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La segunda razón es más política: reducir las materias en las que es
necesaria la unanimidad, pero sin caer en la mayoría simple de países,
pues algunos son minúsculos. De ahí la cuestión de si debe prevalecer la
voluntad de quienes reúnan el 50 por ciento de países con el 50 por
ciento de la población, o 55/55, o 54/54.
La tercera razón es politiquísima: la esperanza de que el mayor
aerodinamismo de las decisiones y las instituciones empuje a Europa
hacia una unión cada vez más profunda, camino de su transformación en un
gran poder mundial capaz de mirar a EE.UU. a los ojos.
Las elites giscardianas cubren la píldora de la centralización con dos
capas de azúcar, para que los ciudadanos confundidos por la letra
pequeña se unan de corazón al proyecto: el mercado único y la
subsidiariedad.
Es cierto que la libertad económica exige un entorno de cortas reglas
comunes para toda el área que permitan a individuos y compañías
contratar sin trabas, pues las normas locales muchas veces sirven para
proteger intereses bastardos.
Así, la Comisión puede imponer la competencia de cerveceras en Alemania, o de empresas eléctricas en Francia, o de distribuidores de automóviles y de licitadores de obras públicas en toda la Unión.
Pero a su vez ese poder central reforzado puede ser atrapado
por los lobbyes obreros y limitar las horas de trabajo para todo el
Continente; o ser ocupado por los redistribuidores de la renta y
prohibir la competencia fiscal entre países.
Para que los políticos locales acepten esa centralización (la buena y la
mala), se refuerza la “subsidiariedad” y la “proporcionalidad”,
conceptos oscuros donde los haya. Se trata de que las decisiones no se
tomen en el centro cuando pueden dejarse en manos de instancias
políticas inferiores y que las comunes no se aprovechen para engordar
los poderes situados en Bruselas. Siempre poderes y nunca individuos.
Para el individuo, la mejor subsidiariedad es la competencia, sea entre
productores o entre instituciones: reglas mínimas y mucha variedad, para
poder desplazarse en busca del lugar o la legislación más convenientes.
Otra Constitución, sí, pero mucho más pequeña: que se contente con
defender la libertad de movimientos de personas, mercancías, servicios y
capitales y prohibir los subsidios.
Pedro Schwartz - http://www.lafactoriaweb.com
Publicado Originalmente en la revista cuatrimestral la factoría*
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