ALBERT FINA: ABOGADOS LABORALISTAS DE MADRID Y BARCELONA

Autor: Manuela Carmena Castrillo

OTROS CONCEPTOS DE ECONOMÍA 

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05-2005

Texto

Es un honor para mí que los amigos de Cataluña hayan querido que yo esté con ellos en el libro homenaje a Alberto Fina. Alberto y todo el grupo de abogados laboralistas de Barcelona estuvieron extraordinariamente ligados a mis primeros años profesionales.

Aunque ahora, por profesión y por el largo alejamiento mío de Cataluña, ya no exista ese contacto asiduo, tuve ocasión de saber lo gravísimo que estaba Alberto unos escasos días antes de que muriera. Me lo dijo en una reunión de jueces Carles y me aseguró que, aunque estaba ya tan grave, le gustaría que le llamáramos, y desde Santander le telefoneé. Oí su voz tranquila y serena y supe que Alberto era capaz de ofrecer su última y más difícil enseñanza, la de saber morir.

A la semana siguiente, cuando me comunicaron su fallecimiento, sentí el consuelo de haber hablado tan recientemente con él, y ahora con el paso del tiempo, aunque no puedo recordar lo que nos dijimos, mantengo viva una fuerte sensación de la grandeza de su personalidad, expresada en esa forma de enseñarnos a despedirnos para siempre.

Y por supuesto, si insisto en que esta participación que se me ofrece es un honor, no lo digo como una pieza de cortesía obligada, sino consciente de una cierta representatividad de los "no catalanes", que asumo encantada.
Madrileña de pura cepa, no me tuve por tal hasta que por el "azar" y el hacer de la dictadura franquista me encontré expulsada, en cierto sentido, de Madrid y vecina de la ciudad de Barcelona allá en el año 1965. En el año 1965 sucedieron muchas cosas, y todas deprisa, o por lo menos me sucedieron a mí. Los estudiantes de mi generación, ya todos cincuentones, quedamos marcados por esa experiencia extraordinaria que vivimos, pues fuimos capaces de hacer desaparecer el sindicato falangista que era el único sindicato de estudiantes que existía en España desde el mismo momento de la finalización de la guerra.

Las Asambleas y las huelgas de los años anteriores trajeron la caída del SEU como un regalo que no nos esperábamos. Y eso nos hizo ser optimistas y seguros de nosotros mismos y probablemente algo de esas primeras conquistas confluyó en la trayectoria de transformación innovadora que poco a poco se desarrollaba en nuestro país.

Pero esas alegrías también tenían su precio y todos aquellos protagonistas de la revolución estudiantil de entonces tuvimos todos, unos más y otros menos, nuestras heridas de guerra. En concreto a un buen grupo de estudiantes de Derecho se nos había expulsado de la Universidad de Madrid y, después de mendigar la admisión por otras Universidades, nos había admitido la de Valencia. Por eso Juanjo del Águila, Maite García Rodríguez, José María Elizalde, Carlos del Río y otros más que seguro me dejo, siendo todos estudiantes de Madrid, acabamos, sin embargo, licenciados por la Universidad de Valencia. Mientras tanto otros estudiantes de otras carreras como Eduardo Leira que era de la de Arquitectura, sólo pudo optar entre la Escuela de Arquitectura de Sevilla y la de Barcelona, y como aquella primera no le aceptó, tuvo que instalarse en Barcelona.

Eduardo y yo éramos novios entonces. Por esa razón nada más acabar la carrera en Valencia yo también me fui a vivir a Barcelona. Llegué en Enero de 1966 y a las primeras personas que visité fueron Alberto y Montserrat en el viejo despacho que tenían en su propia casa. Además, Montserrat fue mi madrina cuando me di de alta en el colegio de abogados de Barcelona.

Los sábados nos reuníamos en casa de ellos todo el grupo de abogados del Partido Comunista. José Solé Barberà, Augusto Gil Matamala, Luis Salvadores, Alberto y Montserrat, y yo éramos los más asiduos. Luego todos nosotros, nos reuníamos cada dos por tres con todo el grupo de abogados catalanes que en aquellos años se movía en torno a la reivindicación de la democracia, Derechos Humanos, etc. Fueron solo dos años los que viví en Barcelona, pero muy intensos y que me ayudaron infinitamente en mi evolución personal. Espero que sirvieran también en algo para consolidar el fuerte movimiento de abogados laboralistas que más tarde se iba a extender por todo el país.

No puedo pretender hacer una exposición de lo que fue la historia del movimiento de abogados laboralistas desde mediados de los años sesenta hasta muy entrados los ochenta. Esa historia está por hacer y ojalá estos pequeños artículos de homenaje y recuerdo a Alberto nos sirvan para poner manos a la obra.

Es posible que las generaciones que fuimos protagonistas del antes, durante y después de la transición viviéramos tan deprisa y tanto que no hayamos encontrado tiempo suficiente para sentarnos a hacerlo. Abordar esa tarea le hubiera gustado a Alberto y por eso me atrevo a esbozar unos recuerdos y apuntar unas reflexiones sobre lo que fue el movimiento de abogados laboralistas de Madrid y su relación con el de Barcelona.

A lo largo de la dictadura franquista, se mantuvo una estructura de abogados que, por ser más liberales o claramente de izquierdas y, especialmente, del Partido Comunista, estuvieron dispuestos a afrontar con todo su valor la defensa de las personas que eran detenidas, condenadas y ejecutadas. Por supuesto que, hasta que se crea el Tribunal de Orden Público.

 El enjuiciamiento de las personas opuestas a la dictadura se produce ante los Tribunales Militares, donde no está prevista la defensa de los acusados por abogados civiles. Por eso, aunque por lo que yo sé siempre se intentaba que hubiera algún abogado de confianza cerca de los acusados, cuando cobra importancia la defensa de los Abogados Civiles es cuando se sustituye la generalidad de la Justicia Militar por la Civil.

En torno a los años sesenta, María Luisa Suárez, Antonio Mortecinos, Antonio Rato, Jaime Miralles, Pepe Jiménez de Parga, Joaquín Ruiz Jiménez, defienden en el Tribunal de Orden Público y hacen todo lo que pueden por mejorar el resultado de los procesos y las condenas posteriores en las prisiones.

 Pero es precisamente en el año 1965, cuando en Madrid María Luisa Suárez, Pepe Jiménez de Parga, Antonio Esteban y Antonio Montesinos establecen un despacho colectivo con un único cometido: ayudar al movimiento obrero que Comisiones Obreras está organizando.

Y en esa estructura aparecemos los entonces jovencísimos abogados, curtidos en asambleas y reuniones estudiantiles de todo tipo, que sin embargo no sabemos nada de Derecho, aunque tenemos soltura y una confianza arrolladora en lo que se puede conseguir cuando uno se lo propone.

Los despachos laboralistas de Madrid no hubieran podido surgir si no hubiera sido por ese grupo de abogados heroicos que resistieron año tras año defendiendo los Derechos Humanos y las Libertades, pero tampoco hubieran podido ser lo que fueron si no estuvieran a punto esos nuevos colectivos de jóvenes abogados dispuestos a comernos el mundo.

 La creación de los despachos laboralistas fue una medida de una sagacidad política espectacular y, en mi opinión, su iniciativa se debió fundamentalmente a la originalidad del diseño de las bases de Comisiones Obreras.

Por supuesto que, nada más empezar su andadura, estos despachos se extendieron rápidamente y se abrieron a distintos estilos de personas, que en esos momentos estaban muy condicionados por las maneras del pensar político, o, quizás mejor dicho, por las agrupaciones humanas que se aglutinaban en torno a unas u otras siglas.

En esa medida creo que los que estábamos entonces en el seno del Partido Comunista nos beneficiamos de una estructura con una formación jurídica más completa y, los nuevos abogados laboralistas, de la experiencia jurídica y política de los abogados clásicos en el partido.

Comisiones Obreras empezó una conquista por los puestos representativos de los sindicatos, a la vez que un movimiento reivindicativo de los derechos de los trabajadores, aunque, lógicamente, en el sistema jurídico de aquellos años no existían los derechos claves de una democracia y por tanto no había ni derecho de huelga ni de sindicación libre ni la reivindicación de otros derechos ofrecía un gran campo. La característica de la regulación laboral de aquellos derechos era curiosa.

Un cierto paternalismo había desarrollado "en teoría" un contingente importante de Derechos Laborales. Las antiguas Leyes de Contrato del Trabajo, Seguridad e Higiene, Seguridad Social etc. reconocían derechos a los obreros que, sin embargo, se incumplían de una forma manifiesta. Por tanto, había mucho que reclamar. Y ahí es donde la importancia de los despachos laborales fue trascendente.

Comisiones Obreras y otros grupos obreros de carácter diferente, como los "vinculados a la JOC", desconfiaban del Sindicato Vertical. Éste, en torno a los años sesenta, se había convertido en un elemento claramente controlado por los sectores empresariales y provisto de una importante burocracia.

Los abogados de los Sindicatos Verticales eran funcionarios públicos, supongo que mal pagados, y que normalmente huían de esos puestos de trabajo cuando las circunstancias se lo permitían. Por eso era tan importante contar con una defensa jurídica comprometida en conseguir los objetivos de reivindicar los Derechos Laborales más inmediatos y forzar el cambio para conquistar lo esencial de los derechos de la clase obrera.

El movimiento de Comisiones Obreras se extendió como la espuma en todas las ciudades y pueblos industriales de España y los despachos laboralistas también.

El primer despacho laboralista de Madrid, el de la Calle de la Cruz nº16, sé multiplicó geométricamente y pronto, Cristina Almeida, Carlos Sánchez Montero y Jesús García Varela se marcharon de allí y crearon uno nuevo en la calle de Modesto Lafuente. Yo misma con Elisa Maravall, Nacho Montejo y José Luis Nuñez nos fuimos y organizamos el despacho de la calle de Atocha. Mientras tanto desde sectores vinculados a las corrientes sociales de la Iglesia, Paquita Sauquillo y Juan Canet empezaban a constituir también otros despachos.

En poco tiempo muchos enlaces sindicales eran miembros de Comisiones Obreras o estaban relacionadas con ella en alguna medida. Y era tarea de esos representantes de los trabajadores el que se cumplieran los Derechos Laborales que habían sido recogidos en la Ley de Contrato de Trabajo, las Reglamentaciones Laborales correspondientes, los Convenios Colectivos, los Decretos de Salarios Mínimos, etc.

Ellos hacían reuniones en los centros de trabajo, recogían firmas, buscaban adhesiones y nosotros hacíamos las reclamaciones en las Magistraturas de Trabajo. Lo mejor de todo es que en muchísimas ocasiones ganábamos los asuntos.

Poco a poco, fuimos aprendiendo Derecho Procesal, Derecho Laboral y técnicas también específicas para planificar la estrategia de estas reclamaciones laborales basadas en actuaciones que hasta ese momento no habían sido habituales en las Magistraturas de Trabajo de entonces. En muchas ocasiones pedíamos a los obreros que acudieran a las vistas de los juicios y las más bien pequeñas salas de vista del edificio de la Magistratura de Trabajo de Madrid en la calle de Martínez Campos se llenaban a rebosar.

Nosotros nos lucíamos, hacíamos buenos discursos y éramos agresivos con las preguntas que era preciso hacer en el transcurso de las pruebas, tanto a las Empresas como a los testigos. Por último recurríamos a la prensa, aquélla que pretendía ganar espacio de libertad, echaba órdagos a las autoridades políticas y estaba deseosa de difundir noticias de conflictos laborales.

Según una encuesta de la época en la Gaceta de Derecho Social, la actividad de las Magistraturas de Trabajo se había duplicado de 1965 a 1971, mientras que desde su creación en 1949 hasta 1964 se mantuvo prácticamente estancada.

Nuestro trabajo fue bueno y fue posible porque la propia dinámica del desarrollo del país exigía, de una u otra forma, más libertad y más democracia. Sin embargo de todo eso no se podía aún ni hablar.

La presencia en la Magistratura de Trabajo de los nuevos abogados laboralistas fue un impacto. Y no era para menos ya que, además de antifranquistas, éramos un poco "hippys" La Universidad era una caldera en continua evolución y, para que no faltara de nada, convergía en ella el eco de la ebullición de otros países desarrollados en los que también se producían movimientos estudiantiles.

En Estados Unidos, la guerra del Vietnam y la lucha por los Derechos Civiles de los ciudadanos de color había generando ese movimiento, a mi entender tan bello, que fue el de los "hippys" En Francia, el Mayo de 1968 nos había acercado aún más esas protestas que venían envueltas en unos términos que se nos antojaban maravillosos: "¡Haz el amor y no la guerra!" Y "¡La imaginación al poder!".

Era lo único que nos faltaba para autoafirmarnos como un colectivo diferente en todos los aspectos. Y quizás por eso los despachos laboralistas que se fueron confirmando aquellos años, fueron tan diferentes de los despachos de los abogados que nos habían precedido en la lucha antifranquista. Íbamos a la Magistratura con vaqueros, los chicos con el pelo largo, barba y pantalones de campana, y nosotras con rizos, collares y faldas largas y, a pesar de todo, ganábamos muchas veces.

El trabajo de los enlaces sindicales no era, ni mucho menos, jauja. La represión funcionaba y las viejas conciencias respondían como siempre: amenazas, detenciones, despidos y condenas en el Tribunal de Orden Publico.

Por eso el trabajo de los abogados laboralistas, que se definía a sí mismo como la especialización jurídica en los derechos de los trabajadores, también tenía que actuar en el Tribunal de Orden Publico.

 Este Tribunal fue, naturalmente sin planteárselo, un elemento aglutinante entre unos y otros despachos de las distintas partes del Estado español. Después de cada uno de mayo había casi con seguridad un sumario en el Tribunal de Orden Publico por cada una de las más importantes concentraciones que se habían producido en las grandes ciudades.

Y cuando los compañeros de Barcelona venían a celebrar con sus clientes los juicios en el Tribunal de Orden Publico nos reuníamos a comer, a cenar o nos prestábamos las casas y aprovechábamos para intercambiar ideas y experiencias.

Para los amigos de los grandes despachos en torno al Partido Comunista ( que éramos el de la calle la Cruz, luego calle Alcalá, los dos de Atocha, y el de la calle Españoleto), el despacho de Alberto y Montserrat siempre era un modelo a imitar, su organización siempre nos parecía mas acabada y planificada. Y no sólo porque seguían siendo en muchos aspectos nuestros maestros, sino porque también se evidenciaba el ambiente más liberal y permisivo que respiraba Barcelona. "Estáis mas cerca de Europa" les decíamos y los envidiábamos de todo corazón.

Pero no era solamente eso. Barcelona era una plaza con unas Magistraturas de Trabajo muchos mas progresistas que el resto del Estado. La Judicatura Española había sido muy inmovilista y su planta se había mantenido muy estancada hasta mediados los sesenta.

El incremento de las reclamaciones laborales en los últimos sesenta propiciaba que se convocaran más plazas de Magistrados y eso permitía a una judicatura joven acceder a las grandes ciudades, si optaba por esa especialización.

 Un juez de pueblo sabía que tendría que esperar bastante si quería llegar a Madrid de Magistrado de Primera Instancia e Instrucción, sin embargo tenía la posibilidad de adelantarse en el escalafón y llegar antes a poblaciones importantes si se especializaba en materia laboral. Y curiosamente una de las ciudades a las que era más fácil entrar era Barcelona.

 De ahí que en sus Magistraturas hubiera titulares más jóvenes que en el resto del país y entre ellos se extendían unas ideas progresistas de renovación.

Al mismo tiempo, las huelgas se producían ya en muchas empresas y se convertían en instrumentos para resolver las negociaciones, a veces estancadas, de los convenios colectivos. La reacción de las patronales eran los despidos. Y la forma de conseguir que los despidos por huelga no resultaran procedentes era uno de nuestros cometidos más importantes.

En ese aspecto Barcelona se convirtió en pionera. Algunos Magistrados de esa jurisdicción encontraban formas de evitar los despidos de los huelguistas y en Madrid cuando recibíamos las copias de aquellas sentencias las guardábamos como reliquias para usarlas en nuestros propios pleitos.

Hace algunos días me decía un amigo, refiriéndose a experiencias de estas últimas legislaturas, que en España se pueden hacer cosas cuando Madrid y Barcelona se ponen de acuerdo. No sé si efectivamente esto es así, pero, desde luego, en aquellos años la unión entre las dos culturas, la de la periferia y la del centro fue eficaz. En el despacho de Alberto y Montserrat se acordó muy pronto confeccionar un boletín de información sobre todo aquello que pudiera resultar útil para los obreros, divulgar el Derecho Laboral, Información Sindical y los cauces para coordinarse en uno y otro ámbito.

En ese Boletín nosotros en Madrid leíamos con envidia sentencias dictadas por la Magistratura de Trabajo de Barcelona, que tardamos mucho en importar a Madrid. Y quizás aceptando ese tirón innovador de la periferia se decidió hacer en Madrid nada menos que una revista que permitiera la divulgación del trabajo que hacíamos los abogados laboralistas con el nuevo movimiento obrero que día a día se formalizaba.

 Así fue como se constituyó la Gaceta de Derecho Social. En el editorial de su primer número, donde la presentábamos, decíamos: "Interpretar una nómina, preparar un convenio, estar al día de las cuotas de la Seguridad Social, conocer la legislación laboral, son cuestiones que forman parte de la vida diaria de los trabajadores. Gaceta de Derecho Social nace intentando ser un instrumento eficaz de ayuda, divulgación e interpretación de la problemática laboral.

 Aunque realizada fundamentalmente por profesionales, su enfoque no pretende ser estrechamente técnico y especializado -o, empleando un término al uso, "tecnocrático"- sino que quiere dirigirse a los problemas concretos de la clase trabajadora, individual y colectivamente, aportando una información jurídico laboral con un tono al mismo tiempo practico y científico."

Esto era lo que pretendíamos y algo debimos lograr. El primer número de la Gaceta de Derecho Social se publicó en septiembre de 1970 y en diciembre de 1978 la Constitución Española reconocía la Libertad Sindical y el Movimiento Obrero Español llegaba por fin a tener la configuración democrática que precisaba. Releer ahora los contenidos de esta revistilla nos da una idea del trabajo habitual que desarrollábamos y de cómo se fue dando cohesión a los esfuerzos. Veamos una lista de temas que se publicaron durante aquellos años en la Gaceta de Derecho Social: "Despido por detención",

"Los empleados del Banesto celebran el IV Aniversario de la reclamación del Plus familiar", "Clasificación de trabajadores fijos en las empresas agrarias", "Nuevo Decreto sobre Conflictos Colectivos", "La renuncia de derechos por el trabajador y su jurisprudencia práctica", "La representatividad de los Jurados de Empresa", "Las vacaciones de los trabajadores panaderos".

Conforme la Revista se consolidaba y el número de ventas aumentaba se fueron introduciendo más secciones, en especial separatas de legislación y recuadros permanentes de los convenios que se iban publicando en los Boletines Oficiales.

El Consejo de redacción estuvo compuesto inicialmente por Carlos García Valdés, Elvira Landin, Elvira Posada y Juan Lozano. Sin embargo, en el año 1975, el Consejo de Redacción cambia. Se hace más profesional: lo dirige el periodista Antonio Iborra y lo componen muchas más personas, abogados y sindicalistas. Alberto Fina figura junto con Gregorio Peces Barba.

 Eran emblemáticos y, además, desde el primer numero de la revista detrás de ellos estaban todos los despachos laboralistas de Madrid, a los que se iban sumando firmas de abogados laboralistas de otras partes de España como autores de artículos o como protagonistas de noticias como, por ejemplo, la muy detallada de un juicio por huelga en la Magistratura de Bilbao que acabó con sentencia favorable y en la que el abogado era de Sevilla y se llamaba Felipe González.

Es curioso seguir el devenir de la Gaceta de Derecho Social porque representa un poco el transcurrir de los colectivos de abogados laboralistas. La revista, en torno a los años 1974 y 1975, cada vez es menos jurídica y más sindical. Era lógico, los dirigentes sindicales estaban consiguiendo importantes cotas de representatividad, lo que ampliaba su necesidad de expresión legal e institucionalización.

Ya en torno a los años 1975 y 1976 se empieza a debatir en el seno de los abogados laboralistas cuál va a ser nuestro futuro. Algunos compañeros entienden que la esperada libertad sindical va a obligar a que nosotros, como abogados de los nuevos sindicatos, nos encuadremos en las Organizaciones Sindicales que van a consolidarse.

Otros, por el contrario, entendemos que no es el camino correcto, pues nos da miedo la imagen burocrática que recordamos de los abogados casi funcionarios de la organización sindical franquista. Por supuesto que el debate aflorará con toda su intensidad después de las primeras elecciones libres y la posterior promulgación de la Constitución, pero ya en aquel momento se apuntó un cierto afán de apropiación de unas estructuras que a todas luces parecen demasiado espontáneas y libres.

Casi me da pudor hablar en estos apresurados recuerdos de una noche que no puedo dejar de recordar sin que se me salten las lágrimas. La noche del 24 de enero de 1977 entró en uno de nuestros dos despachos de la calle Atocha de Madrid un grupo de una organización fascista vinculada al Sindicato Vertical del Transporte y mataron a cinco compañeros de los que allí estaban e hirieron muy gravemente a otros tres.
Digo que siento pudor porque ante la inmensa tragedia que significó el que murieran algunos de nuestros compañeros, y el dolor de los más cercanos a ellos, me siento incómoda al referirlo como un suceso más, porque tuvo una extraordinaria importancia en el advenimiento de la democracia.

 Por supuesto que a lo largo del franquismo hubo mucho dolor y muertes tan brutales e injustas como las de Javier Sauquillo, Enrique Valdelvira, Ángel González, Javier Benavides y Serafín Holgado, pero estos cinco amigos que mataron el día 24, eran míos porque eran mis compañeros y mis amigos, y su muerte me hace sentir una gran deuda hacia ellos, que lo perdieron todo en un momento mientras los demás seguimos aquí y hemos tenido la inmensa dicha de seguir viviendo.

En todos los trabajos que se han hecho sobre la transición española se habla de aquel asesinato y de cómo se volcó todo Madrid y toda España para expresar su indignación y protesta. Efectivamente, el propio Decano del Colegio de Abogados decidió que la capilla ardiente se instalara en el Salón de los Pasos Perdidos del Colegio de Abogados y él mismo encabezó el cortejo fúnebre a lo largo del jardín de Las Salesas. Los compañeros llevaban a hombros los féretros.

 Ahora, de cuando en cuando, vuelven a reproducir aquellas imágenes gráficas y nos vemos todos protagonistas, sin saberlo, de una última página de la historia de la dictadura franquista: Antonio Doblas, Nacho Montejo, Manolo López, Héctor y Elisa Maravall, Nacho Salorio, Tomás Dupla y tantos otros. Y por supuesto allí también estuvo Barcelona. Recuerdo el abrazo de Montserrat Avilés y la forma de darme el pésame por los amigos muertos de Luis Salvadores.

En junio de aquel año se celebraron las primeras elecciones libres y democráticas y el movimiento de abogados laboralistas cambió. El nuevo panorama de una sociedad democrática transformó nuestros despachos.

Algunos continuaron como despachos independientes, otros se vincularon en alguna medida a las nuevas centrales sindicales y otros se integraron propiamente en asesorías de aquellas. Algunos de nosotros nos fuimos a la judicatura, otros a la Universidad y hasta alguno se quedó fuera de España.

El movimiento de abogados laboralistas fue esencialmente renovador. Renovó la forma de ejercer la profesión convirtiéndola en un instrumento útil para reivindicar una sociedad más justa.

Pusimos nuestro granito de arena en ese objetivo. Aunque desde la perspectiva actual tengo la sensación de que entonces teníamos una perspectiva demasiado maniquea y simplista, ahora que nuestra sociedad es una más entre las sociedades democráticas del privilegiado mundo desarrollado, es evidente que la consecución de mayores cotas de justicia e igualdad es tremendamente compleja.

Sin embargo me gustaría pensar que todos aquellos que participamos en el impulso de aquel gran movimiento renovador tenemos aún ganas de seguir luchando por una sociedad más justa.

 

Manuela Carmena Castrillo  - http://www.lafactoriaweb.com 

Publicado Originalmente en la revista cuatrimestral la factoría*

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