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En palabras de un eminente historiador, Jaume Vicens i Vives, “Som
fruit de diversos llevats i, per tant, una bona llesca del país pertany
a una biologia i a una cultura de mestissatge”.
Nos une, además, el Mediterráneo, caracterizándonos en los hábitos
gastronómicos, modo de vida y tradiciones.
Andalucía y Catalunya son, por último, pueblos de fuerte
personalidad, de cultura popular rica y de abundantes manifestaciones
populares que han atraído e inspirado recíprocamente a grandes creadores
a lo largo de los siglos.
Las relaciones, de todo tipo: culturales, sociales, económicas...,
interrelaciones e influencias recíprocas entre Andalucía y Catalunya han
sido históricamente enriquecedoras desde los tiempos más antiguos. Tema,
pues, apasionante, imposible de abarcar en un solo artículo.
Por ello, obviaré las épocas más pretéritas e intentaré, a grandes
pinceladas, exponer el estado de la cuestión desde la Edad Moderna hasta
nuestros días, para, seguidamente, exponer algunos destacados ejemplos
de la recíproca atracción entre catalanes y andaluces, especialmente en
los ámbitos cultural y artístico.
Relaciones históricas
Hasta la segunda mitad del siglo diecinueve, contrariamente a lo que
sucedería después, Andalucía fue tierra de inmigración, mientras que
Catalunya lo fue de emigración.
Los catalanes se vieron obligados a acudir a la bahía gaditana, principalmente, y a las ciudades portuarias andaluzas en el siglo dieciocho con la esperanza de participar en negocios vinculados con el comercio americano. La comunicación marítima era entonces predominante.
Se han de destacar las repercusiones positivas que tuvo la
participación de las barcas de bou catalano-valencianas en la Carrera de
Indias de cara al reforzamiento del potencial de la flota andaluza, así
como para la revitalización de su industria naval.
En el siglo diecinueve se apunta claramente la tendencia contraria, se
invierten los términos a consecuencia, principalmente, del fracaso de la
industrialización de Andalucía. Entonces, los andaluces son los que se
ven obligados a desplazarse en busca de fortuna emprendiendo la ruta que
lleva del Sur al Norte.
Mientras Catalunya se convierte en el motor económico de España,
Andalucía, tras el fracaso del proceso de industrialización, queda
sumida en el atraso derivado de una agricultura extensiva.
Esta situación genera una relación de dependencia, que implica la exportación de capitales, tecnología y productos manufacturados, frente a la contrapartida de materias primas y, ya entrado el siglo veinte, de la mano de obra aportada por la emigración.
No obstante, el flujo migratorio andaluz hacia Catalunya se inicia en el diecinueve, aunque de manera númericamente escasa.
A finales de este siglo se produce un interesante fenómeno: la
apertura, especialmente en Barcelona, de almacenes y tiendas por parte
de los comerciantes andaluces.
Paralelamente, los artistas catalanes (pintores, escultores, literatos,
etcétera) encuentran en Andalucía y en sus manifestaciones populares
fuentes para su inspiración. Igualmente el gusto por lo andaluz alcanzó
a buena parte de las capas populares; el flamenco es sin duda la
manifestación artística que alcanza más altas cotas de aceptación, y con
él las comedias de temática andaluza.
Destacable es también la influencia cultural andaluza en la Catalunya
decimonónica, algo que se inscribe en la atracción que la Europa más
industrializada sintió por las “exóticas” regiones meridionales
europeas.
Las intensas relaciones catalano-andaluzas explican que la moda por lo
andaluz no se circunscribiera a las élites dirigentes, a los
intelectuales (pintores, literatos, etc.). En Catalunya, el gusto por lo
andaluz alcanzó a buena parte de las capas populares.
Paralelamente, hay que destacar la contribución andaluza a la
modernización de la sociedad catalana, por medio de un flujo migratorio,
escaso numéricamente pero importante desde el punto de vista cualitativo
(profesores universitarios, profesiones liberales, activistas políticos,
etc.).
Las diferentes trayectorias seguidas por la Catalunya industrial y una
Andalucía sumida en una grave crisis económica, consolidan la
dependencia andaluza al mismo tiempo que explican el reforzamiento de
las relaciones entre ambas partes.
El volumen y la importancia de la inmigración andaluza en Catalunya a lo largo del siglo veinte, y especialmente a partir de la Guerra Civil, ha oscurecido los orígenes de un proceso que, con características distintas y con cifras claramente inferiores, comenzó a fraguarse en la centuria anterior.
En ese siglo, mientras que los capitales, tecnología y
productos industriales se dirigen hacia el sur, desde éste comienzan a
producirse las primeras oleadas de andaluces orientales que emigran
hacia tierras catalanas.
La buena imagen de Andalucía en Catalunya a lo largo de casi todo el
siglo diecinueve se cuartea y se ennegrece progresivamente en el siglo
siguiente.
En paralelo con lo anterior, comienza a forjarse entre los
andaluces la idea de una Catalunya insolidaria. Frente a estos discursos
enfrentados, parte de la intelectualidad de ambas regiones y las
organizaciones obreras se esforzaron en mantener un discurso unitario.
La Guerra Civil vino a interrumpir este delicado equilibrio.
A partir de la década de los años sesenta del siglo veinte, y hasta
nuestros días, las relaciones se intensifican y multiplican, se producen
las grandes oleadas inmigratorias de los andaluces a Catalunya.
Cabe destacar que durante este último periodo se ha venido
desarrollando un incitante diálogo intercultural entre la cultura
catalana y las culturas provenientes de la inmigración desde otros
pueblos de España, un diálogo en el que seguimos inmersos, al que todos
hemos de atender con la mayor objetividad y en el que hemos de
participar con la mayor sinceridad y sin demagogias.
Interrelaciones culturales
Me detengo ahora en ese punto exacto, retomaremos después la cuestión,
para volver sobre los ejemplos históricos de interrelación cultural
entre andaluces y catalanes que les había prometido y que seguramente
nos ayudarán a comprender mejor lo que actualmente está sucediendo, que
no es otra cosa que la intensificación nuevamente de la mutua atracción
entre Andalucía y Catalunya, entre el pueblo catalán y el pueblo
andaluz.
Comprenderán que no exponga minuciosa y exhaustivamente la cuestión ni
desde todos los enfoques posibles, lo que resultaría sin duda árido.
A lo largo de todo el siglo diecinueve, muy especialmente a partir de su
segunda mitad, se produce un continuo flujo de andaluces que se
trasladan para ganarse la vida hacia una Catalunya cada vez más
industrializada.
Que su presencia es significativa parece corroborarlo la
aparición de personajes andaluces en la literatura catalana de cordel y
culta: Milá de la Roca, Serafí Pitarra, Santiago Rusiñol, etc. Y ya que
ha surgido el nombre de Rusiñol, entremos de lleno en los intercambios
culturales entre artistas de una y otra comunidad.
La “buena” imagen de lo andaluz se vio acrecentada cuando Catalunya, un
tanto a remolque del romanticismo europeo, descubrió una nueva
Andalucía, contemplada como una tierra exótica y pasional (en no pocas
ocasiones identificada con Oriente) en la que la exaltación tenía su
hábitat natural, máxime si se tiene en cuenta la paralela atracción por
lo gitano (muy identificado con lo andaluz) y por el flamenco.
En el curso de un viaje por Andalucía a fines del siglo diecinueve,
Rusiñol veía de la siguiente manera a los personajes populares de los
barrios granadinos: “como figuras de un cuadro, de un cuadro triste y
colorido a la vez, característico y típico, oriental y cubano, con
ribetes de salvajes y dejos aristocráticos”.
Rusiñol apoyaría decididamente la convocatoria del Concurso de Cante
Jondo granadino del 22, fue contertulio habitual de la taberna de El
Polinario e incluso se atrevió a cantar fandangos y a bailar
espontáneamente en las fiestas gitanas del Sacromonte.
En el anecdotario flamenco ha quedado su improvisada letra por
fandangos: “He visto un municipá / ensima la losa fría, / con el sable
ladeao / y la visera partía...”
La atracción andaluza hizo que numerosos viajeros catalanes recorrieran
aquellas tierras. Los grupos más numerosos fueron los de los pintores,
quienes dedicaron una atención especial a las prácticas festivas
dominantes en Andalucía, y el de los músicos y literatos igualmente
fascinados por el vigor de la cultura popular andaluza del momento.
Estas ideas se extendieron rápidamente al conjunto de la
sociedad catalana.
En suma, se generalizó en Catalunya el gusto por la moda andaluza, que
invadió teatros, cafés, tabernas y fiestas catalanas, favoreciendo la
rápida y masiva aceptación del cante y baile andaluz, en especial del
por entonces recién nacido flamenco.
Ramón Casas, Isidre Nonell, Anglada Camarasa y Manolo Hugué son
algunos de los grandes artistas catalanes que se sintieron atraidos de
forma poderosísima por la iconografía del flamenco.
Destaquemos también al compositor y musicólogo Felip Pedrell que publicó
dos colecciones de músicas flamencas y unas consideraciones generales
sobre la copla popular.
Fue, además, maestro de Manuel de Falla. Por último, el vilafranquino
Robert Gerhard, músico y compositor, nos ofreció unos magníficos ballets
flamencos y apoyó decididamente el ya mencionado concurso granadino del
22.
Paralelamente, también grandes escritores y músicos andaluces viajan a
Catalunya atraídos por su personalidad y manifestaciones populares. A
finales del siglo diecinueve, en plena Renaixença, llega a la Cerdanya,
concretamente a Bellver de Cerdanya, Gustavo Adolfo Bécquer.
En sus célebres leyendas podemos rastrear el imaginario de
aquella comarca, como ocurre en “La cruz del diablo” por poner un
ejemplo.
Manuel de Falla visita Catalunya en distintas ocasiones, mantiene
contactos con intelectuales y artistas catalanes, se instala en Sitges,
a ofrecimiento de Rusiñol, y acomete la composición de su Atlántida
inspirada en la obra de Verdaguer.
Finalmente, y para no extendernos más, destaquemos las conocidas
estancias de García Lorca en Catalunya, su admiración por Barcelona,
especialmente por las Ramblas, su amistad con Dalí, Sebastià Gasch,
Margarida Xirgu, su interés por el Garrotín de Lleida, por la sardana y,
en general, por toda la cultura popular catalana.
Una etapa de alejamiento
Tras esos periodos de tan intensas interrelaciones y de profunda
atracción se produce un temporal distanciamiento.
La Guerra Civil, además de cortar un proceso de modernización que ya se había afirmado durante el primer tercio del siglo y tantas otras cosas más, provocó también una seria fractura en la relación entre Catalunya y Andalucía,
fractura que se agrandó en los años siguientes como consecuencia, muy
especialmente, de la manipulación que de la simbología del Sur realiza
el franquismo y por la represión sobre la cultura catalana.
Habrá que esperar a los cambios operados con la llegada de la democracia
y la recuperación de las libertades para que nuevamente se produzca un
acercamiento y un nuevo periodo de interrelación cultural con
características nuevas y específicas, aunque en el fondo iguales, en
relación a los anteriores periodos históricos.
El régimen franquista, represor de las culturas que no se identificasen
con la “cultura nacional española”, provocó en Catalunya la aparición de
una resistencia cultural de carácter progresista cada vez más
generalizada para defender la propia identidad nacional amenazada.
Un compromiso “per salvar-nos el mots, per retornar-nos el nom de cada cosa...”, como diría el poeta Salvador Espriu.
Aquella represión social, cultural y nacional coincidió con la
más extensa e intensa inmigración procedente sobre todo del sur de
España.
Una simplista y malintencionada identificación del nacionalismo español
con una determinada forma de cultura, suscitada por la misma dictadura
franquista, que reducía la diversidad cultural a meras “peculiaridades
regionales”,
originaba confusión a inmigrantes y a autóctonos. Como si no se tratase de culturas distintas en contacto sino de variantes de una misma cultura.
Las culturas reprimidas, como la catalana, no eran tales, no tenían
derechos ni razón de ser. Otras, como la andaluza, la extremeña, etc.
eran lastimosamente folklorizadas y “españolizadas”, esperpénticamente
elevadas a “cultura nacional”.
Frente a la represión unitarista se tendía a reaccionar con
planteamientos integracionistas por parte de la cultura resistente.
La acogida de los inmigrantes no siempre comportaba una franca acogida de sus culturas y la invitación a ser catalán a menudo se confundía con el requerimiento velado a la renuncia a la propia identidad cultural o se suponía que paulatinamente se daría; la relación entre nación y cultura se veía también como una correspondencia biunívoca.
Se consideraba catalán “todo aquel que vive y trabaja en Catalunya”,
presuponiendo tácitamente la voluntad de serlo, y dejando pendiente la
reflexión y la formulación de lo que eso comportaba.
Hoy
Con la recuperación de las libertades y las instituciones democràticas
en Catalunya y el desarrollo del Estado de las Autonomías,
la situación cambia por lo que se refiere a la lengua, la cultura y la nación catalanas y también a los derechos ciudadanos, lo que facilita un diálogo intercultural entre los diversos pueblos, y sus culturas, presentes en Catalunya, que no fue posible bajo el franquismo.
En este proceso adquieren una gran importancia los
ayuntamientos, conscientes de que una de sus funciones primordiales
durante estos años será la de proporcionar un marco adecuado a la
convivencia y al intercambio cultural entre sus ciudadanos.
Un intercambio cultural que empieza por el conocimiento mútuo, por
incentivar la curiosidad entre dos culturas que habían pasado demasiados
años dándose la espalda.
Esta ha sido una de mis mayores preocupaciones como alcalde durante
estos años: conseguir generar esa curiosidad mutua entre los ciudadanos,
porque la curiosidad engendra conocimiento y el conocimiento
comprensión,
la comprensión que está en la base de toda convivencia. Es por ello que a menudo viajo a Abrucena y Fiñana al valle de Macael y Serón, a Nueva Carteya, Priego y Alcalá la Real, entre otros tantos municipios andaluces que han ligado su nombre al de Terrassa, porque allí nacieron, de allí vinieron muchos de los habitantes que han hecho grande y próspera nuestra ciudad.
Establecer los lazos de amistad con esas ciudades no es un
hecho nostálgico, es un vivo interés por entender mejor a una parte
importante de nuestros ciudadanos.
Creo que en Terrassa hemos logrado ese mutuo respeto y esa curiosidad,
como lo evidencia la vitalidad y la participación en la muestra
multicultural que se celebra en nuestra ciudad y que hechos puntuales no
pueden desmentir, ya que sólo demuestran que se debe trabajar más fuerte
y en una dirección más amplia.
El acercamiento cultural de estos años ha de servirnos de base
para afrontar el reto de la inmigración no comunitaria, un reto mucho
más difícil, en tanto que el choque cultural es más intenso y los
referentes más escasos.
En cuanto a las relaciones culturales entre Catalunya y Andalucía, cabe
destacar que en la actualidad se reproduce un proceso que guarda cierto
paralelismo con lo que hemos expuesto para los siglos dieciocho,
diecinueve y primer tercio del veinte.
Hoy como ayer, las asociaciones y entidades nacidas en torno a las manifestaciones culturales, festivas y populares de los ciudadanos catalanes originarios del resto de España juegan un importantísimo papel como lugares de interculturalidad.
Un papel facilitado, sin duda alguna, por el hecho de que esos
centros de sociabilidad (con la exclusión de alguna excepción
prácticamente aislada) se hayan desprendido del estigma franquista que
se les suponía (en no pocos casos de manera injustificada) y hayan
obviado la componente nostálgica.
En definitiva, la decidida apertura de estos centros, su esfuerzo por
readecuar sus prácticas culturales y festivas a un nuevo entorno social
y cultural, o dicho de otro modo, una recreación de símbolos culturales
propios que ya no tiene tan puesta la vista en el medio originario como
en Catalunya, están facilitando un incitante diálogo cultural que
enriquece la ya por sí misma diversa y plural cultura catalana.
Por ello, es necesario reafirmar la igualdad por encima de las
diferencias y promover la diversidad por encima de la uniformidad a
través de un diálogo intercultural comprometido e integrador, lo que
significa respetar la pluralidad. El derecho a ser diferentes no es sino
un modo de afirmar el derecho a ser iguales. La igualdad es la condición
de la libertad, de la posibilidad de ser distinto.
Tener puesta la vista en el futuro -y no complacida en la rememoración
del pasado- nos exige destacar los elementos culturales y vivenciales
que sean integradores, mutuamente enriquecedores.
Crear símbolos y ritos de encuentro, de comunicación, de mutuo
conocimiento. El deseo de más libertad y autonomía sólo se alcanza
compartiendo.
Es conveniente activar la vieja idea del ciudadano que pone parte de su
libertad al servicio de los demás. Pasar del recuperar y mantener, al
crear, y crear juntos. Crear una cultura que tenga como denominador
común la pluralidad de expresiones, tradiciones y procedencias.
Es necesario reconocer, conservar y fomentar esta diversidad como
patrimonio cultural catalán.
La relación entre la cultura catalana y la andaluza ya no puede ser la
de dos culturas que se admiran desde lejos, ya no hay distancia entre
ellas, beben de las mismas fuentes, sufren las mismas influencias,
tienen que luchar juntas contra la misma uniformización cultural y, lo
que es más importante, son vividas por la misma gente y se producen en
el mismo territorio.
En estos momentos ya nadie pone en duda la fuerza renovadora que la cultura andaluza que se produce en Catalunya está teniendo en la cultura andaluza en general.
El flamenco es el ejemplo más expresivo de esta renovación
cultural que se genera desde Catalunya hacia Andalucía.
Caminamos con paso decidido hacia otra cultura en Catalunya, una cultura
hecha a partir del substrato aportado por todos sus ciudadanos, como no
puede ser de otro modo. Pero no hay que olvidar tampoco que su logro
será un proceso a largo plazo, con una serie de implicaciones
urbanísticas, laborales, educativas, etc,
que van más allá de las estrictamente políticas, aunque sea la
política el camino para resolverlas. Sin duda, éste será uno de los
temas de debate de nuestro inmediato futuro, sobre el que habrá que
volver de forma recurrente.
Puede que, sin darnos cuenta, se haya iniciado una nueva forma de
diálogo, una nueva forma de integración, creando espacios comunes que
son nuevos para todos, pero que son de todos, creando la ciudad-crisol
en la que la interculturalidad es y será diálogo y convivencia, en la
que no sobra ningún talento.
Manuel Royes - http://www.lafactoriaweb.com
Publicado Originalmente en la revista cuatrimestral la factoría*
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