La fascinante revolución tecnológica que hoy vivimos ha acelerado la
velocidad de la historia humana; ha compactado nuestra actividad, al
violentar las distancias y hacernos interactuar mundialmente a la
velocidad de nuestros ordenadores. Hoy las fronteras se han vuelto
porosas a las influencias culturales, los flujos de capital y de
información.
"Todo ha cambiado, excepto nuestro pensamiento", nos advirtió Einstein
al inaugurar la era nuclear.
La humanidad ha quedado enjaulada en una arquitectura institucional,
-local y mundial- que se torna obsoleta e incapaz de responder con
eficacia a los retos de la cambiante realidad. Pero, sobre todo, vivimos
atrapados por nuestro imaginario moderno, axiomas civilizatorios y mitos
culturales.
La Biblia -considerada, al margen de creencias religiosas, un libro de
sabiduría-nos alerta al respecto: "(...) nadie echa vino nuevo en odres
viejos; de otra manera, el vino nuevo rompe los odres, y se derrama el
vino, y los odres se pierden; mas el vino nuevo en odres nuevos se ha de
echar." "1"
Seguimos vertiendo nuestra nueva realidad tecnológica en viejos odres
institucionales que no pueden ya contenerla. De ese modo -para decirlo
como Hegel-, lo racional deviene irracional. El siglo que ahora
despedimos fue testigo, en innumerables ocasiones, de la aplicación
bárbara -en lo social y ecológico-, del progreso tecnológico alcanzado.
La cibernética nos informa que los parámetros de un sistema sólo pueden
controlarse desde otro sistema de mayor complejidad. La complejidad del
actual orden mundial no es ya gobernable desde la institucionalidad que
emergió al finalizar la II Guerra Mundial. Mucho menos puede serlo desde
los axiomas éticos del imaginario moderno, cuyas raíces más distantes
sobrepasan ya cinco siglos.
El obsoleto paradigma moderno
El desarrollo tecnológico ha tornado obsoletos los axiomas que
sustentaban el paradigma moderno:
* dado el ritmo de contaminación del ecosistema y la capacidad de las
nuevas tecnologías para su explotación, ha dejado de ser cierto que éste
tiene la capacidad de absorber y reciclar de modo natural los desechos y
la devastación de nuestras sociedades;
* el crecimiento económico está enfrentando una crisis derivada de los
patrones industrializadores y de consumo en los que está basado, y de la
depauperación de la población mundial a la que ha conducido el esquema
de explotación periférico por los países desarrollados;
* el progreso tecnológico lejos de traer el progreso social ha sido
puesto al servicio ya de dos guerras mundiales y de una secuela de
dramáticos conflictos, al tiempo que ha situado a la humanidad pendiente
del frágil hilo de un accidente genético o nuclear;
* el creciente consumo, tampoco ha aportado una vida más feliz a aquella
parte minoritaria de la humanidad que lo ejerce a espaldas de la mayoría
de los habitantes de nuestro planeta. La noción de que "no sólo de pan
vive el hombre" cobra fuerza en sociedades de alto desarrollo
tecnológico sumidas en creciente alienación;
* la Razón moderna, tampoco ha materializado a plenitud el reino de
libertad, igualdad y fraternidad que prometió cuando puso fin al mundo
que la precedió;
* el destino del ecosistema y de la humanidad está hoy "fuera de todo
control racional", precisamente por el empeño de continuar aplicando los
conceptos de la razón moderna, a un mundo ya cambiado radicalmente por
ella;
* el modelo de familia nuclear, patriarcal, monógama y heterosexual ha
sido puesto en crisis en sus funciones económicas y socializadoras, por
la propia dinámica que traen aparejadas las nuevas tecnologías de la Era
de la Información.
A mediados del siglo XX el paradigma moderno, la creencia en el valor
supremo del conocimiento como vehículo del progreso y la felicidad, por
vía de la racionalización de los procesos naturales y sociales, daba ya
señales de agotamiento.
Entendemos por civilización el modo específico de relacionarse una
sociedad consigo misma y su entorno mediante el empleo de un sistema
tecnológico cuyo uso tiende a impactar a todas las esferas de la
actividad social y a universalizarse en un estadio histórico prolongado.
Las técnicas de caza/recolección de alimentos, agropecuarias,
industriales y cibernéticas corresponden a los principales procesos
civilizatorios que ha conocido la historia humana.
Cultura por otra parte, es el conjunto de estructuras sociales, valores,
mitos y vigencias generales en que una sociedad organiza su modo de vida
y convivencia y asume, desde ellos, un proceso civilizatorio específico.
Las dos culturas centrales a la organización moderna, capitalismo y
socialismo de estado, compartieron los axiomas del paradigma moderno en
el marco de la civilización industrial, del mismo modo que Atenas y
Esparta, disímiles y enfrentadas, constituyeron culturas alternativas de
la civilización agrícola mediterránea.
La crisis final del socialismo de estado y la atribuida al capitalismo
actual son, en realidad, las dos caras de la crisis civilizatoria que
marca, para unos, el tránsito a una postmodernidad enajenada que
equiparan con el fin de la Historia y, para otros, la última oportunidad
del mundo moderno -o la primera del postmoderno-de alcanzar su frustrada
expectativa de libertad, igualdad y fraternidad.
El llamado proceso de globalización es en realidad la reorganización del
sistema mundial de acumulación capitalista en el marco del proceso
civilizatorio iniciado por las nuevas tecnologías.
Se pretende así que ese nuevo proceso civilizatorio sea el pilar para
la renovación y extensión temporal de la cultura capitalista. Sus
ideólogos nos venden el capitalismo globalizado como si se tratase él
mismo del nuevo proceso civilizatorio cuando en realidad apenas
constituye uno de los modos -el menos promisorio, por cierto-de su
posible organización social.
La Era Moderna, de la que ahora iniciamos la despedida hacia un oscuro
porvenir, nació y se desarrolló entre antagónicas doctrinas sobre el
futuro. A cada individuo sólo le cabía la posibilidad de acelerar o
retardar el futuro, pero no de alterarlo. Ahora somos más conscientes de
que hay distintos futuros posibles y pueden por ello existir también
distintos proyectos de postmodernidad -como los hubo para la
modernidad-en lucha por prevalecer.
En esa lucha -también lo sabemos ahora-no hay un desenlace feliz garantizado por Dios o por las leyes de la historia. Solo hay drama humano.
El revolucionario postmoderno no puede construir sus
convicciones desde la certeza de que el futuro lo encontrará entre los
vencedores. Lo único cierto es la incertidumbre en esta transición
apocal.
Puede que no haya futuro para nadie. Las convicciones -que no son lo
mismo que las certidumbres-hay que construirlas ahora desde la Etica.
La nueva realidad tecnológica y los problemas ecológicos y sociales
acumulados reclaman con urgencia el surgimiento de un nuevo modo de
pensar, de una nueva ética que propicie un reacomodo más justo y
sustentable de nuestras sociedades en el planeta que habitamos. La vida
ha rebasado las lógicas que una vez resultaron eficaces para defender
los distintos intereses en pugna.
Aferrarse ciegamente a éstos y a aquéllas equivaldría al
camarero que una y otra vez levantaba y organizaba las sillas caídas en
el restaurante del Titanic, cuando la nave se disponía a hundirse
definitivamente. Al cerrar el milenio, la necesidad de sobrevivir como
especie nos compulsa a pensar el proceso civilizatorio y cultural, desde
una perspectiva renovada.
Las novedosas tecnologías que han abierto la posibilidad de un nuevo
proceso civilizatorio pueden traernos el futuro de Huxley y Orwell, o la
Utopía de Moro resoñada y edificada de múltiples maneras.
Nuestro tiempo puede terminarse
Nuestro tiempo puede terminarse en el próximo siglo. Algunos pronósticos
auguran que en el año 2050 el planeta tendrá más del doble de habitantes
que en 1990, los cuales competirán por recursos muchos más escasos que
los disponibles entonces -cuando ya la pobreza alcanzaba a virtualmente
la mitad de sus pobladores- y vivirán en un planeta mucho más
contaminado que el de aquel año.
Para entonces, la humanidad crecerá a razón de más de 1000 millones
por década: cada 45 años habrá añadido el equivalente de la población
mundial de 1980 ¿Podrán sostenerse pacíficamente estos seres humanos, a
partir de nuestras actuales tecnologías depredadoras y tóxicas, y de los
polarizados esquemas sociales que hoy rigen el mundo?
Navegamos por el espacio en este cada vez más diminuto planeta de
limitados recursos, que consumimos y contaminamos a un ritmo mucho mayor
que su natural capacidad de reciclarlos.
Estamos consumiendo el futuro que heredarán nuestros hijos. ¿Cuál
será la envergadura de la crisis ecológica y social a la que tendrán que
enfrentarse con apenas treinta años, los que nazcan en éste? ¿Se
resignará para entonces la mayor parte de la población mundial a
contemplar el hedonismo de las sociedades norteñas desde su escasez?
¿Intentará un país como China reproducir el "sueño americano" provocando
una catástrofe ecológica irreparable?
En este mundo en crisis y convulsionada transición hacia la
incertidumbre del futuro, ¿qué significado puede tener -si es que
alguno- nuestra existencia como especie y como individuos en la
infinitud del universo? ¿Por qué y para qué -si es que es para algo-
estamos aquí?
¿Qué significado -si es que de hecho se carece de él- podríamos darle
a nuestra existencia en un mundo que reduce a unos a la desesperanza y a
otros a la condición de dóciles consumidores? ¿Será la humanidad capaz
de trascender la estrecha visión de los conflictos de intereses y
asomarse a la realidad de que si no reorganiza su cultura y
civilización, sobre nuevas bases, no será capaz de superar este nuevo
reto de adaptación para la supervivencia de nuestro espacio, que esta
vez no es genético, sino cultural?
Lamentablemente hoy, a apenas dos años de finalizar el segundo milenio,
la respuesta a estas interrogantes habrá que responderlas con legítimo
escepticismo.
Hoy somos seres bárbaros y prehistóricos de una posmodernidad salvaje,
que puede resultar el umbral de la definitiva humanización de nuestra
especie, o la última etapa de nuestra excepcional aventura en el
universo.
La única revolución que realmente podrá salvar definitivamente nuestra
especie es la revolución del pensamiento.
Hemos arribado a un punto definitorio en nuestra evolución como especie
y en la historia milenaria de nuestros procesos civilizatorios. La
humanidad ha adquirido poderes divinos: la capacidad de crear nuevas
formas de vida o destruir todas las que existen, incluida la propia.
Ninguna propuesta ética de épocas precedentes nos permite asumir con
éxito la grave responsabilidad que las nuevas tecnologías nos asignan.
La ética ha dejado de ser -tiene que dejar de ser-, un asunto confinado a las relaciones sociales para extenderse hacia el hábitat ecológico del que somos parte. Respondemos ahora por el futuro no sólo de nuestra propia especie -la historia humana podría extinguirse como resultado de nuestras acciones u omisiones-, sino también de muchas otras que cohabitan el planeta con nosotros.
Solo un rediseño de nuestra cosmovisión y de nuestras sociedades podrá asegurarnos un futuro; podrá permitir que la historia humana prosiga su curso y así pueda tener futuro. Por ello la bioética no es asunto exclusivo de científicos ni puede confinarse a la relación humana con el entorno.
Es asunto de políticos, intelectuales, empresarios,
organizaciones públicas y de todo ciudadano. Sin una nueva cultura
responsable en lo político, económico y social no puede erigirse una
civilización responsable en lo ecológico.
"Más de lo mismo" sólo conducirá a nuevos totalitarismos, fascismos,
dictaduras, conflictos étnicos, hambrunas, intervenciones militares,
guerras civiles, desastres ecológicos, migraciones masivas, violencia
urbana, drogas y vacío espiritual. La gente no se interesa ya en votar
por partidos nuevos o viejos, de derecha o izquierda, porque intuyen que
sólo proporcionarán "más de lo mismo".
Hacen falta ideas realmente nuevas
Para trascender el mundo de hoy, para cambiarlo, tenemos primero que
iniciar el cambio de nuestro pensamiento. Hay viejas fórmulas para
cambiar el presente que nos traerán también "más de lo mismo".
La liberación de nuestro intelecto resulta prerrequisito para el surgimiento de una nueva compresión de nuestra circunstancia y de un nuevo proyecto de transición hacia el porvenir. Antes de apresurarnos a convocar nuevamente a la "toma de poder" necesitamos una comprensión más compleja del significado del poder, los elementos que lo constituyen, sus múltiples formas de expresión y control sociales.
Es imprescindible imaginar y conceptualizar nuevas definiciones
del poder previas a su traspaso de manos si es que pretendemos valernos
de él para edificar una sociedad auténticamente nueva. Si bien urge
transferir el poder mundial a manos más humanas y responsables que las
de los talibanes del neoliberalismo transnacional que hoy lo detentan,
no es menos cierto que la humanidad no tiene ya tiempo para ensayar un
nuevo experimento político o distributivo que repita viejos errores y
legitime nuevas formas de enajenación.
No debemos restringirnos a paliar las tensiones del mundo actual, sino
orientar a conceptualizar, promover y experimentar modelos de
organización humana que sean social y ecológicamente sustentables y
contribuyan gradualmente a la consolidación de un nuevo paradigma
civilizatorio y cultural.
Este nuevo paradigma está llamado a ser participativo en lo político,
inclusivo en lo económico, pluralista en lo cultural, responsable en lo
ecológico, solidario en lo ético, equitativo en lo social.
Pero sería ilusorio -como suponen algunos-, esperar exclusivamente de
las ONG´s, o incluso del resto de los sectores y organizaciones de la
sociedad civil, la construcción del nuevo paradigma.
Para construir un mundo nuevo hacen falta primero ideas que sean
realmente nuevas. Hace falta imaginación audaz. Es preciso, entonces,
revisar las actuales relaciones entre la sociedad civil, el mercado
(como tecnología económica) y el gobierno, (como tecnología política).
Su actual diseño implica invariablemente situaciones del tipo "yo gano y
tu pierdes".
Necesitamos una sociedad del tipo "yo gano y tú también". Pero ello
requiere la misma creatividad, sabiduría y audacia con la que la
burguesía fue capaz, hace más de dos siglos, de imaginar y construir una
civilización y cultura nuevas demostrando, además, que el esclavismo y
el feudalismo no eran "el único mundo posible" ni el mejor de ellos.
La historia nos pide cambios radicales para proseguir su curso. La
alternativa, no sería el fin que le auguró Fukuyama, sino la posible
extinción de nuestra especie.
El socialismo de estado ya demostró en nuestro siglo sus insuficiencias
y vulnerabilidades, pero la fe que hoy ponen algunos en el mercado y la
democracia liberal como único mundo posible, -y el mejor de ellos a la
vez- sería digna de mejor causa.
Jesús expulsó a los mercaderes del templo porque habían ocupado el
espacio de la oración. No los expulsó de Jerusalén -donde al parecer
consideró cumplían, mal que bien, alguna función socialmente útil-, sino
del templo.
El mercado ha invadido en este siglo el templo de la política, el de
la cultura, la información y otros que debería desocupar para replegarse
a su espacio económico natural el cual, a su vez, debería compartir con
otros actores sociales incluidos el Estado. El totalitarismo del mercado
puede ser tan pernicioso y destructivo como el de una burocracia
política.
Los derechos humanos -sean políticos, civiles, económicos o sociales-,
no deben quedar bajo la influencia inequitativa que hoy ejerce la lógica
distributiva del mercado. Cientos de millones de desamparados y
desnutridos así lo atestiguan. Hay que deslucratizar y democratizar
áreas extensas de la vida social, si aspiramos a una auténtica
democracia y a una economía sustentable.
Maximalizar ganancias es la filosofía central de la cultura humana que
nos ha situado al borde mismo de una crisis social y ecológica a escala
planetaria. Este no es ni puede seguir siendo considerado el "único
mundo posible" y, por lo tanto, inalcanzable para cualquier
enjuiciamiento ético.
El tipo de mercado que hoy existe difiere notablemente de otros que le precedieron y, seguramente también, de formas futuras en que podría ser reestructurado. Su existencia no está al margen de la historia y, al poder existir de otro modo, tampoco está al margen del juicio ético sobre su actuación y lógica intrínsecas.
La falsa dicotomía Mercado versus Estado debe ser trascendida
en una nueva redefinición de sus funciones, límites y articulaciones
recíprocas y ser puestos bajo el control democrático del conjunto de la
sociedad civil.
Los sistemas políticos modernos, por otro lado, conceptualizados hace
más de 200 años, también deberían ser revisados. Pese al discurso en
boga y para decirlo en términos de Ortega y Gasset: la actual democracia
liberal está perdiendo "vigencia" al haberse trastocado de modo
significativo la realidad de la que originalmente emergió y decrecer su
capacidad para sostener la gobernabilidad en un mundo sometido a cambios
acelerados.
La participación autónoma y cotidiana de la ciudadanía es el tema
central de la democratización que ahora se reclama.
La extensión de la apatía electoral es síntoma, en ya demasiados países,
de la actual insatisfacción en esa esfera.
El eminente sociólogo mejicano Pablo González Casanova nos presenta
claramente el problema cuando expresa que la nueva definición
internalizada de la democracia que se va imponiendo, es la de "un
gobierno en el que es natural que el pueblo no gobierne ni decida sobre
la política." "2" La tentación de acudir nuevamente a soluciones
extremas y totalitarias, desde el poder o fuera de él, crecerá junto a
la deslegitimización institucional y la incertidumbre respecto al
porvenir.
El apotegma de Lincoln, "gobierno del pueblo, por el pueblo y para el
pueblo", continúa constituyendo un desafío a las credenciales
democráticas de nuestros sistemas políticos y la brújula imprescindible
para su necesario rediseño.
Las interrelaciones entre el Gobierno, Mercado y el resto de los
sectores de la Sociedad Civil deberían ser revisadas y repensadas para
reestructurarlas y hacerlas interactuar de otro modo, si realmente
deseamos abrir ventanas al porvenir. De lo que se trata ahora, por
supuesto, es de reflexionar sobre qué tipo de mercado, de gobierno y de
sociedad civil podrían hacer factible esa transición a una nueva
civilización y cultura humanas dentro de un Estado también de nuevo
tipo.
En ese rediseño social, particular responsabilidad recae sobre las
ciencias sociales y su capacidad no sólo de conocer el mundo, sino de
inaugurar otros posibles. En la tendencia o carencia de esa voluntad
transformadora y audacia imaginativa radica hoy su alineamiento
conservador o "progresista".
Superar la fragmentación del saber
La fragmentación del saber y del conocimiento humanos que introdujo la
modernidad requiere ahora ser sustituida por una cosmovisión holística
que trascienda, de modo transdisciplinario, los estrechos muros de las
especialidades científicas. La Filosofía, arrinconada "progresivamente"
por las ciencias modernas, está llamada a recrear el espacio para su
reencuentro e integración como ecología política.
La indagación sobre la existencia humana y sus prolegómenos, por otra parte, debe rebasar los límites que hoy le impone un limitado criterio de "conocimiento científico" que no reconoce como problema de investigación lo que no resulte estadísticamente mensurable.
La intuición y otras formas de aproximación a la realidad deben recuperar su dignidad como metodología del saber si se pretende indagar en temas centrales que condicionan la conducta de personas y sociedades como el de la felicidad individual y colectiva.
La ridícula pretensión de que la complejidad humana es desmontable en compartimentos estancos inteligibles por métodos cuantitativos ya ha acumulado un grave déficit de sabiduría -que es mucho más que "conocimiento"-, que ahora nos resulta imprescindible cubrir para poder humanizar el adelanto tecnológico alcanzado de modo que esto constituya un auténtico progreso. Hoy ya sabemos que la tradicional contraposición entre objeto y sujeto en el proceso gnoseológico no es válida.
El acto mismo del conocimiento transforma el "objeto" del cual a su
vez forma parte y por el cual está condicionado. Tampoco hay "objetos"
fijos y aislados, sino procesos interconectados y continuos que
constituyen y reconstituyen, de modo ininterrumpido, la realidad natural
y social. Una nueva ciencia -holística y transdiciplinaria-, permitiría
un mejor acercamiento al cambio de paradigma cultural y civilizatorio
del que estamos urgidos.
Si representantes de las distintas naciones, etnias, religiones, clases
y otros intereses e instituciones en pugna, pudieran asomarse juntos
desde lo alto de una terraza y contemplar el estado del planeta y la
especie humana a fines del siglo XX, quizás las probabilidades de un
futuro más promisorio se incrementarían.
Imbuidos por una definición del poder que equivale a la de la
conquista y dominio de recursos y seres humanos, enjaulada su visión y
entendimiento en el recinto estrecho de sus reales o supuestos
intereses, resulta difícil que los bandos en pugna puedan adivinar que
no pocas de sus batallas, consignas, proyectos y métodos han sido
rebasados ya por el tiempo.
Los retos del presente son de tal magnitud que ninguna nación, etnia,
grupo religioso o clase, puede darle solución por sí sola, bajo ningún
esquema de organización social
. Por otro lado, se trata de desafíos que, en no pocos casos,
engloban por igual a oprimidos y opresores y no tendrían solución si
ambos polos no encuentran el modo de redefinir los términos de su
conflicto e incluso, en ciertas circunstancias, de diseñar esquemas de
cooperación para enfrentar algunos de ellos.
El diseño actual de la sociedad mundial nos compulsa al conflicto
creciente y a la autodestrucción colectiva.
La ilusión de las elites transnacionalizadas de poder de que sus
lanzacohetes, bombas, rayos láser y otros artefactos, pondrán coto a las
migraciones masivas, guerras civiles, narcotráfico, violencia urbana,
contaminación del medio ambiente, agujero en la capa de ozono,
destrucción de suelos y otros dramas, es de una miopía y puerilidad
rayana en el ridículo, si no resultase tan peligrosa.
Un cambio con el que todos ganaremos
Hace años los Tupamaros lanzaron en Uruguay la consigna: "Habrá patria
para todos, o no habrá patria para nadie". Lo curioso del mundo a fines
del siglo XX es que si prevalecen las fuerzas del status quo no habrá
futuro para nadie y si se imponen aquellos cuya propuesta de cambios no
parte de una nueva visión del dilema humano, tampoco habrá futuro para
nadie.
Lograr un futuro "con todos y para el bien de todos", como deseaba José
Martí para Cuba, no es hoy sólo posible, sino se ha vuelto
imprescindible para nuestra especie y el planeta que habitamos. Unos
tendrán obviamente que pagar un precio superior al de otros en ese
"reacomodo" pero todos tienen algo esencial que ganar de ese posible
proceso: el que la historia humana pueda proseguir su curso en
sociedades con superior calidad de vida espiritual y material.
Es por ello que las líneas divisorias no pasan hoy exclusivamente por el
monto de los ingresos, las clases sociales, las creencias religiosas, la
pertenencia étnica, la nacionalidad, o tantas otras que fueron
convocadas al conflicto en el pasado.
Las líneas divisorias se trazan también cada vez más entre
aquellos aprisionados mentalmente por el viejo mundo que nos aproxima al
abismo, y los que están dispuestos a erguirse sobre su circunstancia
para forjar con otros una nueva visión.
Hay que enseñar a unos y a otros, a opresores y oprimidos, que el mundo
está hoy prisionero de una lógica que escapa a todo control y que nos
conduce por igual a un trágico desenlace que a todos alcanza. La
victoria de los poderosos tiene ya una inescapable dimensión pírrica.
Hay que emplear este último lustro del milenio para esclarecer la
libérrima opción a la que cada cual se enfrenta en esta hora: ética
animal o ética humana; salvación colectiva o suicidio colectivo. La
superación del esclavismo no fue el resultado exclusivo del desarrollo
tecnológico y material sino del rechazo espiritual que llegó a concitar
debido a la nueva sensibilidad del ascendente imaginario moderno.
No estamos convocando al abandono de las luchas concretas e inmediatas
por la justicia social para sustituirlas por una evangelización
moralizante. Lo que reclamamos es una revolución que merezca,
finalmente, ese nombre por aspirar no sólo al cambio de un sistema
político -económico, sino a la naturaleza misma del proceso
civilizatorio y cultural que hemos vivido hasta hoy.
La plena liberación que reclamamos demanda, como prerrequisito, que
alcancemos un nuevo punto de perspectiva y de partida para adentrarnos
en el nuevo milenio. Esa nueva visión implica otra concepción de las
ideologías, programas, clases y grupos sociales movilizados a su favor o
en su contra.
Una nueva concepción del "pueblo", para que ese concepto pueda continuar resultándonos útil en la práctica. La estructura cultural y civilizatoria del capitalismo tardío no explota y oprime exclusivamente a la "clase trabajadora" sino a un conjunto de estratos y conglomerados humanos -incluyendo a significativos sectores empresariales-y al propio ecosistema. Su obsesión por maximalizar ganancias, a partir de las poderosas tecnologías de que dispone, la ha constituido en una maquinaria de muerte a escala planetaria. Frente a ella hay que crear un nuevo bloque histórico para el cambio, no sólo político, sino civilizatorio y cultural.
El "pueblo" será entonces la construcción consciente del
movimiento policlasista, iconoclasta, innovador y visionario que emerja
entre todos aquellos que optaron, de modo individual o como grupo social
por la supervivencia de nuestra especie en una sociedad responsable y
solidaria. Un bloque histórico capaz, pese a su heterogénea composición,
de actuar como clase oprimida y consciente frente a las elites
vinculadas al poder transnacional que subyace detrás del actual esquema
de globalización mundial.
La civilización industrial y sus culturas de dominación son un
dinosaurio condenado a desaparecer -y con él sus pugnas y conflictos
intestinos- por las críticas transformaciones que introdujo a su hábitat
social y natural.
El Titanic y la primera foto del planeta
Un proyecto cultural y civilizatorio alternativo y liberador reclama
mucho más que la simple apropiación física de las actuales instituciones
de la sociedad. No se trata sólo de la toma del poder político, como
suponían las consignas, sino de la sustitución integral de una lógica y
sentido común -y del tipo de relaciones sociales legitimadas sobre
ellas-, algunas de cuyas raíces más largas rebasan la era moderna y se
remontan a los orígenes mismos de la historia de las civilizaciones. Es
necesario un nuevo imaginario liberador en lugar de las baratas
ideologías posmodernas encaminadas a la aceptación del status quo que
hoy impera en el planeta.
Hay distintos futuros posibles, por lo que hay más de una posmodernidad
posible también.
Dos experiencias del siglo XX deberían tenerse siempre presente: el
drama del Titanic en 1912 y la primera foto de nuestro planeta, tomada
por la NASA desde el espacio en 1960.
La primera, nos alertó sobre la capacidad de error del ser humano y los
límites del culto a la tecnología. Fue una dolorosa lección de humildad
a nuestra arrogancia. La segunda, es un recordatorio de que ocupamos una
sola nave espacial en nuestra travesía por el universo. Esa imagen nos
proporcionó lo que un fotógrafo llamaría una "nueva perspectiva" de
nuestra existencia. La Tierra es una sola. Sus recursos son limitados.
Las fronteras, geográficas o ideológicas, son una creación humana. Todos
habitamos esa nave espacial y las naves espaciales no tienen botes de
salvamento.
Confiar en que la actual organización mundial pueda permanecer
inalterable porque nuevas tecnologías se harán cargo tanto de pobreza -y
el rencor que ella genera frente al hedonismo creciente de la minoría-,
como del daño ambiental y agotamiento de recursos naturales, es una
lógica de vocación suicida. Suponer que el actual status quo se hará
eterno, porque las fuerzas que pretendieron retarlo fueron vencidas en
este siglo, es un criterio no sólo superficial, sino de una ingenuidad
peligrosa.
Por primera vez en la historia, la ética de la solidaridad social ha
dejado de ser una opción, entre muchas, para devenir en necesidad de
supervivencia para nuestra especie. La cosmovisión de la que estamos
urgidos para rediseñar la realidad mundial reclama que la ética
humanista sea su punto de partida.
El principal desafío a los vencedores, a los vencidos, a los que
alcanzaron, se mantuvieron o perdieron el poder a lo largo de este
siglo, no es otro que el rediseño de nuestra actual arquitectura de
pensamiento. La situación ecológica y social ha llegado a un punto en
que la única victoria auténtica y definitiva sería la transformación de
nuestras percepciones y comprensión de la realidad. Nuestra subjetividad
es el escenario decisivo de la batalla por el porvenir, sea cual sea la
latitud geográfica, económica o ideológica que ocupemos en este mundo.
La única "misión" que tenemos que cumplir en nuestro tiempo de vida es
la de ser felices. Pero los significados que hemos otorgado a ese
término a lo largo de estos 10.000 años de historia de las
civilizaciones deben ser revisados. Necesitamos, con suma urgencia,
definir un criterio de felicidad responsable y solidario que sirva a la
autonomía y la libertad humanas en lugar de constituir un mecanismo de
control social de las clases dominantes.
La dicotomía entre la ética del ser y la ética del tener, de la que
nos habló Eric Fromm, constituye por ello la interrogante central a
nuestra crisis civilizatoria.
Hay, en la hora que vivimos, un tejido factual que enlaza al poderoso
con el desvalido y que es necesario develar y potenciar. No se trata
para nadie de levantar bandera blanca, ni tan siquiera de pactar una
tregua. Sería inútil e ilegítimo pedir al oprimido que capitule ante la
arbitrariedad y la injusticia.
Revoluciones y reformas, balas, huelgas y votos se continuarán necesariamente entremezclando y nadie puede en nombre de una resignada aceptación del injusto exorcisarlas status quo. Una cosa es el reconocimiento de que la Utopía tiene que reconsiderar sus caminos y armas y otra, muy distinta, es repudiar la Utopía en nombre de un realismo adaptativo que pretende situarse en terreno ético neutral.
De lo que se trata no es de que la explotación y el abuso de
poder hayan desaparecido ni de que toda resistencia a ellos resulte hoy
inútil, sino de que el escenario actual en el que ahora se libra la
lucha por la felicidad humana ha sufrido un cambio cualitativo esencial
y no es posible aspirar a transformar la realidad si ésta no se conoce y
entiende primero.
Un proceso civilizatorio liberador
Cuando miramos a nuestro alrededor y vemos que la desaparición del
Bloque del Este no puso fin a la carrera de armas, las intervenciones
militares, guerras, pobreza, a la desigual distribución de recursos y
riquezas, escuadrones de la muerte, al asedio y la agresión a todo
proyecto favorable al humanismo, al acoso a la autonomía del pensamiento
crítico, al recurso a la tortura y al ejercicio dictatorial del poder,
nos preguntamos si puede existir otro camino que no sea oponer la
violencia del oprimido a la violencia del opresor, hasta que el mundo
cambie o desaparezca definitivamente.
Esa fue y sigue siendo una reacción lógica y legítima al trágico mundo de injusticia en que vivimos. Desde las selvas de Chiapas, hasta las calles de Río recorridas por manifestantes del PT brasileño, los oprimidos siguen buscando líderes, programas, caminos e instrumentos para hacerse justicia.
Entender el mundo de nuevo modo no significa rechazar esa realidad, ni ignorar la legitimidad de esas luchas. Evolución, reformas, revoluciones, acciones pacíficas o violentas no son excluyentes ni descartables, siempre y cuando se parta de comprender que los cambios no pueden asegurarse desde elites iluminadas, partidos de jerarquización oligárquica, movimientos sectarios o excluyentes, valores económicos, políticos y éticos semejantes a los del poder que se desea subvertir, criterios discriminatorios por género, raza u orientación sexual, similares a los de las sociedades de opresión y su definición del poder como dominio sobre el entorno natural y social.
Suponer que las formas organizativas, movilizativas y de concienciación de las que se han valido hasta el presente las fuerzas contestatarias al status quo pueden resultar eficaces en el nuevo escenario civilizatorio, frente al reconstituido sistema mundial capitalista, sería una ingenuidad imperdonable dado el intolerable precio de su beato dogmatismo.
Si la izquierda (en el poder o en lucha por obtenerlo) desea seguir
mereciendo ese calificativo, está obligada a reinventar su modo de hacer
y concebir la política. De lo contrario podrá autocalificarse como
cualquier cosa menos que como progresista o revolucionaria. Ignorar el
cambio cualitativo ocurrido en el escenario de enfrentamiento entre
oprimidos y opresores -que no es igual a ignorar la existencia y
necesidad de ese conflicto- conduce a la irrelevancia política.
Hay "un tiempo de matar y tiempo de curar; tiempo de destruir y tiempo
de edificar", bajo el cielo nos recuerda la Biblia. Cada cual bajo su
cielo tendrá que comprender el tiempo en que vive; pero no deberá
olvidar que ahora, más que nunca antes en la historia, vivimos todos
bajo ese mismo cielo perforado por la contaminación humana y que nuestro
tiempo -el de todos- concluye el próximo siglo, si no elevamos nuestro
entendimiento a la sabiduría reclamada por los poderes tecnológicos que
hemos adquirido en el último proceso civilizatorio de nuestra aventura
terrestre.
El futuro habrá que forjarlo con los ojos bien abiertos hacia el
presente. En los instrumentos, caminos, conceptos, métodos y estilos que
adopten hoy las fuerzas del cambio se decide si el porvenir que vendrá,
de ellas prevalecer, será realmente distinto al presente que hoy
intentan trascender, o una reproducción, bajo nuevas formas, de males
ancestrales, como ya ocurrió con el ideal socialista.
Para dar una respuesta feliz a nuestras interrogantes la humanidad está
llamada a erigir una cultura diferente a las ya ensayadas. Una cultura
de liberación para un proceso civilizatorio liberador.
Leonardo Da Vinci se propuso volar como los pájaros y le resultó
imposible. Verne sólo pudo imaginar el Nautilus, pero no construirlo.
Espartaco deseó liberar a sus hermanos de la esclavitud, pero terminó
crucificado por lo que entonces parecía un eterno e invencible imperio.
"Todo tiene su tiempo y todo lo que se hace debajo del cielo tiene su
hora", nos recuerda el Eclesiastés. Pero el despegue del Kitty Hawk, la
travesía del primer submarino y la abolición universal del régimen
esclavista nos recuerdan no sólo el acierto de ese axioma bíblico, sino
que el largo proceso acumulativo de esfuerzos fracasados es lo que puede
llegar un día a transformar en posible, e incluso en realidad, lo que
hasta un momento se situaba, inalcanzable, tras la aparente barrera de
"lo imposible".
Apenas dos años nos separan del Tercer Milenio. ¿No podríamos acaso
emplearlos para reflexionar sobre el significado de nuestra existencia
en el universo? ¿Resultaría "imposible" concebir que los más antagónicos
intereses pudieran encontrar un esquema más justo de funcionamiento que
los reacomodase de modo mínimamente decoroso y aceptable a unos y otros?
¿No vale la pena acaso intentar, por múltiples vías, demostrar que ese
"imposible" también puede convertirse en realidad?
El muro a derribar ahora ya no es el de la guerra fría en Berlín, sino
el de la iniquidad mundial, la irresponsabilidad ecológica y, sobre
todo, el de las ideas con las que venimos actuando desde hace siglos.
Es preciso, imprescindible más bien, demostrar que podemos
vencer esta última barrera que se alza frente a nuestra propia y
definitiva humanización. Necesitamos revolucionar nuestro pensamiento si
de veras aspiramos a la libertad y la equidad. No creo que sea
"imposible" lograrlo.
Quizá podamos probar aún que somos realmente una especie consciente.
Quizá exista aún tiempo para preservar nuestra existencia. Quizá nuestro
planeta continúe teniendo la rara cualidad, dentro del universo hasta
ahora conocido, de poder sostener la vida.
El tema, sin embargo, no es el de la falsa dicotomía sobre si podremos
"ganar" o "perder" como pretenden hacernos creer los que ya claudicaron
en espíritu e intelecto. No es si existe o no otra alternativa viable al
status quo actual y a las autodestructivas tendencias que él proyecta
sobre la sociedad mundial y el ecosistema.
De lo que se trata es de que no existe otra alternativa ética y
humana que no sea la de comprometerse una vez más en la lucha por un
futuro más promisorio.
Juan Antonio Blanco - http://www.lafactoriaweb.com
Publicado Originalmente en la revista cuatrimestral la factoría*
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