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El cielo rojo se extiende hacia poniente raído por las estelas que
dibujan los aviones, trenzando imposibles telarañas, caprichosas formas
geométricas.
Tan solo alguna nube amembrilla de naranja el extenso parque de la
ribera del Llobregat y los reflejos de la luz salpican nebulosos los
tejados de la vieja factoría de Can Surís;
a lo lejos, serena, la silueta de la montaña de Sant Ramon,
cuya ermita había sido reconstruida pocos años antes para acoger el
Centro de Estudios de Regulación Climática (CERC), Sant Antoni y la
Santa Creu dOlorda, trazan con su mortecina luz artificial, un triángulo
por donde el sol desaparece cansinamente al anochecer.
Transcurren pocos meses del año 2023; el cambio climatológico
experimentado hacía ya casi veinte años, otorga al paisaje un aspecto
absolutamente nórdico.
Las temperaturas extremas, inusuales, que se viven en nuestra época durante el invierno, nos han obligado a transformar prácticas y costumbres en los habitantes del área mediterránea; ahora, por ejemplo, causa furor entre los más jóvenes la práctica del patinaje sobre hielo,
sin tener que acudir necesariamente a los caros entertainments
virtuales, aprovechando la congelación de ciertos rincones del río
Llobregat que permite su uso como improvisada pista.
Mi visita a Can Suris, el contacto olvidado con estos viejos muros que
aún rezuman esencias y resinas, me transporta a momentos increíbles en
los que la vida fluía demasiado aprisa, como la sangre joven, que nos
empujó a pugnar por nuestros principios, que se movían en múltiples
direcciones.
Nunca logro acertar en cuestión de fechas, sólo las que
conciernen a la Fábrica Can Suris, a su nacimiento, no se han borrado
jamás de mi memoria.
Todo ha cambiado, mejorando mucho lo hecho y la Suris ha aportado, en
todos estos años, su pequeño grano de arena a estos cambios.
Hoy en día, por ejemplo, la reorganización global del suelo urbano, que antaño fue caótica y por la que tanto se luchó, plantea, por el valor y sentido generoso que además adquiere la calle tras cada crudo período invernal, infinitas posibilidades encaminadas de manera decidida hacia una perspectiva estética, visual y plástica del espacio público.
Soy consciente de que nuestras pequeñas conquistas perviven aún,
aunque inadvertidas, sepultadas por la pasmosa normalidad que convierte
los inalcanzables anhelos colectivos en natural, y a veces ingrato,
devenir cotidiano.
El destino, como suele decirse en estos casos, me ha devuelto la moneda.
De hecho, no son simplemente razones profesionales las que han obligado
mi presencia en Can Suris. Deseaba volver, reencontrarme con los
sentimientos que en estado puro aquí se materializaron, que me hicieron
aprender el oficio de la percepción en lo universal. Necesitaba saber de
mis compañeros queridos, de un viaje imposible que halló buen puerto.
Por lo que respecta a mi nueva ocupación, no difiere en mucho de mi
pasada vocación artística. Me hallo abocado de lleno al estudio de las
peculiaridades lumínicas que presentan distintas áreas del planeta y sus
diferenciados efectos en el territorio.
El departamento para el que efectúo esta labor, perteneciente a la
universidad de Bologna, trabaja estrechamente con técnicos de otro
países como, en este caso, los
especialistas suecos del Grupo de Acción del INEM.
Los equipos científicos del INEM (Instituto de Neo-urbanismo y
Environment de Malmöe) se hallan instalados, desde hace algo más de un
mes, en el Complejo Ciber-Aespacial de la Fábrica de Can Suris (FCS) con
la finalidad de llevar a cabo una prospección lumínica de este
territorio.
El proyecto consiste en la temporización de la iluminación pública de
ciertas avenidas de trazado singular de la comarca, confeccionando un
infograma artístico de las intermitencias y provocando, a partir de un
programa de óptica digital, que la luz realice un movimiento constante
durante toda la noche en una extensa área de territorio, compartiendo el
uso público con el artístico.
El espectáculo es de una intensidad máxima. Más aún, posicionados desde
la perspectiva visual de la torre Foster, o de la chimenea de la antigua
cementera Sanson, lugar donde se hallan los dispositivos electrónicos
que controlan esta experiencia, o desde los miradores naturales de la
Penya del Moro, Sant Ramon o Sant Pere Mártir.
Desde la tercera planta de la FCS la visión del experimento adquiere, si
cabe, una significación más especial. Aprovecho la ocasión única que me
brinda este fondo irreal para fumar un cigarrillo, a expensas de que
alguien pueda llamarme la atención. Pero, una oportunidad así bien vale
un pequeño acto de satisfactoria sublimación.
Buscando a ciegas en los bolsillos de mi abrigo, mis manos topan inesperadamente con el bloc de notas que ya hacia días llevaba conmigo. No había vuelto a pensar en él (mentiría si dijera que no lo hice de manera premeditada), desde que me lo entregaron los actuales responsables de la FCS con varios objetos más, el mismo día de mi llegada a la ciudad.
Pertenecía a alguien a quién deseaba volver a encontrar, a quién
admiré profundamente y nunca se lo hice saber.
Y ya no tendré oportunidad para ello.
Irónicamente, su voluntad, como siempre, me regaló con un consuelo, el
de custodiar sus pertenencias más preciadas, aquellas que le unieron a
Can Suris y a su razón de ser. No en vano se entregó por completo para
dar vida a la FCS, fundando la más increíble y extraordinaria de las
aventuras artísticas que vivieron nuestras ciudades en mucho tiempo.
El bloc de notas que ahora tenía entre mis manos era el testimonio de
una convicción, casi premonitoria, de que el futuro de las ciudades, de
sus habitantes, depende de la dimensión que pueda adquirir, al espacio
cultural como herramienta de igualdad y libertad.
Sentado en la escalera, apuro la mortecina luz que me llega de los
talleres, para poder hojear la libreta. Leo, manuscrito en tinta sobre
su manchada cubierta, el título: FCS, acciones en una estación
periférica. Mis ojos ya no están habituados a leer textos realizados a
mano. Tal vez por ello ahora, estas páginas se hacen aún más preciosas,
conservando el valor genuino de todo aquello que queda escrito para
siempre.
Subrayada, en rojo, una anotación al margen, sobre uno de nuestros
primeros planteamientos creativos, me asalta la memoria para fulminar mi
vanidad. Paradójicamente, el experimento con el que desarrollamos
nuestros primeros proyectos en Can Suris,
es el mismo que estoy ejecutando aún en la actualidad, sólo que con una readaptación generacional tecnológica que por aquel entonces no disponíamos ni por asomo. Interesado por conocer los pormenores a los que no accedí directamente en todo aquel proceso de gestación, me detengo a leer la explicación detallada de aquellos intuitivos experimentos iniciales: .
este proyecto lumínico tuvo una incidencia fundamental en la última
gran reordenación territorial, en el proyecto SPERM (Segundo Plan
Especial de Reorganización Metropolitana), donde se toma, por primera
vez, conciencia real de que la luz y su distribución selectiva es un
auténtico constructor de paisaje metropolitano.
Desde la antigua cantera del Baix Llobregat, la Creu dOlorda, de donde
extrajeron las calcáreas que hicieron posible construir tantos y tantos
edificios hasta la desembocadura del río e instaladas en gradientes de
baja densidad, se asentaban unas terrazas de iluminación diferenciadas
que configuraban un campo lumínico donde resaltaban los municipios, bajo
el eje central del río que como columna vertebral, tramaba con sus
meandros, una perceptible cadena, de movimiento pausado y sosegado hacia
el mar infinito.
Y es que, en verdad, el río desde siempre ha sido y seguirá siendo el
eje vertebral de todo el proyecto, que ya entonces, la FCS venía
realizando. El texto continuaba razonando: El proyecto de la OMG
(Organización de Modificaciones Geográficas) sobre el caudal del río,
suscitó unas posibilidades increíbles para el desarrollo y uso de una
gran área de ocio.
La creación de unas enclusas (presas pequeñas) dispuestas a modo de
terraza, permitía crear pequeños estancamientos de agua dentro de su
lecho, de gran aprovechamiento lúdico, con un resultado incuestionable.
Un sistema de alerta vía satélite, anunciaba mediante un reflejo
sensorial los cambios inesperados del cauce.
Las famosas e históricas riadas desempeñaron un auténtico protagonismo en esta reordenación, hasta el punto que el Bureau Hidrogeográfico del Cairo trabajó en un proyecto similar que posteriormente desarrolló en el Nilo.
Este nuevo concepto de la reordenación territorial, a partir de
parámetros originados por la llamada nueva cultura económica del ocio,
transformó de manera irreconocible los planteamientos sobre la
rentabilidad sociocultural de la infraestructura y el paisaje existente,
poniendo en evidencia las posibilidades reales que ofrecían los espacios
multidisciplinares, ya fueran naturales o arquitectónicamente
existentes, exigiendo, por cierto, bajo coste en su mantenimiento.
Con motivo del Fórum de las Culturas por la Paz, que se realizó en
Barcelona en el año 2004, se aprobó un proyecto presentado por la FCS
que consistía en la realización de un bosque de esculturas en la orilla
del río, desde el puente de Sant Boi hasta el Prat de Llobregat.
Este bosque, que actualmente es uno de los más grandes del mundo, se
pudo llevar a cabo gracias al comisariado de la fábrica Can Suris desde
donde se diseñó la puesta en escena del proyecto. Un artista realizaba
una escultura, la cual presentaba, bajo criterio establecido por el
proyecto, una serie de requisitos técnicos; uno de ellos requería que la
pieza escultórica fuera desmontable con el fin de ser transportada.
El concepto plástico del proyecto se traducía en la posterior transitoriedad de estas piezas a países en conflicto bélico de todo el mundo. La escultura formaba parte de la paz deseada, después era retornada e instalada, convenientemente soldada y fijada para configurar este bosque plástico.
La operación, que recibió el nombre de Esculturas Sin
Fronteras, congregó 27 esculturas de 15 países.
La colocación definitiva de las mismas, aún hoy, se extiende por los
municipios cercanos al río. Sé, positivamente, que esta experiencia dió
pie a un curioso debate, planteándose acaloradamente si era más rentable
una escultura o un árbol; estos últimos, por su alto coste de
mantenimiento a causa de los paulatinos cambios climáticos, suponían un
auténtico quebradero de cabeza para las arcas municipales, pues los
ayuntamientos,
acuciados por los grupos ecologistas que aún reivindicaban la pretendida forestación integral basada en plantar árboles autóctonos, desperdiciaban ingentes presupuestos en costosos invernaderos, que sólo han servido para ser transformados y aprovechados como depósito de leña.
así la escultura armonizaba igualmente el espacio, tal vez bajo una
concepción más atrevida, aunque igualmente asimilable y mucho más
interiorizada, que abría los sentidos a los habitantes que las
contemplaban.
Parece ser que la polémica quedó zanjada definitivamente (a pesar de los
reductos resistencialistas del ecologismo más radical) cuando, en su
punto más álgido, un grupo de vecinos reivindicaba un conjunto
escultórico para su barrio, exigiendo una decoración digna de una plaza
que, ahora sin árboles, parecía desnuda.
La monumentalización de la periferia, frase acuñada por O. Hobigues en
el siglo pasado, se hacía realidad en este tipo de acción, materializada
por una normalización exquisita de la presencia pública del arte.
No fue fácil convencer a aquellos cuyo pragmatismo tecnócrata les
impedía comprender la vital importancia de la socialización de las
calles a través de la producción plástica, en forma de patrimonio
público, de la necesidad de propiciar la creatividad al alcance de los
ciudadanos.
Afortunadamente, hoy el arte es ya un servicio público, como los
transportes, la Univerweb o la educación, y su presencia ha contribuido
terapéuticamente a sosegar la vida de los habitantes de nuestra corona
urbana.
Conquistar un nuevo estadio de plena democratización del espacio urbano
supuso un enorme esfuerzo.
Los recuerdos, fragmentados en la memoria, desorientados como los días a los que me remonto, rememoran, tras la lectura de este cuaderno de notas, el inagotable derroche de energía e imaginación que dedicamos con la intención de iluminar en las mentes de aquellos dirigentes, a nuevos posicionamientos
(que ellos, pomposamente, apresuraban a denominar ideológicos sin
llegar a intuir nunca que propiciaban, con su actitud, el fin de las
ideologías, y fatalmente, la negación de las ideas) respecto de la
función pública de las Artes.
Pero, como quedaba manifiesto en los documentos que tenía en mis manos,
la dirección artística de la Fábrica Can Suris, ante la politización
excesiva que generaba la intencionalidad administrativista, se mantuvo
fiel a sus principios de utilizar la imaginación como soporte del
desarrollo de cualquier método.
La FCS puso en marcha un sistema revolucionario a mediados de los
años 90, una red móvil de instalaciones escultóricas efímeras. De esta
manera se podía realizar virtualmente/realmente la composición y el
efecto visual que esta intervención plástica presentaba.
Este proyecto daba solución a los intentos realizados por aquellas
vetustas computadoras de conectar, por vía simple, al sistema Internet,
todos aquellos usuarios que dispusieran de terminal, a bien de discutir
posibles alternativas en cuanto a realización de proyectos escultóricos.
El exceso de fantasía de algunos cibernautas hacía, en muchos casos, que
propuestas realmente interesantes fueran imposibles de ser trasladadas a
la realidad material, es decir la construcción formal de la escultura.
Esta Unidad Móvil de Instalaciones Efímeras Escultóricas (UMIEE) realizó
innumerables operaciones en diferentes lugares de la metrópolis, en
todas las poblaciones interesadas en acoger el proyecto.
La presentación post-productiva del material visual de estas acciones
plásticas en los lugares solicitados generaba muchas más aportaciones en
el momento de decidir emplazamientos definitivo de alguna otra. Su
carácter itinerante abría las puertas a una globalización del territorio
en cuanto a reflexión de estos temas.
A pesar de la estéril incongruencia política, la FCS seguía su lógico
proceso de eclosión vital, de efervescencia creativa, empapada de
anhelos y adhesiones de anónimos ciudadanos, de voluntades sensibles e
imaginativas, que no hallaban en la realidad fórmula alguna para
expresarse.
Sabían, los que bajo su techo hicieron latir de nuevo el pulso de la creatividad y dieron en sus talleres recobrada vida a exangües (por desidia) proyectos culturales como Imaginat o Creart , que aquel espacio era un pequeño Estado,
una apuesta descarada a la Utopía posible, repleta de tantos sueños colectivos, como si de una Nova Icària o el Walden 2 (que fue un experimento que no funcionó) se tratara. La FCS se había convertido, en medio de la apatía existente, en una auténtica República de los Sentidos, donde el espíritu creativo libremente contaminaba de belleza y optimismo el entorno de sus habitantes.
De nuevo la libertad de expresión tomaba toda la
grandilocuencia de su significado.
Recordarlo hoy a través de estas líneas, finalizado con éxito nuestro
último proyecto, y mientras acaban de realizar el informe de gestión
anual, me ha traído a la memoria la valiosa importancia que nuestra
experiencia supuso.
No recuerdo exactamente el año, pero poco después, a partir del propósito interactivo de Can Suris, se produjo la reacción deseada hacía ya mucho tiempo, que legitimaba por derecho propio el trabajo realizado:
la creación en todos los ayuntamientos de las poblaciones de la
metrópoli de las llamadas Regidorías de la Artes, como herramienta
institucional que permitiría desamarrar el fenómeno artístico de
regidurías pesadas y abstractas como la de Cultura o Festejos pudiendo
ordenar por fin, de una manera abierta, la existencia y potenciación de
los lenguajes artísticos. Es curioso ahora, 30 años después de releer
ideas que supusieron una auténtica revolución en su ámbito, y hoy ya
están superadas:
El objetivo de estas concejalías perseguía La normalización artística,
su producción y promoción.
Actuando de manera mancomunada con otras poblaciones, su incidencia en otras concejalías resultó a todas luces satisfactoria; a partir de entonces la concejalía de Obras y Urbanismo, Servicios y Mantenimiento dispusieron del soporte visual y plástico en todas sus intervenciones.
Un caso concreto fue el de la construcción de una valla de obra, que
los críticos del momento reseñaron como la primera valla modernista/povera,
y que posteriormente fue presentada en Valencia, en Construcefa 98
(Salón Internacional de la Construcción y Urbanismo) como símbolo de la
síntesis de un trabajo interrelacionado desde distintos departamentos,
modelo de un sistema de producción colectivo, álgido y perdurable,
absolutamente democrático.
Y ahora que hablo de vallas, no deja de ser curioso, pero la Concejalía
de las Artes, desenfrenada finalmente, liberada del corsé que la
atenazaba disfrazado de miedo, ahora injustificado, del despilfarro,
llevó su ansiedad creativa, como quien arrastrase hambre atrasada, al
límite de intervenir activamente incluso en las vallas publicitarias.
Tras elaborar un estudio cualitativo y cuantitativo en el que se
cuestionaba el uso de los centros cívicos, de los auditorios , de las
salas mata-artistas llegó a la conclusión, a la necesidad, de que el
arte debía estar presente en la calle como máxima expresión de
socialización de la misma, alejado de guetos, no ya elitistas, sino del
puro vicio presupuestario municipal.
Sea como sea, el caso es que se desarrollaron, en colaboración con un
serie de empresas publicitarias, acuerdos por los que las vallas que
temporalmente resultarán inoperantes serían utilizadas por las
Concejalías de las Artes para la exhibición de paneles pictóricos.
Se trataba de verdaderos cuadros gigantes visibles desde muy
lejos. Pronto las rondas, plazas y calles, se convirtieron mensualmente
en auténticas galerías ambulantes, sin paredes, sin trampas.
Directamente al espectador, al observador-persona que de manera
distraída, deambulando por la calle podía regalarse la vista con tan
inmensas composiciones cromáticas.
Las concejalías artísticas, ni que decir tiene que, a pesar de su
exitosa aparición nunca llegaron a adquirir el nivel suficiente en la
vida administrativa que las equiparase de igual a igual con
interventores municipales y regidores de hacienda,
ni mucho menos llegaron a disponer de partidas presupuestarias de
similar envergadura, pero sí que pudieron diseñar un concepto de espacio
para la producción artística, autosuficiente, que no generaba
prácticamente gastos al municipio y originando un modelo de gestión y
desarrollo metodológico empleado en numerosos centros e instituciones
que buscaban idénticos objetivos.
Este sistema autosuficiente fue financiado, en la mayoría de casos, por
el alquiler-arrendamiento temporal, a grupos de artistas o a título
individual, de los apartamentos/habitaciones (módulos habitables, como
los que ofrecía la FCS, que disponían de aquello que era esencial e
imprescindible para asegurar una estancia acogedora y productiva), a fin
de realizar un trabajo de post-producción artística.
Lestage posibilitaba la coincidencia en un mismo espacio de diferentes
lenguajes artísticos, bajo un denominador común en el proceso de
elaboración de un producto, que durante el período de estancia allí se
realizaba y que posteriormente sería presentado en la mismas
instalaciones, ya fuese según el criterio del artista o según los
contactos que establecía con diferentes redes artísticas para su
distribución.
Para garantizar esta movilidad e integrar todo tipo de propuesta, se
disponía de unos espacios-talleres en los que, acondicionados
perfectamente con todo tipo de elementos técnicos, se realizaba la
actividad propiamente dicha.
El diseño del Módulo Polivalente (PM), permitía una adaptación
característica, según el talante de los artistas que lo utilizaban.
Desde hacía tiempo, el elemento funcional minimalista predicado por
arquitectos antiguamente, había dado paso a una concepción que permitía
una auténtica transformación espacial, una plasticidad, arropada
perfectamente el sentido de las diferentes propuestas. También es
importante señalar que estos talleres han sido utilizados por otros
colectivos dedicados a la cultura popular o tradicional.
Hacía años que el bachillerato artístico funcionaba a pleno rendimiento.
Basta decir que se concertaron convenios con numerosas universidades,
concejalías y conselleries a fin de preservar que los espacios talleres
fueran algo más que un esplai de manualidades.
La pérdida progresiva de los oficios clásicos bajo el espejismo
tecnológico, provocó profundas reformas dentro del ámbito pedagógico que
fomentaron profesiones hasta el momento impensables o improductivas.
Un grupo comercial creador de nuevas redes de distribución consiguió
mantener despierta la idea de que el producto artístico resultaba
realmente familiar y asequible a la sociedad.
Se generaron comisiones interdepartamentales de estudios, coincidiendo mayoritariamente en que la orientación a la que encaminarse, redescubierta en estos momentos, partía de la experiencia desarrollada casi cien años antes, en Alemania,
cuando una escuela de arte, la Bauhaus, había sentado las bases
claras de la relación arte y comercio, inspirándose en la relación entre
la naturaleza del diseño de los objetos y el entorno humano; pero el
terror nazi, quemó esta energía integradora que los viejos profetas
Gropius, Kandinsky y Schlemmer habían iniciado.
Otro aspecto innovador que nos ha planteado la FCS ha sido su
disponibilidad en cuanto a uso, a menudo autogenerado, de material
reciclado. Esta vertiente, que posteriormente desencadenó toda una
industria especializada, permitía el acceso a materia prima con un coste
real exageradamente bajo.
La idea era sencilla, un armario de madera desechado, abandonado,
contenía, una vez desarmado y tratado convenientemente, una serie de
piezas, de listones, planchas, formas prefabricadas, que sugerían muchas
posibilidades a la vez que abría la puerta a la experimentación matérica.
Bajo este concepto, numerosos artistas realizaron sus trabajos aplicando
esta metodología; un caso destacable fue el del creativo japonés Aikea
Hakí que creó volúmenes gigantescos con la manipulación de la espuma
extraída de 500 kg.
de viejos colchones que fueron recuperados en diferentes vertederos de Tokio. Este método tuvo años antes un precedente bastante curioso, con la creación, a finales del anterior milenio, del Grupo AVEJA de Jerez (Asociación Vanguardista de Escuelas Jerezanas de Arte ) un auténtico grupo de riesgo que recogía experiencias realizadas hacia los años 1960-70, compuesto principalmente por alumnos provenientes de la escuela de Bellas Artes, escuelas de arte y oficios, etc.. que desengañados por la falta de expresión generalizada, pusieron en marcha campañas de intervención y environment público.
Estas acciones fueron publicadas en un catálogo, CD room, que
tuvo bastante incidencia en un momento en que la necesidad de un
auténtico espacio de producción artística se hacía cada vez más
evidente.
El carácter imaginativo y alternativo, contrastaba con grupos más o
menos radicalizados que bajo el lema Polítikos Okupad Kan Surís (POKS)
tropezaron con la piedra de la ignorancia, recibiendo el menosprecio de
las autoridades, no cayendo en la cuenta de que lo que se hacía
realmente necesario era recuperar la magia que emana de la pedagogía,
dando herramientas para poder realizar proyectos alternativos que se
integraran dentro de la actividad cultural del momento.
Las actividades del grupo AVEJA dieron pie a múltiples análisis, y
suponía además, una apuesta por la clarificación y ordenación de un
territorio cultural/social que hasta aquellos momentos se mantenía
escondido bajo las alas del temor y el desconocimiento generalizado.
Y es que la periferia poco a poco se iba muriendo y con ella el
descampado: el solar vacío, el suelo urbano descarnado, puro y duro, en
estado salvaje, desaparecía. Que haríamos nosotros, urbanitas
periféricos abandonados a nuestra suerte, si muriera el descampado.
Como podríamos especular imaginativamente en estas parcelas de nadie, encuentro de todos, donde todavía florecía la caña llobregatina y la semilla del diablo, donde todo son posibilidades, animadas por propósitos en forma de divertido juego. ¿Qué haríamos?.
Primero los descampados y después les llegaría el momento a las abandonadas fábricas, que antaño humeaban maquillando de hollín el estruendoso ruido, mientras las ovejas pacían entre cristales, estropajos, hierbas y alcachofas de los huertos residuales (que queda de aquél lumpen-urbanismo) escondidos tras somieres, ocultados temerosos por puertas e imaginarias pateras, como si un deseo innato tratara de plasmar el más genuino pop-art insolente, todo coronado, todo circunstancia.
¿Qué será de nosotros si cayeran las fábricas, y sólo se
salvaguardaran, inútil y cínicamente, las chimeneas, aún como testimonio
fálico, como símbolo arrollador de la potencia del caduco engranaje
industrial, de la producción? ¿Qué haríamos, sino preservar un
descampado y una fábrica como símbolo de un tiempo?.
Quién podía imaginar entonces que una propuesta como esta se activaría
tan rápidamente, con la aprobación por parte de la UNESCO, a modo de
voluntad manifiesta de considerar un descampado y una antigua fábrica
Patrimonio de la Humanidad, claro está gracias a las influencias del Sr.
Mayor Zaragoza. Así nació la FCS, aún lo recuerdo como si fuera ayer.
Nació como una herramienta viva del pasado y un presente productivo, creativo, en donde toda la riqueza del paisaje era transformada, transcrita bajo el lenguaje plástico, eje fundamental, piedra angular que transformaba el estado quieto y aburrido de las plazas, como si fuera un Ampurdán del sur,
arrogante escombro de aluvión que, en noble paisaje deltaico,
residual, lúgubre, de un pasado demolido, latía con fuerza debajo de las
rieras de alquitrán, por donde se escondía una fuerza carismática,
telúrica y emanadora.
Ahora, con mis recuerdos, entro en la sala grande, en el segundo piso de
la Fábrica Can Suris. No queda nadie. No sé que hora es. Seguro que muy
tarde y pronto la luz del sol perforará las ventanas. La exposición ha
dado el resultado esperado y mañana, hoy ya, será desmontada y
trasladada al Contemporany Arts Center of Glasgow para seguir su
tránsito.
Todo es silencio y la huella del trabajo, del esfuerzo, se borra, se
duerme, como la noche. Habría tantas cosas que decir...
Sigo leyendo, con calma: cuando, con motivo del centenario del
nacimiento de Antonio Tàpies, uno de los pintores ibéricos más
importantes del siglo pasado, la Fundación nos encargó un monográfico
sobre lo Matérico.
Desde el terremoto del año 2009, la ciudad que custodiaba
emblemáticamente Can Suris, había sido fuente de atracción de
científicos especializados en geología que estudiaban el efecto colchón
que los millones de toneladas de desechos generaban cuando se producían
movimientos en la corteza terrestre.
Recordemos que esta ciudad, desde los años 60 hasta los 70, se convirtió en terreno abonado en que depositar los desechos de toda la metrópoli.
Después se trasladaron al Macizo del Garraf, donde actualmente
los bosques de coníferas son mucho más apreciados que los ya casi
inexistentes bosques de haya, como los den Jordá y Coll de Bracons o los
de nueva creación artificial, sometidos a una profunda periferización
provinciana y decadente.
El documento tesis del Dr. Agüera Todo está escrito bajo el sol,
publicado en el año 2010 en la prestigiosa revista American Science
demostraba que el árido plástico producido por escombros soportaba
cómodamente el efecto devastador de 6 grados en la escala Ritchter.
El terremoto del 2009, cuyo epicentro se situó en el Mediterráneo, a medio camino entre las islas y la costa barcelonesa, causó serios desperfectos en la metrópoli, a excepción de las zonas en que los geólogos habían detectado, bajo el subsuelo, bolsas ocasionadas por cantidades ingentes de desechos, generadas por restos de productos de consumo de aquellas décadas,
los cuales habían experimentado simplemente un ligero hundimiento,
sólo 60 centímetros, con lo que miles de metros cuadrados de terreno
apenas si cedieron, imperturbables, a la embestida de la tierra,
quedando inmóviles e inmaculados a la fuerte sacudida.
El poder benefactor del escombro, fue el detonante que puso de moda este
compuesto.
La Fundación al encargar los trabajos matéricos, realizaba sin darse cuenta un homenaje al arte povera y a todas sus infinitas manifestaciones.
El desecho se convertía en la primera materia prima de un mundo cada vez más descompuesto, más erosionado por el volumen trastocado de su paisaje. Pero el acierto de la exposición, sin pretenderlo, fue la de descubrir la perfecta comunión de la basura con la arcilla autóctona, la que daba lecho al río herrumbroso, al eterno rubricatus, que lanzaba toneladas de áridos al Delta.
El grupo Performance/Live de Berlín realizó una composición geográfica que describía ciudades imaginarias, basada en la fosilización por arcilla de todo tipo de elementos, que posteriormente se cocía en un horno y era trasladado a la desembocadura de río, allí donde el faro vislumbra, solitario, el transcurso del agua. La bóvila del Papiol, fue el enclave donde se desarrolló una de las acciones memorables de este grupo, que durante tres meses convivió con nosotros en el segundo piso de FCS.
Les Escletxes del Papiol, simas naturales, fueron cubiertas
efímeramente por todos los objetos posibles que desde Manresa se habían
ido cociendo en las diferentes bóvilas del recorrido fluvial.
Parte de este material sobrevivía aún, ante mis ojos. Atraído por su
inexplicable existencia recorrí, palpando ceremoniosamente, la porosa
rugosidad de algunos de aquellos objetos-cuerpos; también adormilados,
como yo, como la tercera planta de la FCS.
La luz del sol que nacía, salpicaba el bosque de esculturas de la ribera
del Llobregat, Sant Ramon de nuevo enrojecido, invitaba a marchar
tranquilamente.
Cerradas la puertas, me detuve un instante para encontrar colgando en la
escalera, una red metálica que traslucía todo este universo acontecido
en mi memoria nocturna. Sí, lo recuerdo.
Pertenecía a la exposición OFF-Barcelona, título de una exposición realizada en el Palau Robert de Barcelona, bajo el mecenazgo de la Generalitat de Catalunya, por Riera, Roa y Vaccaro, en la primavera de 1997.
La red como una gran estructura/escultura flotante dormía como un somier, pared improvisada de mis evocados huertos, donde se interponían los deshechos, los colores, donde los referentes de aquello que somos se multiplican, y producen a menudo ciertos resplandores.
Era el combate de la explicación de lo universal dentro de un marco periférico, de la pequeña supervivencia.
Del nadie es profeta en su tierra, sino paleta, o como desde la periferia es más sencillo salirse por la tangente.
O mantener y manifestar a los cuatro vientos que el centro de la
periferia se encuentra en los talleres municipales de Mantenimiento y
Servicios de Cornellà de Llobregat, o Petriferia; o si así se prefiere
Pérezferia o tal vez solo sea una Estació Perifèrica, la primera rueda
del invento.
Me voy con las sombras de la madrugada; por la ventana de la escalera,
se me atraviesa Jujol y la colonia Güell con su perfume trágicamente
iluminado pero compacto, aglomerado... Y fue precisamente entonces
cuando murió la periferia para su consagración.
I pels corrents del riu,
es trenaven els fils
de les antigues fabriques tèxtils
el rovell de l'argila i les teles
la teula, el maó, la bóvila
beneficiava a l'envà separador.
I les calcàries de la Creu d'Olorda
i la fàbrica Sanson edificaven
els monuments meravellosos, les ciutats satèl.lits
arquitectòniques.
Que de lluny eren arrogants,
com escultures hieràtiques reverenciant el dolç ponent.
(1). Panfleto pseudoartístico aparecido en los conos publicitarios del
área metropolitana de Barcelona alrededor de 1995.
Jordi Rocosa Ramón Montserrat - http://www.lafactoriaweb.com
Publicado Originalmente en la revista cuatrimestral la factoría*
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