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Sí, también la enseñanza secundaria -y la primaria, por supuesto-.
He de reconocer, sin embargo, que el conocimiento, el saber, desde la
escuela (aquí me referiré a ella siempre entendida censo amplio,
es decir desde la guardería a la universidad y la educación
permanente) sobre los valores y realidades del mundo del trabajo parece
harto difícil y, por supuesto, lo es la conexión de una y otro en la
creación y el mantenimiento de esos valores y realidades.
Parto en mi reflexión de tres ideas principales: una, lugar común, que
preparar para la vida de trabajo no supone nada diferente a preparar
para la vida; otra, evidente, que la escuela no es una especie de
factótum que aporte en su integridad todas las capacidades requeridas
por el ser humano como sujeto laboral;
una tercera, que incluye las dos anteriores, que la escuela debe ir más allá de las necesidades de adaptación del individuo a las mutaciones de la vida profesional y debe contribuir a la construcción continua de la persona, de sus saberes, de sus capacidades, de sus aptitudes y de su acción.
En resumen, la escuela debe permitir al individuo tomar
conciencia de sí mismo y de su entorno e invitarle a jugar el papel
social que le corresponde en el trabajo y en la vida ciudadana.
Escuela y trabajo se desconocen
En el siglo XVIII, el estallido de la revolución industrial sometió la
vida y la actividad humanas a un ritmo rápido, la máquina impuso su
reinado hasta el punto de industrializar la sociedad (civilización
industrial). El mundo del trabajo adquirió un sentido diferente al de la
etapa agraria anterior e impregnó los sistemas y los programas
educativos hasta nuestros días.
Esta revolución industrial ha concentrado a grandes cantidades de
trabajadores intercambiables en enormes unidades de producción
(masificación del trabajo, de su contenido y de sus agentes), a los que
se les ha exigido no pensar (un trabajador pensante es un trabajador
supercualificado, no se le puede contratar),
se les ha pedido saber hacer, mientras que el saber, el componente científico, ha quedado excluido del mundo productivo directo y reservado a los técnicos; a la formación, masificada también en sus objetivos y en su realización, se le exige que aporte el saber y el saber ser: preparar a las personas para la vida de trabajo. Por otro lado, se espera que el sistema productivo ofrezca al individuo madurez personal (cuando trabajes aprenderás lo que es la vida);
la educación por su parte debe ser subsidiaria del mundo del trabajo suministrando al joven algunas destrezas manuales e intelectuales y, sobre todo, los principios éticos de un buen trabajador (disciplina, obediencia, puntualidad, orden...).
Todo ello sin que la planificación de la escuela y del trabajo
explicite parte o todos estos objetivos de manera cohesionada.
Así, escuela y trabajo gozan de algunas similitudes en cuanto a su
concepción y ejecución: estratificación jerárquica de la organización de
la empresa y de la producción y estratificación jerárquica en la gestión
y en los saberes del sistema escolar.
Sin embargo, la concepción cultural diferencia hoy las finalidades, a todos los niveles, de ambas instituciones, hasta el punto de excluirse y oponerse. Una, la escuela, se dirige básicamente a la realización del individuo en el plano intelectual sin apenas implicarle en la experimentación directa.
El otro, el trabajo, tiende generalmente a explotar a la persona como
medio eficaz de la producción, sometiéndola a los objetivos de la
máquina o de la entidad, sin asociarle a la concepción y a la
realización de ellos.
Podría argumentarse que estas divergencias ha tratado de eliminarlas la
formación profesional, introduciendo en el campo de las disciplinas
propiamente técnicas otras de carácter generalista, que permiten al
individuo acercarse a tipos de valores que están más allá de la
especialización, a actividades y saberes que van más allá del ámbito de
la cultura general.
Sin embargo, la formación profesional es también -a pesar de sus
objetivos educativos explícita o implícitamente formulados- restricción
o limitación de recursos personales, dado que puede comportar el riesgo
de deformación para el ejercicio de ciertas actitudes o capacidades en
detrimento de otras, por concentrar excesivamente las finalidades del
aprendizaje en función de su rentabilidad.
Asimismo, podría argumentarse que hoy la empresa comienza a implicar a
sus trabajadores en la gestión. Los grupos autónomos de trabajo, la
gestión participativa o la mejora continua son buenos botones de
muestra, sin embargo hoy son sólo eso, muestras; contadas empresas los
ponen en práctica.
Y la escuela, mediante técnicas de trabajo en equipo o integrando delegados y representantes de alumnos en los diferentes consejos escolares, puede también contribuir a formar individuos con capacidad para la implicación. Otra cosa es que, tanto en un ámbito como en otro, la participación en la gestión y la corresponsabilidad lleguen a ser efectivos.
La delegación de poder, característica sine qua non de toda
implicación, suele brillar por su ausencia.
Por otro lado, la función profesional reclama hoy personas polivalentes,
con capacidad de adaptación, con capacidad de relación y con espíritu
creativo.
Una formación estrictamente profesional, basada sólo en disciplinas
científicas o tecnológicas, parece que difícilmente podrá dar respuesta
a esa capacidades demandadas.
El mundo laboral actual exige, según sus definidores más conspicuos, una formación que tenga en cuenta, además del desarrollo de las capacidades científico-profesionales, al hombre total: el desarrollo de todas las posibilidades y recursos de la inteligencia, de la sensibilidad y de la naturaleza física.
Dicho de otra manera, se pide que la formación aporte al hombre la capacidad de dirigir sus actos bajo la luz de la razón, que le facilite el ejercicio de juzgar, le aporte un caudal de conducta libre y equilibrada, le permita conocerse a sí mismo, a los otros y al mundo del entorno, y percibir las relaciones entre todos ellos.
Hablamos, en resumen, de polivalencia, adaptación, capacidad de
relación, creatividad. Ciertamente, la escuela pide suministrar
elementos de todas y cada una de ellas. La duda es si en relación con y
para el mundo del trabajo.
Cambio del contenido del trabajo. Cambio del contenido escolar
Es lugar común en nuestro tiempo que los individuos inmersos en el mundo
laboral manejan cada día más información, y que cada vez son menos los
trabajadores que ponen sus manos sobre los productos físicos, máquinas
inteligentes lo hacen por ellos. Este hecho plantea algunos
interrogantes a la dualidad escuela/trabajo:
cómo relacionar cultura y formación en un entorno laboral de
alta densidad informativa, qué nuevo sentido y contenidos tiene el
trabajo y, por tanto, qué orientación debería darse a la formación para
el trabajo.
La relación trabajo/economía/sociedad está padeciendo un cambio muy
profundo, el cambio más importante desde la revolución industrial, y
además se hace a pasos cada vez más rápidos.
En primer lugar, sabemos que hoy, información, datos y conocimientos
son la materia prima de la riqueza y comportan la desmaterialización del
trabajo. Si se dispone de una tecnología inteligente, de un sistema
organizativo adecuado a esta tecnología y con las capacidades
requeridas, la información se convierte en el principal factor de
producción(2).
En segundo lugar, el trabajo está cambiando su contenido. Las
profesiones de hoy no son inmóviles, es decir, instrumentos de
producción repetitivos y estandarizados (masificación de la producción),
pasándose rápidamente de un nivel a otro que está a su vez en
desequilibrio (desmasificación, individualización).
Las profesiones deben dar respuesta a un contexto: clientes, necesidades, oferta de productos/servicios, equipos, estructura..., elementos todos también inestables (clientes mundiales, globalización de mercados, interculturalidad, desmasificación y, por tanto, personalización...). La especialización, pues, en la profesión se entiende sólo en un espacio abierto, polivalente, debido a la rapidez de automatización y de informatización de instrumentos y de equipos.
Sin olvidar que también se producen cambios ostensibles en la
estructura organizativa empresarial que afectan al contenido mismo del
trabajo.
En tercer lugar, a la vez que tenemos un nuevo sistema de producción de
riqueza y nuevas categorías laborales también tenemos nuevos problemas
sociales, de los cuales el paro sea tal vez el más importante. Si el
nuevo sistema de producción de riqueza exige una mayor preparación del
individuo, produce un sector de población que está falto de esta
preparación.
Dicho de otra manera, aunque el sistema económico pudiese crear
los millones de puestos de trabajo necesarios para terminar con el paro,
los millones de parados difícilmente podrían ocupar los puestos de
trabajo generados por falta de formación adecuada. El paro ha pasado de
ser cuantitativo a cualitativo.
En resumen, el contenido del trabajo está padeciendo un cambio de
carácter revolucionario: el conocimiento y el saber son factores
fundamentales en la valoración de las actividades; este cambio pone en
duda las relaciones entre el hombre y el trabajo, particularmente en lo
que a sus ritmos se refiere; este cambio afecta incluso al sentido mismo
del trabajo.
El punto crítico es, pues, el flujo de capacidades entre la
sociedad y el mundo del trabajo. Se hace necesaria una formación en
concordancia con el nuevo sistema de producción de riqueza. Al
producirse una flexibilidad cualitativa de la mano de obra, se vacía de
contenido el aprendizaje rutinario y la cualificación adquirida por
repetición.
El sistema escolar ¿debe y puede responder a esta nueva exigencia?
Parece -o al menos me parece- que debe responder; aunque también deberá
aportar recursos para el desarrollo integral: formación del individuo en
el ámbito personal y en el marco social.
Ahora bien, el que la escuela pueda dar respuesta a las demandas del mundo del trabajo, al igual que al resto de demandas, es, tal vez, complicado.
Los niños y jóvenes estudiantes de hoy, cuando salgan al mundo en el que habrán de vivir y trabajar, se encontrarán con una sociedad y un puesto de trabajo sometidos a cambios rápidos, a la diversidad, a la heterogeneidad. En ellos, una formación específica servirá cada vez menos; un documento que
dé respaldo a una titulación se adaptará muy poco a los requerimientos sociales y del puesto de trabajo. Sin embargo, el hecho de que las empresas contradigan la práctica de contratación laboral (cualificación nominal) con la teoría que la sustenta (polivalencia, capacidad de adaptación, creatividad...),
anima a la universidad a alimentar el sistema educativo, dado que establece los requerimientos que la educación de base y la educación secundaria debe cumplir.
Es evidente que, de esta manera, la institución educativa permanece cerrada, congelada, paralizada;
el cambio requerido es dificilísimo en ella. Sólo cuando la sociedad
y la empresa comiencen a cambiar sus criterios y dejen de insistir en
las estrechas miras de la formación específica y reconozcan que el
activo más importante de los individuos es el desarrollo de sus propias
capacidades se podrá producir el cambio necesario en la institución
educativa.
Parece evidente, sin embargo, que hacemos frente a una espiral de
cambios cualitativos en la sociedad y en el mundo del trabajo, y que la
educación no puede quedar al margen. Una sociedad en continuo progreso
tecnológico (informacional) exige una formación cada vez más intelectual
y cognitiva, una escuela que forme para la innovación, la evolución, la
adaptación al cambio.
Una escuela que asuma retos formativos nuevos, que transforme la actual formación basada en el conocimiento (que consiste en transferir los conocimientos a la gestión de la profesión; llegando así a una formación basada en la experiencia, en la repetición), en formación/exploración(3) (que ofrece una visión anticipativa, teorizadora, conceptualizadora)
y formación/experiencia (proporcionar las bases, saber comprobar); que cambie formación del individuo por formación de equipos, grupos, redes (que en la escuela comporta desde saber expresarse a saber comportarse, desde saber insertar las capacidades personales en el medio profesional a saber converger con otros en el logro de un objetivo);
que convierta la formación elitista en formación igualitaria (es decir, no se trata de formar a unos cuantos elegidos, sino transmitir el estado de los conocimientos, así como la capacidad de exploración, al máximo posible de individuos); que comporte una formación integrada en el entorno (es decir, si la formación quiere transmitir la dimensión colectiva
-la implicación de la persona en la actividad de la sociedad- tiene
que organizarse a la medida, centrada sobre la evolución misma de la
sociedad, de las actividades, de las estrategias de cambio); que supere
la formación monocultural y la convierta en formación multicultural
(llegar a la internacionalización del individuo; es decir, que sepa
trabajar con otros individuos con esquemas mentales, vivencias,
formación diferentes a la propia).
Los pilares de la relación escuela/trabajo
Parece que, situados en esta tesitura, podríamos lanzarnos a concretar
las bases en las que debe sustentarse una formación escolar para el
mundo del trabajo, la relación escuela/trabajo. Ello sin olvidar la
premisa de la que hemos partido: la escuela no debe servir sólo a los
intereses del mundo del trabajo, pero preparar para el trabajo no es
diferente de preparar para la vida.
La definición de estos pilares nos lleva a lo que casi son
lugares comunes, a cosas tal vez ya escritas, leídas y sabidas. Es
decir, supone ser poco novedoso. Voy a concretarlos, sin embargo, porque
considero que definen los contenidos de calidad de la escuela.
¿Qué demanda el mundo del trabajo a la escuela? Que los individuos
tengan adquiridas una capacidades indispensables para el desarrollo de
la función profesional:
1. Conocer, es decir, adquirir instrumentos para la comprensión de los
cambios rápidos inducidos por el progreso científico y las nuevas formas
de actividad económica y social.
Este hecho comporta conciliar una cultura general bastante amplia con
el conocimiento profundo de algunas pocas materias. Esta cultura general
debe ser el sustento de la educación permanente, dado que ha de aportar,
además de formación de base, cierto deseo de aprender. En resumen:
conocer, comprender, descubrir, tener curiosidad intelectual, sentido
crítico y autonomía de juicio, aprender a aprender.
2. Saber hacer, es decir, aprender a actuar sobre el entorno. Ir más
allá de la adquisición de una profesión, asumir una competencia apta
para afrontar los cambios continuos e imprevisibles y para el trabajo en
equipo. Hablamos de una competencia coctel (4), que combine formación
profesional, comportamiento social, aptitud para el trabajo en equipo,
capacidad creativa y de iniciativa.
3. Saber ser, que supone un desarrollo integral: espiritual y corporal,
de la inteligencia, de la sensibilidad, el sentido estético, la
responsabilidad personal, la trascendencia.
4. Aprender a vivir con los demás, descubrir a los otros, buscar
objetivos comunes, trabajar en equipo.
La deformación profesional me lleva aquí a hacer una breve referencia a
la educación en la escuela secundaria, dado que la considero la vía más
directa de posibilidad de acceso a la promoción social y económica y la
clave de la relación escuela/trabajo, consolidada en la universidad y en
la educación permanente.
La educación secundaria no debe preparar sólo para estudios
superiores (causa de la huida o la expulsión de muchos del sistema
educativo), sino generar una preparación que ponga los cimientos de las
capacidades laborales y sociales de adaptación, creatividad y empatía
con los demás y el entorno.
Pautas para el maridaje escuela/trabajo
A la escuela le corresponde generar las bases culturales que permitan a
los individuos descifrar, en la medida de lo posible, las mutaciones
socio-económicas. Al mundo del trabajo le toca comprender que el valor
principal del individuo es él mismo, dotado de saberes y capacidades,
especificadas o no en cualificaciones formales.
El sistema escolar debe responder a los múltiples desafíos de la
sociedad de la información, en la perspectiva de un enriquecimiento
continuo de los saberes y del ejercicio de una profesión adaptada a las
exigencias del entorno. Para ello, será imprescindible:
- Establecer nuevas relaciones entre política de la educación y política
del desarrollo económico, con la finalidad de reforzar las bases del
saber y del saber hacer: iniciativa, trabajo en equipo, sinergias y
empatías con el entorno productivo...
- Enriquecer la formación de base: saber leer, escribir, calcular,
expresarse; apertura a la ciencia y su universo; integración en el
entorno.
- La enseñanza secundaria debe ser repensada en la perspectiva general
de una educación a lo largo de toda la vida, organizando itinerarios
formativos que permitan la posibilidad de retorno posterior. Este
sistema organizativo, combinado con la alternancia, debe permitir luchar
eficazmente contra el fracaso del escolar y de la escuela.
- Pese a que la escuela tiende a privilegiar el acceso al conocimiento,
en detrimento de otras formas de aprendizaje, es importante concebir la
educación como un todo.
- Privilegiar el uso de tecnologías avanzadas como soporte para la
trasmisión de saberes.
- Formar grupos de aprendizaje mediante asociación, mezcla: el trabajo
en equipo intergrupal e interdisciplinar; sólo tendrá valor si se
realiza a lo largo de todo el sistema educativo, no limitándolo a la
enseñanza primaria.
- Elaborar programas educativos hechos a medida, que el tercer nivel de
concreción cumpla los principios y requisitos planificados; no puede ser
la misma formación para los habitantes del Baix Llobregat, que para los
que habitan en la Garrotxa, en Las Batuecas o en La Mancha.
- Fomentar la formación-acción, con métodos y herramientas para
detectar, calificar y resolver problemas que pasan de ser evidentes en
un contexto agitado como el que vivimos; dejar de considerar que los
problemas y los métodos son conocidos y que basta con aprender el método
para resolver el problema.
- Conocer a fondo el entorno, evitando dar recetas mágicas o soluciones
preestablecidas para realidades específicas; hay que ayudar al
estudiante a descubrir su propia solución, con un espíritu creativo y
reactivo.
- Abrir los centros educativos al exterior, dicho de otra manera, la
sociedad y el mundo económico deben estar presentes en el centro
educativo; éste habrá de aprovechar y aportar a los formandos los
saberes del entorno mediato e inmediato,
deberá implicar en la elaboración curricular las demandas
específicas del mundo del trabajo, de los movimientos ciudadanos, del
mundo del inmigrante, del mercado...; también el exterior más lejano
debe estar presente en el centro educativo, la multiculturalidad se
aprende mejor si se vive.
- Aplicar de forma masiva la informatización en la enseñanza, no basta
con hablar de la importancia de los sistemas de información.
- Aportar formadores y facilitadores externos al sistema educativo (el
voluntariado en este ámbito es más fácil de lo que parece).
- Si la educación ha de dar respuesta a todos estos requerimientos, los
enseñantes están afectados por el imperativo de la actualización de
conocimientos y de competencias, de la esfera científica y de la
económica, social y cultural.
- La calidad de la formación está condicionada en parte por la apertura
a
otras culturas, a otras civilizaciones, a otras experiencias. Sacar la
escuela al entorno económico, tanto el inmediato como el lejano, y hacer
entrar este entorno en la escuela.
Uno piensa que, tal vez por estos caminos, la utopía de la unión de la
escuela y el trabajo se puede convertir en una realidad tangible y la
conexión de sus diferentes valores y realidades puede comportar la
integración de las capacidades requeridas por el ser humano como sujeto
social y económico.
Emilio Palacios - http://www.lafactoriaweb.com
Publicado Originalmente en la revista cuatrimestral la factoría*
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