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La Comisión se creó para abordar algunos de los desafíos a los que se enfrenta el mundo al llegar a esa encrucijada.
Como seres humanos, de nosotros depende que tomemos la senda correcta, que haría que este mundo fuera un lugar más seguro, justo, ético, integrador y próspero para la mayoría, y no sólo para unos pocos, tanto dentro de los países como entre los países.
También podemos decidir andarnos con rodeos, ignorar las señales y
dejar que el mundo que todos compartimos se vea sumido en nuevas
espirales de turbulencia política, conflictos y guerras.
Creemos que, en las páginas siguientes, se ofrecen suficientes
argumentos para que los dirigentes políticos de ámbito tanto nacional
como internacional se convenzan y escojan la senda adecuada.
En la actualidad, la globalización es un tema polémico. Se trata
prácticamente de un diálogo de sordos, tanto en el plano nacional como
en el internacional. Pese a todo, en aras del futuro de nuestros países
y del destino de nuestro planeta, hemos de replantearnos todos juntos la
cuestión de la globalización.
El presente informe resulta oportuno. El debate está evolucionando.
Las antiguas convicciones e ideologías se han contrastado con la
experiencia y se han modificado mediante el ejemplo. La gente está
dispuesta a empezar de nuevo. Ha llegado el momento del liderazgo y de
pasar del debate estéril a la acción práctica.
Creemos que, en el presente informe, hemos examinado la globalización a
través de la mirada de la gente, trascendiendo a nuestros mandantes y
captando fielmente las esperanzas y los temores de nuestra humanidad
compartida. Son muchos los que reconocen las oportunidades que presenta
la globalización para lograr una vida mejor.
Creemos que sus esperanzas pueden hacerse realidad, pero sólo
en la medida en que la globalización se vea sometida a una mejor
gobernanza en todos los planos. Nunca antes fueron tantos los que se
niegan a perder el tren de la globalización, pero quieren estar seguros
de la dirección que éste toma y de que se desplaza a una velocidad a la
que se pueda sobrevivir.
La intención que nos ha animado ha sido la de lograr que la
globalización se convierta en una fuerza positiva para todos los pueblos
y países. Lo que proponemos no son panaceas ni soluciones simples, sino
una nueva perspectiva.
Creemos que la perspectiva dominante en lo que atañe a la globalización
debe dejar de ser una preocupación limitada a los mercados y convertirse
en una preocupación más amplia respecto de la gente.
La globalización debe apearse del elevado pedestal de las salas de juntas de las empresas y de las reuniones gubernamentales para satisfacer las necesidades de las personas en las comunidades en las que viven. La dimensión social de la globalización se refiere desde luego a los empleos, a la salud y a la educación; pero va mucho más allá.
Se trata de la dimensión de la globalización que la gente experimenta
en su vida diaria y en su trabajo: la totalidad de sus aspiraciones a
una participación democrática y a la prosperidad material. Una mejor
globalización es la clave que permitirá lograr una vida mejor y segura
para la gente de todo el mundo en el siglo XXI.
También proponemos un proceso para llevar a la práctica esta perspectiva
en todos los planos, comenzando por unas comunidades locales dotadas de
mayor capacidad y por una gobernanza nacional más responsable; normas
globales justas y aplicadas de manera equitativa, e instituciones
globales que estén más orientadas a la gente.
Proponemos una serie de medidas -cada una de ellas de pequeño alcance-
pero que en conjunto iniciarán un proceso para lograr este objetivo
mediante la motivación y la estimulación de redes de personas e ideas y
las interacciones económicas y sociales de la propia globalización.
Nuestra experiencia en las labores de la Comisión nos permite confiar en
el futuro. La Comisión es como un microcosmos que refleja la muy amplia
diversidad de opiniones, inquietudes y perspectivas del mundo real.
Procedemos de algunos de los países más ricos y más pobres. Contamos con
sindicalistas y directivos de empresas, parlamentarios y presidentes,
dirigentes de poblaciones indígenas y mujeres activistas, universitarios
y asesores gubernamentales. En el transcurso de nuestra labor hemos
comprobado que, a través del diálogo, es posible abarcar posiciones
divergentes y hacer que los intereses comunes desemboquen en una acción
conjunta.
La Comisión fue creada por la OIT. Asumió con independencia toda la
responsabilidad respecto de su informe, y los miembros de la Comisión
actuaron a título individual.
No todos y cada uno de los miembros de la Comisión suscriben
todas y cada una de las afirmaciones que figuran en el texto, pero sí
apoyan el informe en su conjunto a fin de propiciar un proceso más
amplio de diálogo público y de esfuerzo común, que promueva una
globalización justa e integradora.
Para nosotros, los Copresidentes, constituyó un gran placer y una
experiencia excepcionalmente enriquecedora trabajar con una Comisión
integrada por un grupo tan distinguido, profundamente comprometido y
dinámico de ciudadanos globales.
A ellos les damos las gracias de todo corazón por su
dedicación, su contribución y su colaboración. También damos las gracias
a la Secretaría, que supo mostrarse eficaz y servirnos tan bien. Y
expresamos nuestro agradecimiento a la OIT por la decisión de crear esta
Comisión y de honrarnos con la responsabilidad histórica de presidirla.
Al mundo, y especialmente a los dirigentes políticos y empresariales de
todos los lugares, les presentamos estas indicaciones para lograr una
mejor globalización y un futuro mejor para la gente; para toda la gente.
Tarja Halonen,
Presidenta de la República de Finlandia.
Copresidenta.
Benjamin William Mkapa,
Presidente de la República Unida de Tanzania.
Copresidente.
Nuestro cometido, la dimensión social de la globalización, es un tema
complejo y de gran alcance.
En nuestra Comisión, estaban representados en términos generales los distintos actores e intereses contrapuestos que existen en el mundo real. Copresidida por dos Jefes de Estado en ejercicio, un hombre y una mujer, la una del Norte y el otro del Sur, integraron la Comisión miembros procedentes de países de distintas partes del mundo, en todas las etapas de desarrollo,
y pertenecientes a muy diversos ámbitos: gobiernos, clase
política, parlamentos, empresas y compañías multinacionales,
organizaciones de trabajadores, círculos universitarios y sociedad
civil.
Sin embargo, gracias a nuestro propósito común, llegamos a los acuerdos
compartidos que tienen ante sí.
Como documento colectivo, el informe difiere bastante del que
cada uno de nosotros habría escrito a título individual, pero la
experiencia nos ha demostrado la utilidad y el poder del diálogo como
instrumento de cambio. Escuchando paciente y respetuosamente las
distintas opiniones e intereses, hemos podido encontrar un terreno de
entendimiento.
Nos estimuló el hecho de saber que era urgente adoptar medidas para
crear un proceso de globalización justo e integrador.
La única manera de llegar a lograrlo era mediante acuerdos
entre una gran diversidad de actores respecto de la línea de acción.
Estamos convencidos de que nuestra experiencia puede y debe reproducirse
a mayor escala, a fin de dar más espacio al diálogo que trata de lograr
un consenso para actuar.
Una visión del cambio
El debate público sobre la globalización se encuentra en un punto
muerto. Las opiniones se reducen a las certezas ideológicas de
posiciones conocidas, y se fragmentan en distintos intereses
específicos.
La voluntad de lograr un consenso no es firme. Se han estancado las
negociaciones internacionales clave, y es frecuente que no se respeten
los compromisos internacionales en materia de desarrollo.
El informe que tienen ante sí no ofrece soluciones milagrosas ni
sencillas, porque no existen. Sin embargo, con él se intenta contribuir
a acabar con la actual situación de parálisis, centrándose en las
preocupaciones y aspiraciones de la gente y en las distintas maneras de
aprovechar mejor las posibilidades que brinda la propia globalización.
Nuestro mensaje, crítico y positivo a la vez, aspira a cambiar el curso
actual de la globalización. Consideramos que los beneficios de la
globalización pueden llegar a más personas y repartirse mejor entre los
países y dentro de ellos, permitiendo que muchas más personas puedan
influir sobre su curso.
Los recursos y medios necesarios existen. Nuestras propuestas
son ambiciosas pero viables. Estamos seguros de que es posible lograr un
mundo mejor.
Deseamos un proceso de globalización dotado de una fuerte dimensión
social, basada en valores universales compartidos y en el respeto de los
derechos humanos y la dignidad de la persona; una globalización justa,
integradora, gobernada democráticamente y que ofrezca oportunidades y
beneficios tangibles a todos los países y a todas las personas.
Para ello, solicitamos lo siguiente:
Un enfoque centrado en las personas: la piedra angular de una
globalización más justa es la satisfacción de las demandas de todas las
personas en lo que atañe al respeto de sus derechos, su identidad
cultural y autonomía; al trabajo decente, y a la plena implicación de
las comunidades locales en las que viven.
La igualdad de género es indispensable.
Un estado democrático y eficaz: el Estado debe ser capaz de gestionar su
integración en la economía global, así como de proporcionar
oportunidades sociales y económicas y seguridad.
Un desarrollo sostenible: la búsqueda de una globalización justa debe sustentarse en los pilares, interdependientes y que se refuerzan mutuamente, del desarrollo económico y social y de la protección medioambiental a escala local, nacional, regional y mundial.
Mercados productivos y equitativos: para ello es preciso disponer de instituciones coherentes, que promuevan oportunidades y promocionen empresas en una economía de mercado que funcione adecuadamente.
Reglas justas: las reglas de la economía global deben ofrecer a todos los países igualdad de oportunidades y de acceso, así como reconocer las diferencias en cuanto a las capacidades y necesidades de desarrollo de cada país.
Una globalización solidaria: hay una responsabilidad compartida en cuanto a la prestación de asistencia a los países e individuos excluidos o desfavorecidos por la globalización. Esta última debe contribuir a remediar las desigualdades que existen entre los países y dentro de ellos, y a erradicar la pobreza.
Una mayor responsabilidad ante las personas: los actores públicos y privados de todas las categorías, que disponen de capacidad para influir sobre los resultados de la globalización, deben ser democráticamente responsables de las políticas que aplican y de las medidas que adoptan. Asimismo, tienen que cumplir sus compromisos y utilizar su poder respetando a los demás.
Asociaciones más comprometidas: son numerosos los actores que intervienen en la realización de los objetivos sociales y económicos globales, por ejemplo las organizaciones internacionales, los gobiernos y los parlamentos, las empresas, los sindicatos, la sociedad civil y otros muchos.
El diálogo y la asociación entre ellos representan un instrumento
democrático fundamental para crear un mundo mejor.
Unas Naciones Unidas eficaces: un sistema multilateral más sólido y
eficaz es un instrumento indispensable para establecer un marco
democrático, legítimo y coherente para la globalización.
La globalización y sus efectos
La globalización ha puesto en marcha un proceso de cambio de gran
alcance que afecta a todos. Las nuevas tecnologías, asentadas en
políticas de mayor apertura, han creado un mundo más interrelacionado
que nunca.
Ello no sólo entraña una mayor interdependencia en las relaciones
económicas -el comercio, la inversión, las finanzas y la organización de
la producción a escala global-, sino también una interacción social y
política entre organizaciones y personas de todo el mundo.
Los beneficios que pueden obtenerse son inmensos. La creciente
posibilidad de interconexión entre las personas de todo el mundo está
favoreciendo la constatación de que todos pertenecemos a una misma
comunidad global.
Este naciente sentido de interdependencia, de compromiso con valores universales compartidos y de solidaridad entre los habitantes de todo el planeta puede aprovecharse para cimentar una gobernanza global abierta y democrática que beneficie a todos.
La economía de mercado global ha puesto de manifiesto una gran
capacidad productiva. Gestionada con acierto, puede dar lugar a
progresos sustanciales y sin precedentes, crear puestos de trabajo más
productivos y mejores para todos, y contribuir de manera importante a la
lucha contra la pobreza en el mundo.
Sin embargo, también somos conscientes de lo mucho que nos queda por
hacer para que esta posibilidad se convierta en realidad. El actual
proceso de globalización está produciendo resultados desiguales entre
los países y dentro de ellos.
Se está creando riqueza, pero son demasiados los países y las
personas que no participan de los beneficios y a los que apenas se tiene
en cuenta, o se ignora totalmente, a la hora de configurar el proceso.
Para una gran mayoría de mujeres y hombres, la globalización no ha sido
capaz de satisfacer sus aspiraciones sencillas y legítimas de lograr un
trabajo decente y un futuro mejor para sus hijos. Muchos de ellos viven
en el limbo de la economía informal, sin derechos reconocidos y en
países pobres que subsisten de forma precaria y al margen de la economía
global.
Incluso en los países con buenos resultados económicos hay trabajadores
y comunidades que se han visto perjudicados por la globalización.
Entretanto, la revolución de las comunicaciones globales acentúa la
conciencia de que esas disparidades existen.
Una estrategia para el cambio
Esas desigualdades globales son inaceptables desde el punto de vista
moral e insostenibles desde el punto de vista político. Lo que se
necesita para cambiar esta situación no es lanzarse a poner en práctica
un plan utópico, sino realizar una serie de cambios coordinados de
diversa índole, que van desde la reforma de ciertas partes del sistema
económico global hasta el reforzamiento de la gobernanza a escala local.
Todo ello debe y puede conseguirse en el contexto de economías
y sociedades abiertas.
Aunque los intereses difieren, creemos que existe en todo el mundo una
opinión que coincide cada vez más acerca de la necesidad de un proceso
de globalización que sea justo e integrador. Para conseguirlo, hemos
formulado un amplio conjunto de recomendaciones.
Si se cuenta con la voluntad política necesaria, se pueden adoptar medidas inmediatas con respecto a algunas cuestiones comerciales y financieras que han sido objeto de largas negociaciones multilaterales y de discusiones en los círculos políticos.
La línea de acción que debe seguirse con respecto a esas cuestiones está clara, pero algunos de los principales actores todavía no han tomado conciencia de la urgente necesidad del cambio.
A este respecto, para poder llevar adelante las propuestas, resultan esenciales una promoción continua y una opinión pública más decidida.
También serán importantes las actividades de promoción destinadas a preparar el terreno para examinar nuevas cuestiones.
Sin embargo, en lo que atañe a esas nuevas cuestiones, como son el desarrollo de un marco multilateral para los movimientos transfronterizos de personas o la rendición de cuentas de las organizaciones internacionales, el principal impulsor de la decisión de actuar ha de ser un diálogo de amplia base entre los actores estatales y no estatales.
De ese modo se podrá llegar a un consenso y a una decisión
respecto de lo que debe hacerse, cómo debe hacerse y quién debe hacerlo.
La gobernanza de la globalización
Consideramos que los problemas que hemos descrito no se deben a la
globalización en sí, sino a deficiencias en su gobernanza. Los mercados
globales han crecido rápidamente y sin un desarrollo paralelo de las
instituciones económicas y sociales necesarias para que éstos funcionen
de forma fluida y equitativa.
Al mismo tiempo, causan preocupación la falta de equidad de las
reglas globales clave en materia de comercio y finanzas y sus
repercusiones desiguales para los países ricos y los países pobres.
Otro motivo de inquietud es la incapacidad de las políticas
internacionales actuales para dar respuesta a los desafíos que plantea
la globalización. Las medidas de apertura de los mercados y las
consideraciones financieras y económicas prevalecen sobre las
consideraciones sociales.
La asistencia oficial para el desarrollo (AOD) no alcanza ni siquiera la
cuantía mínima necesaria para lograr los Objetivos de Desarrollo para el
Milenio (ODM) y hacer frente a los crecientes problemas globales.
Tampoco resulta eficaz el sistema multilateral encargado de concebir
y aplicar políticas internacionales. Adolece en general de falta de
coherencia política y no es lo suficientemente democrático, transparente
y responsable.
Esas reglas y políticas son consecuencia de un sistema de gobernanza
global configurado en gran medida por países y actores poderosos. Hay un
grave déficit democrático en los propios fundamentos del sistema.
La mayoría de los países en desarrollo sigue teniendo poca influencia
en las negociaciones globales sobre las reglas y en la determinación de
las políticas de las instituciones financieras y económicas clave. Del
mismo modo, los trabajadores y los pobres apenas son tenidos en cuenta,
o no lo son en absoluto, en este proceso de gobernanza.
Empezar por la propia casa
Existe pues una amplia gama de cuestiones que debe abordarse en el plano
global, pero no bastará con abordarla. La gobernanza global no es una
esfera inalcanzable y abstracta. Se trata simplemente de la cúspide de
una red de gobernanza que va ascendiendo desde el plano local.
El comportamiento de los Estados nación como actores mundiales es el factor fundamental para determinar la calidad de la gobernanza global.
Su nivel de compromiso con el multilateralismo, los valores universales y los objetivos comunes, su grado de sensibilidad respecto de las repercusiones transfronterizas de sus políticas, y la importancia que conceden a la solidaridad mundial son otros tantos factores cruciales para determinar la calidad de la gobernanza global.
Al mismo tiempo, su manera de gestionar los asuntos internos influye sobre la medida en que las personas se beneficiarán de la globalización y quedarán protegidas contra sus efectos adversos.
En este importante sentido, puede decirse que la respuesta a la
globalización empieza por la propia casa, lo que pone de manifiesto el
hecho simple y a la vez crucial de que, dentro de cada nación, la vida
de las personas se desarrolla en la esfera local.
Por consiguiente, nuestro análisis tiene su fundamento en el plano
nacional. Como es evidente, no pretendemos formular recomendaciones
concretas para la enorme variedad de países que hay en el mundo, sino
establecer objetivos y principios generales que sirvan de guía para que
las políticas aborden de manera más eficaz la dimensión social de la
globalización,
reconociendo plenamente que la aplicación de las mismas debe responder a las necesidades y a la situación específicas de cada país. Desde esa perspectiva, es obvio que la gobernanza nacional debe mejorarse en todos los países, aunque en unos de manera más radical que en otros. Hay un amplio acuerdo internacional en cuanto a los elementos fundamentales por los que todos debemos luchar con urgencia, a saber:
una buena gobernanza política, basada en un sistema político democrático, el respeto de los derechos humanos, el imperio de la ley y la justicia social;
un Estado eficaz, que garantice un crecimiento económico alto y estable, proporcione bienes públicos y protección social, potencie las capacidades de las personas mediante el acceso universal a la educación y a otros servicios sociales, y promueva la igualdad de género;
una sociedad civil dinámica, que disponga de libertad de asociación y de expresión, y que refleje y exprese toda la diversidad de opiniones e intereses. También resulta fundamental la existencia de organizaciones que representen los intereses públicos, a los pobres y a otros grupos desfavorecidos, para garantizar así una gobernanza participativa y socialmente justa; y
la existencia de sólidas organizaciones representativas de los
trabajadores y de los empleadores resulta esencial para que se
establezca un diálogo social fructífero.
Se debe conceder la máxima prioridad a las políticas destinadas a
responder a la aspiración fundamental de mujeres y hombres al trabajo
decente, aumentar la productividad de la economía informal e integrarla
en la corriente económica principal y mejorar la competitividad de las
empresas y las economías.
Las políticas deben dedicarse directamente a satisfacer las necesidades
de la gente en los lugares en que ésta vive y trabaja. Por tanto,
resulta indispensable reforzar las comunidades locales delegándoles
poder y recursos, fortaleciendo las capacidades económicas locales y la
identidad cultural, y respetando los derechos de los pueblos indígenas y
tribales.
Los Estados nación también deberían reforzar la cooperación regional y
subregional como instrumento fundamental para el desarrollo y para
lograr una mayor participación en la gobernanza de la globalización.
Además, deberían potenciar la dimensión social de la integración
regional.
Reforma en el ámbito global
A escala global, nuestras recomendaciones son más específicas. Se
destacan a continuación algunas de las más importantes.
Las normas y políticas globales en materia de comercio y finanzas deben dejar un mayor margen de autonomía a los países en desarrollo para que elaboren sus políticas.
Esto es fundamental para que las políticas y los acuerdos institucionales se adapten lo más posible al nivel de desarrollo y a las circunstancias específicas de dichos países. Se deben revisar las reglas en vigor que restringen innecesariamente sus opciones de política para acelerar el crecimiento agrícola y la industrialización y preservar la estabilidad financiera y económica. Las nuevas reglas también tienen que cumplir este requisito.
Las políticas de las organizaciones internacionales y de los países
donantes deben asimismo evitar de manera más decidida los condicionantes
externos y propiciar el control nacional de las políticas.
Se han de reforzar las disposiciones relativas a la adopción de medidas
positivas en favor de los países que no dispongan de las mismas
capacidades que aquellos que ya se han desarrollado.
Unas normas equitativas que rijan los flujos comerciales y de capital
tienen que completarse con normas equitativas para la circulación
transfronteriza de las personas.
Las presiones de la migración internacional han aumentado, y problemas tales como el tráfico de personas y la explotación de los trabajadores migrantes se han agudizado. Es preciso tomar medidas para configurar un marco multilateral que proporcione unas normas uniformes y transparentes para la circulación transfronteriza de personas y que establezca un equilibrio entre los intereses de los propios migrantes y los de los países de origen y de destino.
Todos los países pueden salir beneficiados de un proceso de migración
internacional ordenado y orientado, capaz de estimular la productividad
global y de eliminar las prácticas de explotación.
Al proliferar los sistemas de producción global, ha surgido la necesidad
de disponer de nuevas normas en materia de inversiones extranjeras
directas (IED) y de competencia.
Un marco multilateral para las IED que sea equilibrado, propicie el desarrollo y haya sido negociado en un foro universalmente aceptado, beneficiará a todos los países, ya que favorecerá el aumento de los flujos de inversión directa y limitará los problemas ligados a la competencia en materia de incentivos, que reduce los beneficios derivados de dichos flujos.
Este marco debería conciliar los intereses del sector privado,
del sector público y de los trabajadores, así como sus derechos y
responsabilidades. La cooperación en materia de política de competencia
transfronteriza dotará a los mercados globales de mayor transparencia y
competitividad.
Las normas fundamentales del trabajo definidas por la OIT constituyen un
conjunto básico de normas laborales globales para la economía mundial,
cuyo respeto debería fortalecerse en todos los países.
Es necesario adoptar medidas más firmes para garantizar el respeto de
las normas fundamentales del trabajo en las zonas francas industriales
y, de manera más general, en los sistemas de producción global. Todas
las instituciones internacionales competentes deberían asumir la parte
que les corresponde en la promoción de estas normas, y asegurarse de que
ningún aspecto de sus políticas y programas se opone a la aplicación de
esos derechos.
El sistema de comercio multilateral debería reducir de forma sustancial
las barreras injustas que impiden el acceso a los mercados de ciertas
mercancías que presentan una ventaja comparativa para los países en
desarrollo, y más concretamente los artículos textiles y de confección y
los productos agrícolas.
Al hacerlo, debería establecerse un trato especial y
diferenciado para salvaguardar los intereses de los países menos
desarrollados y propiciar sus posibilidades de exportar.
Debe aceptarse sin reservas un nivel mínimo de protección social para
los individuos y las familias como parte del fundamento socioeconómico
de la economía global, incluida la asistencia a los trabajadores
desplazados por razones de reajuste. Los donantes y las instituciones
financieras deberían contribuir al fortalecimiento de los sistemas de
protección social en los países en desarrollo.
El aumento de las posibilidades de acceso a los mercados no constituye
una panacea. Es fundamental elaborar una estrategia más equilibrada de
crecimiento global sostenible y de pleno empleo, en la que se prevea el
reparto equitativo entre los países de la responsabilidad del
mantenimiento de altos niveles de demanda efectiva en la economía
global. Un requisito fundamental para ello es una mayor coordinación de
las políticas macroeconómicas de los distintos países.
Una estrategia eficaz de crecimiento global aliviará las tensiones
económicas existentes entre los distintos países y facilitará el acceso
de los países en desarrollo a los mercados.
El trabajo decente para todos debería convertirse en un objetivo global,
que debería perseguirse mediante políticas coherentes en el seno del
sistema multilateral. Esto daría respuesta a una importante exigencia
política en todos los países y demostraría la capacidad del sistema
multilateral para encontrar soluciones creativas a este problema
crucial.
Debería hacerse que el sistema financiero internacional prestara un
apoyo más decidido al crecimiento global sostenible.
Los flujos financieros transfronterizos se han multiplicado de forma espectacular; sin embargo, el sistema es inestable y propenso a las crisis, e ignora en gran medida a los países pobres y de recursos escasos. No podrán cosecharse todos los frutos del comercio y de las IED si no se reforma el sistema financiero internacional para conferirle mayor estabilidad.
En este contexto, se debería permitir a los países en
desarrollo enfocar de manera prudente y gradual la liberalización de las
cuentas de capital y, al establecer la secuencia de las medidas de
ajuste en respuesta a las crisis, prestar mayor atención a los aspectos
sociales.
Es necesario redoblar el esfuerzo para movilizar nuevos recursos
internacionales con el fin de alcanzar los objetivos globales
fundamentales, y concretamente los Objetivos de Desarrollo para el
Milenio (ODM). Debe cumplirse el objetivo del 0,7 por ciento para la AOD,
y se deberían buscar y explotar activamente nuevas fuentes de
financiación para superar este porcentaje.
En lo que atañe a la aplicación de reformas en la política
socioeconómica internacional, habrá que contar con el apoyo político de
todos los países, el compromiso de los principales actores globales y la
consolidación de las instituciones globales.
El sistema multilateral de las Naciones Unidas constituye la base de la gobernanza global, y está excepcionalmente dotado para encabezar el proceso de reforma. Para que pueda hacer frente a los desafíos actuales y emergentes de la globalización, dicho sistema tiene que ser más eficaz y mejorar la calidad de su gobernanza,
especialmente en lo que respecta al carácter democrático de la
representación y de la adopción de decisiones, la rendición de cuentas
ante la gente y la coherencia política.
Pedimos a los países desarrollados que reconsideren su decisión de
negarse al crecimiento nominal de sus contribuciones asignadas al
sistema de las Naciones Unidas. Es indispensable que la comunidad
internacional acceda a incrementar las contribuciones financieras al
sistema multilateral e invierta la tendencia a aumentar las
contribuciones voluntarias a expensas de las contribuciones
obligatorias.
Los Jefes de Estado y de Gobierno deberían asegurarse de que las
políticas defendidas por sus países en los foros internacionales son
coherentes y se centran en el bienestar de las personas.
Debería ampliarse progresivamente el control parlamentario del sistema
multilateral a escala global. Proponemos la creación de un grupo
parlamentario encargado de velar por la coherencia y la concordancia de
las políticas económicas, sociales y medioambientales a nivel mundial, y
que debería desarrollar un mecanismo integrado de supervisión de las
principales organizaciones internacionales.
Un requisito esencial para la mejora de la gobernanza global es que
todas las organizaciones, incluidos los organismos de las Naciones
Unidas, asuman una mayor responsabilidad ante el público en general
respecto de las políticas que aplican. Los parlamentos nacionales
deberían contribuir a este proceso examinando periódicamente las
decisiones adoptadas por los representantes de sus países respectivos
ante dichas organizaciones.
Los países en desarrollo deberían contar con una mayor representación en
los órganos de toma de decisiones de las instituciones de Bretton Woods,
mientras que la OMC debería prever en sus métodos de trabajo
disposiciones para la participación plena y efectiva de dichos países en
sus negociaciones.
Debería darse más protagonismo a los actores no estatales, especialmente
a las organizaciones representativas de los pobres.
Debería fortalecerse la contribución a la dimensión social de la
globalización que hacen las empresas, los sindicatos y las
organizaciones de la sociedad civil y las redes de conocimiento y de
promoción.
Los medios de comunicación responsables pueden desempeñar un papel fundamental a la hora de facilitar el impulso hacia una globalización más justa e integradora. Una opinión pública bien informada acerca de las cuestiones que se plantean en este informe resulta esencial para respaldar el cambio.
Así pues, las políticas han de subrayar en todo el mundo la
importancia de la diversidad de los flujos de información y
comunicación.
Movilización para el cambio
Creemos que un diálogo de amplia base acerca de nuestras recomendaciones
-especialmente sobre cuestiones que no se están tratando actualmente en
el programa global- es un primer paso fundamental a efectos de la
movilización para el cambio. Es indispensable que dicho diálogo comience
en el ámbito nacional, con el fin de sentar las bases para el consenso y
la voluntad política que se necesitan.
Al mismo tiempo, el sistema multilateral tiene que desempeñar un papel
crucial en la introducción de reformas a escala global.
Proponemos una nueva herramienta práctica para mejorar la calidad de la coordinación de las políticas entre las organizaciones internacionales en lo que respecta a aquellas cuestiones en las que sus mandatos se entrecruzan y sus políticas interactúan.
Las organizaciones internacionales competentes deberían adoptar iniciativas de coherencia política, enfocadas a la elaboración de políticas más equilibradas que permitan lograr una globalización justa e integradora.
El objetivo sería elaborar de forma progresiva propuestas de política integradas que armonicen de forma adecuada las inquietudes de orden económico, social y medioambiental que se plantean respecto de cuestiones específicas.
La primera de estas iniciativas debería abordar la cuestión del crecimiento global, la inversión y la creación de empleo, y en ella deberían participar los organismos competentes de las Naciones Unidas, el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional (FMI), la OMC y la OIT.
Otras esferas prioritarias para iniciativas similares serían la
igualdad de género y la emancipación de la mujer; la educación; la
salud; la seguridad alimentaria, y los asentamientos humanos.
Las organizaciones internacionales competentes deberían organizar por su
parte una serie de diálogos sobre la elaboración de políticas que
impliquen a múltiples participantes, con el fin de seguir examinando y
formulando propuestas políticas fundamentales, tales como la creación de
un marco multilateral para el desplazamiento transfronterizo de
personas, la configuración de un marco de desarrollo para las IED, el
fortalecimiento de la protección social en la economía global y el
establecimiento de nuevas modalidades de rendición de cuentas para las
organizaciones internacionales.
Las Naciones Unidas y sus organismos especializados deberían organizar
un foro sobre políticas de globalización, con el fin de examinar de
forma periódica y sistemática las repercusiones sociales de la
globalización. Las organizaciones participantes podrían publicar con
carácter periódico un «Informe sobre el estado de la globalización».
En nuestras propuestas instamos a una participación más amplia y
democrática de las personas y de los países en la elaboración de las
políticas que les afectan, y también exigimos a quienes tienen la
capacidad y el poder de decisión
-los gobiernos, los parlamentos, las empresas, los sindicatos, la
sociedad civil y las organizaciones internacionales- que asuman su
responsabilidad común en lo que respecta a la promoción de una comunidad
global libre, equitativa y productiva.
Organización Internacional del Trabajo (OIT) Comisión Mundial
sobre la Dimensión Social de la Globalización -
http://www.lafactoriaweb.com
Publicado Originalmente en la revista cuatrimestral la factoría*
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