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Es necesario ver lo que son las redacciones actuales, tanto en los periódicos como en las radios y las televisiones.
La gente conoce a los periodistas famosos que presentan los telediarios de la noche, pero detrás de ellos se esconden miles de periodistas que, sin embargo, son los que alimentan la maquinaria.
La calidad del trabajo de los periodistas se encuentra en regresión,
al igual que su estatus social. Se está produciendo una taylorización
del trabajo de los periodistas.
En nuestro tiempo, el periodista está en vías de desaparición. Pienso
que es un tema de actualidad y todos somos conscientes de que lo que se
está produciendo hoy en día, especialmente en el ámbito de las nuevas
tecnologías, concierne directamente a esta profesión.
Estamos asistiendo a una doble revolución, de índole tecnológica y
económica. Quizás estamos experimentando, en este momento, lo que podría
denominarse una segunda revolución capitalista.
Esta revolución comporta muchas transformaciones y modifica
sustancialmente el mundo de la comunicación y, en particular, el ámbito
de la información, en la medida en que da lugar a una entronización del
mercado y a la mundialización de la economía. Todo esto está en el
centro mismo del tema que nos ocupa.
Ciertos elementos justifican la toma de conciencia de la transformación
del periodismo. ¿Provocará esta mutación la desaparición del periodismo?
Es la pregunta que, por supuesto, todos nos planteamos y a la que, me
imagino, nadie se atreve, de momento al menos, a contestar. Me parece
que una de las consecuencias de esta doble revolución es el siguiente
fenómeno.
Las tres esferas
Hasta ahora podían distinguirse tres esferas, correspondientes a la
cultura, la información y la comunicación. Estas tres esferas eran
autónomas y contaban con su propio sistema de desarrollo.
A partir de la revolución económica y tecnológica, la esfera de la comunicación tiene tendencia a absorber la información y la cultura. El fenómeno al que asistimos hoy en día es precisamente la absorción de la cultura por la comunicación, debido a que ya no hay sino cultura de masas.
Igualmente, ya sólo hay información de masas; y la comunicación se
dirige a las masas. Es un primer fenómeno de consecuencias muy
importantes, porque la lógica que se impone en los ámbitos de la
información y de la cultura es la de la comunicación.
De la misma manera y por las razones que acabo de mencionar, la
información actual se caracteriza por tres aspectos. El primero es que
la información, que durante siglos ha sido muy escasa o incluso
inexistente, es actualmente superabundante.
La segunda característica es que la información, que había tenido un
ritmo relativamente parsimonioso y lento, es ahora extremadamente
rápida. Se puede decir que la velocidad es un factor íntimamente ligado
a la información. Es algo que forma parte de la propia historia de la
información.
Desde que, en la segunda mitad del siglo XIX, la información
experimentó un gran desarrollo, siempre ha existido una relación entre
velocidad e información. Ahora, se ha llegado a una situación en que
esta relación ha alcanzado un límite tal que plantea problemas, ya que
la velocidad es la de la luz y la de la instantaneidad.
El tercer componente es que la información no tiene valor en sí misma
por lo que se refiere, por ejemplo, a la verdad o a su eficacia cívica.
La información es, ante todo, una mercancía y, en tanto que tal, está
sometida a las leyes del mercado, de la oferta y la demanda, y no a
otras leyes como, por ejemplo, los criterios cívicos o éticos.
Los fenómenos descritos hasta aquí comportan ciertas consecuencias de
gran importancia. Primero, la transformación de la definición de
información. Ya no es la misma que se enseñaba en las escuelas de
periodismo o en las facultades de ciencias de la información.
En la actualidad, informar es esencialmente hacer asistir a un
acontecimiento, es decir, mostrarlo, situarse a un nivel en el que el
objetivo consiste en decir que la mejor manera de informarse equivale a
informarse directamente. Es ésta la relación que pone en cuestión al
propio periodismo.
El periodista de ayer y el de hoy
Teóricamente, hasta ahora, se podía explicar el periodismo de la
siguiente manera. El periodismo tenía una organización triangular: el
acontecimiento, el intermediario y el ciudadano.
El acontecimiento era transmitido por el intermediario, es decir, el periodista que lo filtraba, lo analizaba, lo contextualizaba y lo hacía repercutir sobre el ciudadano.
Ésa era la relación que todos conocíamos. Ahora este triángulo se ha transformado en un eje. Está el acontecimiento y, a continuación, el ciudadano. A medio camino ya no existe un espejo, sino simplemente un cristal transparente.
A través de la cámara de televisión, la cámara fotográfica o el
reportaje, todos los medios de comunicación (prensa, radio, televisión)
intentan poner directamente en contacto al ciudadano con el
acontecimiento.
Por tanto, se abre camino la idea de que este intermediario ya no es
necesario, que uno ya puede informarse solo.
La idea de la autoinformación se va imponiendo. Es una tendencia ciertamente peligrosa. Ya he tenido ocasión de desarrollarla, porque se basa esencialmente en la idea de que la mejor manera de informarse es convertirse en testigo; es decir, este sistema transforma a cualquier receptor en testigo.
Es un sistema que integra y absorbe al propio testigo en el suceso. Ya no existe distancia entre ambos. El ciudadano queda englobado en el suceso. Forma parte del suceso, asiste a él. Ve a los soldados norteamericanos desembarcando en Somalia, ve a las tropas del señor Kabila entrando en Kinshasa.
Está presente. El receptor ve directamente y, por tanto,
participa en el acontecimiento. Se autoinforma. Si hay algún error, él
es el responsable. El sistema culpabiliza al receptor, y éste ya no
puede hablar de mentiras, puesto que se ha informado por su cuenta.
De la misma manera, el nuevo sistema da por buena la siguiente ecuación:
"ver es comprender", lo cual puede parecer muy racional. Podemos decir
que la racionalidad moderna, derivada del Siglo de las Luces, se ha
construido en contra de esta ecuación. Ver no es comprender. Sólo se
comprende con la razón. No se comprende con los ojos o con los sentidos.
Con los sentidos, uno se equivoca. Por tanto, es la razón, el cerebro,
el razonamiento, la inteligencia, lo que nos permite comprender. El
sistema actual conduce inevitablemente o bien a la irracionalidad o bien
al error.
El principio de la actualidad
Otra transformación es la que experimenta el principio mismo de
actualidad. La actualidad es un concepto fuerte en el contexto de la
información. Ahora bien, la actualidad es básicamente lo que dice el
medio de comunicación dominante.
Si éste afirma que algo forma parte de la actualidad, los demás medios de comunicación lo repetirán. Como el medio dominante actual es la televisión, será ésta el vector principal de la información y ya no solamente de la distracción.
Es evidente que la televisión impondrá como actualidad todos
aquellos acontecimientos que sean propios de su ámbito, acontecimientos
esencialmente ricos en capital visual y en imágenes. Cualquier suceso de
índole abstracto no estará nunca de actualidad en un medio de
comunicación que ante todo es visual, porque entonces ya no se podría
jugar con la ecuación "ver es comprender".
El sistema actual transforma asimismo el propio concepto de verdad, la
exigencia de veracidad, que es importante en el ámbito de la
información.
¿Qué es cierto y qué es falso? El sistema en el que evolucionamos funciona de la siguiente manera: si todos los medios de comunicación afirman que algo es cierto, entonces ¡es cierto! Si la prensa, la radio o la televisión dicen que algo es cierto, pues es cierto, aunque sea falso. Evidentemente, los conceptos de verdad y mentira han variado.
El receptor no tiene más criterios de apreciación, ya que sólo
puede orientarse comparando las informaciones de los diferentes medios
de comunicación.
Y si todos dicen lo mismo, está obligado a admitir que es verdad.
Por último, ha cambiado otro aspecto, el de la especificidad de cada
medio de comunicación.
Durante mucho tiempo, se podían contraponer entre sí prensa escrita, radio y televisión. Es cada vez más difícil hacer que compitan entre sí, porque los medios de comunicación hablan de sí mismos, repiten lo que dicen los otros medios de comunicación, lo dicen todo y, a la vez, dicen lo contrario.
Así, pues, constituyen cada vez más una esfera de la información y un
sistema único en el que es difícil hacer distinciones. Se podría decir
también que este conjunto se complica aún más a causa de la revolución
tecnológica. Se trata básicamente de la revolución numérica.
Los tres sistemas de signos
Hasta ahora, en el mundo de la comunicación disponíamos de tres sistemas
de signos: el texto escrito, el sonido de la radio y la imagen. Cada uno
de ellos ha dado lugar a un sistema tecnológico.
El texto ha generado la edición, la imprenta, el libro, el periódico, la linotipia, la tipografía, la máquina de escribir, etc. El texto está, pues, en el origen de un verdadero sistema, al igual que el sonido, que ha dado lugar a la radio, el magnetófono y el disco.
Por su parte, la imagen ha producido el cómic, el cine mudo, el cine sonoro, la televisión, el vídeo, etc. La revolución numérica está haciendo converger de nuevo los sistemas de signos hacia un sistema único: texto, sonido e imagen pueden, a partir de ahora, expresarse en forma de "byte". Son los llamados multimedia.
Todo ello significa que, para vehicular un texto en sonido y en
imágenes, ya no puede establecerse una diferencia entre los sistemas
tecnológicos. El mismo vehículo permite transportar los tres géneros a
la velocidad de la luz.
Se pueden enviar textos, sonidos e imágenes a la velocidad de la luz,
conjuntamente o por separado.
Este sistema supone una transformación radical, porque modifica
nuestra profesión en la medida en que han dejado de existir las
diferencias entre el sistema textual, el sistema sonoro y el sistema
visual. Sólo hay un sistema que se expresa con los dígitos 0 y 1 y que
circula por los mismos canales. Hoy en día, independientemente del
sistema, todo circula de la misma manera y a la velocidad de la luz.
Estamos asistiendo en nuestra época, a una segunda revolución
tecnológica.
Si la revolución industrial consistía, de alguna manera, en cambiar el músculo por la máquina, es decir, en sustituir la fuerza física por la de la máquina, la revolución tecnológica que vivimos en la actualidad hace pensar que la máquina desempeña el papel del cerebro y que ésta realiza funciones cada vez más numerosas e importantes del cerebro. La revolución tecnológica que estamos afrontando es la de la "cerebralización" de las máquinas.
Éstas disponen ahora de cerebro; lo que no quiere decir forzosamente
que dispongan de inteligencia.
Pasemos a otro aspecto muy importante: en la actualidad, la revolución
numérica permite conectar a la red todas estas máquinas "cerebralizadas".
En cuanto una máquina tiene cerebro, puedo conectarla o hiperconectarla.
Puedo conseguir que todas las máquinas informatizadas, todas las
máquinas electrónicas, estén conectadas entre sí de alguna manera.
Es por eso que se habla de vehículo inteligente, de vehículo asociado al teléfono, a la radio, etc.
Todo está conectado. Todas las máquinas del mundo pueden estar
conectadas. El sistema de comunicaciones crea una red, un tejido que
envuelve el conjunto del planeta, permitiendo el intercambio intensivo
de información.
Más información no significa más libertad
Tal como hemos indicado, vivimos en un sistema de producción
superabundante de informaciones. ¿Qué significa esto en la práctica? Se
trata de una pregunta muy importante. Durante mucho tiempo, la
información era muy escasa o incluso inexistente y el control de la
información permitía dos cosas.
En primer lugar, una información escasa era una información cara, que
podía venderse y dar lugar a una verdadera fortuna. Por otro lado, una
información escasa proporcionaba poder a quienes la poseían. En un
sistema en el que la información es superabundante, resulta evidente que
estas dos consideraciones sobre los beneficios de la información no
actúan de la misma manera.
Nos encontramos, pues, ante un problema considerable. ¿Qué relación se
establece entre libertad e información, cuando ésta es superabundante?
Intentaremos expresarlo gráficamente mediante una curva.
Puedo afirmar, ya que se trata de una idea del racionalismo del siglo XVIII, que si dispongo de información cero, entonces mi nivel de libertad es también cero; y mi nivel de libertad sólo aumenta a medida que crece mi información. Si tengo más información, tengo más libertad. Cada vez que se añade información, se gana en libertad.
En nuestras sociedades democráticas, se tiene la idea de que
necesitamos más información para poder tener más libertad y más
democracia. ¿No habremos alcanzado ya un grado de información
suficiente? ¿No estaremos estancados? Es decir, no por añadir
información, aumenta la libertad.
Es algo que se puede constatar desde 1989, año de la caída del muro de
Berlín. Hemos roto las últimas barreras que se oponían intelectualmente
al avance de la libertad a escala internacional. Ahora la libertad ha
progresado. Disponemos de todas las informaciones, estamos en la era de
Internet, e Internet nos permite acceder a todo tipo de informaciones.
Estamos en una fase de superabundancia. ¿Aumenta por eso mi libertad? En
realidad, se observa que no aumenta más, pues nos encontramos en una
época en la que aumenta la confusión.
La cuestión que se plantea es: si continúo añadiendo información,
¿acabará disminuyendo mi libertad?
La información llevada al máximo, ¿no acabará provocando un nivel mínimo de libertad, como en otros tiempos? Se trata, por supuesto, de una pregunta, pero creo que se debe plantear ahora, porque el sistema hoy en vigor nos muestra constantemente que todo incremento de información supone una amputación de la libertad.
La forma moderna de la censura consiste en añadir y acumular
información.
La forma moderna y democrática que adopta la censura no se basa en la
supresión de información, sino en el exceso de ésta. Por consiguiente,
estamos ante un planteamiento de la máxima importancia.
Es una situación nueva, ya que desde hace doscientos años, desde el
siglo XVIII, hemos asociado una mayor información a una mayor libertad.
Si ahora hay que empezar a decir que más información implica menos
libertad, habrá que desarrollar unos mecanismos intelectuales muy
distintos.
Al plantearnos estas cuestiones, tenemos el convencimiento de que una
información de tipo cuantitativo no resuelve los problemas que
pretendemos resolver.
La información ha de tener algún elemento cualitativo, aunque no sepamos demasiado bien cuál. Pero sabemos que presenta dos aspectos: credibilidad y fiabilidad.
En otras palabras, por muy abundante que sea la información, la que
más me interesa es la que es creíble y fiable y, por tanto, la que tiene
un mínimo de garantías relacionadas con la ética, la honestidad, la
deontología o la moral de la información.
La información en directo
Ante la superabundancia de informaciones, se puede acceder a fuentes de
información en directo. Sin embargo, sigue vigente una pregunta, incluso
en este contexto, ¿cuáles son las informaciones que se nos esconden,
cuáles son las informaciones de las que no se quiere que nos enteremos?
Esta pregunta es crucial. Actualmente, algunos asuntos nos recuerdan su
importancia.
Y quisiera acabar con esta consideración: ante todas las transformaciones a las que finalmente nos enfrentamos, debemos preguntarnos cuáles son los problemas para los que el periodismo es la solución en el contexto actual.
Si sabemos responder a esta pregunta, el periodismo nunca será
abolido.
Por otra parte, también se plantea la cuestión de la relación entre
información y verdad. Considero que la verdad, aunque no siempre sea
fácil determinarla, es un criterio que debería tener una cierta
pertinencia en lo referente a la información. Se debería considerar que
tiene algo que ver con la información.
Ahora bien, hoy en día al sistema no le sirve de nada la
verdad. Considera que la verdad y la mentira no son criterios
pertinentes en temas de información. Actúa de forma totalmente
indiferente ante la verdad o la mentira.
En primer lugar, porque no pretende mentir y, por tanto no tiene mala
conciencia. Pero existen criterios mucho más interesantes. ¿Qué aspectos
dan valor a una información? Podríamos plantearnos esta pregunta.
Es fácil comprobar que cuanto más cerca de la verdad está una información, más cara es, y cuanto más alejada está, más barata resulta. Todo el mundo sabe que esto no tiene nada que ver con el asunto.
Lo que da valor a una información es el número de personas
potencialmente interesadas en ella, pero ese número no tiene nada que
ver con la verdad. Puedo decir una gran mentira que interese a mucha
gente y venderla muy cara.
En 1997, se juzgó en Alemania a un colega periodista, Michael Born, que
fue condenado por haber vendido unos cuantos reportajes de actualidad a
cadenas de televisión, que los habían ido comprando durante mucho
tiempo.
Todo estaba trucado: actores, decorados, lugares que no tenían nada que ver con la realidad. Todo era falso. Y vendía a buen precio esos reportajes, porque eran exactamente lo que las cadenas querían tener (ha explicado sus hazañas en un libro que acaba de aparecer en Alemania, titulado "Quien falsifica una vez...", ediciones KiWi, 1998).
Fue un juez, un inspector fiscal, el único en descubrir que un
reportaje muy espectacular sobre los vendedores de droga en un barrio de
una ciudad alemana había sido totalmente falsificado.
En segundo lugar, ¿qué confiere valor a una información? A pesar de ser
algo relativamente tradicional, hoy se ha llegado al límite: el valor de
una información depende de la rapidez con la que se difunde.
Si alguien dispone de una información y la difunde al cabo de un mes,
ha perdido gran parte de su valor. Pero la pregunta es: ¿cuál es la
rapidez adecuada? Actualmente, es la instantaneidad, y es evidente que
la instantaneidad comporta muchos riesgos.
Un periodista, ¿qué es?
¿Qué es un periodista? Si analizamos la palabra, un periodista ("journaliste")
es un "analista del día". Sólo dispone de un día para analizar lo que ha
pasado. Se puede decir que un periodista es rápido, si consigue
analizar, en un día, lo que pasa. Pero actualmente todo se produce en
directo y en tiempo real;
es enseguida, tanto en la televisión como en la radio. La
instantaneidad se ha convertido en el ritmo normal de la información. Un
periodista ya no debería llamarse periodista hoy en día.
Debería llamarse instantaneísta. Pero todavía no sabemos analizar al
instante. Por tanto, no hay análisis, ya que no hay distancia.
Al final, el periodista tiene cada vez mayor tendencia a convertirse
en un simple vehículo. Es el canal que enlaza el suceso y su difusión.
No tiene tiempo de filtrar, ni de comparar, porque si pierde mucho
tiempo haciéndolo sus colegas le ganarían la partida. Y, por supuesto,
alguien se lo reprocharía.
Estamos en un sistema que poco a poco considera que hay valores
importantes (instantaneidad, masificación) y valores menos importantes,
es decir menos rentables (los criterios de la verdad). La información se
ha convertido ante todo en una mercancía. Ya no tiene una función
cívica. Nosotros, aquí, todavía nos lo creemos, pero ¿acaso no seremos
un recuerdo? ¿Somos reales? ¿Virtuales?
La información tiene un valor mercantil y el sistema se organiza para
comprar y vender informaciones que tengan un valor mercantil, sin
ninguna referencia ya a la generosidad cívica. Esto no quiere decir que
en este sistema no afloren algunas verdades o que no haya periodistas
que hagan su trabajo. En algunas ocasiones, la información sigue siendo
un instrumento útil para despertar el sentido cívico.
Como nos encontramos en un movimiento que se puede llamar de
homogeneización cultural a escala planetaria, a pesar de las
resistencias (que, por otra parte, deseamos ver reforzadas), este
fenómeno tiene tendencia a imponer sus modelos en todo el mundo. ¿Cuál
es el modelo actual en el ámbito de la información? Es la CNN.
Cada vez gana más terreno la información basada en imágenes y
sonidos, difundida permanentemente por una cadena que tiene capacidad
planetaria. Muy probablemente, este modelo irá impregnando poco a poco
todos los demás.
El telediario que vemos en Francia a las ocho de la tarde es, en este
momento, un tipo de modelo universal. Con todas las diferencias
culturales que se quiera, la estructura de la narración, la retórica, es
la misma en todas partes.
Ya sea en el interior de Bolivia, el sur de África o en el corazón de
la India, allá donde haya un telediario, estará hecho de la misma
manera. ¿Pero es la única manera de hacer un telediario? No, sólo es un
modelo.
Este modelo fue inventado por la CBS en los años 60 y el primer
presentador fue un señor llamado Walter Cronkite. Se inventó esta
fórmula, con un presentador único que está desde el principio hasta el
final; no se hacía antes así.
En los telediarios del tipo arcaico tradicional, se sucedían varios
presentadores, como en los periódicos, donde cada uno habla del tema que
conoce. Por otra parte, también se decidió dar informaciones muy cortas,
para no aburrir al público, y así funciona de un extremo a otro del
planeta.
Francia adoptó este modelo hacia mediados de los años 70 (el primero fue
Joseph Pasteur), pero se trata de un modelo importado. En este sentido,
no somos muy distintos de cualquier país exótico. Hemos adoptado un
modelo norteamericano.
¿Qué ocurre en la actualidad? Aparecen cadenas de información continua;
LCI es una de ellas, los británicos han creado Skynews; y se crearán
otras. ¿Qué son? Son imitaciones de la CNN. Mañana, estarán en el mundo
árabe, en África negra, en Sudamérica ya las tienen, etc.
Todo el mundo se expresa igual
Independientemente del contenido, que siempre será diferente y variará
en función de cada realidad, la estructura narrativa, el modelo
retórico, es universal. Todo va muy deprisa. En quince años, este modelo
universal se ha extendido por todo el planeta, y todo el mundo ya se
expresa de la misma manera.
Los ejemplos considerados aquí - Pekín, Berlín, Rumania - no los he
escogido porque estén alejados en el tiempo (1989), que lo están,
evidentemente, sino sobre todo porque son exponentes de lo que se llama
"fracturas inaugurales". Todo empezó con ellos. Cito estos ejemplos
porque estos acontecimientos fueron los primeros en permitir definir el
funcionamiento posterior. No lo hemos comprendido sino más tarde.
Se podrían añadir otros casos; no escasean los ejemplos, pero el
análisis sería el mismo. Tomo ejemplos alejados en el tiempo y en el
espacio, porque creo que permiten ver con más claridad los mecanismos
que hacen que esto se produzca.
Si se eligen ejemplos muy cercanos, la anécdota puede ocultarnos el mecanismo, de la misma manera que, en su época, los acontecimientos de Pekín o Rumania no nos permitieron ver lo que ocurría desde el punto de vista mediático, finalmente el aspecto más interesante de lo que estaba ocurriendo.
Porque lo que sucedía en el mundo de los medios de comunicación era
más interesante, a la vista de las consecuencias posteriores que tuvo.
Si no, todos los días se pueden encontrar ejemplos mediáticos de
disfunciones, en el sentido amplio de la palabra, ya sea en la radio, en
la televisión o en la prensa.
En cuanto al poder, cabe decir que se ha convertido en una noción
confusa. Ya no se sabe demasiado bien dónde está. Los que creen tenerlo
se dan cuenta de que no lo tienen.
Me parece que, jugando un poco con las palabras, lo que antes se llamaba el cuarto poder ahora es más bien el segundo. Pero sus funciones han cambiado: el cuarto poder era la censura de los otros tres, mientras que aquí, el segundo se plantea en términos de influencia global y general sobre el funcionamiento de las sociedades.
En la actualidad, se considera que el poder se ha desplazado esencialmente hacia la esfera de la economía y, dentro de ella, hacia el ámbito financiero.
Los mercados financieros son los que, en definitiva, dictan y determinan el comportamiento de los responsables políticos. Sin embargo, globalmente subsiste un malentendido: los ciudadanos se movilizan porque piensan que su capacidad de intervención en el marco de la democracia consiste en votar, pero en cuanto han votado y escogido a alguien, éste descubre a su vez que, de hecho, no puede hacer gran cosa.
Veamos el caso del presidente Chirac que fue elegido en mayo de 1995 con un determinado programa y que, apenas cinco meses más tarde, en octubre de ese mismo año, nos vino a decir en esencia:
"Yo no tenía razón, era Balladur quien la tenía, y de ahora en
adelante aplicaré el programa de Balladur". Recientemente, en una
conversación con los periodistas, ha dicho que no podía hacer gran cosa
"debido al inmovilismo de la sociedad y a los imperativos europeos".
De hecho, esto equivale a decir que el jefe de un ejecutivo fuerte, uno
de los más fuertes del mundo como sistema político, se revela impotente
ante los compromisos que ha adoptado, que son considerados algo así como
movimientos tectónicos. Éste es el problema del poder, en el que los
medios de comunicación desempeñan un papel secundario.
Los riesgos para la democracia
La pregunta que debemos plantearnos es precisamente si, en este
contexto, no existe un riesgo para la democracia. Evidentemente,
cualquier demócrata ha de sentirse inquieto. Si el señor Chirac tiene
razón, cabe preguntarse de qué sirve elegir a un jefe de Estado, si poco
después éste se ve obligado a admitir que no puede avanzar.
El asunto se plantea entonces en los siguientes términos: ¿por qué los
políticos, en algún momento, tomaron la decisión de permitir que los
mercados financieros quedasen fuera del alcance de sus acciones? ¿Quién
les autorizó a hacerlo? Son éstas unas decisiones que ya se han tomado.
Se decidió privatizar el Banco de Francia y no hubo ningún
referéndum. Se decidió que la moneda ya no dependería de la soberanía
popular, y no obstante la moneda es un instrumento de soberanía.
¿Qué es la soberanía en la actualidad? No son las fronteras, ni la
política exterior, ni la seguridad. ¿Dónde está la soberanía? Se diluye;
el poder se diluye y sabemos que se produce una especie de proyección de
estas responsabilidades hacia el exterior y que, en estas
circunstancias, la propia estructura del poder, a escala planetaria, ha
quedado trastocada.
Es más, vivimos en un mundo que ha dejado de estar dividido en bloques,
en el que las organizaciones internacionales ya no desempeñan el papel
que tenían y en el que Estados Unidos ejerce una hegemonía geopolítica
"de facto".
Se trata, por tanto, de un mundo en el que los mercados financieros exigen la aplicación de una determinada política, fijada por la OCDE y el FMI, y en el que todos los gobiernos, sean del color que sean, socialista en Italia, de derecha conservadora en España, de izquierda en Portugal, llevan a cabo exactamente la misma política, que tiene las mismas repercusiones para la sociedad.
Es un ejemplo claro de que la política actual va a remolque de
la economía y que ésta no es la economía real sino la economía
financiera, la economía especulativa. Lo cierto es que ésas son las
características de nuestro planeta.
¿Qué función tienen los medios de comunicación en este contexto? Mi
análisis es el siguiente. Vivimos una nueva situación de crisis, no de
crisis en el sentido económico y social del término, sino una crisis de
civilización, una crisis que podría llamarse de visión del momento en
que vivimos.
La dificultad a la que nos enfrentamos actualmente es que se está produciendo toda una serie de fenómenos a escala planetaria que han transformado la arquitectura intelectual y cultural en la que nos desenvolvemos, pero somos incapaces de describir el edificio en el interior del cual nos encontramos. Es una crisis de inteligibilidad.
Hemos de hacer frente a una crisis de inteligibilidad. Sabemos que
las cosas han cambiado, disponemos de instrumentos intelectuales, pero
estos instrumentos intelectuales y conceptuales no nos permiten
comprender la nueva situación. Servían para desmenuzar, analizar y
pormenorizar la situación anterior, pero ya no nos sirven para
comprender la nueva realidad.
Esta crisis de inteligibilidad, sobre la que hemos de ser conscientes de
que existe y que la padecemos (y es por eso que nos plantea tantos
problemas), se basa, a mi parecer, en el hecho de que han cambiado
ciertos paradigmas. Como en las grandes revoluciones científicas.
El progreso y la máquina
Un paradigma, como todo el mundo sabe, es un modelo general de
pensamiento. Tengo la impresión de que han cambiado dos paradigmas
importantes sobre los que se asentaba el edificio en el que vivíamos
hace tan sólo unas decenas de años.
El primero es el progreso, la idea de progreso, esta idea forjada a
finales del siglo XVIII y que, en definitiva, impregna todas las
actividades de una sociedad.
El progreso es algo que permite que desaparezcan las desigualdades, que las sociedades sean más justas, consiste en creer que la modernidad implica, por definición, que se arreglen unos cuantos problemas. Pero la idea de progreso está siendo atacada, o ha entrado en crisis. El progreso es Chernóbil o las vacas locas;
un Estado progresista es la Rusia estalinista del "gulag"; se nos
dice que el progreso es el Estado providencia que conduce a la parálisis
social, etc.
Por tanto, el progreso es un paradigma general que hoy ha entrado
claramente en crisis. Pero, ¿por qué será sustituido? ¿Cuál es el
paradigma que ocupará el lugar del progreso? Mi tesis es que será
sustituido precisamente por la comunicación.
El progreso prometía la felicidad a nuestras sociedades, es decir, un valor añadido en la civilización. Hoy en día, a la pregunta sobre cómo estar mejor, cuando ya se está bien, se responde: comunicación.
¡Comuníquese y se encontrará mejor! Independientemente de la
actividad que se trate, la respuesta masiva que se nos ofrece
actualmente siempre es: hay que comunicarse.
Si se plantean problemas en el seno de una familia, la razón es que los
padres no hablan lo suficiente con sus hijos. Si existen conflictos en
el aula, es porque los profesores no charlan lo suficiente con los
alumnos. Si en una fábrica o en una oficina las cosas no van bien, es
porque no se discute bastante.
Lo mismo pasó con Chirac. La gente decía cosas tales como "no
consigue establecer una buena comunicación", "todavía no se ha dirigido
a los franceses", "hace tres meses que no se le ha visto", etc.
Las aportaciones tecnológicas se relacionan básicamente con la
comunicación. En la actualidad la comunicación se considera como una
especie de lubricante que hace posible que todos los elementos de una
comunidad funcionen sin fricción. ¡Cuanto más se comunique uno, más
feliz será! La situación no importa. ¿Está usted en el paro?
¡Comuníquese y todo irá mucho mejor!
Considero que se ha producido un cambio muy importante en cuanto a la
comprensión de la sociedad en la que nos encontramos.
El segundo paradigma importante sobre el que reposaba el edificio anterior era la idea de que existía una especie de funcionamiento ideal de una comunidad: la máquina, el reloj. En el siglo XVIII se consideraba que el reloj era la máquina perfecta, porque hacía coincidir la medida del tiempo con la del espacio.
El espacio nos proporcionaba el tiempo. La medida del espacio nos
permitía medir el tiempo. Es una ecuación casi perfecta, casi divina.
A partir de esa idea, se consideró que el modelo mecánico, el modelo de
esta máquina se podía aplicar en cualquier circunstancia.
Es lo que se llama funcionalismo. Se construyeron sociedades sobre el
modelo de una máquina. Una máquina es un conjunto de elementos que se
complementan, en el que no sobra ninguno. Si existe algún elemento de
más, la máquina no funciona. La máquina integra todos los elementos que
la componen, ¡y funciona! Son los funcionarios quienes hacen que
funcione el Estado. Ése es el modelo.
En estos momentos, ése modelo ha dejado de servir, ha caducado. En
nuestra sociedad, se acepta de nuevo que existen marginados, personas
que ya no forman parte de la comunidad, piezas que le sobran a la
máquina.
¿Qué modelo sustituye entonces al de la máquina? ¿Cuál es el principio
de funcionamiento que permite, a pesar de todo, que pueda desarrollarse
una energía? Pues, evidentemente, es el mercado. Es el principio que hoy
por hoy hace funcionar las cosas, y no lo es ya el principio de la
máquina.
El peso del mercado
Sin embargo, el mercado sólo integra aquellos elementos que son
solventes. Todo aquello que no es solvente no está en el mercado. No es
como la máquina: con la máquina todas las piezas funcionaban. Y, por
supuesto, el mercado es la solución a todo y pretende integrarlo todo.
No es un invento reciente. El mercado moderno, tal como explicaba
Fernand Braudel, se inventó hacia el Renacimiento. ¿Qué sucede en la
actualidad?
Pues que el mercado, tal como funcionaba antaño, se limitaba de hecho a
sectores muy concretos, como el comercio, mientras que en nuestra época
el mercado abarca todos los sectores, todas las áreas de actividad.
Pensemos en áreas de actividad que durante mucho tiempo han estado al
margen del mercado, como la cultura, la religión, el deporte, el amor o
la muerte. Pues, hoy en día todos estos elementos han sido integrados en
el mercado. El mercado tiene también derecho a regular, a regir todos
estos elementos.
Queda claro, pues, que los dos paradigmas que han permitido la
construcción del Estado moderno, el progreso y el reloj, han
desaparecido y han sido sustituidos por la comunicación y el mercado,
dos elementos sobre los que, evidentemente, se asienta un edificio
totalmente diferente.
¿Qué ha pasado entonces en la esfera de lo político? ¿En qué se ha
transformado el poder? En este momento está levitando, ya que no puede
garantizar ni el progreso ni la cohesión social.
Tiene que hacer frente a la eclosión de dos paradigmas nuevos que,
evidentemente, lo hacen mejor que él. Por consiguiente, los responsables
políticos, o el poder político, se encuentran en una situación delicada
ante este nuevo edificio.
Esta cuestión permite plantear el problema de la política. ¿En qué se ha
transformado la política en esta nueva situación? Es una cuestión de
filosofía política, pero es patente la situación de incomodidad que se
aprecia en algunos políticos y en los ciudadanos.
La cuestión de la ética se sitúa ahora el centro de preocupación de los
periodistas. En nombre de la industrialización de la información, el
ámbito de actividad de éstos se ha reducido considerablemente y es
evidente que se enfrentan, en la mayoría de casos (por supuesto, siempre
hay excepciones), a un sistema tanto de jerarquía como de propiedad, que
reclama una rentabilidad inmediata.
Por consiguiente, los periodistas se preocupan por lo que se les va a
pedir, y más si lo que se les pide entra en contradicción con lo que
piensan realmente.
La información y las relaciones públicas
Se trata de problemas harto conocidos: la influencia de la publicidad o
de los anunciantes, la influencia de los accionistas que poseen una
parte de la propiedad de un diario, etc.
Todo esto acaba pesando mucho, hasta el punto de que, a pesar de los
muchos casos de resistencia llevados a cabo por periodistas que
intentan, contra viento y marea, defender su propia idea de la ética,
también se producen muchos casos de abandono.
Además, cada vez es más frecuente refugiarse en la comunicación en el
sentido de "relaciones públicas". Una de las grandes enfermedades de la
información actual es la confusión que existe entre el universo de la
comunicación y las relaciones públicas y el de la información.
Una pregunta pertinente es: ¿en qué se ha convertido la especificidad del periodista en este nuevo contexto de la comunicación? Esta pregunta es pertinente porque vivimos en una sociedad en la que todo el mundo quiere comunicar algo y, en concreto, todas las instituciones producen información.
La comunicación, en este sentido, es un discurso adulador emitido por
una institución que espera que ese discurso le reporte algún beneficio.
Esta comunicación acaba por asfixiar al periodista. Todas las
instituciones políticas, los partidos, los sindicatos, las alcaldías,
etc., producen comunicación, tienen sus propios periódicos, sus
boletines, etc. Las instituciones culturales, económicas o industriales
producen información.
Muy a menudo, entregan esta información a los periodistas y les piden
que se limiten a reproducirla. Evidentemente, la petición no se presenta
como una orden, pero la forma puede ser muy seductora.
Todo el mundo sabe que cuando las marcas de automóviles hacen pruebas,
éstas siempre tienen lugar en paraísos como las Bahamas, porque así se
puede invitar a los periodistas durante una semana en un hotel
magnífico.
Por supuesto, los periodistas harán su trabajo, pero en un contexto
que favorece la comunicación en un determinado sentido. Por
consiguiente, muchos periodistas acabarán limitándose a ser el canal que
transfiere la comunicación emitida por tal o cual industria, tal o cual
institución política, económica, cultural o social. Es una manera de
llegar a un pacto con su conciencia y su ética.
Es cierto que las nuevas tecnologías favorecen considerablemente la
desaparición de la especificidad del periodista.
A medida que se desarrollan las tecnologías de la comunicación,
aumenta el número de grupos que producen comunicación. Por decirlo de
forma un tanto esquemática, sin la fotocopiadora no se hubiese producido
el Mayo del 68.
El fascismo no hubiese sido lo que fue sin los altavoces y los
micrófonos, porque nadie se puede dirigir con la única ayuda de la voz a
mil personas al mismo tiempo. Las tecnologías de la comunicación han
producido la explosión de las radios libres, o el fax. Actualmente,
gracias a Internet, cada uno de nosotros puede no sólo convertirse en
periodista, sino ponerse a la cabeza de un medio de comunicación.
Conciencia y responsabilidad
¿Qué subsiste, pues, como elemento específico de los periodistas? Ésta
es una de las cuestiones que más les duele a los medios de comunicación,
especialmente a la prensa escrita. Los medios de comunicación que más se
desarrollan son los medios relacionados con las tecnologías del sonido y
la imagen. Incluso cuando la información es escrita, lo está sobre una
pantalla.
Los periodistas no forman un cuerpo homogéneo. Existen opiniones
enfrentadas y mucho debate.
Es una profesión que hoy exige un enorme trabajo. Además, los
periodistas son ciudadanos, y grandes consumidores de medios de
comunicación, más que las demás personas. Son muy conscientes de que
existen todos estos problemas y discuten de ellos continuamente.
Hay una toma de conciencia colectiva, pero ¿existe una responsabilidad?
¿Esta responsabilidad sería únicamente de los periodistas? Los
ciudadanos también tienen su responsabilidad en este asunto, porque
informarse es una actividad, no es algo pasivo. Los ciudadanos no son
simples receptores de medios de comunicación.
Es evidente que el emisor tiene una gran responsabilidad, pero informarse también quiere decir saber cambiar de fuente, resistirse a ella si es demasiado fácil, etc. Para mucha gente ya no es difícil darse cuenta de que el telediario no basta para estar informado. El telediario no está hecho para informar, sino para distraer.
Está estructurado como una película, es una película al estilo de Hollywood. Empieza de una cierta manera, y acaba con un final feliz. No se puede poner el final al principio, mientras que en un periódico se puede empezar por el final.
Al finalizar el telediario, casi todo el mundo se ha olvidado de lo
que ha pasado al principio. Y siempre acaba con risas y piruetas.
No se puede achacar todos los males a la televisión. No es una cuestión
de moral o de mala fe, es cuestión de saber cómo funciona. No se puede
decir: la televisión me informa mal, ella es la culpable.
Ciertamente es culpable, pero no tiene toda la culpa, porque nadie
puede afirmar que, al llegar a casa, con sólo tumbarse en el sofá con un
vaso de naranjada en la mano, vaya a entender todo lo que pasa en el
mundo. Lo que pasa en el mundo es muy complicado. Es un poco como si
alguien pretendiese aprender japonés en un fin de semana y sin esfuerzo;
se estaría mintiendo.
La persona que se dice a sí misma: voy a informarme mirando un
telediario, se está mintiendo a sí misma, porque no se da cuenta que
está haciendo una apuesta con su propia pereza.
Informarse o saber que pasa
Todo el esfuerzo no puede recaer sobre un medio de comunicación
concreto, sobre todo cuando la información es superabundante, como en
nuestro tiempo.
El ciudadano tiene dos posibilidades: o bien se quiere informar o bien sólo quiere saber vagamente lo que pasa. En el primer caso, siempre se puede hacer a base de recortar y pegar las informaciones.
No sólo existen los periódicos, también hay revistas y libros. Sin
embargo, hay que tener la voluntad de hacerlo. Eso significa trabajo.
Por otro lado, no todo lo que hace la televisión, desde el punto de
vista de la información, es una basura, ni mucho menos.
Dicho más claro, por muy exigente que sea el telespectador con los
telediarios, un género por lo demás bastante superficial, lo que no
puede exigirles es lo que no pueden dar. En treinta minutos tienen que
tratar una veintena de informaciones.
En cambio, a mi entender, la televisión puede hacer bien su trabajo
cuando se trata de reportajes y emisiones especiales.
El reportaje de la BBC sobre Bosnia sería un maravilloso ejemplo de un tipo de periodismo que puede hacer la televisión. Otro ejemplo es un documental en dos capítulos sobre la guerra de las Malvinas, que fue una guerra importantísima en la historia de los medios de comunicación, ya que sirvió de modelo para la del Golfo, desde el punto de vista negativo.
Sin embargo, eso supone tener la voluntad de seguir un mismo tema
durante varias horas, lo cual no hace sino reforzar lo que se dijo más
arriba: también es necesaria la voluntad de hacer un esfuerzo por parte
del telespectador. En cuanto a su funcionamiento, el medio de
comunicación dispone de todas las posibilidades.
Informar no es sólo interesarse por ciertos ámbitos considerados
importantes, como la economía, la política, la cultura o la ecología,
sino también por la propia información y la comunicación.
Es necesario que los medios de comunicación analicen su propio funcionamiento. Los medios ya no pueden presentarse simplemente como un ojo que mira, y que no puede verse.
Es cierto que el ojo ve y no puede verse, pero esta metáfora no puede aplicarse a los medios de comunicación, porque han dejado de tener esa característica propia del periscopio o de cualquier instrumento óptico privilegiado.
Todo el mundo los ve y todo el mundo sabe de alguna manera que no son
perfectos. La gente espera de los medios que hagan una autocrítica, que
se analicen a sí mismos. De la misma manera que los medios pueden ser
exigentes con tal o cual profesión o sector, ¿por qué no lo son con
ellos mismos?
Estoy convencido de que los medios de comunicación deberían proceder a
análisis más serios sobre su propio funcionamiento, aunque sólo fuera
para que todo el mundo supiera cómo trabajan y que no son reacios a la
inspección, la introspección y la crítica. No han de tener una posición
privilegiada. No están sólo para juzgar a los demás, sin poder ser
juzgados a su vez.
Es importante que, cuando se cometen errores, se reconozcan. Sólo así
se hace pedagogía. Esta idea avanzará, aunque sea lentamente, porque es
muy cómodo juzgar sin ser juzgado.
Ignacio Ramonet - http://www.lafactoriaweb.com
Publicado Originalmente en la revista cuatrimestral la factoría*
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