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En una de las escenas de la comedia se cantará la famosa canción
andaluza conocida por ‘La Caña’ para cuya ejecución se me ha brindado
generosamente el conocido cantor Don Agustín Reyes, acabado de llegar de
Cádiz.”
“Concluida la comedia se bailará por las Señoras Arroyo y Cánovas, los
Señores Real y Don Manuel Lara, joven gaditano que también se me ha
ofrecido graciosamente para mayor éxito de mi función
‘La Petenera Gaditana’ y la cantará al mismo tiempo en la escena
acompañándose de guitarra el precitado Don Agustín Reyes que tantos
aplausos ha arrancado en este género de canciones en los teatros de
Cádiz”. (Diario de la Habana. 30 de octubre de 1844).
En aquel tiempo, veinte años antes de que el flamenco empezara a
reconocerse por su nombre, cuando aún no era género cabalmente distinto
y “La caña” una canción y no un cante;
ya entonces y desde mucho antes acostumbraban artistas españoles (1)
y otro sí extranjeros a cumplir por esos mundos repertorios de carácter
andaluz, distraían a los públicos con sus dramas y sus danzas, sus
canciones, su música; la mar de lejos cantaban, bailaban y tocaban
profesionales excelentes en lo suyo popular, de la tradición y el
conocimiento.
La pacífica Antilla
No sólo en los teatros de la vieja Europa donde triunfaban bailadoras de
lo nacional, naturales del país y forasteras; también por aquellos
lejanos territorios insulares de la “pacífica Antilla”, como gustaban
entonces de llamarse nuestros antepasados de la isla de Cuba, armaban el
taco bailando a lo andaluz, eminencias diosas sílfides danzarinas
fantásticas y tela de famosas, ver ahí a la prodigiosa Fanny Eissler,
que era de Viena.
“Gran Teatro del Tacón: Última función de baile a beneficio de la
señorita Fanny Eissler. Para dar testimonio público de lo grato que me
han sido las demostraciones de aprecio que he recibido de todos los
habitantes de esta dichosa y opulenta ciudad, le dedico esta noche un
baile compuesto por mi estilo nacional conocido con el nombre de: ‘Jaleo
de Jerez’.” (Diario de la Habana. 10 de febrero de 1841).
Admirable Fanny Eissler, austríaca de nación y capaz de hacer un arreglo
suyo, una coreografía propia sobre el ‘Jaleo de Jerez’, antecedente
preciso de lo que en nuestro tiempo llamamos bulería.
De modo que no eran únicamente vecinos del país los embajadores del arte
meridional, sino también adorables centroeuropeas, cultivadas,
requetefinas, cultas, quienes escogían piezas del nuestro patrimonio
para interpretarlo a su manera.
Mas no queda aquí la razón del encuentro y el honor del mestizaje. Miren
como el viaje continúa: el barco que va y viene por los mares de la vida
juntando emociones nos trajo, aquellos años cuando mediaba el proceloso
siglo XIX, a una fabulosa negra, cantadora y cantante, hija de La
Habana:
María Loreto Martínez, de quién sabíamos había puesto de moda el
tango en Madrid (2), y ahora hemos sabido de su formación trianera para
decirlo todavía más hondo sensual y vivo.
Protegida por el que fuera Intendente de La Habana, Don Francisco
Aguilar, cuando éste debió volver a la metrópoli, destinado a Málaga, lo
acompañó y fue que:
“Habiendo manifestado extraordinario gusto por la música y poseyendo una
voz extraordinaria, en extremo agradable y de afinación perfecta, le
pusieron los mejores maestros; pero la familia de Aguilar se vio
obligada a cambiar de residencia y pasar a Sevilla.
Aquí no sólo se le proporcionó el medio de aumentar sus
conocimientos en el arte musical, oyendo a los mejores cantantes de
España, sino de aprender aquellas melodías nacionales tan picantes por
su cadencia, tan graciosas en su estructura y tan enérgicas por el
estilo, que las hacen ser las más populares de las canciones
nacionales.”
“Después de algunos años se casó María con Don Mariano Moreno, capitán
del Regimiento de San Fernando, y apenas transcurrido uno, la muerte de
su protector y el haberse comprometido su esposo en los asuntos
políticos la obligaron a emigrar, viéndose por tal motivo reducida a la
mayor miseria.
Pero María sufrió sus desgracias con heroísmo y la música de
Andalucía era su único recurso.” (Faro Industrial de La Habana. 18 de
agosto de 1850). (3)
Lo negro, lo gitano y lo andaluz
Heroísmo habanero para superar las tremendas fatigas, como las de hoy en
aquel paraíso, olvidás con el recurso de la música, el talento de la
voz, la fuerza del compás, el impulso del ritmo, el sacrificio del
trabajo, la cadencia del canto popular, o nacional como le decían
entonces;
fabricando un género nuevo que, años después, se reconocería
formalmente como flamenco, en exactitud por considerarlo sinónimo de
gitano, y acordándose, entre otras referencias, de aquellas trianeras
que, haciendo otro viaje, muchísimo más corto (4) pero no menos
fructífero, cruzaban el puente para ir a Sevilla a lucir sus jaleos en
unión de las bailadores bolera, de lo mejorcito de la capital:
“Bailes del país: En el acreditado y elegante Salón del Recreo que tiene
establecido Don Manuel de la Barrera en la calle Tarifa número 1, habrá
hoy sábado extraordinario ensayo de bailes nacionales o de palillos, al
que asisten además de las discípulas las mejores boleras de esta
capital, y además un cuarteto compuesto de dos jitanas y cantadoras y
tocadoras de guitarra de los más afamados. Dará principio a las nueve en
punto.” (El Porvenir. 6 de diciembre de 1856).
Evidencias reales de un formidable proceso de cruzamientos habidos en
las horas del arte, señalado en el rastro de dos sustanciales formas
naturales del festejo: la de la bulería y el tango, principios de todo y
herencia capital de lo mestizo: lo negro lo gitano y lo andaluz en
síntesis divina para alumbrar el júbilo y recrearse por la precisa
necesidad de gozar de los momentos justos.
Fue así que tambores palillos palmas y guitarras condujeron al torrente
ritual y rítmico por la senda de la hermosura, y descubrieron el impulso
debido a los bailes de reunión, aquellas generales danzas de La Habana y
Cádiz y Triana y Jerez y Granada reinando en sus alturas:
maravillosas y sencillas demostraciones públicas en patios y
estancias íntimas que de seguida subieron a los escenarios para solaz de
unos y acomodo de sus practicantes, artistas del común pero
sobresalientes y triunfales, incluso allende los mares:
“Teatro Villanueva: Escogida y variada función a beneficio de Don José
María Llorente, Director y parte del cuerpo coreográfico. Programa: 1º.
Pieza en un acto ‘Un bofetón y soy dichosa’. 2º.
La preciosa tonadilla ‘Los majos del rumbo’, por la Señora Lirón y el Señor Flores. 3º. La graciosa pieza del género andaluz, nueva en esta capital, parodia del magnífico drama ‘Guzmán el Bueno’, que se nombra ‘El Tío Zaratán’, estando a cargo de Don Joaquín Ruiz el papel de Tío Zaratán. 4º.
Cuadro bailable andaluz titulado ‘El rumbo macareno’. 5º.
Concluyendo con el aplaudido sainete ‘El soldado fanfarrón’, en el que
se bailará por Doña María Arroyo el verdadero y popular ‘Zapateado de
Cádiz’ y ‘Los Panaderos’, con acompañamiento de guitarra. Y bailará
también el señor Palomo, por deferencia de su director y compañeros, ‘El
Zapateado’, del modo que arriba se expresa.” (Diario de La Marina. 15 de
abril de 1856).
El tango es un baile de negros...
Iban y venían las personas, sus palabras, los soníos de sus músicas y
las piruetas de sus danzas, de teatro en teatro y también de fiesta; las
reuniones dichosas para distraerse en comunión de la armonía y lograr el
gusto. Lo propio ocurría en aquellos Salones de Bailes del País,
precursores de los Cafés Cantantes, propicios a lo bolero andaluz y los
jaleos, propicios a los tangos:
“... No tardó en llegar la vez de las danzas, y una joven de cobriza
tez, cabellos crespos y ojos de azabache, como dicen los españoles,
bailó el tango americano con extraordinaria gracia. El tango es un baile
de negros, que tiene un ritmo muy marcado y fuertemente acentuado...”
Así lo vio y escribió Charles Davillier en 1862 (5) fijando con
exactitud y claridad la naturaleza de los tangos y otro sí su espléndida
encarnación andaluza, recién adquirida.
Modelo y ejemplo de aquel viaje ultramarino que no sólo enriqueció a los
mercaderes de negros y a quienes los compraban para explotarlos como
animales, sino también, y tal si fuese necesaria supuración de llantos
por el sudor de la alegría, nos regaló de formidables sones que dieron
al flamenco otra imagen festiva y rítmica,
fundamental, fuente de lujo natural del pobrerío, limpia
caudalosa y ardiente para cantar bailar y tocar guitarras tambores
palmas tiples claves güiros la mar de sonoros en un interminable ir y
volver constante, como las olas acariciando a Cádiz y a La Habana.
José Luis Ortiz Nuevo - http://www.lafactoriaweb.com
Publicado Originalmente en la revista cuatrimestral la factoría*
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