reducirse sólo al ámbito comarcal.
La comarca es suficientemente rica para que, llevándolo a las últimas
consecuencias, cada población pueda presentar aquello que la
individualiza, que la hace singular, ya sea un castillo, unas termas,
unas minas, una fábrica cuna del movimiento obrero.
No obstante es necesario, para rentabilizar las inversiones, tanto a
nivel cultural como socioeconómico, que el interés de los elementos
seleccionados sea el más elevado posible, sino es así puede acabar
siendo muy gravoso y constituyéndose en lastre para los impulsores del
proyecto.
La estructura de la comarca ofrece la posibilidad de montar una red
temática de museos y centros de interpretación del patrimonio cultural y
natural como casi ninguna en Catalunya.
Existe la necesidad, existe el público potencial, existen los recursos, creo que incluso existe la voluntad, sólo necesitamos ponerse de acuerdo. Mediante la especialización en pequeños centros se podría mostrar lo más relevante de la historia natural y cultural, la del paisaje en definitiva.
Esto favorecería el intercambio de público entre las ciudades
del Baix y que las que tienen la suerte de tener algo realmente
significativo lo puedan mostrar dentro de una concepción global del
patrimonio.
Para concluir decir que existe una gran oportunidad y que es preciso
organizarse para aprovecharla.
Josep Maria Carreté Nadal - http://www.lafactoriaweb.com
Publicado Originalmente en la revista cuatrimestral la factoría
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