UN MODELO POLÍTICO PARA LA EUROPA DEL SIGLO XXI

Autor: Jorge Sampaio

OTROS CONCEPTOS DE ECONOMÍA 

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06-2005

Texto

Es para mí un placer dirigirme a todos ustedes, organizadores, patrocinadores, invitados y participantes en este seminario internacional.

Deseo saludarles calurosamente y agradecerles los esfuerzos que han realizado desde el principio para organizar este encuentro que, estoy convencido, aportará una contribución importante al debate sobre el futuro de Europa, cuya celebración y profundización considero indispensables.

La feliz circunstancia de que se encuentre entre nosotros el Sr. Kucan, Presidente de Eslovenia, que se ha ofrecido a participar en el seminario y cuya presencia nos honra, así como la calidad y la representatividad de las personalidades invitadas, constituyen de por sí una sólida garantía de éxito de esta iniciativa.

 Pero resulta además que el tema elegido, un modelo político para la Europa del siglo XXI, y las cuestiones que aquí se abordarán reflejan algunos de los retos y las grandes preocupaciones con que Europa se enfrenta en la actualidad.

La participación activa de Portugal en el proceso de construcción europea constituye una prioridad política que urge convertir en propuestas concretas y en líneas de orientación claras. Pero no basta con que los poderes públicos definan y promuevan una estrategia nacional.

Resulta fundamental que la sociedad civil participe activamente en los debates en curso; resulta fundamental que cada uno de nosotros se interese y participe en la aclaración del futuro de Europa y que, dentro de su esfera de intervención, se responsabilice del éxito del debate.

Dirijo este llamamiento a su conciencia de ciudadanos. El futuro depende de las energías que inviertan en este propósito, de la fuerza, el vigor y la claridad del consenso nacional que se apliquen a esta causa.

En el debate sobre Europa, lo que está en juego es nuestro futuro.

 De la discusión en curso y de las reformas que de ella deriven surgirá una Europa reforzada, o quizá una Europa más débil, pues el mantenimiento del “statu quo” dará sin duda lugar a menos Europa.

Pero también surgirá un Portugal más o menos presente, con una posición reforzada o debilitada, según cuál sea nuestra capacidad de hacer imponer una visión fuerte de Europa concomitante con una visión clara del futuro que deseamos para Portugal. Europa necesita la participación activa de la sociedad civil en este debate. Los europeos tienen ahora la posibilidad de reconciliarse con Europa.

Necesitamos una Europa en la que todos participen, una renovación del compromiso de los europeos con la construcción de Europa y de su confianza en la misma.

Deseando aportar mi modesta contribución a las cuestiones que aquí se debatirán, me gustaría abordar tres temas que considero indispensables para la consolidación y la profundización del proceso de integración europea como gran proyecto federal de los pueblos y unificador del continente europeo.

El reto de la ampliación

En primer lugar, permítanme referirme brevemente al momento crucial que atraviesa Europa al enfrentarse al reto de la ampliación.

 En este periodo de cambios que vivimos, marcado por la globalización galopante, la unificación inminente del continente europeo en torno a un proyecto de vida compartido por sus quinientos millones de habitantes, que reposa en los valores comunes de la democracia, el desarrollo, la cohesión económica y social y la diversidad cultural, constituye, sin duda alguna, un motivo de enorme satisfacción.

Europa se prepara para dar al mundo una señal inevitable, una señal de que está decidida a unir en torno a los ideales democráticos a los países del continente europeo, sea cual sea su nivel de riqueza y desarrollo;

una señal que significa que está dispuesta a luchar por la integración económica y social del espacio europeo, por su desarrollo y su cohesión, aunque para ello los pueblos que la componen deban hacer gala de una mayor solidaridad;

una señal de que cree en la construcción europea como proyecto colectivo de sociedad y de comunidad de destino, federador de los pueblos y las naciones en torno a valores comunes que no afectan a sus diferentes identidades ni a su diversidad; una señal, por último, de que ha entendido que el mundo moderno de la globalización del planeta exige la unificación del continente europeo.

En otras palabras, que Europa se hará con todos o nunca llegará a cumplir su destino. La ampliación representa así una posibilidad histórica para Europa y sienta las bases de este nuevo siglo.

 Sin embargo, teniendo en cuenta su envergadura y la complejidad que entraña, la próxima ampliación nos lanza también un reto sin precedentes. Y dicho reto se ha de aprovechar para regenerar la dinámica europea.

Ese es el reto que hemos de aceptar, evitando a toda costa que la próxima ampliación sirva de pretexto para la aparición de conflictos entre Estados miembros, de acuerdos confusos marcados por una falta total de sentido del interés general y de una visión de Europa basada en un fin político.

 Al contrario, se tratará de sacar partido del reto de la ampliación para poner a prueba nuestra determinación colectiva de construir Europa, para comprobar nuestra solidaridad y nuestra cohesión y para restaurar los vínculos de confianza entre los Estados miembros.

 Actuemos con confianza y lucidez para aprovechar esta oportunidad de reformar el pacto europeo y profundizar en el proceso de integración política.

Mi segundo grupo de observaciones se refiere precisamente a la profundización de la integración europea.

La última Conferencia Intergubernamental, que desembocó en el Tratado de Niza, dejó absolutamente claras sus dificultades a la hora de realizar reformas de fondo. Se impuso, pues, la decisión de recurrir a una fórmula nueva, más completa y abierta: la de la Convención.

Esta decisión, de gran mérito porque encierra todos los riesgos de las fórmulas innovadoras y desconocidas, traduce la ambición que nos guía: incluir en el debate las preocupaciones de los europeos sobre su futuro, sus expectativas y ambiciones para la Europa del mañana.

En la actualidad ya se impone un conjunto de principios irrefutables que todos los europeos deberemos respetar, so pena de desfigurar por completo el proyecto europeo:
El principio de igualdad entre Estados, la garantía de que todos los Estados recibirán el mismo trato, independientemente de su tamaño y de su nivel de riqueza.
El principio de la ciudadanía europea, de una ciudadanía abierta, inclusiva y cívicamente responsable, único medio duradero de erradicación de los extremismos y la intolerancia.

El principio del desarrollo solidario, base de la cohesión económica y social y fundamento último de las políticas comunes, que la ampliación hará más necesarias que nunca.

El principio del valor intrínseco de la diversidad cultural, enriquecida por los contactos entre pueblos y culturas diferentes, pero basada en un patrimonio común. 
Por último, el principio del refuerzo de la presencia de Europa en el mundo, por medio del desarrollo de una política exterior y de seguridad común, porque la unión hace la fuerza.

El modelo de Europa que queremos

Ha llegado el momento de pensar en el modelo de Europa que queremos, de reflexionar sobre la configuración política de una Unión Europea profundizada.

 Sólo una Europa más integrada desde el punto de vista político nos permitirá superar las carencias y dificultades actuales y responder adecuadamente a los retos que nos lanza el mundo globalizado.

El debate que se está desarrollando en el seno de la Unión y de sus Estados miembros pretende precisamente definir un modelo político capaz de consolidar la unidad europea, dinamizarla y darle una mayor proyección y un peso internacional.

El primer y más elemental supuesto del éxito de esta tarea es la restauración de la confianza entre los Estados miembros, seriamente comprometida por la multiplicación de las confrontaciones y la proliferación de señales ambiguas y derivas hegemónicas.

 A este respecto, considero que la reafirmación de las finalidades de Europa y la renovación de los compromisos europeos por parte de sus Estados miembros podrían contribuir a disipar el malestar y a restablecer la confianza.

La segunda condición se refiere precisamente a la consolidación de los principios en los que descansa la construcción europea. Tenemos la posibilidad de consolidar los fundamentos de Europa mediante la reforma del pacto europeo. Éste es el significado primero de la idea, que defiendo, de dotar a Europa de un texto de tipo constitucional.

La tercera condición está relacionada con el principio elemental de la igualdad entre Estados. Sin la creación de las condiciones que garantizan la igualdad de trato entre los Estados, el principio de ”iure” de la igualdad pierde todo su sentido, con lo que derriba la viga maestra de Europa. Y sin su apoyo, la construcción europea se vendrá abajo.

 Para poder dotar a Europa de un modelo político adecuado, que responda a sus objetivos y a sus necesidades, hemos de pasar por la creación de una federación de Estados naciones.

Se trata de una fórmula aparentemente equívoca, pero que expresa con la suficiente claridad nuestra búsqueda de un modelo ”sui generis”, con características innovadoras y diferente de cualquier experiencia jamás realizada, para hacer honor, precisamente, al carácter único de la historia de la integración europea que no hemos terminado de construir.

Es también una forma de afirmar nuestra determinación colectiva de seguir un camino pionero, aunque entrañe algunas incertidumbres.

La principal dificultad con que nos hemos enfrentado radica en la necesidad de articular la Europa de los Estados con la Europa de los pueblos, base doble sobre la que se asienta la legitimidad europea, y de resolver la ecuación que desemboca en un sistema institucional equilibrado.

Los modelos de tipo federalista que conocemos resuelven esta dificultad recurriendo al sistema bicameral.

La segunda cámara, o senado, funciona así como un foro de representación paritaria de los Estados y comparte el ejercicio de la función legislativa con una cámara de representantes.

 En los casos conocidos de experiencias federalistas, esta solución ha dado unos resultados muy satisfactorios.

Estados de identidad fuerte

Sin embargo, la transposición de este modelo a la Unión Europea se enfrenta desde el principio con dos problemas de fondo.

 En primer lugar, la Unión Europea está formada por Estados naciones portadores de una identidad fuerte, construida a lo largo de la historia, y que presentan una profunda diversidad entre ellos que desean mantener y, si es posible, desarrollar, pese a ser conscientes de que participan en un proyecto colectivo que los reúne en torno a objetivos e intereses comunes.

 Por otra parte, la estructura institucional de la Unión Europea se basa más en los poderes compartidos que en una separación de poderes.

Además, la geometría de los poderes compartidos varía dependiendo de que las materias en cuestión pertenezcan al primer, al segundo o al tercer pilar.

 Así, por ejemplo, la función legislativa corresponde actualmente a dos órganos, el Parlamento Europeo y el Consejo, aunque la Comisión posee un derecho de iniciativa exclusivo.

 No obstante, el Consejo comparte con la Comisión las funciones ejecutivas, tanto más extensas cuanto que a lo largo de los últimos años las competencias de la Unión se han ampliado considerablemente y en la actualidad incluyen la política exterior, de seguridad y de defensa.

Por consiguiente, la opción de un sistema bicameral de tipo federal, dotado de un ‘senado’, en el que todos los Estados estén representados de modo paritario y que comparta las funciones legislativas con la “primera cámara” implica una reforma profunda de la actual arquitectura institucional, dado que habría que reorganizar la asignación de competencias a todos los órganos, así como las condiciones del ejercicio de sus funciones.

No es una vía fácil, pero sólo lograremos sentar las bases de una Europa más integrada desde el punto de vista político si tenemos el valor de emprender esta transformación institucional. Además, el camino que se ha de seguir se puede recorrer en varias etapas.

Por ejemplo, las propuestas actuales sobre la reforma del Consejo contienen varias vías de reflexión y podrían constituir un punto de partida.

Sin embargo, considero indispensable encontrar los mecanismos capaces de salvaguardar el principio de igualdad entre Estados y oponerse a la tendencia creciente al recurso a prácticas discriminatorias. Sin esta garantía lo que hipotecamos será, en definitiva, el futuro de Europa.

La consolidación de la Comisión contribuirá, sin lugar a dudas, a que se alcance este objetivo.

 En virtud de su función de guardiana del interés general, la Comisión se opone a que los intereses particulares perjudiquen y se antepongan a los objetivos comunes. Considero que la reciente comunicación de la Comisión va en la dirección adecuada y que contiene un conjunto de propuestas en las que valdría la pena profundizar.

 Estimo igualmente que el mantenimiento de las presidencias rotatorias de la Unión Europea constituye una expresión importante del principio de igualdad entre Estados y un modo de acercar los ciudadanos a la Unión, con un significado político nada desdeñable.

 Para reducir los inconvenientes asociados al actual régimen de presidencias, se podrían mejorar sus reglas de funcionamiento, por ejemplo en el caso de la representación exterior de la Unión, o también en cuanto a la continuidad y la coherencia de la acción desarrollada por las sucesivas presidencias.

Añadamos a esto que una confirmación del papel del Consejo Europeo, que a fin de cuentas es un órgano de representación paritaria de los Estados, en sus funciones de motor y de orientación, que justificaron inicialmente su institucionalización, constituye otro elemento político importante.

Por último, la institución de un mecanismo flexible de control de los principios de subsidiariedad y proporcionalidad podría constituir otra vía digna de ser explorada.

Concretar la ciudadanía europea

El último punto que me gustaría abordar brevemente se refiere a las relaciones entre Europa y los europeos. Para que la unificación de Europa constituya verdaderamente el marco fundador del siglo XXI, todavía se ha de concretar plenamente la ciudadanía europea.

Poniendo como ejemplo el caso de Portugal, se ha de tomar conciencia definitivamente de que ser portugués en el siglo XXI es también, y al mismo título, ser europeo. Con otras palabras, debemos asumir nuestra doble ciudadanía y la responsabilidad individual y colectiva de esta comunidad que comparte destino y valores y que es Europa.

En una época en que empiezan a proliferar los comportamientos preocupantes de xenofobia e intolerancia y se multiplican las manifestaciones de discriminación y las situaciones de exclusión,

 es importante recordar que la Unión Europea representa, ante todo, un espacio de ciudadanía abierta y compartida y que tenemos responsabilidades cívicas y éticas que no podemos eludir.

 Para realizar plenamente esta ciudadanía europea abierta, inclusiva y cívicamente responsable, me atrevo a creer que dispondremos de un pacto constitucional que consagrará el conjunto de los derechos fundamentales, las libertades cívicas y los derechos económicos y sociales de los ciudadanos de la federación.

Pero eso no bastará para crear un espacio público europeo, para crear una comunidad política e imponer una democracia europea y participativa, objetivos manifiestos de Europa.

 Para ello es necesario que los ciudadanos se reconcilien con Europa, se identifiquen con ella y renueven su compromiso con la construcción de un espacio de vida común, basado en valores universalistas y en una visión humanista del mundo.

Los temas que se van a abordar hoy aquí abarcan todas estas cuestiones y estoy convencido de que aportarán una contribución valiosísima al debate sobre el futuro de Europa que hemos entablado.

 

Jorge Sampaio  - http://www.lafactoriaweb.com 

Publicado Originalmente en la revista cuatrimestral la factoría*

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