La ciudadanía se origina en las ciudades, caracterizadas por la densidad, la diversidad, el autogobierno, las normas no formales de convivencia, la obertura al exterior,... Es decir, la ciudad es intercambio, comercio y cultura. No es solamente "urbs", es decir, concentración física de personas y edificios.
Es "civitas", lugar del civismo, o participación en los
quehaceres públicos. Es "polis", lugar de política, de ejercicio de
poder.
Sin instituciones fuertes y representativas no hay ciudadanía. El
status, los derechos y deberes reclaman instituciones públicas para
garantizar el ejercicio o el cumplimiento de los mismos.
La igualdad requiere acción pública permanente, las libertades
urbanas soportan mal las exclusiones que generan las desigualdades
económicas, sociales o culturales. La ciudadanía va estrechamente
vinculada a la democracia representativa para poder realizar sus
promesas.
La democracia local, históricamente, contribuyó al progreso de la
democracia política del Estado moderno. En los siglos XVIII y XIX se
producen los procesos de unificación de territorios que mantenían formas
de gobierno y status de los habitantes diversos.
Hay un proceso de universalización de la ciudadanía. Ya no es un status atribuido a los habitantes permanentes y reconocidos de las ciudades, que puede ser diferente en una de la otra, sino el status "normal" de los habitantes "legales" del Estado Nación.
La ciudadanía vincula a la nacionalidad. Las revoluciones del
siglo XVIII, la americana y la francesa, se hacen en nombre de los
"ciudadanos", y la "nación" es la comunidad de ciudadanos, libres e
iguales, tanto es así que los partidarios del dominio británico o de la
monarquía francesa no son considerados "ciudadanos" sino "extranjeros".
Desde entonces hasta ahora corresponde al Estado Nación tanto la
determinación del status político-jurídico del ciudadano como el
desarrollo de las políticas públicas y de las instituciones para darle
contenidos (derechos de asociación y elecciones, sistemas públicos de
educación, etc.).
La democracia representativa liberal no garantiza por ella misma el
ejercicio real de la ciudadanía, ni parte, desde el inicio, de un
catálogo de derechos y deberes válidos para siempre.
Se dan, históricamente, dos procesos constructores de
ciudadanía: Ampliación de los derechos formales de las personas (por
ejemplo, derechos políticos para todos, igualdad hombre-mujer, etc.), y
desarrollo de los contenidos reales de los derechos y/o dar nuevos
contenidos mediante políticas públicas (por ejemplo, escuela pública
universal y sistemas de becas u otras formas de ayuda para facilitar el
acceso a la enseñanza no obligatoria como la universidad, servicios de
interés general de acceso universal garantizado, como transporte público
o teléfono, etc.)
Los procesos de desarrollo de la ciudadanía son procesos conflictivos,
de diálogo social y de formalización política y jurídica. Estos procesos
se pueden expresar en dimensiones diferentes, especialmente tres:
Entre movimientos sociales e instituciones, o con otros actores
sociales, como por ejemplo, la lucha por el sufragio universal sin
limitaciones de carácter económico o cultural, o de género, los derechos
de los trabajadores (huelga, negociación colectiva, asociación).
Entre instituciones o sectores de los aparatos del Estado, como entre
parlamento y gobierno, o de estos con el sistema judicial, o con
corporaciones político-profesionales, o Estado-Iglesia, etc.
Entre territorios, o más exactamente entre instituciones o sectores del
Estado y colectivos sociales o culturales vinculados a territorios
determinados (así se incluyen nacionalistas y también ciudades y
colectivos étnicos marginados).
Una primera conclusión: la ciudadanía es un concepto evolutivo,
dialéctico: entre derechos y deberes, entre status e instituciones,
entre políticas públicas e intereses corporativos o particulares. La
ciudadanía es un proceso de conquista permanente de derechos formales y
de exigencia de políticas públicas para hacerlos efectivos.
El carácter evolutivo de los derechos ciudadanos
La distinción habitual entre derechos civiles, derechos políticos y
derechos sociales por parte de la teoría política, especialmente a
partir de T.H. Marshall, con frecuencia se presenta en una versión
simplificada como una sucesión temporal. Los derechos civiles
corresponderían al siglo XVIII, los políticos al siglo XIX y los
sociales al siglo XX. Al siglo XXI corresponderían, posiblemente, los
llamados derechos de cuarta generación, los vinculados a la
sostenibilidad, medioambiente y calidad de vida.
Pero la historia real más bien nos muestra que los derechos citados han
evolucionado y progresado a lo largo del tiempo.
Los derechos civiles, por ejemplo de las mujeres, de los jóvenes, de los analfabetos, del personal de servicio, etc. Se han extendido, y todavía hoy están pendientes reivindicaciones de igualdad (incluso se plantea que los niños, desde el momento del nacimiento, deberían ser titulares de los derechos plenos, aunque los primeros años los padres los subrogasen como "tutores").
De los derechos políticos no hablemos: el sufragio universal, la legalización de todos los partidos políticos, las autonomías territoriales, el desarrollo de la democracia participativa y deliberativa, etc. Son progresos del siglo XX o que todavía están incompletos. Y los derechos sociales, los de Welfare State de último siglo, no sólo con frecuencia son derechos más programáticos que reales (trabajo, vivienda, sanidad, etc.) sino que en algunos casos retroceden debido a la crisis financiera del sector público y a las privatizaciones de muchos servicios.
Por no citar ahora, lo haremos más adelante, los derechos
vinculados a las nuevas realidades tecnológicas, territoriales y
económicas, como el acceso a las "tics" (tecnologías de información y
comunicación), las formas de participación en el gobierno de los nuevos
territorios urbanos-regionales o la regularización de las decisiones
económicas y financieras de los grupos empresariales supranacionales.
La evolución de los derechos que configuran la ciudadanía ha sido el
resultado de un triple proceso: social o sociopolítico, de movilización
de los sectores demandados; cultural, de legitimación de las
reivindicaciones y de los valores que las justifican; y
político-jurídico o institucional, de legalización y de nuevas políticas
públicas.
Por otra parte, no se puede desvincular la conquista de derechos, de los
deberes, como por ejemplo el voto obligatorio, el deber de garantizar la
asistencia de los niños y jóvenes en la escuela, la relación entre el
salario ciudadano y las tareas de carácter social, etc.
Una segunda conclusión: el carácter dinámico o histórico de la
ciudadanía, de los derechos y deberes que configuran el status y la
dialéctica entre el conflicto sociocultural y los cambios legales y
políticos que llevan al desarrollo de la ciudadanía.
Ciudadanía y globalización: los límites de la nacionalidad
La ciudadanía ha ido vinculada a la nacionalidad, es decir, es un status
atribuido por el Estado a los que tienen "su" nacionalidad. Hoy en día
hay que replantear esta vinculación.
Las migraciones son inevitables y en los países del ámbito europeo las
poblaciones de origen no comunitario tienden a estabilizarse de forma
permanente.
Se plantea una cuestión de exclusión político-legal de una población
a la cual no se le reconocen una gran parte de los derechos que
configuran la ciudadanía aunque se trate de personas que residen
indefinidamente en el territorio e que incluso han nacido en él. Tampoco
los ciudadanos europeos que no tienen la nacionalidad del país donde
residen están equiparados en derechos con los "nacionales" a pesar de
las proclamaciones de la Unión Europea.
Las bases sobre las que se sustentaba el Estado-Nación se han
modificado: los conceptos de defensa nacional y de economía nacional han
perdido gran parte de su sentido y por tanto, también el de "soberanía
nacional". No hay razones serias para limitar los derechos de los no
nacionales por cuestiones de "interés nacional" o de patriotismo, la
inserción de los países en entidades supranacionales es un hecho tan
potente como irreversible.
Por otro lado, la globalización conlleva la revalorización de las
entidades subestatales, ciudades y regiones, como ámbitos
socioeconómicos y sobre todo de autogobierno (relativo) y de cohesión
social y cultural. A más globalización, más se debilitan los Estados,
más oportunidad tienen las regiones y las ciudades para fortalecerse.
Y más necesitan los ciudadanos tener poderes políticos próximos
y ámbitos significativos de identificación cultural. En este contexto,
no debe sorprender el renacimiento de las nacionalidades integradas en
Estados. Hoy los ciudadanos ya no se pueden identificar solamente con un
solo ámbito territorial, a menos que se les excluya y se tengan que
refugiar. La ciudadanía, como conjunto de derechos y deberes, no se
puede limitar a un solo ámbito llamado Estado, aunque se defina como
Estado nación.
Esta complejidad, precisamente, podría permitirme resolver el
multiculturalismo que progresivamente se instala en nuestras sociedades.
Entre el comunitarismo de exclusión o marginación y la integración que
quiere disolver las identidades en una, se puede encontrar en una vía
intermedia a partir de admitir la convivencia de colectivos diferentes
sobre la base de su igualdad político-jurídica.
Tercera conclusión: es posible separar nacionalidad de ciudadanía. En el
ámbito europeo sería suficiente establecer una "ciudadanía europea" que
atribuya los mismos derechos y deberes a todos los residentes en
cualquier país de la Unión Europea, con independencia de su
nacionalidad.
Ciudadanía y sociedad fragmentada
La ciudadanía, tal y como se configuró en el siglo XX, se basaba en un
conjunto de premisas que actualmente cabe relativizar, como son:
La homogeneidad de los grandes grupos sociales y la existencia de un
modelo único de familia.
Hoy en cambio vemos como se fragmentan las clases sociales
surgidas de la revolución industrial, como se multiplican los grupos de
pertenencia de cada individuo y como aumenta la necesidad de responder a
demandas individualizadas, el debilitamiento del modelo tradicional de
familia, y a la diversidad de los núcleos elementales de integración
social.
La confianza en la economía para garantizar trabajo, remuneración básica
y expectativa de movilidad social ascendente, y en la educación para
reducir las desigualdades sociales y dar los medios básicos para la
integración social. No hay que insistir en que esta confianza hoy sería
ingenua, pues la economía de mercado puede desarrollarse manteniendo y
aumentando el paro estructural y la precariedad laboral, y la educación
obligatoria ya no garantiza ni la inserción en el mercado de trabajo, ni
la integración sociocultural.
La progresiva desaparición de la marginalidad y la inserción del
conjunto de la población en un sistema de grupos escalonados y
articulados con las instituciones, a partir de la familia, escuela,
barrio, trabajo, organizaciones sociales y políticas, ciudad,
nacionalidad, etc. Todo ello, ordenado para una evolución previsible,
ritos de pasaje y estabilidad relativa de la organización social.
No es el caso hoy, se multiplican los colectivos marginales, las
tribus, las asociaciones o grupos informales particulares, las
comunidades virtuales, etc. Los lazos sociales son más numerosos, en
grupos más reducidos y más débiles.
Hay que redefinir los sujetos-ciudadanos, sus demandas, las relaciones
con las instituciones, las políticas públicas adecuadas para reducir las
exclusiones, etc. Por ejemplo, no se puede tratar a los "sin papeles", a
la población drogadicta, a los jóvenes o niños marginales, a la
población de gente mayor sin rol social, a los parados estructurales
permanentes, etc.
Con los medios tradicionales incluso del estado del bienestar
desarrollado, es decir, con escuela, asistencia social, policía, etc.
Cuarta conclusión: los derechos que configuran la ciudadanía hoy son
mucho más complejos que en el pasado y deben adecuarse a poblaciones
mucho más diversificadas e individualizadas.
De los derechos simples a los derechos complejos
La tipología de derechos simples heredados por la tradición democrática,
tanto liberal como socialista, del siglo XVIII hasta ahora es
insuficiente para dar respuesta a las demandas de nuestra época. Para
facilitar la comprensión de lo que entendemos por derechos complejos
(mejor que decir de cuarta generación) los presentaremos de forma
casuística, sin pretender que los siete tipos que exponemos sean los
únicos o los más importantes:
Del derecho a la vivienda al derecho a la ciudad. No es suficiente
promover viviendas "sociales", ya que puede ser una forma de fabricar
áreas de marginalidad. Hay que hacerlas integradas en el tejido urbano,
accesibles y visibles, comunicadas y monumentalizadas, en conjuntos o
áreas diversas socialmente, con actividades que generen ocupación y
servicios. Y sobre todo, con espacio público de calidad.
Del derecho a la educación al derecho a la formación continuada. La
educación convencional obligatoria no garantiza la inserción social y
profesional. ¡Y tampoco la universitaria! Hay que plantear al derecho
universal (es decir, para todos los que lo necesiten) una formación
continuada que "ocupe" y "genere" ingresos incluso en los períodos de
cambio de actividad o de lugar de trabajo.
Del derecho a la asistencia sanitaria al derecho a la salud y a la
seguridad. Las causas que afectan hoy a la salud y al bienestar son
múltiples: estrés, drogadicción, accidentes de circulación,
alimentación, violencia familiar, delincuencia urbana, etc.
El sistema hospitalario y la red de centros asistenciales son
importantes, pero es una respuesta muy insuficiente si no se inscriben
en un sistema más complejo de prevención, vigilancia, asistencia
personalizada y represión de las conductas que afectan a la salud y a la
seguridad del conjunto de la ciudadanía.
Del derecho al trabajo al derecho al salario ciudadano. Es cierto que el
derecho al trabajo es hoy un derecho "programático", que las autoridades
públicas no pueden garantizar, e incluso las políticas públicas son
menos eficientes que en el pasado para crear o promover puestos de
trabajo.
Razón de más para ampliar este derecho hacia el concepto de "salario
ciudadano", entendido en cualquiera de las acepciones que se han
propuesto actualmente por la doctrina social y económica: salario para
todos desde el nacimiento, o solo a partir de la mayoría de edad, o
aplicable en períodos de no trabajo, o a cambio de trabajo social, etc.
Del derecho al medio ambiente al derecho a la calidad de vida. El
derecho al medio ambiente con frecuencia se entiende exclusivamente
desde una perspectiva preservacionista y de sostenibilidad.
La calidad de vida va mucho más allá. Entiende el medio como protección, recalificación y uso social no solamente del medio natural, también del patrimonio físico y cultural.
Y la calidad de vida como posibilidad de desarrollarse según
las orientaciones personales de cada uno, puede incluir derechos tan
diversos como la privacidad, la belleza, la movilidad, la lengua y la
cultura propias, el
acceso fácil a la administración, etc.
Del derecho a un status jurídico igualitario al derecho a la inserción
social, cultural y política. Es evidente, y lo hemos tratado antes, que
no han desaparecido las exclusiones legales.
El solo hecho de que haya una ley de extranjería ya es una prueba de la existencia de una población discriminada, y la aceptación tácita de población "sin papeles" (para facilitar su sobrexplotación) un escándalo de "capitis diminutio" legal hacia un sector cada vez más importante de la población. Pero unificar, igualar el estatus legal de todas las poblaciones que conviven en un territorio, es importantísimo.
Pero no suficiente. Hacen falta políticas de acción positiva para
promover la inserción y el reconocimiento social de las poblaciones
discriminadas, las de origen extranjero, pero también las que sufren
algunas deficiencias o handicaps físicos o mentales, los niños, o los
ancianos, etc.
De los derechos electorales al derecho a una participación política
múltiple, deliberativa, diferenciada territorialmente, con diversidad de
procedimientos y mediante actores e instrumentos diversos.
Es una paradoja que al mismo tiempo que todo el mundo reconoce la devaluación de los parlamentos y otras asambleas representativas en tanto que las instituciones de gobierno y de bajo nivel de prestigio de los partidos políticos, nuestras democracias otorguen casi el monopolio, o en todo caso el rol principal sobre cualquier otro, a la participación política mediante elecciones de asambleas y partidos políticos.
Actualmente hay un desfase entre una doctrina y múltiples
prácticas sociales de democracia participativa, deliberativa, directa,
etc. Y la resistencia de las instituciones políticas y de los partidos
con representación en los órganos de poder para legalizar y generalizar
formas de participación política más ricas que las estrictamente
electorales (sobre esta cuestión mirar del mismo autor, la ponencia
sobre Participación Ciudadana del congreso de Municipios de Cataluña).
Todos los derechos citados implican, evidentemente, los deberes
correspondientes por parte de sus titulares, sin los cuales los derechos
pierden eficacia para el conjunto de la ciudadanía. El derecho a la
ciudad supone el civismo y la tolerancia en el espacio público, el
derecho a la formación continuada supone el esfuerzo individual para
asumirla, el derecho a la calidad de vida supone un conjunto de
comportamientos para respetar el derecho de los demás, etc.
Ciudadanía y Tecnologías de Información y Comunicación
La llamada sociedad informacional modifica las relaciones entre
instituciones y ciudadanos, y entre los ciudadanos entre sí. Si antes,
como decía Tocqueville, a los dictadores no les importaba que los
súbditos no les quisieran, siempre que tampoco se quisiesen entre ellos,
hoy parece que con las tics a los poderes públicos y económicos no les
importa que los ciudadanos se comuniquen entre ellos, siempre que ello
no les dé más posibilidades de intervenir en la gestión de los
quehaceres públicos o en el control de los agentes económicos.
La democracia digital es todavía lejana, o más exactamente, el uso
democrático de las tics es pobre. Hay obstáculos de diferente tipo que
se oponen, como son:
La disminución desigual de las tics en el territorio y por sectores y
grupos de edad. El analfabetismo informacional.
El carácter dominante de la oferta privada que controla a la vez la
infraestructura, tecnología, servicios y contenidos, lo cual no sucedió
en el pasado con otros medios de comunicación (como el teléfono) Es el
mercado que se impone, lo cual es tan negativo como lo fuera en
educación o medio ambiente.
La débil iniciativa de la oferta pública estatal, que no ha garantizado
unas condiciones mínimas de accesibilidad y de formación, que ha
aceptado la concepción privatizadora de la Unión Europea y no ha
permitido el desarrollo de la iniciativa local (por ejemplo en el
cableado) y que ha demostrado poca capacidad de poner las nuevas tics
tanto al servicio de una relación más fluida entre Administración y
ciudadanos, como para estimular las redes ciudadanas virtuales.
Las experiencias locales, especialmente en Catalunya, son bastante
interesantes, tanto en el ámbito general (Localret), como local, en
algunos casos de iniciativa municipal (por ejemplo Callús), en otros
asociativa (por ejemplo, Ravalnet) pero de alcance limitado. Y en cambio
las tics son hoy un factor clave de integración o exclusión social y
parece urgente plantearse cual debe de ser su contribución al desarrollo
de la ciudadanía.
Nos permitimos solamente apuntar algunos criterios al respecto:
Universalidad, es decir, garantizar el acceso y la formación de toda la
población (por ejemplo, venta de ordenadores a precios "políticos" y
monitores-formadores para barrios y escuelas)
Gratuidad para determinadas funciones de interés general (por ejemplo
vinculadas a la participación ciudadana) o para la prestación de
servicios básicos (por ejemplo, mediante la ventanilla única).
Dominio público de la infraestructura y control público de la tecnología
para garantizar su uso para todos los usuarios potenciales.
Políticas públicas para orientar servicios y contenidos (que no
dependan, como ahora, de la competencia imperfecta y de segmentos de
mercado solvente)
Iniciativas políticas ciudadanas para hacer de un "gadget" (o de un
instrumento de trabajo) un elemento de socialización.
Las TICS son una gran oportunidad para relacionar contenidos universales
o globales con refuerzo de las identidades locales o particulares. Es el
reto más actual de la ciudadanía.
Ciudadanía y territorio
Los territorios de nuestra vida social son hoy más complejos y difusos
que en el pasado. El esquema barrio-cotidianidad ya no vale para mucha
gente. La ciudad como ámbito delimitado, diferenciado del territorio del
entorno, espacio del trabajo y del consumo, aventura de libertad
ofrecida al niño y al joven, se ha hecho a la vez menos accesible y más
dispersa, sin límites precisos ¿Es todavía posible la ciudad como
experiencia iniciática? Sí, seguramente es posible y necesaria, pero es
necesario que se den algunas condiciones.
Conviene que las políticas del territorio delimiten hasta cierto punto
los barrios, los centros, los monumentos, los límites de la ciudad. Es
difícil asumir o construir la propia ciudadanía si vives en ámbitos muy
reducidos en unos aspectos y muy confusos en otros, o muy especializados
casi siempre.
Hacen falta centralidades múltiples y heterogeneidad social y
funcional en cada área de la ciudad. Y distinciones claras, entre los
centros y los barrios, entre los espacios de la cotidianidad y los de la
excepcionalidad, son necesarios espacios seguros, pero también algunos
que representen el riesgo, la oportunidad de la transgresión. Vivimos en
ciudades plurimunicipales, es una oportunidad de vivir la ciudad a
escalas diferentes, pero que sean comprensibles.
La calidad del espacio público es hoy una condición principal para la
adquisición de la ciudadanía. El espacio público cumple funciones
urbanísticas, socioculturales y políticas. En el ámbito de barrio es a
la vez el lugar de vida social y de relación entre elementos
construidos, con sus poblaciones y actividades.
En el nivel de ciudad cumple funciones de dar conexión y continuidad a los diversos territorios urbanos y de proporcionar una imagen de identidad y monumentalidad. El espacio público, si es accesible y polivalente, sirve a poblaciones diversas y en tiempos también diversos. Hace falta también un espacio público "refugio", o espacio de transgresión. Y espacios de fiesta y de gesta, como diría Salvat-Papasseit, de manifestación.
El espacio público es el lugar de la convivencia y de la
tolerancia, pero también del conflicto y de la diferencia. Tanto o más
que la familia y la escuela son lugares de aprendizaje de la vida
social, el descubrimiento de los otros, del sentido de la vida.
El territorio, la ciudad, son también el espacio que contiene el tiempo,
el lugar del patrimonio natural y cultural.
El reconocimiento del patrimonio, o patrimonios, del paisaje, de la arquitectura, de la historia, de las fiestas y de los movimientos sociales, de las poblaciones y actividades sucesivas,... Forma parte del proceso de adquisición de la ciudadanía, de la construcción de las identidades personales y colectivas. Conocer y descubrir la ciudad en sus dimensiones múltiples es conocerse a uno mismo y a los demás, es asumirse como individuo y como miembro de comunidades diversas.
Este es un descubrimiento más reciente, ya no somos solamente
de un barrio, de una clase social, de una religión. Somos múltiples en
cuanto identidades y pertenencias, podemos entender mejor la diversidad
de nuestra sociedad.
En el territorio "local" vivimos también la globalidad. Formamos parte
de comunidades virtuales, nos relacionamos con el mundo. Vivir la
dialéctica local-global es indispensable para no convertirnos en un ser
marginal, asumir a la vez las identidades de proximidad y las relaciones
virtuales es darse los medios para ejercer la ciudadanía y para
interpretar el mundo, para no perderse. Y conocer a los demás a través
de la proximidad virtual puede ser una contribución decisiva para
aceptar y entender a los demás, vecinos físicos pero no desconocidos
culturales. La cultura global debería de desterrar la xenofobia local.
Es en el espacio local que los valores, las lenguas, las culturas se
encuentran, pueden convivir y relacionarse. La ciudadanía supone la
igualdad, no la homogeneidad. Los derechos culturales de los ciudadanos
deben garantizar, tanto la preservación y el desarrollo de las
identidades originarias (lenguas, historias, costumbres...) como las
relaciones entre ellas. Las fusiones, ni son imprescindibles, ni son
negativas, son a la vez inevitables y parciales.
En resumen, y perdón por la solemnidad, hoy Ciudad y Ciudadanía son, a
mi parecer, un gran reto. Si lo asumimos y encontramos las buenas
respuestas podremos dar un nuevo sentido laico a nuestra vida.
Jordi Borja - Publicado Originalmente en la revista cuatrimestral la factoría* http://www.lafactoriaweb.com
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