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Las fuerzas capitalistas han ganado esta manga de un siglo, estratégica y económicamente, consiguiendo además afianzar en todas las opiniones públicas el mensaje de que el capitalismo sería la libertad.
Este inquebrantable capitalismo, que creímos debilitado y amenazado tras la gran crisis de 1929-1932 y la Segunda Guerra Mundial, se restableció plenamente en los años cincuenta y, desde entonces, no ha dejado de reforzar su influencia en el mundo.
Hasta el punto de que ya no hay proyecto alternativo creíble,
de que los desacuerdos sobre las eventuales correcciones o inflexiones
convenientes o posibles son profundos y paralizantes, y de que la
desesperación se ha apoderado del movimiento socialdemócrata y, de forma
más general, de las fuerzas progresistas.
Al final, nadie entiende nada. Los grandes debates actuales, sobre la
globalización y sobre Europa, están claramente marcados por la
ignorancia, la confusión, la hipocresía, las estrategias personales y
una total ausencia de visión a largo plazo.
Desde que se restableció el capitalismo después de la Segunda Guerra Mundial, hace cerca de sesenta años, se han producido tres acontecimientos principales, independientes los unos de los otros o casi, y que es tremendamente importante distinguir si realmente queremos saber lo que está sucediendo y hacia dónde vamos.
No hablaré aquí del cuarto acontecimiento principal, la aparición del
terrorismo mundial, demasiado reciente y no con peso suficiente como
para invertir el curso de las cosas, sino para agravarlo.
El primero tiene que ver con la tecnología. La vertiginosa aceleración
de la velocidad, en el transporte de bienes, personas e información, en
el análisis, tratamiento y cálculo de datos y en el acto de producción,
ha reducido las dimensiones del mundo, hecho interdependientes a todas nuestras naciones y provocado, por necesidad, la apertura de las fronteras a todo lo que se mueve menos los hombres: productos, capitales, servicios, ideas, modas, ropas y músicas. La contaminación, las epidemias y el crimen no se han hecho esperar.
Esta evolución nace claramente de la técnica y se habría producido en
cualquier sistema de organización social nacional o internacional. La
expresión "aldea global" describe a la perfección su resultado.
Evitar la guerra
El segundo acontecimiento, totalmente ajeno al primero, podría haberse
producido unas décadas, incluso unos siglos antes, pero aconteció en la
segunda mitad del siglo XX.
Es el hecho de que varios países de Europa decidieran unirse mediante vínculos institucionales para hacer que la guerra fuera algo imposible entre ellos.
El objetivo era la paz y el medio, la organización y la
profundización de la interdependencia económica. Uno de los resultados
fue la creación de un mercado de grandes dimensiones que permite a las
empresas de la zona adquirir tamaño mundial.
La Europa institucional se construyó sin referencia a ningún proyecto de
sociedad, tan solo al elemento fundamental, pero parcial, de preservar
en su seno la libertad de empresa y los derechos humanos.
No hubo ningún acuerdo sobre la intención o la necesidad de adoptar uno, como tampoco lo hubo sobre la definición de lo que podría ser, ni al principio ni ahora.
Las fuerzas conservadoras, mayormente dominantes durante todo
el período, han mantenido en Europa un capitalismo clásico, al igual que
han sabido mantenerlo en cada uno de los Estados miembros, con algunos
avances sociales significativos de diferencia, especialmente en Francia.
Estas mismas fuerzas han logrado impedir constantemente la emergencia de
una identidad política europea y de una capacidad europea significativa
para crear una política exterior y una política de seguridad comunes.
El proyecto socialdemócrata siempre ha sido y sigue siendo el de alentar el refuerzo de ese conjunto institucional a la vez que define -todavía dista de hacerlo- un proyecto específico para Europa con el fin de que una mayoría de izquierdas pueda por fin emprender un día la construcción de una sociedad solidaria en economía de mercado,
de definir su identidad, de garantizar su esplendor y de implementar la indispensable política exterior necesaria para contribuir a la paz en el mundo, limitar o contrarrestar la hegemonía estadounidense y promover activamente una auténtica solidaridad mundial.
Con Europa integrada como lo está y el euro, apenas estamos a mitad de ese camino histórico.
El actual proyecto de Constitución consolida lo que ya se ha logrado, simplifica los procedimientos e incorpora por fin la Carta de los Derechos en el dispositivo constitucional y, por lo tanto, judicial. Mantiene la parálisis en materia de política exterior y recuerda que la Unión Europea se basa en la libre empresa.
También ofrece la base jurídica necesaria para abrir el día de
mañana el debate sobre una definición más ambiciosa de los servicios
públicos, la amplitud mínima de la protección social y las condiciones
de protección y de promoción de la diversidad cultural. Lo que prohibe
-una política exterior decidida por mayoría, una extensión de los
procedimientos comunitarios a todo el ámbito social- ya lo prohibían los
anteriores tratados.
Muchos avances y ningún retroceso
Este texto, sin duda insuficiente, no incluye más que avances y ningún
retroceso. El nombre que lleva, Constitución, no cambia en nada el hecho
de que en el proceso, de no ser por el contenido, es un tratado clásico.
Sin duda será difícil modificarlo, igual que los otros, no más.
En cuanto a la expresión según la cual ese texto "sacralizaría el
liberalismo esculpiéndolo en el mármol", no tiene ninguna relación con
la realidad del texto escrito.
Una mayoría de izquierdas con un proyecto coherente podría orientar de
manera muy distinta las políticas europeas dentro del marco de esa
Constitución.
Tal como está ahora, la UE ya parece a ojos de muchos demasiado integrada y demasiado poderosa. Existen fuerzas de disgregación, poderosas en algunos países miembros y, sobre todo, en el extranjero;
así, desde el principio, la actual administración estadounidense ha sido la primera en querer ver a Europa debilitada: la existencia del euro le ha impedido tomar medidas de contraataque contra Francia y Alemania a raíz del problema de Irak.
Sin embargo, al ser únicamente competente para los asuntos de
producción, trabajo y dinero, pero no para hacerse cargo del sufrimiento
del mundo, las guerras, el hambre y el subdesarrollo, Europa ni emociona
ni entusiasma. Y eso sólo puede debilitarla.
El tercer acontecimiento principal de finales del siglo XX no tiene
ninguna relación con los dos primeros, pero los tinta y afecta
gravemente.
Se trata de un cambio masivo y mundial en las reglas de funcionamiento del capitalismo. Es el que da su carácter incontrolable y peligroso a la globalización generada por la evolución de las técnicas.
El capitalismo es un sistema terriblemente eficaz pero socialmente cruel y gravemente inestable. De hecho, esta inestabilidad estuvo a punto de echarlo todo a perder con la crisis y la guerra.
Después de la guerra, el capitalismo restablecido vivió treinta años de crecimiento regular en un clima de estabilidad sorprendente y de progreso social constante. Eso se debe a que se respetaban tres grandes regulaciones que existían en todos los países desarrollados. La de Keynes: “utilizad las finanzas públicas para amortizar las oscilaciones del sistema en lugar de respetar equilibrios formales”. La de Beveridge: “cuidad la protección social.
No solo será más humano sino que también estabilizará el sistema por
un nivel de demanda social, es decir, de consumo incompresible, por lo
tanto resistente a cualquier crisis”. Y la de Henry Ford: ”pagad sueldos
elevados si queréis que la gente consuma”.
Fueron los treinta años gloriosos, más de un cuarto de siglo de
crecimiento más o menos lineal.
Entonces se produjo un acontecimiento intelectual inaudito. Un grupo de profesores de Chicago, guiados por Milton Friedman, elaboró una nueva doctrina que venía a decir: vivimos una fase extraordinaria de la historia del mundo.
Tras milenios de pobreza, el mundo estaba siendo rico. Y se debe a que se había inventado un motor eficaz, el capitalismo y la libre empresa, y un potente carburante, el beneficio. Y cuanto más beneficio se consiguiese, mayores serían los logros del sistema.
"Librémonos entonces de los impuestos, de los obstáculos para el
mercado que son los servicios públicos y la Seguridad Social, y de las
múltiples reglas que limitan el beneficio acumulable por las empresas.
Sea cual sea la actividad en cuestión, el equilibrio alcanzado por el
mercado es el mejor posible y cualquier intervención pública solo puede
deteriorarlo
".Esta filosofía simplista y errónea, que aboga por el afán de ganancias, la reducción de los impuestos y la disminución de la influencia del Estado, logró la adhesión de los poderosos de la economía y de las finanzas en un tiempo récord.
Fuerzas políticas y electores, y luego gobiernos e instituciones se sumaron masivamente a esta filosofía en Norteamérica, Japón, Europa y los dragones asiáticos.
Treinta años después, las tres grandes regulaciones han desaparecido, los ricos se han enriquecido, las desigualdades se han ahondado profundamente tanto entre el norte y el sur como en el interior de todos nuestros países,
la pobreza masiva ha reaparecido en los países desarrollados, la protección social se erosiona en todas partes, los servicios públicos están amenazados, el sistema se ha vuelto inestable y ha registrado seis grandes crisis financieras en quince años, todas ellas, hasta el momento, contenidas en el marco regional, y el agotamiento de los recursos y la contaminación progresan inexorablemente ya que se rechazan las reglas que podrían frenarlos.
La humanidad va directa a darse de bruces contra el muro.
Una evolución catastrófica
Europa y sus instituciones no tienen en absoluto la culpa de esta
catastrófica evolución que no han inventado ellas pero que sufren.
Ahí está la clave para entender los actuales dramas que nos afectan. Son fuerzas políticas definidas y enraizadas como nacionales las que han impuesto estas nuevas reglas del juego caracterizadas por una crueldad social agravada tanto en nuestros países como en Europa.
Inicialmente, Europa se fundó sobre la libertad de los intercambios y la apertura al mundo, lo que sólo tenía ventajas en la época en la que todavía prevalecían las tres grandes regulaciones. Pero es imposible volver atrás sobre esos puntos ahora que ya no prevalecen.
En consecuencia, Europa sufre directamente las consecuencias de
esas nuevas reglas del juego, sobre todo cuando la voluntad de las
fuerzas políticas dominantes no es en absoluto resistirse a ellas.
Así, en toda Europa y especialmente en Francia, la parte de los salarios
en el PIB disminuye y los sueldos se estancan o aumentan demasiado
despacio, la protección social se reduce y el paro sigue siendo
demasiado elevado, agravado como está en Francia por la demografía, que
nada podemos hacer tampoco para remediar, y por las insuficiencias de la
formación profesional, único factor en el que Francia podría mejorar un
poco las cosas en casa.
El carácter más humano del capitalismo europeo continental está
desapareciendo, cediendo su lugar al capitalismo mucho más brutal de los
anglosajones. Éste es el implacable encadenamiento de los hechos que
prohíbe proponer argumentos y posturas a todas luces irrealistas o
insostenibles. Las consecuencias son graves y numerosas.
En el estado actual de la economía mundial, ningún país aislado, ni siquiera totalmente Estados Unidos o China, puede contrarrestar eficazmente las evoluciones de las que es objeto.
La dimensión continental es la primera de las condiciones de eficacia. El soberanismo no tiene futuro. Peor aún, es una dimisión ante la magnitud del combate.
En el estado actual de las fuerzas políticas y de las conciencias, la esperanza de poder negociar una nueva Constitución mejor es nula. El argumento de "votemos no para abrir la crisis y la nueva negociación será mejor" no es en absoluto realista y es, por lo tanto, hipócrita.
En caso de que gane el no en Francia, no existe ninguna fuerza o coalición de fuerzas dispuestas a retomar las negociaciones con la intención de reforzar el combate para intensificar la lucha contra el capitalismo en esas condiciones.
Sería el fin de la dinámica europea, la primera victoria de fuerzas antieuropeas que temen el futuro potencial de resistencia al sistema que tendría una Europa políticamente más integrada, y por lo tanto, el comienzo de la desintegración.
De modo que el principal argumento de los, digamos, europeos que abogan por el no es a todas luces falso.
No hay más elección que mantener la perspectiva de una Europa que se refuerce progresivamente y, en una década o dos, esté lo bastante estructurada jurídicamente y sea lo bastante poderosa políticamente para que, por fin, una mayoría de izquierdas pueda emprender una seria inflexión del capitalismo hacia una sociedad solidaria.
Los trabajadores de Francia sufren profundamente por esta situación, todos lo sabemos y no podemos hacer gran cosa a corto plazo.
Únicamente la explicación atenta y el recuerdo de la perspectiva a largo plazo pueden responder a esta angustia. Es indigno no llevarles la contraria y arrastrarles a una situación sin salida ya que la victoria del no abriría una crisis que también debilitaría a la economía y, por lo tanto, al crecimiento y al empleo.
Comparar las actitudes siempre es significativo. Votar si nos hace votar como Chirac y Bayrou.
Querer votar, para evitar esta coincidencia, como Pasqua y Le Pen, como nuestros socios comunistas que, por ser de izquierdas, desde hace sesenta años, no han demostrado una gran perspicacia política, y sobre todo votar como Bush quiere, que sería lo más grave y peligroso, ¿es razonable? ¿Es justo?
En su siglo de historia, el Partido Socialista ha conocido algunos casos de tenaz enfrentamiento entre posturas irreconciliables entre la política mayoritaria y las convicciones minoritarias:
rechazo a constituirse en Partido Comunista (1918-1919); rechazo a la
no intervención en España (1936); voluntad de imponer la unión de la
izquierda contra Guy Mollet (1947-1968); rechazo de las guerras
coloniales (1956-1962); oposición a las orientaciones económicas del
programa común y del candidato Mitterrand (1976-1981).
Los peligros del triunfo del no
En todos estos casos, las posturas de los minoritarios de cada época
eran coherentes, realistas y perfectamente traducibles en actos
gubernamentales.
No es así esta vez y es una trágica “grand première” No hay perspectiva de mejorar la Constitución después de una crisis.
No hay perspectiva de mejorar la situación de los trabajadores de Francia en caso de caos europeo. Incluso hay que temer que suceda lo contrario. Estamos en plena hipocresía.
Por esa razón, temo que en caso de que triunfe el no, victoria que no conllevaría ningún respeto, docenas de miles de militantes nos dejen, aunque nadie desde la dirección, como es mi caso, les invite a que lo hagan.
También quedaríamos duradera y profundamente cortados de
nuestros partidos hermanos europeos, lo que impediría, precisamente, la
estrategia de reacción esperada por los protagonistas del no.
Se honra a la política y a la democracia respetando a sus adversarios.
Lo he hecho durante mucho tiempo. Pero ya no puedo seguir haciéndolo.
Respeto a los soberanistas, pero no respeto a los defensores del no que
se dicen proeuropeos. Los envites son demasiado fuertes, el PS está
demasiado preocupado por mantenerse fiel al ideal europeo de Jaurès,
Blum, Mitterrand y Delors, y Francia tiene demasiada responsabilidad
como para que se cometa ese error.
Michel Rocard - http://www.lafactoriaweb.com
Publicado Originalmente en la revista cuatrimestral la factoría*
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