Suscríbete GRATIS al boletín y recibe:
10 ebooks con las lecciones empresariales más representativas de Jack Welch, Kenichi Ohmae, Michael Newman y otros exitosos líderes de primer nivel en el mundo de los negocios...
Al pulsar aceptas los términos de uso y la política de privacidad
O mediante uno de los siguientes servicios:
En una espectacular intervención ante la Asamblea del Banco Mundial (BM) y el Fondo Monetario Internacional (FMI) en Hong-Kong el pasado 24 de septiembre, el presidente del BM,
James Wolfensohn, afirmó que las crecientes desigualdades
internacionales pueden explotar como una bomba de relojería en la cara
de las próximas generaciones. Y concluyó: Sin igualdad será imposible
tener estabilidad en el mundo"1".
Pero la práctica de esa poderosa institución sigue con una coherencia de
hierro la definición del desarrollo que figura en sus estatutos desde
1944, según la cual éste es función directa de la expansión del comercio
internacional y de la inversión exterior.
Y ello pese a que, según los datos que proporciona el propio Banco,
el enorme crecimiento de ambos factores en los últimos años están
agravando la desigualdad Norte/Sur"2".
El BM habla, a veces, como una agencia de ayuda al desarrollo, pero
actúa siempre como un banco, cuyo negocio es, precisamente, el
desarrollo"3".
En la cooperación internacional abunda la antinomia entre los discursos
y la práctica.
Porque estamos asistiendo a un declive silencioso de la Ayuda Oficial al
Desarrollo (AOD)"4", acompañado por discursos atronadores a favor de la
lucha contra la pobreza.
Declive en cuanto a sus recursos económicos, a la distribución
interna de fondos entre los dedicados propiamente al desarrollo y los
que se destinan a acciones de emergencia y -en último lugar, en el
orden, pero no en su importancia-, en cuanto al peso creciente de los
fines comerciales en su gestión.
Casi treinta años después del acuerdo de la Asamblea General de Naciones
Unidas de destinar el 0,7% del PNB de países del Norte a AOD, el modesto
objetivo se va alejando. Sin un cambio radical en los principios y
prioridades que rigen las relaciones internacionales, este retroceso
continuará.
La idea central que va a exponerse en este artículo es que este
retroceso no es consecuencia fundamentalmente de la fatiga de la ayuda,
ni de ningún otro estado de opinión social o político basado en la
desconfianza sobre la eficacia de la AOD o en el apoyo a instrumentos
más adecuados para el desarrollo humano de los pueblos del Sur.
Tampoco cabe atribuirlo simplemente a una falta de voluntad política de los donantes.
Es consecuencia de la contradicción entre las normas, objetivos
y decisiones que rigen las relaciones Norte/Sur y aquellas que son
necesarias para que se realice la cooperación solidaria. Estas flechas
van ciertamente en sentido contrario.
Vamos a dar un punto de vista sobre cómo afecta esta contradicción a la
AOD. Pero la AOD es un instrumento relativamente débil dentro de la
cooperación internacional al desarrollo. Recurriendo a una imagen
informática, la AOD es sólo una aplicación dentro del sistema operativo
de las relaciones Norte/Sur,
cuyas riendas económicas están en las manos del FMI, el BM y,
muy especialmente, la Organización Mundial del Comercio (OMC), que son
quienes establecen las reglas de juego de la globalización.
Por ello, es necesario situar sus problemas respecto a este entorno
determinante. Por aquí empezaremos, para referirnos después el estado
actual de la AOD española.
Acuerdos de los organismos internacionales
Se está destinando un trozo más chico de una tarta más chica a las
actividades básicas de reducción de la pobreza y asistencia económica.
Informe del Banco Mundial. 21.3.97.
En 1996"5" la AOD fue de unos 55.000 millones de dólares; retrocedió un
4,2 % situándose al nivel de 1990 y en el mínimo histórico del 0,25% del
PNB. Sólo significó el 19,2% de los flujos financieros N/S; el 77,2%
fueron flujos privados, de los cuales, la Inversión Extranjera Directa (IDE)
alcanzó los 110.000 millones de dólares, cuatro veces su nivel de 1990 y
aproximadamente el doble de la AOD"6".
Esta asimetría radical no debe entenderse como un desplazamiento de
fondos hacia un uso más eficiente para el desarrollo, bajo la guía de la
omnipresente mano invisible.
En realidad, el 73% de la IDE se concentra en 12 países, precisamente aquellos que ofrecen mejores oportunidades de negocio y, dentro de ellos, en sectores que no tienen nada que ver con la satisfacción de las necesidades sociales básicas.
El terreno que abandona la AOD no lo ocupa nadie y el resultado
global de esta privatización de flujos es el incremento de la exclusión
y de las desigualdades sociales, dentro del propio Sur y de los mismos
países receptores privilegiados de IDE.
Esta situación va a agravarse con la entrada en vigor en 1999 del
acuerdo de la OMC sobre la desregulación de los servicios financieros,
la banca y los seguros"7".
El acuerdo fue adoptado aprovechando el clima de incertidumbre
creada por la crisis asiática y constituye una muestra aplastante de
capacidad de manipulación de la opinión pública.
Efectivamente, fue presentado como un conjunto de medidas que benefician
particularmente a los países en desarrollo, según el ministro de
Finanzas alemán Theo Weigel, y ya puestos, a los más desfavorecidos.
Pero es obvio que el objetivo de este acuerdo es poner fin a cualquier
autonomía del sistema financiero de cualquier país del Sur, que pasarán
uno tras otro al control de los grandes bancos y aseguradoras del Norte,
cuyos procesos de concentración en curso se incrementarán.
Con seguridad, crecerá un negocio que alcanza ya los 140 billones de dólares (20 veces el PIB de los EE.UU.) pero los beneficios que gotearán al Sur serán, en cualquier caso, marginales. En cambio, el Acuerdo se ha impuesto sin oposición significativa y con la autoridad inexorable de la transparencia del mercado, cuya ausencia se considera responsable de la crisis asiática.
Al parecer, no pasó por allí la gigantesca especulación financiera que recorre el mundo, y que será estimulada por el Acuerdo. Y por supuesto, tampoco aparecen por parte alguna los dramas sociales que la crisis ha engendrado, los millones de nuevos refugiados, el empobrecimiento masivo...
Los préstamos gestionados por el FMI para los países asiáticos (uno
sólo de los cuales, el de Corea del Sur, alcanza un volumen equivalente
a la AOD mundial: 57.000 millones de dólares) excluyen, nunca mejor
dicho, cualquier medida de asistencia a las víctimas de abajo.
En fin, la situación N/S podría empeorarse si la OCDE aprueba finalmente
el Acuerdo Multilateral de Inversiones (AMI), considerado por el
presidente de la OMC, Renato Ruggiero la Constitución de una economía
mundial unificada.
El AMI viene negociándose reservadamente desde 1995 y hay que agradecer particularmente a Le Monde Diplomatique la contribución que ha prestado a su conocimiento público"8".
El retraso de su firma hasta finales de año da un margen
suplementario para hacerle frente que deberá ser aprovechado porque la
amenaza que supone, especialmente pero no sólo, para los pueblos del Sur
es gigantesca.
El AMI establece la eliminación de la soberanía de los Estados sobre las
inversiones en su territorio. Cualquier modalidad de trato preferencial
de sectores sociales vulnerables o regiones atrasadas, cualquier
criterio de interés público en el control de inversiones por razones
ecológicas o sociales, cualquier condición sobre la repatriación de
beneficios... quedaría suprimida.
Y a la vez, cualquier intervención gubernamental, o incluso desorden
civil, que ocasione no ya pérdidas efectivas a los inversores, sino
pérdidas de oportunidad de beneficios deberá ser indemnizada. En caso de
litigio, los inversores, pero no los Estados, podrán recurrir ante una
instancia de arbitraje, cuyas decisiones serán obligatorias.
Desde hace tiempo, las ONG y otras organizaciones solidarias proponemos
que se instaure un Código Ético al que deberían someterse las
multinacionales.
Pues bien, el AMI es lo contrario: un Código Anti-ético, o
simplemente un anti-código, la ley del más fuerte en estado puro. Para
los países del Sur equivale a una nueva colonización. Bajo su égida, la
expresión cooperación internacional para el desarrollo se resume en el
viejo sarcasmo: tú dame el reloj que yo te daré la hora.
En este contexto, la única acción multilateral que se dice dotada de un
sentido solidario es la Iniciativa del FMI y el BM para la reducción de
la deuda para los países llamados HIPC (siglas inglesas del eufemismo:
Heavely Indebted Poor Countries, países pobres severamente endeudados),
es decir, aquellos países más pobres que, según los acreedores, no
alcanzan el nivel de sostenibilidad de la deuda externa (otro eufemismo,
éste particularmente cínico; se considera que la deuda es sostenible
cuando el país puede pagar su servicio aunque sea, como suele ser, a
costa de sacrificios verdaderamente insostenibles de su población).
La Iniciativa obtuvo un amplio eco mediático, totalmente inmerecido.
El ejemplo considerado emblemático es el de Uganda. Pues bien, Uganda lleva dos trienios de ajuste estructural, durante los cuales ha venido destinando 7 dólares por habitante y año al servicio de la deuda y 3 a salud (en su informe de 1993, el Banco Mundial consideró que 4 $ por habitante y año es suficiente para las necesidades de salud de los países pobres).
Es un país muy pobre, en el que se ha conseguido una mejora de las grandes magnitudes macroecónómicas a costa de mantener unos servicios sociales de nivel ínfimo y gravísimas desigualdades internas, fuente de conflictos armados endémicos, entre el Sur bantú menos pobre y el Norte campesino cairebeño que apenas sobrevive.
Pues bien, la mentada Iniciativa se proponía reducir su deuda
en un 20% (340 millones de dólares en valores netos actualizados, de los
cuales el FMI aportaría 70 millones).
Finalmente, no se logró ni siquiera este acuerdo y Uganda ha tenido que
esperar al menos un año: esta espera ha supuesto al país pérdidas
suplementarias de entre 35 y 40 millones de dólares"9".
Estas cifras deben contrastarse con las que han ido apareciendo en los
párrafos anteriores sobre los flujos de capital y de negocios. Se ha
calculado que la iniciativa de condonación de la deuda para los países
HIPC en su conjunto tendría un coste equivalente a lo que los ciudadanos
británicos gastan al año en ir al cine"10". Pues ni así.
Y además, la atención que merecen los países HIPC no debe dejar en el
olvido el problema general de la deuda de los países del Sur: 2 billones
de dólares, que crecen regularmente a un ritmo anual de aproximadamente
un 5%.
Esta deuda es la fuente de una enorme transferencia de recursos
del Sur hacia el Norte, recursos que son imprescindibles para el
desarrollo social de los países deudores. No merece credibilidad ninguna
política de lucha contra la pobreza que no incluya un programa global de
condonación de la deuda externa del Sur.
En realidad, los países del Norte no toman en consideración ninguna de
las propuestas que buscan recursos extraordinarios para la lucha
efectiva contra la pobreza.
El impuesto Tobin"11" reaparece cada vez que se produce una crisis monetaria.
Desgraciadamente, tras un corto período se le vuelve a colocar la etiqueta de ilusorio. Sólo lo es porque va en dirección contraria a la doctrina de la OMC. Por lo demás es una idea muy razonable para establecer algún control sobre la especulación financiera (el 85% de los 1,3 billones de dólares de transacciones diarias en divisas)
y podría ser una fuente de recursos muy considerables para el desarrollo: de hecho, podría financiar la propuesta del PNUD para erradicar la extrema pobreza en el año 2005"12".
Si el Impuesto Tobin no se toma en consideración no es por sus
dificultades técnicas. Es porque la voluntad política que cuenta
efectivamente, protagonizada por la OMC, busca la desregulación, no el
control de los movimientos internacionales de capital.
El dividendo por la paz soporta un destino similar. El PNUD propone
desde hace años que el descenso en gasto militar que viene produciéndose
desde mediados de los 80 (por un volumen acumulado entre 1987 y 1995 de
2 billones de dólares) se destine a la lucha contra la pobreza.
Pero Michael Renner ha calculado que en 1994 sólo se destinaron a tareas de desmilitarización y construcción de la paz 16.000 millones de dólares, equivalentes al 2% del gasto militar mundial.
Vicenç Fisas, considera con razón el desarme como una inversión retardada que originaría costes a corto plazo y beneficios a largo plazo"13".
Justamente por ello, el dividendo por la paz es también una
propuesta ilusoria para la lógica neoliberal: compite en desventaja con
la inversión en armamento, que garantiza beneficios sustanciales a corto
plazo, y además, busca primordialmente la obtención de beneficios
sociales, una categoría invisible para la mano invisible.
En definitiva, la orden del FMI, el BM y la OMC para el Sur es la
combinación del crecimiento acelerado con la integración en la
globalización"14".
Para sostener este punto de vista después de la crisis asiática hace falta, particularmente, una carencia absoluta de memoria; por ejemplo en mayo de 1997, unos meses antes del estallido de la crisis asiática, el Informe el informe del FMI Perspectivas de la Economía Mundial afirmaba:
Los países que se adhieren a las fuerzas de la globalización y adoptan las reformas necesarias para ello, liberalizando los mercados y ajustándose a la disciplina macroeconómica, probablemente se coloquen en una trayectoria de convergencia con las economías avanzadas, siguiendo el ejemplo exitoso de las economías asiáticas recientemente industrializadas. Salvo lo del ejemplo exitoso"15", el FMI repite hoy la misma cantinela.
El BM, que cuida más las fórmulas y reconoce a menudo los
efectos excluyentes de la globalización (porque ese es, justamente, su
campo de negocios), dice amén al FMI, como no podía ser de otra manera,
cuando se trata de los grandes dogmas del neoliberalismo.
Con lo cual volvemos a la más rancia teoría del goteo, según la cual el
crecimiento económico producirá automáticamente la erradicación de la
pobreza: ésta es la única y verdadera política de desarrollo del
neoliberalismo. Y el goteo alcanza efectivamente a algunos países del
Sur o, mejor, a algunos sectores sociales de los países del Sur. Pero
condena a la exclusión a una masa inmensa de seres humanos.
Esta es la red del desarrollo realmente existente. Y como aquellas de
los trenes a comienzos de siglo, estas redes tejen una malla grande que
enlaza las potencias comerciales, bancarias, industriales, que conecta
las capitales pero deja fuera zonas grises, periferias, terrenos
baldíos, países o subcontinentes enteros"16".
En esta red, la AOD parece condenada a ser un complemento o un
suplemento de las relaciones dominantes Norte/Sur.
La presión más fuerte quiere hacer de ella un complemento. El Banco
Mundial lo formula en su último informe con toda crudeza: la AOD debe
sostener los buenos programas de reforma económica, promover políticas
acertadas en los países pobres y favorecer una fuerte
ìdentificación´local con el programa de reformas (reforma es el
eufemismo que se utiliza en el FMI y el BM para sustituir al desgastado
término ajuste estructural)"17".
Pero todavía (¿por cuánto tiempo?) queda margen para que sea un
suplemento: es decir una actividad relativamente autónoma,
que responde a una demanda social real solidaria que existe en
sectores amplios de la población del Norte frente a la injusticia y los
horrores que llegan del Sur y a la que se destinan recursos
decrecientes, especialmente a través de las ONGD.
Veamos estos problemas más de cerca, a partir de la situación actual de
la AOD española.
La posición española
La política española de Cooperación Internacional para el
Desarrollo"18", inspirada en la Constitución, expresa la solidaridad del
pueblo español con los países en desarrollo y particularmente con los
pueblos más desfavorecidos de otras naciones....
Proyecto de Ley de Cooperación Internacional para el Desarrollo. Boletín
Oficial de las Cortes Generales. Serie A. 30.3.1998. Núm. 81-10. Pág.
183.
La AOD española, que cayó en picado en 1996, al nivel de 1990 en
porcentaje del PNB, (0,22%) sólo se recuperó muy modestamente en 1997
(0,24%, nivel de 1991); las previsiones para 1998 parecen indicar que se
mantendrá ese nivel.
Como se ha caído tan bajo, es posible que haya alguna subida, pero ni los compromisos del pasado, ni los que se reiteran en el presente, de alcanzar el 0,7% en el año 2.000 son creíbles.
Los incrementos de la AOD que pueden preverse de cara al futuro
se deben más a la inclusión en ella de partidas que, en buena lógica, no
le corresponden, como las llamadas operaciones de mantenimiento de la
paz, que a una mayor dotación presupuestaria para los instrumentos
genuinos de cooperación.
A falta de una mejora de la cantidad, quizá podía darse una mejora de la
calidad, como se escucha a veces a responsables de la Administración.
Vamos a comprobar que no es así, analizando algunos de los componentes
de la AOD, pero hay que señalar de entrada la dificultad de la tarea.
Efectivamente, la partida de la AOD más transparente es sin duda la que
corresponde a las ONGD, que no sólo publican todos los años un
Directorio en el que hay cada vez mayor información económica y social
sobre sus trabajos;
además acaban de hacer público un extenso estudio con una información exhaustiva de las convocatorias de subvenciones de la Administración central durante los tres últimos años"19".
Queda, desde luego, mucho por hacer (y hay muestras de voluntad para
hacerlo; por ejemplo, varias ONGD, entre las cuales ACSUR-Las Segovias,
están preparando programas de evaluación del impacto de sus propios
proyectos). Pero si la información de la Administración alcanzara ya ese
nivel, la transparencia de la AOD mejoraría notablemente."20"
Porque aunque las ONGD canalizan el interés de la sociedad hacia la
cooperación, y posiblemente mucha gente piense que están en sus manos la
mayoría de esos recursos, en realidad, sólo gestionan poco más del 10%.
El 90% de la AOD es gubernamental; en su gran mayoría, del orden del
85%, responsabilidad del Gobierno central.
Por otra parte, el Ministerio de Economía y Hacienda (MEH)
controla la mayor parte de los fondos de la AOD, más del 60% del total
de los recursos, equivalente a más del doble de los que corresponden al
Ministerio de Asuntos Exteriores.
Empezaremos pues por el MEH. De los fondos que están bajo su
responsabilidad el que mejor conocemos es aquel que el Ministerio ha
tratado con más ahínco de ocultar: los fondos FAD. Gracias al esfuerzo
de Carlos Gómez Gil disponemos de una información exhaustiva hasta
1995"21", que el propio investigador se ha comprometido a continuar,
afortunadamente para el movimiento solidario.
El balance de los FAD no admite duda: han sido utilizados en su inmensa
mayoría para fines comerciales, completamente ajenos a la cooperación
para el desarrollo"22". Así sigue ocurriendo, como acaba de señalar el
reciente informe del CAD"23".
El FAD llegó a representar el 70% de la AOD bilateral en 1974 (86.663
millones de pesetas). Su peso ha disminuido por diversos factores:
aumento de los reintegros, condiciones internacionales más severas para
la concesión de estos créditos, problemas de gestión del MEH...
Pero sigue siendo muy considerable e incluso se prevé un repunte en 1998 (50.000 millones de pesetas, un 25% más que en 1997). Aunque es cierto que la tendencia internacional va hacia su disminución (precisamente porque se trata de un instrumento de comercio exterior de escasa utilidad para los países más fuertes del Norte, en especial, para los EE UU)
ésta no es razón suficiente para olvidar el problema y dejar que lo
resuelva el tiempo.
Se trata finalmente una cuestión de transparencia ante la sociedad: un
instrumento de carácter comercial no debe figurar en la AOD. Ésta es una
de las cuestiones centrales que tiene que resolver la futura Ley de
Cooperación para que pueda ser apoyada desde posiciones solidarias.
El MEH es también responsable de la aportación española a los Organismos
Financieros Internacionales (Banco Mundial, Bancos regionales de
desarrollo...).
Estas aportaciones oscilan considerablemente por razones de carácter técnico; no oscila en cambio la orientación con la que, antes el Ministerio de Comercio y ahora el MEH, mueven estos fondos: se trata de conseguir retornos en forma de beneficios para las empresas españolas.
No hay información concreta y aún menos una evaluación sobre el uso y el destino de estos fondos.
No se conoce que el Gobierno español haya planteado nunca una discusión relevante en ninguno de estos organismos respecto a sus planes y proyectos.
En cambio también aquí son exigibles los criterios de coherencia: es
decir, la aportación de fondos española debería estar condicionada al
respeto a los principios y objetivos de la cooperación para el
desarrollo.
En fin, la aportación española a la Unión Europea está también en el
presupuesto del MEH, aunque en este caso, la responsabilidad que
corresponde a España en la política de cooperación del desarrollo de la
UE debe adjudicarse al Gobierno como tal.
Éste es un tema que desborda por completo los límites de este
artículo"24", pero señalaremos algunos puntos de especial interés. En lo
que se refiera a la aportación española, es ya la partida más importante
de la AOD (en previsiones, se incrementa un 14,4% respecto a 1997).
Pero tampoco aquí ha trascendido ninguna opinión o propuesta
particular del Gobierno español sobre la política de cooperación de la
UE, salvo la presión por alinearla con la política de Clinton contra
Cuba que el Gobierno defendió, afortunadamente sin éxito, hace algún
tiempo.
La UE es el principal donante mundial (sumando las aportaciones
comunitarias y las de los Estados miembros) tanto en la cooperación para
el desarrollo (33.776 millones de dólares; EE UU, 11.709; Japón,
11.151), como en Ayuda Humanitaria (en 1996, la UE destinó a esta
partida 1.646 Mecus, el 53% del total mundial).
Estas cifras deben matizarse teniendo en cuenta el ya habitual y
enorme desfase entre los fondos comprometidos y los efectivamente
realizados del presupuesto de ayuda de la UE, que han supuesto un
ahorro, por decirlo de alguna manera, de nada menos que 25.000 Mecus en
el período 1993-1999.
Este año ha habido hasta el último momento el riesgo de una sensible
disminución de recursos para la AOD en el presupuesto comunitario, como
consecuencia de un trasvase de recursos hacia las relaciones mercantiles
con los países de Centro y Este de Europa y del Mediterráneo.
Finalmente, se mantendrán aproximadamente las cifras de 1997,
pero muy probablemente, en uno u otro momento, la AOD irá retrocediendo
frente a los recursos destinados a la ampliación de la UE y a su
periferia mediterránea.
En fin, como en tantos otros campos, la potencia económica de la UE en
cooperación para el desarrollo no está al nivel de su papel político
práctico.
Ni en el CAD, ni en el FMI (donde dispone del 35,3% de los votos), ni en el Banco Mundial, ni siquiera en las Cumbres Internacionales de los últimos años, la UE representa nada sustancialmente distinto a los consensos habituales, bajo la hegemonía de la única potencia que sí tiene una política exterior proporcional, por lo menos, a su fuerza económica:
los EE UU. Sirva de muestra la reciente gira africana de Clinton por el triángulo Uganda, Senegal y Sudáfrica, trozo del pastel que EE UU quiere hacer suyo en África. No por casualidad, dos de estos vértices,
Senegal y Sudáfrica, coinciden con las bases africanas de la
Fundación del conocido especulador financiero George Soros, que
subvenciona publicaciones y ONG partidarias de la sociedad abierta, con
un presupuesto anual de unos 60.000 millones de pesetas (superior al de
la Agencia Española de Cooperación Internacional)"25".
Por su parte, el Ministerio de Asuntos Exteriores gestiona
aproximadamente el 27 % de los recursos de la AOD. Vamos a referirnos
aquí a los que están bajo la responsabilidad de la Agencia Española de
Cooperación Internacional (AECI).
La AECI ha aumentado considerablemente su presupuesto en los últimos dos
años y parece haberlo consolidado en los Presupuestos Generales del
Estado; estará en torno a los 45.000 millones de pesetas en 1998. Este
incremento debería haberse traducido en una mejora sustancial de la
calidad de la AOD, en cuanto cabe atribuir a estos recursos un destino
orientado por criterios estrictamente solidarios.
Pero esa calidad no ha mejorado. Según el informe del CAD de febrero de
este año, España ocupa el último lugar, ex-aequo con los EE UU, en el
porcentaje de AOD/PNB dirigida a los países más pobres (0,02%; la
recomendación de la Cumbre de Copenhague fue llegar al 0,15%);
ocupa también el último lugar, esta vez en solitario, en el
porcentaje global de AOD destinado a estos países (sólo el 11,3%). Por
otra parte, sólo el 11% de la AOD está destinada a servicios sociales
básicos, muy por debajo del compromiso del 20% asumido en Copenhague. Y
en fin, cerca del 50% de la AOD bilateral tiene carácter ligado, el
doble de la media del CAD"26".
Estos datos indican hasta qué punto la política de cooperación española
es una política de oferta y no, como debería ser una política de
demanda.
Efectivamente, en la cooperación para el desarrollo son las necesidades
de los pueblos del Sur (la demanda) lo que debe determinar el destino y
las prioridades de los recursos; ésta fue la razón por la que algunas
ONG nos opusimos a que se incluyera entre las prioridades a que deben
atenerse los proyectos de las ONGD que concurren a las convocatorias de
la SECIPI, las sinergias con la economía española.
Pero las presiones comerciales, la prioridad que se da a la búsqueda de
retornos"27", dan en realidad un peso determinante a la oferta es decir
a los intereses económicos y políticos del donante.
Así sucede incluso en los programas de condonación de deuda: en vez de incorporar interesantes experiencias internacionales de conversión de deuda en programas de desarrollo,
España ha convertido una deuda de 6.250 millones de pesetas con
Marruecos en un proyecto de inversión de una empresa española."28"
No cabe atribuir esta orientación política solamente a la influencia del
Ministerio de Economía y Hacienda. El MAE participa de ella.
En este sentido, es significativo que en el proyecto de Ley de Cooperación, que actualmente se encuentra en la recta final de su debate en las Cortes, se afirmara el carácter preferentemente ligado de los recursos gestionados por el Ministerio de Asuntos Exteriores; esta referencia ha sido afortunadamente eliminada del Dictamen; hay que esperar que se confirme su eliminación del texto definitivo y, sobre todo, de la práctica.
Es una de las condiciones para que la cooperación española sea
coherente con los principios que establece la propia Ley, como el que
hemos reproducido al comienzo de este apartado.
En cuanto a los recursos públicos, hay que hacer aunque sólo sea una
breve referencia al impresionante crecimiento y la mejor orientación
general de la cooperación descentralizada, que se ha multiplicado por
siete en el último quinquenio y llega ya a más de 23.000 millones de
pesetas, eso sí,
muy desigualmente repartidas: sólo 6 comunidades están por encima de
la media del 0,27% AOD/PIB per cápita (Navarra: 1,18%, Andalucía: 0,27%;
Madrid: 0,20%; Catalunya: 0,19%; Galicia: 0,02%...son cifras
destacadas).
El porcentaje destinado a servicios sociales básicos es del 31,9%, muy
superior al de la AECI (8,9%). Tiene mucho que ver con ello que la
cooperación descentralizada destine una proporción importante de sus
recursos a proyectos de las ONG:.
De hecho, el 17,34% de los recursos que gestionan las ONG
proceden de Ayuntamientos y Comunidades Autónomas (el 21,15% que procede
de la SECIPI)"29".
Otros textos de este dossier tratan específicamente de la situación de
las ONGD. Por ello nos limitaremos aquí al aspecto particular de sus
recursos económicos, objeto preferente de este artículo.
En 1996, las ONGD que forman parte de la Coordinadora española han
gestionado más de 40.000 millones de pesetas.
Es una progresión importante, la mayor conocida después del gran salto de 1994. Son especialmente significativos los incrementos de donaciones privadas (cerca de 3.000 millones de pesetas) y de la cooperación descentralizada (unos 4.500 millones de pesetas); ambas partidas parece que continúan creciendo en 1997 y 1998.
Los fondos procedentes de la SECIPI que tenían un crecimiento
sostenido (1.200 millones aproximadamente en 1996) parece que tienden a
estancarse, pese al incremento de los proyectos de calidad que se
presentan a sus convocatorias.
La proporción entre fondos de origen privado (43,21%) y público (56,79%)
se puede considerar muy buena respecto a las referencias
internacionales. Pero hay que decir inmediatamente que estas cifras
globales no dan una imagen adecuada de la realidad.
Las donaciones privadas van hacia un número reducido de ONG y sólo de dos categorías: las de vinculación religiosa, las grandes organizaciones internacionales dedicadas preferentemente a la ayuda de emergencia y las ONG que dependen del mercado publicitario.
Es decir, las ONG laicas y de orientación no publicitaria tienen,
tenemos, una muy alta dependencia de fondos públicos.
Éste es, en mi opinión, un problema mayor y tiene muy difícil solución.
No forma parte de la cultura ciudadana de la base social potencial de
estas organizaciones la donación para proyectos de cooperación. Es muy
dudoso que se produzcan cambios significativos en este aspecto.
Además, en las ONG repercute también de la debilidad asociativa general que padecemos.
Hay que explorar otras vías. Quizás en relación con la economía
solidaria, integrando a las ONG en redes sociales que en el Norte y en
el Sur buscan organizar una economía y una vida insumisas ante el lucro
y el mercado...
Por este camino o por otros, hay que buscar una salida al laberinto.
Estamos ante una cuestión vital y de naturaleza no fundamentalmente
económica. Efectivamente, esta cuestión afecta a la autonomía moral -es
decir, la capacidad para establecer libremente los fines y los valores
que orientan la propia acción- que tiene que ser el eje de una
organización progresista."30"
La experiencia muestra que es posible compatibilizar durante un tiempo,
más o menos duradero, la autonomía moral y una alta dependencia
económica de fondos públicos.
Pero es muy problemático en la práctica (porque hay proyectos muy importantes que no encuentran financiación pública y porque entre los que la encuentran no están necesariamente los que la ONG considera prioritarios),
muy inseguro (porque un conflicto con un donante puede aparecer en cualquier momento), poco adecuado para el desarrollo de un pensamiento crítico respecto al mundo en que nos ha tocado vivir...
Podríamos seguir con la lista de riesgos, pero queremos destacar uno:
atrapa a la ONG en la opción que situábamos al principio entre ser
complemento o suplemento en la cooperación internacional tal como está
establecida. Y hay que liberarse de esa opción.
Porque la respuesta al declive de la AOD no puede consistir simplemente
en reclamar más fondos y tratar de ampliar la parcela del trabajo
solidario.
Tienen que convivir el trabajo del día a día, los proyectos de desarrollo y sensibilización que son la aportación propia de las ONG a la solidaridad Norte/Sur, con la implicación abierta en el esfuerzo por cambiar de raíz eso que se conoce por globalización.
Un esfuerzo que comparte mucha gente y muy diversas organizaciones.
En el cual a las ONG sólo les corresponde, probablemente, un papel
modesto. Pero sin el cual la cooperación solidaria no tiene sentido.
Miguel Romero - http://www.lafactoriaweb.com
Publicado Originalmente en la revista cuatrimestral la factoría*
Buscar recursos sobre
Master internacional desde España (Online)- Becas parciales
Una frase memorable
Acerca de GestioPolis: Qué es GestioPolis — Términos de uso y Política de privacidad — Mapa del sitio — Contácto — Aliados — Contratar publicidad
Derechos de Autor: Los contenidos están bajo la licencia Reconocimiento - No comercial - Compartir bajo la misma licencia 3.0 Unported de Creative Commons a menos que se indiquen derechos de autor específicos. Si desea citar o utilizar públicamente alguno de los contenidos le solicitamos ponerse en contacto con el respectivo autor.
Derechos Reservados sobre el concepto del sitio web GestioPolis.com © 2008 Carlos López