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En este sentido, un somero análisis, con carácter divulgativo, de los
datos correspondientes a algo más de seiscientos miembros de la banda
armada, extraídos de sumarios y procedimientos abreviados incoados en la
Audiencia Nacional a lo largo de dos décadas, ofrece resultados bien
elocuentes.
Se trata de una muestra sobradamente significativa en la que no se
incluye a cuantos se han relacionado con ETA como colaboradores.
Equivale, de hecho, a entre la mitad y un tercio del total de
activistas etarras habidos desde el final de los años sesenta, lo que
permite sostener algunas generalizaciones respecto al conjunto de la
militancia. ¿Quiénes son, pues, los terroristas? ¿Cuáles son sus rasgos
demográficos básicos? ¿De qué ámbitos geográficos y entornos culturales
proceden?.
¿A qué se dedicaban cuando ingresaron en ETA? ¿Cómo han evolucionado su
caracterización social a lo largo del tiempo?.
Edad, sexo y estado civil
En primer lugar, hablar de etarras es hacerlo de jóvenes varones y
solteros. El hecho de que nueve de cada diez militantes de ETA hayan
sido y sean varones refleja, también en este ámbito del activismo
político agresivo, la impronta de una subcultura dentro de la cual
prevalecen valores y conductas marcadamente patriarcales.
Es incluso habitual entre las mujeres que se convirtieron en
miembros de la organización terrorista vasca, el haberlo hecho a
petición expresa de sus novios o, en menor medida, de familiares muy
cercanos.
Por otra parte, el estado civil típico de los etarras, la soltería, es
indicativo de las obvias dificultades que entraña hacer compatible la
arriesgada vida ilegal en clandestinidad y los compromisos adultos de
carácter familiar.
Algunas notorias excepciones han existido, desde luego, como es el
caso de un militante guipuzcoano que, antes de abandonar el terrorismo,
fue capaz de compaginar su vida cotidiana de respetable agente
comercial, casado y con hijos, con la militancia en un comando armado
durante más de quince años.
La inmensa mayoría de los etarras aceptaron ingresar en la organización
terrorista, normalmente tras algunos años de inmersión en el entorno
inmediato de los violentos, durante su juventud, cuando mayor es la
disponibilidad en términos de tiempo y de responsabilidades personales.
Algunos antropólogos han considerado que la voluntad de aterrorizar ha
sido siempre un producto de la "hybris" juvenil, de la falta de medida a
que es propensa la edad que sigue a la niñez.
Ahora bien, lo que llama singularmente la atención es el hecho de que
los nuevos miembros de ETA sean, desde hace ya tiempo, cada vez menos en
número, pero cada vez más jóvenes.
Mientras que durante la primera mitad de los setenta, bajo el
franquismo y durante los primeros años de la transición democrática,
sólo el nueve por ciento de los militantes que ingresaron en la
organizacion terrorista tenía menos de veinte años, estos constituyen
desde hace más de una década casi el sesenta por ciento de cuántos son
reclutados.
Pasaron ya aquellos tiempos en que los dirigentes etarras disponían de
un amplio remanente de militancia y se mostraban remisos a incluir
quinceañeros entre sus subordinados.
Ahora aceptan lo poco que hay disponible, aunque por la
psicología propia de su edad, propensa a la rebeldía y el aventurerismo,
no sea otra cosa que carne adolescente de cañón, de la que otros se
benefician en su pretensión de imponer por la fuerza, al conjunto de la
ciudadanía vasca, determinados planteamientos minoritarios.
Procedencia geográfica y entorno cultural
En otro orden de cosas, entre quienes se han incorporado a ETA a lo
largo de su historia predominan los jóvenes de origen quipuzcoano que,
procedentes del territorio vasco donde la implantación del nacionalismo
es mayor, suponen prácticamente la mitad del total de etarras conocidos.
Su principal comarca de extracción es la de Donostialdea y no
el Gohierri, como suele aducirse con frecuencia, quizá porque los
nacidos o residentes en dicha zona han tendido a estar
sobrerrepresentados entre los dirigentes de la organización armada
clandestina.
Durante los años setenta, sin embargo, siete de cada diez terroristas
procedían de localidades pequeñas y medianas, mientras que en la
actualidad el sesenta por ciento de ellos ha nacido en áreas urbanas y
metropolitanas, donde menor es la vigencia de los atributos primordiales
más íntimamente relacionados con la cultura vasca tradicional.
De hecho, los miembros de ETA reclutados en los últimos quince años
provienen en su mayoría de un entorno lingüístico donde menos del diez
por ciento de la población se expresa correctamente en euskera.
Por el contrario, el contingente más numeroso de quienes se convirtieron
en militantes durante la década de los setenta, coincidiendo con la fase
final de la dictadura y los albores de la transición, procedía de zonas
en que la tasa de vascohablantes superaba al sesenta por ciento.
No en vano, si entonces eran seis de cada diez los etarras que disponían de ambos apellidos autóctonos, entre los captados desde la segunda mitad de los años ochenta se han invertido los datos, de manera que aproximadamente el sesenta por ciento carece ahora de apellidos autóctonos o tiene solamente uno.
Algunos de estos etarras, hijos de inmigrantes pero residentes
en zonas donde la implantación del nacionalismo vasco radical es
intensa, se vieron acuciados durante su adolescencia por afirmar una
fuerte identidad colectiva en la que reconocerse a sí mismos y ser
reconcidos por los demás.
Ocupación y sector de clase social
Por último, interesa observar que se han registrado cambios muy
relevantes respecto a la ocupación ejercida por los terroristas en el
momento de su captación, según distintos estadios temporales de la
militancia. Lo cual puede ser relacionado tanto con transformaciones
ocurridas en la estructura social vasca como, sobre todo, con
alteraciones en el potencial de movilización etarra.
Mientras que la mitad de quienes se incorporaron a la organización
terrorista entre el inicio de los años setenta y el comienzo de la
transición democrática eran obreros especializados de la industria y los
servicios, estos apenas constituyen un dieciséis por ciento de los
militantes que han sido reclutados desde el inicio de los años ochenta.
Los etarras extraidos de las clases trabajadoras han ido perdiendo peso en favor de quienes provienen de las nuevas clases medias.
En cambio, si en aquel primer período el porcentaje de estudiantes
constatable entre los terroristas recién incorporados era del cinco por
ciento, el subgrupo correspondiente a dicha categoría ocupacional
constituye ahora el grueso de las captaciones registradas durante esta
última fase, alcanzando al treinta y tres por ciento del total.
En definitiva, el perfil sociológico de quienes han ingresado en ETA a
lo largo de la última década coincide, en gran medida, con la
caracterización del radicalismo juvenil, anómico y urbano, actualmente
observable en la mayor parte de los países europeos.
Un radicalismo que, en nuestros días, suele manifestar el
descontento a través de movimientos totalitarios de orientación neonazi,
pero que en la tierra de los vascos canaliza su agresividad
desbaratadora a través de la oferta articulada de violencia que
proporciona ETA.
A este segmento de activistas se añaden, en la actual composición
interna de la muy mermada organización terrorista, otros dos
especialmente significativos, en los que cabe ubicar a la mayor parte de
los miembros, ya estén en prision o fuera de ella.
Por una parte, el de quienes se convirtieron en militantes durante los años de la transición democrática, cuando las expectativas políticas del nacionalismo vasco radical eran muy elevadas y hasta se consideraba verosímil que la insurgencia violenta culminara con éxito, debido a lo cual se encuentran hoy desorientados, aunque todavía sumisos al férreo control de la organización.
Por otra, el de los actuales dirigentes y otros terroristas notables,
particularmente interesados en asegurar el mantenimiento y la viabilidad
del grupo armado, pues de ello depende, en buena medida, no tanto el
logro de determinados objetivos políticos como la satisfacción de sus
propias ambiciones y necesidades personales.
Fernando Reinares -
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Publicado Originalmente en la revista cuatrimestral la factoría*
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