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Pero la originalidad de la solución y la razón de su éxito provienen del método y de su instigador, Jean Monnet.
Este, que tenía por oficio el de comerciante, estimaba que los fracasos a repetición en los intentos de unión anteriores se debían a los diplomáticos y que no había que confiar la Unión a quienes aparentemente tenían que hacerla, como los diplomáticos, los militares y los políticos.
La UE no podía triunfar, estimaba, si no se la fundaba en lo
que llamaba solidaridades concretas: el comercio y el dinero. A través
de la actividad comercial, las naciones se familiarizaban y se
entrelazaban de tal manera que no habría más motivos concretos para ir a
la guerra.
Aplicando este método, inspirado en preceptos de economistas liberales
del siglo XVIII, Monnet comenzó con el carbón y el acero como bases de
la reconstrucción.
Siguieron todos los otros bienes y servicios, luego la libre
circulación de las personas, el reconocimiento de los títulos y
finalmente la moneda. Para acompañar este movimiento y conservar su
dinámica, las instituciones europeas más determinantes son las menos
politizadas.
Dado que los miembros de la Comisión de Bruselas o de la Corte de
Justicia europea, luego de haber sido nombrados por sus gobiernos, se
comportan de manera independiente, combaten las tentaciones
nacionalistas e imponen el mercado único en sus últimos bastiones.
De ello resulta una Europa irreversible, al ser un mercado único entretejido por millones de hilos que ya ningún gobierno sabrá desenmarañar.
Finalmente la Banca central de Francfort, dotada de una notable independencia en pocos años, prohíbe a los gobiernos nacionales seguir su inclinación natural, la de utilizar el déficit público y la inflación para compensar sus malas gestiones internas y satisfacer a su clientela electoral.
Frente al mecanismo de integración que ha producido una Europa más libre y próspera, la política pura se refugia en combates de retaguardia, en proclamas altisonantes y en causas perdidas. El Consejo de jefes de gobierno, que en principio dirige la UE, ilustra la intuición de Monnet: confíen Europa a los políticos y la matarán.
El Consejo no llegó a eso, pero Europa le debe sus más notables
fracasos: la política agrícola y la política exterior.
Aciertos y fracasos
La protección agrícola otorgada por la Unión Europea es notable por
producir malhumor en todas o casi todas las partes involucradas.
Los explotadores agrícolas constituyen en Europa la categoría de empresarios cuyo número declina más rápidamente, cuyas ganancias son las más débiles y cuyo nivel de vida es el más bajo; los consumidores europeos pagan sus alimentos dos veces más caro, gravados por impuestos situados muy por encima del mercado mundial.
Las víctimas finales son los potenciales exportadores de África y América latina, contra los que Europa está parapetada con cupos, reglamentos sanitarios y la psicosis anti OGM (organismos genéticamente modificados). Sólo disfrutan de esta política europea los burócratas que la administran.
¿Los políticos? Desgraciadamente para ellos, los campesinos son muy
pocos, por lo menos en Europa Occidental, como para influir en las
elecciones. Pero siguen siendo bastante organizados como para sembrar el
desorden si se modificara la política agrícola.
La política exterior tiene una ventaja relativa sobre la agricultura: no
existe. ¿Con los países pobres? Ninguna gestión. ¿Con Rusia y China?
Incapacidad para apoyar o no la democracia en el Tibet y en Chechenia.
¿En Yugoslavia? Sin la intervención norteamericana, no habría ya ni
un solo albanés en Kosovo. ¿En Irak? Estrategias contradictorias y
ausencia de reflexión sobre el terrorismo y el futuro de Medio Oriente.
El proyecto de una Constitución federal se inspira notablemente en la
Constitución de los Estados Unidos y le da la espalda, de manera también
notoria, a la experiencia europea. Mientras que Europa es valiosa por
sus ágiles equipos, la Comisión, la Banca y la Corte son instituciones
burocráticas y políticas que la Constitución volvería aún más pesadas.
Más allá de crear empleos e instalar podios para la clase política y burocrática, ¿en qué mejoraron la unidad, la prosperidad y la dicha de los europeos, la Presidencia y la Asamblea europeas? No lo vemos.
La dicha de Europa reside en algo muy simple: ir de París a Varsovia
o Madrid sin fronteras, sin papeles y sin angustia. ¿Confesaré que el
inglés es nuestra lengua común?
Mi generación concreta estos sueños que ya obsesionaban a Immanuel Kant
o a Victor Hugo. No olvidemos que debemos esta dicha simple a Jean
Monnet, que ejercía la deliciosa profesión de comerciante de coñac.
Sin dudas, de ella obtuvo su sabiduría. ¿Esta podría ser destruida
por el delirio burocrático que se ha apoderado de la vieja Europa? Por
suerte, la joven Europa que se nos une sabrá recordarnos hasta qué punto
toda "Nomenklatura" es aborrecible.
Nombre Autor - http://www.lafactoriaweb.com
Publicado Originalmente en la revista cuatrimestral la factoría*
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