Suscríbete GRATIS al boletín y recibe:
10 ebooks con las lecciones empresariales más representativas de Jack Welch, Kenichi Ohmae, Michael Newman y otros exitosos líderes de primer nivel en el mundo de los negocios...
Al pulsar aceptas los términos de uso y la política de privacidad
O mediante uno de los siguientes servicios:
En los años ochenta, todos éramos pacifistas cuando se trataba de oponerse a una guerra atómica hipotética o a guerras muy lejanas. Pero, en los años noventa, cuando la guerra se nos ha convertido en real y cercana, prácticamente nadie ha querido ser pacifista.
La proximidad física y política del fenómeno bélico ha demostrado que
su lógica tiene una gran capacidad para absorber energías éticas,
haciéndose irresistible la toma de partido y la adopción de un enemigo
contra el que proyectar los odios. El preciado odio es la energía
pasional de la guerra.
¿Por qué la paz tiene tantos partidarios cuando está establecida y tan
pocos cuando se quiebra? ¿Por qué la idea de la paz es tan débil cuándo
más se la necesita? Una primera respuesta nos la da el filósofo Erasmo
al decir: "la paz más desfavorable siempre es mejor que la guerra más
justa".
Alguien podrá decir que cuando las guerras son justas de
verdad, no cabe duda alguna. Y ahí radica el problema, pues nadie
declara una guerra sin creer tener la razón. Y hay razones, o una parte
de la razón, prácticamente en todos los bandos de un mismo conflicto.
Comprender que la guerra es el mayor de los males se hace difícil cuando
están en juego valores queridos o percibidos como esenciales. La paz es
tan racional que resulta poco compatible con las pasiones y las
emociones. Éstas dan más satisfacciones, mientras la paz da muchos
dolores de cabeza.
Es más sencillo hacer la guerra. Un belicista de moda lo expresa
bien: "Amor armado". (El amor es incondicional y hermoso para una
relación entre individuos, pero traidor para guiar actitudes políticas
ante un conflicto).
El auténtico pacifismo se acerca más a la "ética de la responsabilidad"
(según concepto de otro pensador, Max Weber). Para nada sirve el
pacifismo moralista que, proclamando principios indiscutibles, no
contribuye a la paz en concreto.
El pacifismo responsable tiene por vocación intervenir en los procesos reales para modificarlos en la dirección de la paz. Militar a favor de una causa en conflicto supone ignorar las legítimas aspiraciones de la parte contraria y, en consecuencia, alimentar el conflicto en sí.
Por contra, ser pacifista es militar a favor de la paz, lo que
significa distanciarse de las estrategias en conflicto para sostener una
estrategia de paz. Es necesario empujar las dinámicas que favorecen la
conciliación y la concordia, las concesiones recíprocas, la negociación,
la satisfacción de algo esencial para cada parte sin que ninguna se
imponga del todo.
En el caso de los conflictos nacionales, las reflexiones expuestas son
bastante apropiadas. Toda causa nacional tiene raíces poderosas y
legítimas pero que, si se imponen unilateralmente, perjudican otras
causas. La identificación con una causa nacional conlleva el rechazo a
la causa contraria.
Por eso los nacionalistas son propensos a tener enemigos,
incluso encuentran placer en ello. El enemigo es el requisito más
importante de la guerra, más que las armas, los aliados o las
estrategias. Se puede hacer una guerra de muchas formas, pero nunca sin
enemigo.
Ante diversos nacionalismos en colisión, el pacifismo responsable evita
apoyar ninguno, intenta neutralizar a cada uno de ellos para
equilibrarlos a todos. Es decir, el pacifismo adopta la mediación como
estrategia.
Recordemos que los pacifistas de principios de siglo fundaron las
"sociedades de arbitraje" (arbitrations societies) que perduran en los
Países Escandinavos.
Instituciones como el "Premio Nobel" o la "Carnegie Endowment
for Peace" son el resultado de fortunas que se dedicaron a la
conciliación en el periodo previo a la primera guerra mundial. No
olvidemos que los conflictos que hemos visto rebrotar son como los que
engendraron las guerras europeas del siglo diecinueve y la primera parte
del siglo veinte.
Los pacifistas de entonces sufrieron mucho, no eran populares, iban a
contracorriente y a menudo eran tildados de traidores. Sirva de final,
un pequeño homenaje a Bertrand Russell, que fue condenado y deportado en
1915 acusado de "derrotista" por haber dicho y publicado lo siguiente:
"la culpa alemana, que existe, no nos hace inocentes a nosotros".
Josep Palau - http://www.lafactoriaweb.com
Publicado Originalmente en la revista cuatrimestral la factoría*
Buscar recursos sobre
Master internacional desde España (Online)- Becas parciales
Una frase memorable
Acerca de GestioPolis: Qué es GestioPolis — Términos de uso y Política de privacidad — Mapa del sitio — Contácto — Aliados — Contratar publicidad
Derechos de Autor: Los contenidos están bajo la licencia Reconocimiento - No comercial - Compartir bajo la misma licencia 3.0 Unported de Creative Commons a menos que se indiquen derechos de autor específicos. Si desea citar o utilizar públicamente alguno de los contenidos le solicitamos ponerse en contacto con el respectivo autor.
Derechos Reservados sobre el concepto del sitio web GestioPolis.com © 2008 Carlos López