Transformación que difícilmente impulsan las cúpulas políticas y
jurídicas del Estado, casi siempre conservadoras del sistema que les
concede el poder.
¿Cómo salir de este «impasse»? ¿Cómo ir más allá, de las llamadas
retóricas a la sociedad civil y a la iniciativa ciudadana? ¿Cómo hacer
que las propuestas no sean utópicas, sino «eutópicas», situadas en el
tiempo y en el espacio posibles, en un futuro más próximo que lejano y
viables en unos lugares que las pueden recibir, concretar y realizar?
En primer lugar, no hay que ver el sistema político institucional como
un todo homogéneo.
No solamente por las lógicas diferencias ideológicas y de interés entre partidos políticos, sino también por como viven las contradicciones entre valores y principios generales por un lado y normas y prácticas políticas y administrativas por otro.
Otra contradicción bien evidente es la que se da entre el
ámbito político institucional local-regional y el estatal. Es bien
sintomática la revitalización o la aparición ex novo de movimientos
políticos «regionalistas» o nacionalitarios en Europa, el auge del
«municipalismo» tanto en Europa como en América, y la emergencia de
liderazgos fuertes en estos ámbitos.
Por lo tanto, el ámbito institucional, tanto político como judicial,
ejecutivo como legislativo, supraestatal (europeo) como estatal y sobre
todo local y regional, puede ser receptor en muchos casos y impulsor en
otros, aunque menos, de propuestas innovadoras. En cada caso ante cada
tipo de propuestas se manifestarán contradicciones diferentes.
Por ejemplo, la renovación democrática de la política europea
encuentra mucho más eco en el Parlamento europeo que en los Consejos de
ministros (que representan a los gobiernos estatales). La modificación
de los sistemas electorales encuentra una fuerte resistencia en los
partidos estatales y es en cambio esencial para reforzar el ámbito
político regional-local.
Las propuestas renovadoras no pueden depender únicamente de lo que
ocurra en un ámbito contradictorio, pero en el que predomina el
conservacionismo, como es el institucional.
Las contradicciones emergerán si hay una presión política
exterior a las instituciones, social, cultural, que desarrolle
iniciativas que impacten a la opinión pública y modifique la relación de
fuerzas o el equilibrio establecido y que se concrete en propuestas de
cambiar tanto normativas, como prácticas en la vida institucional. Por
lo tanto, sin movimientos cívicos no habrá cambio político y si no lo
hay tampoco habrá respuesta eficaz a los nuevos desafíos del territorio.
Estos movimientos surgen de las propias contradicciones generadas por
los desafíos analizados anteriormente. Las estrategias sobre el
territorio, la «demanda» de ciudad y de espacio público, la
reivindicación del reconocimiento social, político y jurídico, el
rechazo a la exclusión, la exigencia de participación y de comunicación,
etc. incitan a la acción a diversos colectivos de población en tanto que
ciudadanos o «demandantes» de ciudadanía.
Una cultura política nueva
Ahora bien, en la medida que nos encontramos ante problemáticas nuevas
se requiere también una cultura política nueva que construya un discurso
que proporcione legitimidad y coherencia a los movimientos cívicos. Si
no es así se corre el riesgo de acentuar la fragmentación territorial y
sociocultural, de dar una imagen anacrónica o corporativa de las
iniciativas cívicas (que puede ser real si les falta un anclaje
universalista) y de depender únicamente de cómo se resuelvan en cada
caso las contradicciones en el sistema institucional establecido.
Por esta razón estamos en un periodo en el que el rol de los
«intelectuales» (en un sentido «gramsciano») se convierte en decisivo
. Si a finales del siglo XVIII se construyeron las bases de la cultura democrática en un sentido civil y político, que tuvieron su máxima expresión en las revoluciones americana y francesa pero que sólo se «universalizaron» y aun parcialmente en los siglos siguientes. Si a finales del XIX el movimiento obrero y socialista puso en primer plano la cuestión de los derechos económicos y sociales, que dieron lugar a las revoluciones de base proletaria y, sobretodo, al welfare state.
Ahora nos corresponde asumir no sólo el combate por la plena
realización y su adecuación a las circunstancias actuales, de estos
valores y objetivos universalistas, sino también los nuevos valores y
objetivos que nos permitan dar respuesta a los nuevos desafíos (que a
veces se denominan derechos 3ª generación, especialmente en la cultura
de la ecología política).
Nos parece que un camino útil es el seguido históricamente por todos
aquellos que han promovido el cambio en nombre de los derechos de las
personas. Es decir, en nombre de la “ciudadanía”, de los sujetos activos
e iguales en derechos. La revolución americana se presenta como una
exigencia de ciudadanía (cuya expresión más radical y muy actual es
Thomas Paine).
La revolución francesa proclama los «derechos del hombre» y define a todos los franceses como «citoyens» (tan es así que los partidarios del «ancien regime» se les denomina miembros del «partido de los extranjeros»).
El movimiento obrero y socialista parte de la crítica de la contradicción entre derechos formales y derechos reales, entre las posibilidades que ofrece la nueva sociedad industrial y las opresiones y exclusiones a las que da lugar. Siempre en todos los procesos de cambio hay un punto de partida común: la exigencia de unos derechos que aparecen como legítimos pero negados a muchos, como potenciales pero no realizados. E
l objetivo histórico del socialismo europeo así como de los
movimientos populares latinoamericanos del siglo XX ha sido convertir a
las clases trabajadoras y en general a los excluidos en ciudadanos. Y en
consecuencia su objetivo político principal fue conquistar los derechos
que los harán ciudadanos mediante nuevas instituciones económicas,
sociales y políticas (welfare state, planificación económica,
contractualización de las relaciones laborales, etc.).
Ahora y para concluir este trabajo vamos a intentar aportar una
contribución a esta redefinición y ampliación de derechos de la
ciudadanía a partir del tipo de respuestas que hemos dado a los desafíos
citados en los puntos anteriores. Todo ello sin pretender ni mucho menos
proponer un catálogo exhaustivo.
Los nuevos derechos de ciudadanía
* Derecho al lugar: la gente tiene derecho a mantener su residencia en
el lugar donde tiene sus relaciones sociales, en sus entornos
significantes. O a tener otro de su libre elección.
* Derecho al espacio público y a la monumentalidad: es el complemento
necesario del anterior. Hay que dotar los lugares de significado y de
calidad urbana.
* Derecho a la identidad colectiva dentro de la ciudad: la organización
interna del espacio urbano debe facilitar la cohesión sociocultural de
las comunidades (barriales, de grupos de edad, étnicas, etc.).
* Derecho a la belleza, al lujo del espacio público, a la visibilidad de
cada zona de la ciudad. Cada parte de la ciudad debe tener su atractivo
para los otros.
* Derecho a la movilidad y a la accesibilidad: hay que tender a igualar
las condiciones de acceso a las centralidades y la movilidad desde cada
zona de la ciudad metropolitana.
* Derecho a la centralidad: todas las áreas de la ciudad metropolitana
deben poseer lugares con valor de centralidad y poder acceder con igual
facilidad a los centros urbanos o metropolitanos.
* Derecho a la ciudad: es la suma de los derechos anteriores, es decir
el derecho de ejercer el conjunto de libertades urbanas. La oferta
urbana global debe ser accesible, conocida y con posibilidad de ser
usada por todos los que viven en la región metropolitana.
* Derecho al acceso y al uso de las tecnologías de información y
comunicación: Las administraciones públicas no sólo deben proteger y
garantizar este derecho sino también utilizar las TIC para democratizar
realmente al acceso de todos a los servicios de interés general.
* Derecho a la ciudad como refugio: La ciudad debe asumir áreas de
refugio para aquellos que por razones legales, culturales o personales
necesiten durante un tiempo protegerse de las instituciones, en tanto
que éstas no son capaces de protegerlos. Por otra parte estas
áreas-refugios forman parte de la oferta urbana como aventura
transgresora.
* Derecho a la protección por parte del gobierno de proximidad ante las
instituciones políticas superiores y las organizaciones y empresas
prestadoras de servicios: El gobierno local debe actuar de defensor de
oficio de los ciudadanos en tanto que personas sometidas a otras
jurisdicciones y también en tanto que usuarios y consumidores.
* Derecho a la justicia local y a la seguridad: Hoy la justicia es
inaccesible para la mayoría de ciudadanos (por su coste, lentitud,
etc.). La seguridad es vista principalmente en términos de represión y
se plantean políticas de seguridad sobre todo cuando la «inseguridad»
afecta a sectores medios y altos y a agentes y representantes de las
instituciones. La justicia local, de base municipal y la seguridad como
actuación concertada entre la institución local y la sociedad civil
organizada es hoy una demanda inaplazable de las mayorías ciudadanas, en
la medida que puede asegurar una prevención más eficaz y si es preciso
una reacción sancionadora más rápida.
* Derecho a la ilegalidad: Paradójicamente tanto los colectivos sociales
como, a veces, las instituciones locales deberían asumir el coste de
promover iniciativas ilegales o alegales para convertir una demanda no
reconocida en un derecho legal (por ejemplo, para obtener la reversión
de uso de espacio público congelado por una institución estatal).
* Derecho a la innovación política: Los gobiernos locales y regionales
deben recoger las demandas sociales para innovar en cuanto a sistemas
electorales, mecanismos de participación, instrumentos de planeamiento y
de gestión, etc. (por ejemplo, el planeamiento estratégico es una
innovación política aun no recogida por el derecho público).
* Derecho al empleo y al salario ciudadano: El ámbito urbano-regional
debe garantizar un rol social que proporcione ingresos monetarios es
decir remunerados al conjunto de la población activa. Además de las
iniciativas generadoras de empleo (por ejemplo, servicios de proximidad,
ecología urbana, etc.), es en este ámbito que se pueden experimentar y
gestionar algunas formas de «salario ciudadano».
* Derecho a la calidad del medioambiente: Como derecho a una calidad de
vida integral y como derecho a preservar para las generaciones futuras.
Este derecho incluye el uso de los recursos naturales y energéticos, el
patrimonio histórico-cultural y la protección frente a las agresiones a
la calidad del entorno (contaminaciones, congestiones, suciedad,
fealdad, etc.).
* Derecho a la diferencia, a la intimidad y a la elección de los
vínculos personales: Nadie puede sufrir discriminación según sus
creencias, sus hábitos culturales o sus orientaciones sexuales, siempre
que se respeten los derechos básicos de las personas con las que se
relacione. Todo tipo de vínculo personal libremente consentido (por
ejemplo, parejas homosexuales) merece igual protección. No hay un modelo
de vida personal o familiar que tenga derecho a más protección que otro.
* Derecho de todos los residentes en una ciudad a tener el mismo status
político-jurídico de ciudadano: Y por lo tanto igualdad de derechos y
responsabilidades. La ciudadanía debe distinguirse de la nacionalidad
(que en el marco de la globalización y de las uniones políticas
supraestatales debe perder su actual carácter absoluto es decir la
facultad de proporcionar un estatuto diferenciado).
Es la relación con un territorio -con un entorno social- lo que
debe determinar el estatuto legal.
* Derecho a que los representantes directos de los ciudadanos tanto
institucionales (gobierno local y/o regional) como sociales
(organizaciones profesionales, económicas, sindicales, territoriales,
etc.) participen o accedan a las conferencias y organismos
internacionales que tratan cuestiones que las afectan directamente.
* Derecho de los ciudadanos a igual movilidad y acceso a la información
similar a la que poseen los capitales privados y las instituciones
públicas. Derecho a acceder a todo tipo de información emanada de los
organismos públicos y de las empresas de servicios de interés general.
Derecho a la movilidad física completa en los espacios políticos y
económicos en los que se encuentran inmersos.
Derecho al uso social de las actuales tecnologías de
información y comunicación, especialmente en las relaciones con las
Administraciones públicas (por ejemplo, ventanilla única).
* Derecho de los gobiernos locales y regionales y de las organizaciones,
ciudades a constituir redes y asociaciones que actúen y sean reconocidas
a escala internacional. Este derecho incluye tanto el reconocimiento por
parte de las NNUU y de todos sus organismos y programas como de
organizaciones mucho menos transparentes (como la Organización mundial
del comercio o el Banco Mundial).
La regulación de los procesos globalizados no la realizarán
únicamente los gobiernos de los Estados y los grandes grupos económicos
como el fracaso del AMI acaba de demostrar.
* Derecho a desarrollar una identidad colectiva como comunidad de ámbito
regional-urbano y a conquistar la cota de autogobierno que ésta misma
comunidad determine libremente, con la sola condición de que no excluya
a ningún habitante del territorio de ninguno de los derechos de los
ciudadanos del mismo.
Un triple proceso
El desarrollo y la legitimación de estos derechos dependerán de un
triple proceso:
* Un proceso cultural, de hegemonía de los valores que están en la base
de estos derechos y de explicitación o especificación de los mismos.
* Un proceso social, de movilización ciudadana para conseguir su
legalización y la creación de los mecanismos y procedimientos que los
hagan efectivos .
* Un proceso político-institucional para formalizarlos, consolidarlos y
desarrollar las políticas para hacerlos efectivos.
En la medida que en muchos casos estos derechos aparecen como una
novedad política y no tienen aun el suficiente arraigo social, el rol de
los intelectuales, a la vez como fuerza sociocultural y como colectivo
capaz de definir los contenidos y las motivaciones de estos derechos, es
hoy fundamental. En esta etapa histórica el desafío que el territorio
plantea a la intelectualidad exige un gran coraje moral y una
considerable audacia política.
Jordi Borja - http://www.lafactoriaweb.com
Publicado Originalmente en la revista cuatrimestral la factoría*
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