Los supuestos organizativos del capitalismo y el socialismo realmente existente impiden hasta ahora hacer un uso liberador de las nuevas tecnologías a nuestro alcance además de estar en la raíz de su empleo más destructivo. La nueva civilización tecnológica reclama de nuevos paradigmas de organización societal.
El reto más grande que tiene Cuba
-pero también la humanidad en su conjunto- es el de incorporarse
tempranamente al nuevo proceso civilizatorio y organizarlo dentro de un
nuevo paradigma de desarrollo capaz de generar economías inclusivas y
ecológicamente responsables, así como sistemas políticos de mayor
participación democrática y transparencia.
Adicionalmente, en el caso de Cuba, estamos siendo testigos de un
sistema societal que había derivado su funcionalidad a partir de un
hábitat geopolítico internacional que fue rápida y dramáticamente
cambiado por otro que ahora le niega la capacidad de reproducirse según
su lógica anterior.
Una vez transformado su hábitat sustentatorio, cualquier
sistema -natural o social- está obligado a abrirse al nuevo
medioambiente y reestructurares a fin de recuperar su equilibrio en el
marco de un nuevo esquema organizativo.
Cuba atraviesa no sólo por una crisis económica, sino por una crisis
estructural. Estamos en presencia de un paisaje institucional que ha
perdido su anterior hábitat sustentatorio y se ha salido de manera
significativa del nivel normal de desequilibrio dinámico inherente a
todo sistema, presentado una capacidad zigzagueante -cuando no
declinante- para su autorreproducción cotidiana.
Como he dicho en otras ocasiones, estamos, a mi juicio, en presencia de
dos crisis y de dos bloqueos que obstaculizan su solución.
Por un lado, una crisis estructural del socialismo de estado al cual se adhirió de modo definitivo Cuba desde fines de la década de los sesenta y que la política de reformas no ha podido hasta ahora superar de manera definitiva.
Por otro lado, también presenciamos una crisis coyuntural, de reinserción económica internacional, que fue iniciada por la desaparición de la URSS y es agravada por el bloqueo estadounidense.
Ambas crisis sostienen vínculos de interdependencia, por lo que resulta virtualmente imposible superar a plenitud ninguna de las dos de manera separada.
El levantamiento del bloqueo estadounidense no resolvería “per se” la crisis estructural cubana, del mismo modo que la plena solución de esta última no es concebible sin el cese de la actual política de agresión económica de Washington dirigida precisamente a entorpecerla.
Cuba no puede esperar éxito de una política de resistencia frente a
la crisis coyuntural si no va conjugada con una estrategia integral de
transición hacia otro paradigma de desarrollo societal y no sólo hacia
otra forma de estructurar la economía.
Hay más de un futuro posible
Si alguna vez fue cierto que la libertad tendría que esperar primero por
la justicia social, hoy la segunda ya no resulta sostenible sin expandir
la primera. Hay más de un modo de entrar al nuevo milenio y de
insertarse en la globalización de la civilización cibernética. Hay más
de un futuro posible para el mundo y para Cuba. Nada es más urgente hoy
que abrir el espacio de irrestricta libertad para reflexionar sobre el
futuro al que aspiramos y como acercarnos a él.
En la capacidad de innovación del sistema -como la demostrada por el
capitalismo a lo largo de más de dos siglos- radica a mi juicio la clave
para elaborar una estrategia eficaz de supervivencia de la nación en su
inserción dentro del nuevo proceso civilizatorio.
Si alguna vez la arquitectura institucional del socialismo de estado
fue un instrumento útil al proyecto revolucionario hoy podría llegar a
constituirse en el más mortal de sus enemigos por el modo en que
propicia el ejercicio dogmático y teocrático del marxismo al que quedó
asociada y que a su vez crea barreras que dificultan el vuelo de la
imaginación y la creatividad.
La única manera de ser revolucionario hoy -si por ello entendemos la
lealtad a los ideales originales del proyecto revolucionario y no a su
actual paisaje institucional- es, desde mi punto de vista, siendo
reformista.
Ser revolucionario desde el poder implica hoy la promoción de la reforma sostenida e integral de la sociedad y la más extensa socialización de ese poder (económico y político) en favor de los ciudadanos y sus instituciones.
No todo reformismo ni toda transición son de derechas, como suponen
algunos, del mismo modo que no todo conservadurismo tiene tampoco que
serlo, como suponen otros.
Liberar la imaginación para viabilizar la innovación consciente y evitar
una evolución y desenlace negativos del actual sistema, sin embargo, no
será posible si las libertades de pensamiento y expresión, dentro y
fuera de los circuitos académicos, no son siempre reconocidas como el
más preciado de los atributos de la sociedad. Su irrestricto respeto
debe incluir a todos aquellos, sin excepción, que difieran de las ideas
prevalecientes en un momento dado.
El hereje, pese a su milenaria condición de perseguido, a menudo ha sido aquel que se arriesga precisamente por su vocación de buscar nuevas y más prometedoras rutas al desarrollo humano.
La historia nunca podrá prescindir de ellos y ninguna sociedad
-sea la estadounidense con el macartismo o la soviética con sus gulags-
puede reprimirlos sin pagar considerables costos, no sólo sociales y
políticos, sino también económicos.
Las políticas que fomentan el dogmatismo y la inflexibilidad han dejado
de ser una rémora vinculada a las alianzas internacionales que se
hicieron para sobrevivir nuestra anterior realidad geopolítica antes de
la caída del Muro de Berlín para devenir en un innecesario obstáculo a
los intereses de la nación.
Ellas tienden a privar al país, cada vez que actúan, de la posibilidad de beneficiarse de todo el talento que su población ha podido alcanzar precisamente por la expansión universal del derecho a una educación gratuita establecido por el proceso revolucionario de 1959.
Sin superar definitivamente el bloqueo mental del dogmatismo no
será posible trascender, de modo oportuno y suficiente, la crisis
estructural de la economía.
La economía no es el todo
Por último desearía comentar que me parece peligrosamente simplista la
tendencia intelectual que vemos tanto en Cuba como en el exterior, a
concentrarse en el análisis de los macroindicadores económicos para de
ellos derivar conclusiones acerca de la gobernabilidad de cualquier
país.
Cuba -pese a sus graves diferencias sociales- no era ni remotamente la
nación más atrasada de América Latina en 1959, pero sin embargo fue allí
donde se produjo la primera revolución de orientación socialista del
hemisferio occidental aun cuando la economía cubana de 1958 atravesaba
un “boom”.
¿Por qué? Cuba era un país económicamente más atrasado y con menores niveles de consumo que la mayor parte de los países del bloque del Este, pero fue allá donde el socialismo de estado se desmoronó mientras Cuba siguió su curso y ha logrado sostenerse sola a noventa millas de quién quedó como única superpotencia mundial: los Estados Unidos de América.
¿Por qué? Estas interrogantes no pueden pasarse por alto a la hora de
hacer el análisis de la coyuntura actual y sus posibles desenlaces.
Deberíamos convenir que en el caso de Cuba los factores extraeconómicos
parecen haber jugado un papel relevante en su historia reciente, razón
por la cual merecen tenerse muy en cuenta.
Como ya expresé más arriba, esto es de suma importancia en nuestro análisis porque podría darse la aparente paradoja (ya ocurrida, como vimos, anteriormente) de que mientras la economía sufre una grave crisis, las esferas políticas y culturales pudieran ser capaces de reproducir el sistema e incluso de reforzarlo si logran persuadir a la población de que aquel es legítimo y meritorio de su sacrificio o de que frente a él todas las alternativas son peores por lo que no habría ninguna (la derrota nazi en Stalingrado no seria explicable desde la economía).
Pero también es válido el reverso de la medalla: la economía pudiera llegar a mejorar e, incluso, a andar razonablemente bien, pero, sin embargo, enfrentarse a una grave crisis social y política que llegue a hacer saltar al sistema en su conjunto como ocurrió en la desaparecida República Democrática Alemana.
La diferencia entre la posibilidad de que se desarrolle un escenario
u otro no radica en la economía sino en la subjetividad humana y esta
es, por su propia naturaleza, fluctuante.
Quien desee atisbar el grado de gobernabilidad en el país debería
observar, junto a los indicadores macroeconómicos -que pocas veces se
traducen en ningún lugar del mundo en beneficios inmediatos a los
ciudadanos- otros indicadores del estado psicosocial de la ciudadanía y
formularse preguntas tales como: ¿cuál lectura de su cotidianidad hace
el ciudadano común en Cuba? ¿Considera que su situación es justa y
necesaria? ¿Cree que hay otros modos de remediar la situación existente?
¿Ve en las autoridades la solución a sus problemas o aquellos que
presentan un problema a cada solución? ¿El ciudadano ve en el Estado una
fuente de soluciones para sus proyectos de felicidad personal o ve en el
Estado un ente sin capacidad propositiva, pero con la fuerza suficiente
para obstaculizar sus propias soluciones cuando llega a imaginarlas?
El estudioso de Cuba está urgido de encontrar un set más holístico de
indicadores si desea evitar ser sorprendido por esos movimientos
telúricos que de pronto irrumpen en la Historia sin previo aviso, pero
que se incubaban en el subsuelo de la sociedad por largo tiempo mientras
los analistas sólo atendían a lo que ocurría en su superficie.
Juan Antonio Blanco Gil - http://www.lafactoriaweb.com
Publicado Originalmente en la revista cuatrimestral la factoría*
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