Suscríbete GRATIS al boletín y recibe:
10 ebooks con las lecciones empresariales más representativas de Jack Welch, Kenichi Ohmae, Michael Newman y otros exitosos líderes de primer nivel en el mundo de los negocios...
Al pulsar aceptas los términos de uso y la política de privacidad
O mediante uno de los siguientes servicios:
Aunque ahora, por profesión y por el largo alejamiento mío de
Cataluña, ya no exista ese contacto asiduo, tuve ocasión de saber lo
gravísimo que estaba Alberto unos escasos días antes de que muriera. Me
lo dijo en una reunión de jueces Carles y me aseguró que, aunque estaba
ya tan grave, le gustaría que le llamáramos, y desde Santander le
telefoneé. Oí su voz tranquila y serena y supe que Alberto era capaz de
ofrecer su última y más difícil enseñanza, la de saber morir.
A la semana siguiente, cuando me comunicaron su fallecimiento, sentí el
consuelo de haber hablado tan recientemente con él, y ahora con el paso
del tiempo, aunque no puedo recordar lo que nos dijimos, mantengo viva
una fuerte sensación de la grandeza de su personalidad, expresada en esa
forma de enseñarnos a despedirnos para siempre.
Y por supuesto, si insisto en que esta participación que se me ofrece es
un honor, no lo digo como una pieza de cortesía obligada, sino
consciente de una cierta representatividad de los "no catalanes", que
asumo encantada.
Madrileña de pura cepa, no me tuve por tal hasta que por el "azar" y el
hacer de la dictadura franquista me encontré expulsada, en cierto
sentido, de Madrid y vecina de la ciudad de Barcelona allá en el año
1965. En el año 1965 sucedieron muchas cosas, y todas deprisa, o por lo
menos me sucedieron a mí. Los estudiantes de mi generación, ya todos
cincuentones, quedamos marcados por esa experiencia extraordinaria que
vivimos, pues fuimos capaces de hacer desaparecer el sindicato
falangista que era el único sindicato de estudiantes que existía en
España desde el mismo momento de la finalización de la guerra.
Las Asambleas y las huelgas de los años anteriores trajeron la caída del
SEU como un regalo que no nos esperábamos. Y eso nos hizo ser optimistas
y seguros de nosotros mismos y probablemente algo de esas primeras
conquistas confluyó en la trayectoria de transformación innovadora que
poco a poco se desarrollaba en nuestro país.
Pero esas alegrías también tenían su precio y todos aquellos
protagonistas de la revolución estudiantil de entonces tuvimos todos,
unos más y otros menos, nuestras heridas de guerra. En concreto a un
buen grupo de estudiantes de Derecho se nos había expulsado de la
Universidad de Madrid y, después de mendigar la admisión por otras
Universidades, nos había admitido la de Valencia. Por eso Juanjo del
Águila, Maite García Rodríguez, José María Elizalde, Carlos del Río y
otros más que seguro me dejo, siendo todos estudiantes de Madrid,
acabamos, sin embargo, licenciados por la Universidad de Valencia.
Mientras tanto otros estudiantes de otras carreras como Eduardo Leira
que era de la de Arquitectura, sólo pudo optar entre la Escuela de
Arquitectura de Sevilla y la de Barcelona, y como aquella primera no le
aceptó, tuvo que instalarse en Barcelona.
Eduardo y yo éramos novios entonces. Por esa razón nada más acabar la
carrera en Valencia yo también me fui a vivir a Barcelona. Llegué en
Enero de 1966 y a las primeras personas que visité fueron Alberto y
Montserrat en el viejo despacho que tenían en su propia casa. Además,
Montserrat fue mi madrina cuando me di de alta en el colegio de abogados
de Barcelona.
Los sábados nos reuníamos en casa de ellos todo el grupo de abogados del
Partido Comunista. José Solé Barberà, Augusto Gil Matamala, Luis
Salvadores, Alberto y Montserrat, y yo éramos los más asiduos. Luego
todos nosotros, nos reuníamos cada dos por tres con todo el grupo de
abogados catalanes que en aquellos años se movía en torno a la
reivindicación de la democracia, Derechos Humanos, etc. Fueron solo dos
años los que viví en Barcelona, pero muy intensos y que me ayudaron
infinitamente en mi evolución personal. Espero que sirvieran también en
algo para consolidar el fuerte movimiento de abogados laboralistas que
más tarde se iba a extender por todo el país.
No puedo pretender hacer una exposición de lo que fue la historia del
movimiento de abogados laboralistas desde mediados de los años sesenta
hasta muy entrados los ochenta. Esa historia está por hacer y ojalá
estos pequeños artículos de homenaje y recuerdo a Alberto nos sirvan
para poner manos a la obra.
Es posible que las generaciones que fuimos protagonistas del antes,
durante y después de la transición viviéramos tan deprisa y tanto que no
hayamos encontrado tiempo suficiente para sentarnos a hacerlo. Abordar
esa tarea le hubiera gustado a Alberto y por eso me atrevo a esbozar
unos recuerdos y apuntar unas reflexiones sobre lo que fue el movimiento
de abogados laboralistas de Madrid y su relación con el de Barcelona.
A lo largo de la dictadura franquista, se mantuvo una estructura de
abogados que, por ser más liberales o claramente de izquierdas y,
especialmente, del Partido Comunista, estuvieron dispuestos a afrontar
con todo su valor la defensa de las personas que eran detenidas,
condenadas y ejecutadas. Por supuesto que, hasta que se crea el Tribunal
de Orden Público.
El enjuiciamiento de las personas opuestas a la dictadura se produce ante los Tribunales Militares, donde no está prevista la defensa de los acusados por abogados civiles. Por eso, aunque por lo que yo sé siempre se intentaba que hubiera algún abogado de confianza cerca de los acusados, cuando cobra importancia la defensa de los Abogados Civiles es cuando se sustituye la generalidad de la Justicia Militar por la Civil.
En torno a los años sesenta, María Luisa Suárez, Antonio Mortecinos, Antonio Rato, Jaime Miralles, Pepe Jiménez de Parga, Joaquín Ruiz Jiménez, defienden en el Tribunal de Orden Público y hacen todo lo que pueden por mejorar el resultado de los procesos y las condenas posteriores en las prisiones.
Pero es precisamente en el año 1965, cuando en Madrid María Luisa Suárez, Pepe Jiménez de Parga, Antonio Esteban y Antonio Montesinos establecen un despacho colectivo con un único cometido: ayudar al movimiento obrero que Comisiones Obreras está organizando.
Y en esa estructura aparecemos los entonces jovencísimos abogados,
curtidos en asambleas y reuniones estudiantiles de todo tipo, que sin
embargo no sabemos nada de Derecho, aunque tenemos soltura y una
confianza arrolladora en lo que se puede conseguir cuando uno se lo
propone.
Los despachos laboralistas de Madrid no hubieran podido surgir si no
hubiera sido por ese grupo de abogados heroicos que resistieron año tras
año defendiendo los Derechos Humanos y las Libertades, pero tampoco
hubieran podido ser lo que fueron si no estuvieran a punto esos nuevos
colectivos de jóvenes abogados dispuestos a comernos el mundo.
La creación de los despachos laboralistas fue una medida de una sagacidad política espectacular y, en mi opinión, su iniciativa se debió fundamentalmente a la originalidad del diseño de las bases de Comisiones Obreras.
Por supuesto que, nada más empezar su andadura, estos despachos se
extendieron rápidamente y se abrieron a distintos estilos de personas,
que en esos momentos estaban muy condicionados por las maneras del
pensar político, o, quizás mejor dicho, por las agrupaciones humanas que
se aglutinaban en torno a unas u otras siglas.
En esa medida creo que los que estábamos entonces en el seno del Partido
Comunista nos beneficiamos de una estructura con una formación jurídica
más completa y, los nuevos abogados laboralistas, de la experiencia
jurídica y política de los abogados clásicos en el partido.
Comisiones Obreras empezó una conquista por los puestos representativos
de los sindicatos, a la vez que un movimiento reivindicativo de los
derechos de los trabajadores, aunque, lógicamente, en el sistema
jurídico de aquellos años no existían los derechos claves de una
democracia y por tanto no había ni derecho de huelga ni de sindicación
libre ni la reivindicación de otros derechos ofrecía un gran campo. La
característica de la regulación laboral de aquellos derechos era
curiosa.
Un cierto paternalismo había desarrollado "en teoría" un contingente
importante de Derechos Laborales. Las antiguas Leyes de Contrato del
Trabajo, Seguridad e Higiene, Seguridad Social etc. reconocían derechos
a los obreros que, sin embargo, se incumplían de una forma manifiesta.
Por tanto, había mucho que reclamar. Y ahí es donde la importancia de
los despachos laborales fue trascendente.
Comisiones Obreras y otros grupos obreros de carácter diferente, como los "vinculados a la JOC", desconfiaban del Sindicato Vertical. Éste, en torno a los años sesenta, se había convertido en un elemento claramente controlado por los sectores empresariales y provisto de una importante burocracia.
Los abogados de los Sindicatos Verticales eran funcionarios públicos,
supongo que mal pagados, y que normalmente huían de esos puestos de
trabajo cuando las circunstancias se lo permitían. Por eso era tan
importante contar con una defensa jurídica comprometida en conseguir los
objetivos de reivindicar los Derechos Laborales más inmediatos y forzar
el cambio para conquistar lo esencial de los derechos de la clase
obrera.
El movimiento de Comisiones Obreras se extendió como la espuma en todas
las ciudades y pueblos industriales de España y los despachos
laboralistas también.
El primer despacho laboralista de Madrid, el de la Calle de la Cruz nº16, sé multiplicó geométricamente y pronto, Cristina Almeida, Carlos Sánchez Montero y Jesús García Varela se marcharon de allí y crearon uno nuevo en la calle de Modesto Lafuente. Yo misma con Elisa Maravall, Nacho Montejo y José Luis Nuñez nos fuimos y organizamos el despacho de la calle de Atocha. Mientras tanto desde sectores vinculados a las corrientes sociales de la Iglesia, Paquita Sauquillo y Juan Canet empezaban a constituir también otros despachos.
En poco tiempo muchos enlaces sindicales eran miembros de Comisiones Obreras o estaban relacionadas con ella en alguna medida. Y era tarea de esos representantes de los trabajadores el que se cumplieran los Derechos Laborales que habían sido recogidos en la Ley de Contrato de Trabajo, las Reglamentaciones Laborales correspondientes, los Convenios Colectivos, los Decretos de Salarios Mínimos, etc.
Ellos hacían reuniones en los centros de trabajo, recogían firmas,
buscaban adhesiones y nosotros hacíamos las reclamaciones en las
Magistraturas de Trabajo. Lo mejor de todo es que en muchísimas
ocasiones ganábamos los asuntos.
Poco a poco, fuimos aprendiendo Derecho Procesal, Derecho Laboral y
técnicas también específicas para planificar la estrategia de estas
reclamaciones laborales basadas en actuaciones que hasta ese momento no
habían sido habituales en las Magistraturas de Trabajo de entonces. En
muchas ocasiones pedíamos a los obreros que acudieran a las vistas de
los juicios y las más bien pequeñas salas de vista del edificio de la
Magistratura de Trabajo de Madrid en la calle de Martínez Campos se
llenaban a rebosar.
Nosotros nos lucíamos, hacíamos buenos discursos y éramos agresivos
con las preguntas que era preciso hacer en el transcurso de las pruebas,
tanto a las Empresas como a los testigos. Por último recurríamos a la
prensa, aquélla que pretendía ganar espacio de libertad, echaba órdagos
a las autoridades políticas y estaba deseosa de difundir noticias de
conflictos laborales.
Según una encuesta de la época en la Gaceta de Derecho Social, la
actividad de las Magistraturas de Trabajo se había duplicado de 1965 a
1971, mientras que desde su creación en 1949 hasta 1964 se mantuvo
prácticamente estancada.
Nuestro trabajo fue bueno y fue posible porque la propia dinámica del desarrollo del país exigía, de una u otra forma, más libertad y más democracia. Sin embargo de todo eso no se podía aún ni hablar.
La presencia en la Magistratura de Trabajo de los nuevos abogados laboralistas fue un impacto. Y no era para menos ya que, además de antifranquistas, éramos un poco "hippys" La Universidad era una caldera en continua evolución y, para que no faltara de nada, convergía en ella el eco de la ebullición de otros países desarrollados en los que también se producían movimientos estudiantiles.
En Estados Unidos, la guerra del Vietnam y la lucha por los Derechos
Civiles de los ciudadanos de color había generando ese movimiento, a mi
entender tan bello, que fue el de los "hippys" En Francia, el Mayo de
1968 nos había acercado aún más esas protestas que venían envueltas en
unos términos que se nos antojaban maravillosos: "¡Haz el amor y no la
guerra!" Y "¡La imaginación al poder!".
Era lo único que nos faltaba para autoafirmarnos como un colectivo
diferente en todos los aspectos. Y quizás por eso los despachos
laboralistas que se fueron confirmando aquellos años, fueron tan
diferentes de los despachos de los abogados que nos habían precedido en
la lucha antifranquista. Íbamos a la Magistratura con vaqueros, los
chicos con el pelo largo, barba y pantalones de campana, y nosotras con
rizos, collares y faldas largas y, a pesar de todo, ganábamos muchas
veces.
El trabajo de los enlaces sindicales no era, ni mucho menos, jauja. La
represión funcionaba y las viejas conciencias respondían como siempre:
amenazas, detenciones, despidos y condenas en el Tribunal de Orden
Publico.
Por eso el trabajo de los abogados laboralistas, que se definía a sí
mismo como la especialización jurídica en los derechos de los
trabajadores, también tenía que actuar en el Tribunal de Orden Publico.
Este Tribunal fue, naturalmente sin planteárselo, un elemento aglutinante entre unos y otros despachos de las distintas partes del Estado español. Después de cada uno de mayo había casi con seguridad un sumario en el Tribunal de Orden Publico por cada una de las más importantes concentraciones que se habían producido en las grandes ciudades.
Y cuando los compañeros de Barcelona venían a celebrar con sus
clientes los juicios en el Tribunal de Orden Publico nos reuníamos a
comer, a cenar o nos prestábamos las casas y aprovechábamos para
intercambiar ideas y experiencias.
Para los amigos de los grandes despachos en torno al Partido Comunista (
que éramos el de la calle la Cruz, luego calle Alcalá, los dos de
Atocha, y el de la calle Españoleto), el despacho de Alberto y
Montserrat siempre era un modelo a imitar, su organización siempre nos
parecía mas acabada y planificada. Y no sólo porque seguían siendo en
muchos aspectos nuestros maestros, sino porque también se evidenciaba el
ambiente más liberal y permisivo que respiraba Barcelona. "Estáis mas
cerca de Europa" les decíamos y los envidiábamos de todo corazón.
Pero no era solamente eso. Barcelona era una plaza con unas
Magistraturas de Trabajo muchos mas progresistas que el resto del
Estado. La Judicatura Española había sido muy inmovilista y su planta se
había mantenido muy estancada hasta mediados los sesenta.
El incremento de las reclamaciones laborales en los últimos sesenta propiciaba que se convocaran más plazas de Magistrados y eso permitía a una judicatura joven acceder a las grandes ciudades, si optaba por esa especialización.
Un juez de pueblo sabía que tendría que esperar bastante si quería llegar a Madrid de Magistrado de Primera Instancia e Instrucción, sin embargo tenía la posibilidad de adelantarse en el escalafón y llegar antes a poblaciones importantes si se especializaba en materia laboral. Y curiosamente una de las ciudades a las que era más fácil entrar era Barcelona.
De ahí que en sus Magistraturas hubiera titulares más jóvenes
que en el resto del país y entre ellos se extendían unas ideas
progresistas de renovación.
Al mismo tiempo, las huelgas se producían ya en muchas empresas y se
convertían en instrumentos para resolver las negociaciones, a veces
estancadas, de los convenios colectivos. La reacción de las patronales
eran los despidos. Y la forma de conseguir que los despidos por huelga
no resultaran procedentes era uno de nuestros cometidos más importantes.
En ese aspecto Barcelona se convirtió en pionera. Algunos Magistrados de
esa jurisdicción encontraban formas de evitar los despidos de los
huelguistas y en Madrid cuando recibíamos las copias de aquellas
sentencias las guardábamos como reliquias para usarlas en nuestros
propios pleitos.
Hace algunos días me decía un amigo, refiriéndose a experiencias de
estas últimas legislaturas, que en España se pueden hacer cosas cuando
Madrid y Barcelona se ponen de acuerdo. No sé si efectivamente esto es
así, pero, desde luego, en aquellos años la unión entre las dos
culturas, la de la periferia y la del centro fue eficaz. En el despacho
de Alberto y Montserrat se acordó muy pronto confeccionar un boletín de
información sobre todo aquello que pudiera resultar útil para los
obreros, divulgar el Derecho Laboral, Información Sindical y los cauces
para coordinarse en uno y otro ámbito.
En ese Boletín nosotros en Madrid leíamos con envidia sentencias dictadas por la Magistratura de Trabajo de Barcelona, que tardamos mucho en importar a Madrid. Y quizás aceptando ese tirón innovador de la periferia se decidió hacer en Madrid nada menos que una revista que permitiera la divulgación del trabajo que hacíamos los abogados laboralistas con el nuevo movimiento obrero que día a día se formalizaba.
Así fue como se constituyó la Gaceta de Derecho Social. En el editorial de su primer número, donde la presentábamos, decíamos: "Interpretar una nómina, preparar un convenio, estar al día de las cuotas de la Seguridad Social, conocer la legislación laboral, son cuestiones que forman parte de la vida diaria de los trabajadores. Gaceta de Derecho Social nace intentando ser un instrumento eficaz de ayuda, divulgación e interpretación de la problemática laboral.
Aunque realizada fundamentalmente por profesionales, su enfoque
no pretende ser estrechamente técnico y especializado -o, empleando un
término al uso, "tecnocrático"- sino que quiere dirigirse a los
problemas concretos de la clase trabajadora, individual y
colectivamente, aportando una información jurídico laboral con un tono
al mismo tiempo practico y científico."
Esto era lo que pretendíamos y algo debimos lograr. El primer número de
la Gaceta de Derecho Social se publicó en septiembre de 1970 y en
diciembre de 1978 la Constitución Española reconocía la Libertad
Sindical y el Movimiento Obrero Español llegaba por fin a tener la
configuración democrática que precisaba. Releer ahora los contenidos de
esta revistilla nos da una idea del trabajo habitual que desarrollábamos
y de cómo se fue dando cohesión a los esfuerzos. Veamos una lista de
temas que se publicaron durante aquellos años en la Gaceta de Derecho
Social: "Despido por detención",
"Los empleados del Banesto celebran el IV Aniversario de la
reclamación del Plus familiar", "Clasificación de trabajadores fijos en
las empresas agrarias", "Nuevo Decreto sobre Conflictos Colectivos", "La
renuncia de derechos por el trabajador y su jurisprudencia práctica",
"La representatividad de los Jurados de Empresa", "Las vacaciones de los
trabajadores panaderos".
Conforme la Revista se consolidaba y el número de ventas aumentaba se
fueron introduciendo más secciones, en especial separatas de legislación
y recuadros permanentes de los convenios que se iban publicando en los
Boletines Oficiales.
El Consejo de redacción estuvo compuesto inicialmente por Carlos García Valdés, Elvira Landin, Elvira Posada y Juan Lozano. Sin embargo, en el año 1975, el Consejo de Redacción cambia. Se hace más profesional: lo dirige el periodista Antonio Iborra y lo componen muchas más personas, abogados y sindicalistas. Alberto Fina figura junto con Gregorio Peces Barba.
Eran emblemáticos y, además, desde el primer numero de la
revista detrás de ellos estaban todos los despachos laboralistas de
Madrid, a los que se iban sumando firmas de abogados laboralistas de
otras partes de España como autores de artículos o como protagonistas de
noticias como, por ejemplo, la muy detallada de un juicio por huelga en
la Magistratura de Bilbao que acabó con sentencia favorable y en la que
el abogado era de Sevilla y se llamaba Felipe González.
Es curioso seguir el devenir de la Gaceta de Derecho Social porque
representa un poco el transcurrir de los colectivos de abogados
laboralistas. La revista, en torno a los años 1974 y 1975, cada vez es
menos jurídica y más sindical. Era lógico, los dirigentes sindicales
estaban consiguiendo importantes cotas de representatividad, lo que
ampliaba su necesidad de expresión legal e institucionalización.
Ya en torno a los años 1975 y 1976 se empieza a debatir en el seno de
los abogados laboralistas cuál va a ser nuestro futuro. Algunos
compañeros entienden que la esperada libertad sindical va a obligar a
que nosotros, como abogados de los nuevos sindicatos, nos encuadremos en
las Organizaciones Sindicales que van a consolidarse.
Otros, por el contrario, entendemos que no es el camino correcto,
pues nos da miedo la imagen burocrática que recordamos de los abogados
casi funcionarios de la organización sindical franquista. Por supuesto
que el debate aflorará con toda su intensidad después de las primeras
elecciones libres y la posterior promulgación de la Constitución, pero
ya en aquel momento se apuntó un cierto afán de apropiación de unas
estructuras que a todas luces parecen demasiado espontáneas y libres.
Casi me da pudor hablar en estos apresurados recuerdos de una noche que
no puedo dejar de recordar sin que se me salten las lágrimas. La noche
del 24 de enero de 1977 entró en uno de nuestros dos despachos de la
calle Atocha de Madrid un grupo de una organización fascista vinculada
al Sindicato Vertical del Transporte y mataron a cinco compañeros de los
que allí estaban e hirieron muy gravemente a otros tres.
Digo que siento pudor porque ante la inmensa tragedia que significó el
que murieran algunos de nuestros compañeros, y el dolor de los más
cercanos a ellos, me siento incómoda al referirlo como un suceso más,
porque tuvo una extraordinaria importancia en el advenimiento de la
democracia.
Por supuesto que a lo largo del franquismo hubo mucho dolor y
muertes tan brutales e injustas como las de Javier Sauquillo, Enrique
Valdelvira, Ángel González, Javier Benavides y Serafín Holgado, pero
estos cinco amigos que mataron el día 24, eran míos porque eran mis
compañeros y mis amigos, y su muerte me hace sentir una gran deuda hacia
ellos, que lo perdieron todo en un momento mientras los demás seguimos
aquí y hemos tenido la inmensa dicha de seguir viviendo.
En todos los trabajos que se han hecho sobre la transición española se
habla de aquel asesinato y de cómo se volcó todo Madrid y toda España
para expresar su indignación y protesta. Efectivamente, el propio Decano
del Colegio de Abogados decidió que la capilla ardiente se instalara en
el Salón de los Pasos Perdidos del Colegio de Abogados y él mismo
encabezó el cortejo fúnebre a lo largo del jardín de Las Salesas. Los
compañeros llevaban a hombros los féretros.
Ahora, de cuando en cuando, vuelven a reproducir aquellas
imágenes gráficas y nos vemos todos protagonistas, sin saberlo, de una
última página de la historia de la dictadura franquista: Antonio Doblas,
Nacho Montejo, Manolo López, Héctor y Elisa Maravall, Nacho Salorio,
Tomás Dupla y tantos otros. Y por supuesto allí también estuvo
Barcelona. Recuerdo el abrazo de Montserrat Avilés y la forma de darme
el pésame por los amigos muertos de Luis Salvadores.
En junio de aquel año se celebraron las primeras elecciones libres y
democráticas y el movimiento de abogados laboralistas cambió. El nuevo
panorama de una sociedad democrática transformó nuestros despachos.
Algunos continuaron como despachos independientes, otros se vincularon en alguna medida a las nuevas centrales sindicales y otros se integraron propiamente en asesorías de aquellas. Algunos de nosotros nos fuimos a la judicatura, otros a la Universidad y hasta alguno se quedó fuera de España.
El movimiento de abogados laboralistas fue esencialmente renovador. Renovó la forma de ejercer la profesión convirtiéndola en un instrumento útil para reivindicar una sociedad más justa.
Pusimos nuestro granito de arena en ese objetivo. Aunque desde la perspectiva actual tengo la sensación de que entonces teníamos una perspectiva demasiado maniquea y simplista, ahora que nuestra sociedad es una más entre las sociedades democráticas del privilegiado mundo desarrollado, es evidente que la consecución de mayores cotas de justicia e igualdad es tremendamente compleja.
Sin embargo me gustaría pensar que todos aquellos que participamos en
el impulso de aquel gran movimiento renovador tenemos aún ganas de
seguir luchando por una sociedad más justa.
Manuela Carmena Castrillo - http://www.lafactoriaweb.com
Publicado Originalmente en la revista cuatrimestral la factoría*
Buscar recursos sobre
Master internacional desde España (Online)- Becas parciales
Una frase memorable
Acerca de GestioPolis: Qué es GestioPolis — Términos de uso y Política de privacidad — Mapa del sitio — Contácto — Aliados — Contratar publicidad
Derechos de Autor: Los contenidos están bajo la licencia Reconocimiento - No comercial - Compartir bajo la misma licencia 3.0 Unported de Creative Commons a menos que se indiquen derechos de autor específicos. Si desea citar o utilizar públicamente alguno de los contenidos le solicitamos ponerse en contacto con el respectivo autor.
Derechos Reservados sobre el concepto del sitio web GestioPolis.com © 2008 Carlos López