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Durante la década de los años ochenta, el desempleo había alcanzado en aquel país una cifra altamente preocupante, el 13 % de la población estaba en paro. Tal desempleo, sin embargo, bajó a un 2.5%, uno de los más bajos en la UE en el año pasado. Y el promedio de la población adulta que trabaja subió de un 52% en 1980 a un 58% en el año 2001.
Todo un éxito, basado en facilitar la integración de la mujer al mercado de trabajo. La sociedad holandesa es profundamente conservadora y de tradición cristiana, lo que explica que en las décadas de los años setenta y ochenta tuviera el porcentaje de mujeres trabajando más bajo de la UE (junto con España e Italia).
A partir de los años setenta y ochenta Holanda vio una evolución cultural, que respondía al deseo de integración de la mujer joven al mercado de trabajo. Esta integración sin embargo, no era fácil.
En realidad en el año 1982, todavía casi la mitad de holandeses
creía que el lugar apropiado para la mujer era en casa haciendo sus
labores familiares.
Ahora bien, la liberación de la mujer (incluyendo la de la mujer
holandesa, italiana y española) es irreversible y la presión por parte
de las mujeres para incorporarse al mercado de trabajo era muy fuerte y
forzó cambios, cambios, sin embargo, que ocurrieron en un contexto
conservador que limita su relevancia. Me explicaré.
La integración de la mujer al mercado de trabajo puede hacerse de dos
maneras.
Una, la tradicionalmente identificada con la socialdemocracia, es la que garantiza la igualdad de oportunidades entre el hombre y la mujer, y ello pasa por la plena integración de la mujer al mercado de trabajo. Plena, quiere decir, con los mismos derechos y por lo tanto con un trabajo a pleno empleo, permitiendo compaginar proyectos profesionales con responsabilidades familiares.
Esta estrategia requiere unos cambios profundos que pasan por el desarrollo de una red de servicios de apoyo a la familia (desde escuelas de infancia a servicios domiciliarios de alta intensidad, de hasta 12 horas semanales, hasta ayuda a las personas con discapacidades, con el desarrollo de servicios domiciliarios a las personas mayores y con discapacidades) todos ellos servicios universales disponibles a toda la ciudadanía de un país. Estas políticas van acompañadas con otras que estimulan al varón a compartir las tareas familiares mediante cambios culturales y legislativos.
Aquí en España estamos en pañales en este tipo de políticas y
ello cómo consecuencia de la excesiva estancia de los jóvenes en las
casas de sus padres, que dificultan los cambios culturales.
Otra manera de facilitar la integración de la mujer al mercado de
trabajo es la de potenciar el tiempo parcial, que es lo que ha ocurrido
en Holanda.
El 80% del crecimiento de empleo ha sido en tiempo parcial y la mayoría lo ha ocupado las mujeres. Este crecimiento de empleo femenino se ha centrado en los servicios siendo muy limitado en otros sectores cómo la manufactura.
En 1998 el 68% de todas las mujeres trabajaban a tiempo parcial.
El que su incorporación haya ocurrido a través del tiempo parcial en lugar de tiempo completo se debe en gran parte a la carencia de servicios de ayuda a la familia.
De ahí que la incorporación de la mujer al mercado de trabajo no haya sido total, puesto que a la mujer se le continúa considerando cómo responsable principal del cuidado de la familia que continúa percibiéndose por grandes sectores de la sociedad cómo su función más importante.
Únicamente las mujeres con educación y con mayores ingresos trabajan
a tiempo completo y ello no se debe a su mayor deseo de optimizar sus
ingresos y elevada educación, sino a tener los medios con los que
pagarse los servicios de ayuda a la familia de carácter privado.
Es cierto que los avances culturales y tecnológicos explican el descenso
en Holanda de las horas semanales en trabajo familiar (de 70 horas en
1950 a 30 horas en el año 2002). Ahora bien las responsabilidades
familiares continúan absorbiendo a la mujer de manera que sólo un 18% de
mujeres trabaja a tiempo completo, uno de los porcentajes más bajos de
la UE.
En cambio, es el país que tiene un mayor porcentaje de mujeres
trabajando a tiempo parcial.
En los países de tradición socialdemócrata (Suecia y Finlandia) el
porcentaje de mujeres a tiempo completo es de 45%. Ni que decir tiene,
que la muy necesaria incorporación de la mujer en el mercado de trabajo
exige cambios en muchos sentidos, facilitando también la contratación a
tiempo parcial con mismos derechos que el tiempo completo.
Ahora bien, es importante no basar una estrategia de incorporación de
la mujer en la estrategia de tiempo parcial. No es bueno ni suficiente.
Vicenç Navarro -http://www.lafactoriaweb.com
Publicado Originalmente en la revista cuatrimestral la factoría*
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