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También es lógico pensar que toda comunidad humana tiene capacidad de crear y desarrollar cultura. Sin embargo, es impensable imaginar a cualquier colectivo humano inerte o mudo.
Los barrios, los pueblos, las ciudades, la gente en definitiva, emana
cultura, a menudo y con mayor frecuencia con una única y clara
intención: participar, a través de un hecho puramente lúdico-festivo, y
a partir de hechos locales y propios, en proyectos colectivos casi
siempre inadvertidamente globales.
Para concretar, al margen de estas dos anteriores reflexiones lógicas,
cabe destacar un hecho evidente: la participación en la cultura popular
requiere que la gente viva la fiesta, que la ejerza sin necesidad de
haberla diseñado previamente, sin formar parte expresa o integrante de
los grupos o colectivos que la originan y componen.
El que sólo ejerce de espectador, por su propia pasividad, no puede
participar en la fiesta.
Al igual que antes apuntaba, a la capacidad intrínseca del género humano
para fabricar cultura popular, también suele ser intrínseca la capacidad
para participar en ella.
No debemos confundir el hecho de que alguien pueda desconocer las peculiaridades tradicionales y rituales que la cultura popular ha desarrollado de manera territorial entre distintos pueblos, con la pasividad, el desinterés o el rechazo.
La cultura popular es por esencia universalista y cohesionadora, mientras lo que llamaríamos cultura tradicional se ciñe a ámbitos puramente territoriales, geográficamente localizados.
Generalmente, los elementos que componen las manifestaciones tradicionales, por su específica peculiaridad territorial choca, por un lado, con la realidad del mundo actual eminentemente mediática y global, lo que provoca, por su localismo y poco atractivo evolutivo,
falta de información, desconocimiento y a su vez desinterés
entre los más jóvenes, y, por otro lado, con la peligrosa manipulación
de identidades diferenciales mal interpretadas, que ocasionan
desintegración y rechazo. En su justa medida, lúdica y festiva, también
la cultura tradicional es igualmente diversa y participativa.
Participación y tradición
Este último párrafo nos permite abrir un apunte para diferenciar, en
mayor medida si cabe, y contrarrestar la identificación entre cultura
popular, diversa, plural y creativa, adaptable a múltiples formas y
situaciones humanas, con la cultura tradicional, que por el hecho de
serlo fácilmente se puede identificar y catalogar.
La cultura popular, y en concreto su aspecto lúdico-festivo, se basa en
el trabajo: en los ciclos de cosechas y labores, en los diversos oficios
con sus necesidades y especificidad, en distintas formas de subsistencia
económica y moral que ha descubierto el hombre a través de siglos.
O sea, que la cultura popular, basada de forma evidente en un factor tan necesario como el trabajo, crea fórmulas a través de símbolos y ritos donde los mismos individuos de una comunidad concreta se reconocen y se convierten en seres sociales e históricos. Hoy en día, paradójicamente, este componente laboral deja paso a otra forma de creación festiva y cultural: la necesidad del tiempo libre.
De la cultura del trabajo y su determinación en el tiempo
libre, entramos directamente a la cultura del ocio, en que aún se hace
más decisiva la voluntad de participación.
Tras este preámbulo, vayamos desgranando los diferentes aspectos que
componen la cultura popular, a través de distintas manifestaciones
tradicionales, que por sus ingredientes e idoneidad ilustran las
posibilidades participativas, integradoras, lúdicas y festivas, en
definitiva igualitarias y democratizadoras, que ofrece la cultura
popular.
Diables y Castellers
Hablemos de cifras y, por poner un ejemplo, hablemos del fenómeno
explosivo que los castellers han protagonizado durante esta última
década en Catalunya, como en su momento lo vivieron las sevillanas, los
diables, o la rumba.
En los años sesenta, sólo había en Catalunya cuatro collas de diables, colectivos que desarrollan una actividad, que entronca con tradiciones mediterráneas de carácter pagano y religioso, combinando elementos pirotécnicos -el fuego- bajo una apariencia demoníaca y festiva que encarnan en sus actuaciones.
En los años setenta no pasaban de diez. Hoy en día hay más de
trescientos grupos, con una mayor presencia fuera de su zona histórica
del Penedès y el Camp de Tarragona.
Lo mismo ha pasado con los castellers, castillos o construcciones
humanas. De ocho collas en los años sesenta se pasa a catorce en los
setenta, diecisiete en 1980, treinta y dos en 1993, y hoy en día ya se
acercan a las sesenta. Este crecimiento ha sido también más
significativo fuera de su zona tradicional.
¿Por qué tal crecimiento? De un lado, por la voluntad ya destacada de la
recuperación de un modelo festivo que reivindica la calle y la
participación colectiva. De otro, la espectacularidad de estas
manifestaciones.
Los castellers son un buen ejemplo del segundo factor. El grado de
riesgo y competitividad, su plasticidad, su carácter participativo, los
ha convertido en la expresión de cultura tradicional más de moda en la
Catalunya de los últimos años.
Curiosamente, los castellers han conocido su máxima expansión en zonas
industriales, en núcleos de marcado carácter popular. El Baix Llobregat
es una de las comarcas con mayor índice de industrialización de
Catalunya, con numerosas ciudades y barrios de nueva creación, con una
población básicamente trabajadora, producto de las oleadas inmigratorias
acontecidas en los años sesenta.
Y, no en vano, se ha convertido en la comarca con más colles
castelleres de Catalunya. Nueve en total: Castelldefels, Cornellà,
Esplugues, Esparreguera, Sant Boi, Gavà, Sant Andreu de la Barca, Sant
Feliu y Martorell.
Algo que incluso ha sorprendido en el propio ámbito casteller. No sólo
esta expansión geográfica, sino el propio funcionamiento y
peculiaridades que han asumido y desarrollado de manera novedosa alguna
de estas colles.
La hegemonía entre las colles castelleres corresponde desde hace tiempo
a las comarcas de lAlt y Baix Camp, Tarragonès y Penedès. A finales de
los años 70, el hecho casteller empieza a destacar con fuerza en zonas
urbanas cercanas a Barcelona. Aparecen colles en la propia ciudad de
Barcelona, Terrassa o Santa Coloma de Gramanet. Algunas, como Els
Minyons de Terrassa, alcanzan niveles similares a los de las
agrupaciones más tradicionales.
Este fenómeno responde a la gran capacidad de estas poblaciones para
absorber componentes culturales y tradicionales externos, algo nada
extraño teniendo en cuenta que en el mayor de los casos todas estas
ciudades
-muchas de ellas abanderadas en la lucha por las libertades y la democracia, por la igualdad y la diversidad- han bebido constantemente de otras fuentes culturales, de otras formas de crear y participar en códigos distintos a los propios, aportados por sus nuevos ciudadanos, llegados de otros lugares y con un bagaje lúdico y festivo lejano, pero a su vez tan próximo.
La proliferación de centros andaluces, gallegos o extremeños,
suman elementos que con el paso del tiempo son propios de todos los
ciudadanos, sea flamenco o rumba. O, en las nuevas formas festivas
laico-religiosas, que ven nacer nuevos y valiosos ejemplos de creadores,
sea en la música o en el baile, nacidos y formados en la cultura de sus
ciudades, que fueron nuevas para sus padres sólo a la ida.
Por otro lado, la necesidad de incorporar señas de identidad propias a
través de los nuevos ayuntamientos democráticos para garantizar la
pluralidad e integración y recomponer la descompuesta situación social
generada por el franquismo y su salvaje política de masificación humana,
agravada por las precarias condiciones en las que se vivía y la
maltrecha apariencia de su entorno urbano, originaron nuevas
tradiciones, nuevos marcos de desarrollo y actividad cultural, cargadas,
la mayoría de las veces, de imaginación y espíritu de modernidad, que
contribuyeron a normalizar y recuperar el espacio público y a enriquecer
sobremanera el panorama cultural de muchas de esas ciudades.
La fiesta sale a la calle
La fiesta sale a la calle, se socializa y acaba por democratizarse.
Aunque los principales símbolos de catalanidad como la Cançó, el Teatre
Independent, los esbartso las corales salen a la luz en pequeños locales
durante muchos años, poco a poco van recuperando terreno los actos que
requieren una participación más directa de los ciudadanos.
Se multiplican el número de colles de diables, se ponen de moda los
castellers, la danza catalana se acerca al público, pero curiosamente no
gracias a los esbarts, sino gracias a la recuperación de grupos de
música e instrumentos populares como la gralla o el sac de gemecs, que
suceden a la cobla.
Hasta el teatro sale a la calle.
Correfocs
Así, a principio de los años ochenta aparecen grupos de diables en Sant
Feliu de Llobregat, Olesa, Cornellà de Llobregat, El Prat, Sant Joan
Despí y L'Hospitalet, que incorporan un nuevo elemento a las Festes
Majors de su comarca: los Correfocs.
Los diables son una muestra de folklore no originaria del Baix Llobregat.
El Penedès y lo que llamamos Camp de Tarragona son las comarcas
originarias.
Es a partir del éxito de participación en la calle de los primeros Correfocs en las Festes de la Mercè de Barcelona, que en muchas poblaciones se fundan colles de diables. Estos grupos organizan correfocs en sus respectivas ciudades, convirtiéndolos en actos centrales de Festes Majors. Es el caso, por ejemplo, del Corndefoc de Cornellà, el Pratifoc del Prat o el Correfoc de Sant Feliu de Llobregat.
Casi no hay población en la comarca sin colla de diables. Muchas han
acondicionado a su gusto lo que en un principio copiaban de las
poblaciones donde los diables hacía decenas de años que eran tradición.
Ningún grupo de diables del Baix Llobregat representa autos
sacramentales, abre las procesiones del Corpus o ironiza con versos
sobre las instituciones y la ciudad. Simplemente se limitan a participar
y organizar correfocs.
En la mayoría de los casos, el vestuario difiere mucho del tradicional: las típicas espardenyes (sandalias de esparto usadas en el campo y un símbolo de la tradicionalidad catalana) son sustituidas por las actuales y cómodas zapatillas deportivas; se incorporan las máscaras o pinturas de guerra; no sólo se usa la tradicional carretilla o carrutxa, sino que se incorporan nuevos efectos pirotécnicos como bengalas y botes de humo.
En definitiva, se recoge una tradición adaptándola a determinados criterios que sustituyen lo tradicional por lo espectacular.
La cultura tradicional, como hecho popular, se normaliza una
vez más, se adapta a las nuevas formas que el ser humano vive y le
condiciona. Pero sigue teniendo un referente común: la celebración en la
calle, la participación del público.
En definitiva, la fiesta, marco lúdico por excelencia en el concepto
territorial de la cultura mediterránea, pasa a ser el estadio máximo de
la cultura popular en esta era de la cultura del ocio.
La propia expansión de esta manifestación, ayudada por la divulgación
que sobre los castellers han realizado los medios de comunicación, hacen
que la evolución fuera de las comarcas tradicionales no se detenga. El
Baix Llobregat no ha quedado al margen. Ya a principios de los años
ochenta aparecen los Castellers de Castelldefels, aunque la colla debe
más su origen a su proximidad geográfica con Sitges y Vilanova,
poblaciones situadas en la zona de influencia castellera, que a la
expansión urbana que hemos comentado anteriormente.
En 1991 nacen los Castellers de Cornellà y poco más tarde,
coincidiendo con el último gran boom casteller, aparecen las colles
d'Esplugues, Esparraguera, Gavà y Sant Boi de Llobregat. Algunas de
estas colles empiezan a destacar en el panorama casteller, como los
Castellers de Cornellà, entre las mejores colles del país.
Las fórmulas culturales de carácter lúdico, concentradas básicamente en
distintas formas de asociacionismo que necesitaban y necesitan estas
poblaciones, eran de carácter lúdico, integrador y participativo, y a
menudo fue desde los mismos ayuntamientos donde se apuntaló su
continuidad o formación.
En su momento, el aumento cualitativo y cuantitativo de la cultura
popular participativa fue paralelo a la eclosión demográfica y,
posteriormente, a un mayor interés por parte de los medios de
comunicación. Los castells salen por televisión, y lo que aparece en
televisión se convierte en moda.
La asistencia de gran cantidad de público a las fiestas populares es
irreversible. La participación de la gente que asiste es la garantía.
Esta misma participación conlleva el hecho integrador de este tipo de
cultura, para la cual no se requiere más que la voluntad de formar parte
de ella.
Al margen de su procedencia geográfica, los diables, los cuadros
flamencos, los grupos de danzas regionales, los gegants, las pandas de
verdiales, los castellers, las rondallas, los trabucaires, y también
fiestas populares como las Fallas, los Sanfermines, el Rocío, las
procesiones o las verbenas de Sant Joan y Sant Pere, por lo muy
identificativos que son del folklore popular y pese a lo que pueda
pensarse, no entienden de lenguas, etnias o ideologías políticas.
¿Acaso son de derechas o de izquierdas los castellers?, ¿son rurales
o urbanos los diables? Este tipo de manifestaciones se han extendido en
poblaciones industriales, cuando han dejado de ser símbolos nacionales,
sentimentales o diferenciadores para convertirse en elementos de fiesta
y divertimiento. De no haber sido así, hoy estarían en decadencia.
Además, por lo que presuponen las nuevas entidades territoriales y sus
habitantes -grandes áreas metropolitanas o ciudades medianas que siguen
creciendo y desarrollando sus formas de vida y expresión en realidades y
hábitos socioculturales absolutamente estandarizados-, sería un error
considerar que la cultura popular y sus variantes tradicionales no
tienen lugar en ellas por ser nuevas.
Las entidades geográficas varían, aparecen y desaparecen, para volver
a reaparecer; pero el hombre nunca será nuevo, no nace siempre de nuevo,
es ancestral y además universal y aquí defenderemos siempre que los
rasgos más característicos de la cultura popular han sido, hasta el
momento, inequívocamente universales.
El hecho igualitario
La cultura popular ha sido y es una herramienta de dinamización muy
importante. Especialmente en las ciudades de nueva creación, ya en los
años 80 existió un afán de encontrar las fuentes de la tradición popular
para crear nuevos símbolos de identidad a partir de ella.
En la comarca del Baix Llobregat esto ha sido un referente
suficientemente válido. Como hemos visto, ante una tradición histórica
que a menudo no existe acaban por echar raíces otras muestras de
folklore que no son las originarias, dándoles un sentido propio y
enriquecedor.
Hace unos 10 años esto pasó con los grupos de diables, al igual que, por
citar algunos ejemplos, con las sevillanas, el flamenco, la salsa, la
rumba o, recientemente, con los castellers, en una comarca donde estos
referentes no existían.
Las razones por las que ha sucedido son diversas y a veces difíciles de
explicar. Sin duda la accesibilidad de las manifestaciones folklóricas
es clave en este aspecto.
Son actividades pensadas para la participación, en las que a veces no
es necesario ningún tipo de preparación específica y en las que
cualquiera puede estar directamente involucrado, incluso en tareas que
corresponden a su estructura organizativa, siendo lógicamente en la
participación como actividad humana donde adquiere su máximo grado de
expresividad.
En un pasado no muy lejano el folklore no precisaba de una fórmula
asociativa para sobrevivir.
El proceso de recuperación acontecido a partir del restablecimiento de las libertades democráticas multiplicó la creación de nuevas asociaciones culturales, que anteriormente ya existían, pero que carecían de mecanismos de participación interna, y que generalmente no estaban registradas.
Era evidente, para hacer crecer estas actividades, para incrementar el número de participantes, para democratizar y garantizar su existencia y funcionamiento abierto y cotidiano, que a menudo eran organizadas por pequeños grupos de personas dedicadas a ello en su tiempo libre, se necesitaba un respaldo colectivo y un soporte económico, que sólo podía realizarse con la aportación económica de las nuevas administraciones.
Generalmente, este principio de supervivencia requería, para ser eficaz, un comportamiento jurídico y social, que no era otro que la búsqueda de un espacio público integrador, articulado y vertebrador, que permitiese la legitimación de estas entidades (elaboración de estatutos, creación de un organigrama y creación de mecanismos de decisión e intervención de sus integrantes).
La cultura popular ha creado, pues, sus propios mecanismos de
organización democrática que van mucho más allá del simple desarrollo de
una actividad lúdica o social, que luego ha servido de modelo a otro
tipo de entidades sociales de carácter civil o voluntario.
El movimiento asociativo en el Baix Llobregat y en otros lugares, como
exponente del resistencialismo de la cultura popular y las
manifestaciones tradicionales, ha de combatir, a menudo, contra la
excesiva oferta que la cultura estandarizada desarrolla en forma de ocio
y la saturación de información frecuentemente mal administrada que, en
general, caracteriza a la sociedad.
El espacio público, la calle, los bares, las entidades pierden
terreno en favor de nuevas propuestas, tecnológicas y mediáticas,
malinterpretadamente individuales, que impiden descubrir las
posibilidades colectivas y humanas que la cultura popular llega a
ofrecer mucho más allá del hecho puramente tradicional o participativo.
Es aquí donde el acto popular y el asociacionismo se unen.
En primer lugar, por el interés en promover cualquier propuesta
de la que todo el mundo participe, con un referente histórico no siempre
autóctono, no siempre actual, pero no por ello exento de símbolos de
modernidad, con un trabajo colectivo necesario, articulado para poder
llevarlo adelante, motivado por una causa común, e inspirada no siempre
por una necesidad o placer personal, sino en beneficio de toda la
comunidad.
Las raíces participativas
Ya indicábamos que a finales de los años setenta se produce una
recuperación del patrimonio cultural que durante tantos años de
dictadura había quedado reducido a la clandestinidad, primero, y a un
hecho más o menos reivindicativo más tarde.
Durante los años sesenta, bailar sardanas, disfrutar del mejor y más
puro cante jondo o intervenir en un recital de Cançó, era participar en
una fiesta con ganas de pasarlo bien y que, a buen seguro, conllevaba un
carácter reivindicativo de la identidad popular en contraposición a la
política que desde los estamentos franquistas se hacía.
Durante esta década, en localidades del Baix Llobregat aparecen grupos
de jóvenes organizados que orientan buena parte de su tiempo libre a la
recuperación del patrimonio cultural y humano más cercano.
El restablecimiento de las raíces populares, resistenciales y
reivindicativas en el ámbito de la tradición más humilde pero más viva.
El ámbito local y público se convierte en un ámbito de participación y
se recuperan nuevos o genuinos elementos de cultura popular. En primera
instancia, estas manifestaciones son aún vistas desde un punto de vista
reivindicativo, pero poco a poco van normalizándose y se convierten en
fiestas participativas.
En definitiva, no hace falta ser casteller para participar en una colla
castellera. El acceso a su misma estructura organizativa le permite a
uno no sólo la participación, sino la intervención en los mecanismos de
decisión organizativa de estas entidades.
El acceso y el derecho a la actividad, a su participación, a su
organización, es el ejemplo más claro de la inherencia igualitaria que
la cultura popular ofrece actualmente en sus variantes de participación
y creación.
Puede asegurarse que las comunidades que mejor han conservado la
creación y pervivencia cultural popular, y especialmente, la
organización tradicional de la fiesta, contribuyen de manera evidente a
su vertebración igualitaria y, también, a la integración en su seno de
los nuevos miembros de la colectividad: los jóvenes y los recién
llegados.
El fundamental principio de la libertad de participación y decisión, o
la necesidad de salvar del olvido todas estas prácticas rituales, no es
la única razón que justifica mantenerlas o defenderlas, lo es también la
convicción de que a través de ellas, del conocimiento y desarrollo de
los bailes, canciones, música, juegos e imaginería de los pueblos,
podemos conocer mejor su carácter, su mentalidad, su genuinidad, para
codificar y relativizar cualquier tipo de diferencia que provoque
rechazo, discriminación o marginación.
La cultura popular puede ilustrar mejor que ningún otro fenómeno
cultural los principios universales y fundamentales de igualdad,
libertad y solidaridad, ya que en su base creadora se halla el trabajo
humano y toda la problemática de subsistencia que plantea la sociedad
desde sus inicios.
Salvador Montell i Puigarnau Salvador Montell García - http://www.lafactoriaweb.com
Publicado Originalmente en la revista cuatrimestral la factoría*
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