SER ÚTIL

Autor: Lionel Jospin

Texto

Ha pasado tiempo desde el 21 de abril del 2002. Lo he necesitado para tomar distancia con lo sucedido.

Creo que ahora ha llegado el momento de expresar mi opinión con la esperanza de ser útil.

El 5 de mayo, mi partida era necesaria y mi silencio preferible.

Primero partir, porque mi fracaso y la absurda eliminación de la izquierda en la segunda vuelta de la elección presidencial imponían un gesto de responsabilidad personal y un acto de ruptura con la frivolidad política que había pervertido la campaña y también el sentido del voto.

 Después mantener mi silencio, porque quería que las consecuencias inmediatas de la derrota, pudieran analizarse libremente por quienes, -y en particular los socialistas- debían tomar el relevo.

Retomar la palabra no es volver. He abandonado la vida política, no vuelvo a ella. Ya no ejerzo ninguna función, ni participaré en ninguna lista electoral.

Pero no por ello, me desintereso del debate público. Me sentiré afortunado si a través de la reflexión, puedo servir a los socialistas, ayudar a la izquierda y ser útil a mi país.

Creo que es necesario empezar hablando de la elección presidencial. Hay dos maneras de abordarla después de la derrota del 21 de abril del 2002: o bien, era previsible y se veía venir desde hacia mucho tiempo, o bien, y a la inversa, se podía haber evitado.

Si hemos de creer algunos comentarios, -y puesto que la derrota se ha producido, es que era segura- la izquierda habría perdido, porque su política no era la correcta:

se había alejado de las capas populares.

 O bien, sus reformas más significativas -como las 35 horas- tuvieron efectos negativos.

O también, -cosa que con la política que lleva a la práctica el actual gobierno, no deja de tener una cierta ironía- la izquierda no habría sabido marcar sus diferencias con la derecha.

Otros consideran que la derrota se produjo porque las ideas socialistas en sí mismas son anacrónicas y condenadas por la evolución del mundo, lo que conduciría a los socialistas a una autentica crisis de identidad. Yo no comparto ninguno de estos análisis.

Por supuesto no pretendo decir que nuestra acción al frente del gobierno, no haya tenido defectos ni que esta nos garantizase por sí sola el voto de los franceses.

Sin lugar a dudas no supimos reaccionar ante los mensajes de insatisfacción e impaciencia que se nos dirigían.

Los socialistas y la izquierda han tenido que enfrentarse a problemas de fondo cuyas soluciones siguen siendo forzosamente imperfectas: la globalización;

 Europa y la identidad nacional; el individualismo y la vida en sociedad; la justicia social y la competitividad; la libertad y la seguridad. Estas grandes cuestiones atañen a todos los gobiernos.

Cuando gobernábamos, aportamos soluciones efectivas y nada parece indicar que la derecha pueda mejorarlas.

Ganar era difícil, debido al desgaste que produce gobernar, a la larga cohabitación y al clima general existente en vísperas de la elección.

El desgaste

Gobernar Francia no es una tarea fácil y nosotros gobernamos durante cinco años. Sin duda alguna, al acabar la legislatura los franceses no parecían rechazarnos. Sin embargo, sabemos que, desde hace veinticinco años, no se ha prorrogado nunca una mayoría parlamentaria.

Luego vino la cohabitación. Se inculcó en el espíritu de nuestros compatriotas la sensación de que el gobierno detentaba todas las responsabilidades, cuando no se contaba con todas sus atribuciones y no podíamos asumir plenamente sus dimensiones simbólicas.

A partir de esta realidad, el presidente saliente, adversario de nuestro gobierno, procuró siempre que se le asociara a nuestros éxitos,

a la vez que se distanciaba de los problemas criticando al gobierno cuando éste estaba en dificultades y, si era necesario, solidarizándose con los descontentos.

La táctica era evidente: sólo una izquierda unida la hubiera hecho fracasar.

Por último el clima general al final de la legislatura.

El mérito del gobierno de izquierdas, -que aseguró su estabilidad y su duración- fue el de haber sabido instaurar, -desde 1997- un clima de confianza y dinamismo en el país,

 frenando cuantitativamente el desempleo. Con todo, el último año de la legislatura fue el más difícil.

Las discrepancias entre la mayoría plural, la recesión del empleo y el malestar creado por las maneras de solucionar algunos conflictos sectoriales, modificaron sin duda, la percepción que los ciudadanos tenían y mermaron su optimismo.

 La tragedia del 11 de septiembre del 2001, las amenazas del terrorismo mundial, la matanza de Nanterre, los problemas de inseguridad y su orquestación, fueron claves para ensombrecer el final de este periodo.

A pesar de ello, era posible ganar.

Pero la izquierda fue derrotada en la primera vuelta de las elecciones.

Yo soy en parte responsable de este fracaso. Así lo he asumido abandonando la vida política.

A mi entender, esta responsabilidad no radica en la naturaleza del proyecto que presenté a los ciudadanos. Inspirado en su mayor parte en el proyecto elaborado por los socialistas en el 2001-2002,

creo que responde mejor que el de la derecha a las necesidades del país, a las expectativas de los franceses y a las tensiones del momento.

Es normal que con la derrota, se cuestione la campaña.

 Yo, al igual que muchos otros, subestimamos los riegos de la primera vuelta reservando para más adelante una parte de las fuerzas.

Las obligaciones inherentes al cargo de gobernar y la costumbre de trabajar en equipo también contribuyeron.

 Ejerciendo de primer ministro, era un candidato menos libre que en 1995.

 Cometí errores. ¿Puede estar aquí el origen de la explicación? No lo creo, y ya volveré a ello más adelante.

 En cualquier caso, el resultado está aquí: con el 16,2% de sufragios y 194.600 votos de diferencia con el candidato de la extrema derecha, fui eliminado.

Fue un choque.

 La izquierda quedaba apartada de la segunda vuelta.

Al mismo tiempo, si observamos lo que le ocurrió a la derecha, esta primera vuelta estaba muy lejos de ser un buen resultado para Jacques Chirac.

Aunque se mantuvo alejado del desgaste que produce el poder y a pesar de que durante la campaña instrumentalizó sin cesar el tema de la inseguridad, consiguió solo el 19,9% de los votos,

es decir, el peor resultado que nunca haya obtenido un presidente saliente (Valery Giscard d’Estaing obtuvo el 28,3% en 1981, François Mitterrand el 34% en 1988) y bastante menos del que obtuvo en 1995 (20,8%), cuando la candidatura de Edouard Balladur consiguió el 18,6% de los sufragios.

La lectura de estas elecciones es bastante simple: al dividirse en exceso la izquierda ofreció una victoria sin resistencia a la derecha.

 La aritmética electoral de la primera vuelta lo refleja claramente:

en 1995, el MDC y el PRG no presentaban candidato y apoyaron mi candidatura: obtuve entonces el 23,3% de los votos.

En el 2002, la suma de los votos por separado de los candidatos PS, MDC y PRG consiguió el mismo resultado, es decir el 23,7% de los votos.

Se puede objetar que el electorado del MDC pertenecía a sectores dispersos, pero más de la mitad de sus votos venia de la izquierda.

Sin candidatos del MDC y PRG , el resultado de la primera vuelta hubiera sido diferente y la elección presidencial hubiera tomado otro cariz.

No escribo todo esto para rehacer la historia, sino para mostrar hasta que punto la elección fue aleatoria al fraccionarse de forma imprudente la mayoría plural.

Por espíritu democrático acepté las múltiples candidaturas, partiendo siempre del sentido de la responsabilidad de cada uno para preservar, durante la campaña, lo que era esencial.

De cualquier modo, no podía hacer nada para impedir que Jean-Pierre Chevènement llevase hasta las últimas consecuencias una lógica política que se reveló destructora para la izquierda, para sus compañeros y para sí mismo.

¿Cómo convencer a los radicales de izquierda que fueran ellos los únicos en no competir?.

Por otra parte, confiaba que después de haber gobernado durante cinco años dignamente mi país, mis conciudadanos no me relegarían detrás del demagogo de extrema derecha.

El voto en democracia

Aquí se impone una reflexión sobre las exigencias del voto en la democracia. Después del 21 de abril del 2002 recibí millares de cartas, sin incluir los testimonios personales.

Algunos se lamentaban por no haberme votado en la primera vuelta, cuando en realidad lo que querían era elegirme en la segunda. ¿Que decirles? No se puede elegir en la segunda vuelta un candidato que ya fue eliminado en la primera.

Naturalmente, me sentí orgulloso al ver como centenares de miles de personas, muchos de ellos jóvenes, se manifestaban entre las dos vueltas contra la extrema derecha.

Pero me gustaría que en esta Francia que se muestra tan orgullosa de sus valores republicanos, nos acordáramos todos más a menudo que la democracia se defiende también cada día y que está hecha de actos sencillos y esenciales, como el de ir a votar.

 Una elección no es un sondeo de opinión, incluso en la primera vuelta es mejor votar por el candidato que al fin y al cabo, queremos elegir.

La abstención plantea otro problema.

Si nos mostramos condescendientes con aquellos que no cumplen con su deber cívico, no podremos distinguir los abstencionistas decepcionados de los indiferentes. Los ciudadanos deben ser los protagonistas de la democracia.

Volvamos al tema de la división de la mayoría plural.

Ya sabemos que la izquierda no es holgadamente mayoritaria en Francia, y que necesita de una política dinámica para ganar.

Teniendo en cuenta que la extrema izquierda se mantiene generalmente al margen, es muy difícil para la izquierda vencer si cuando se presenta, lo hace dividida.

Hago esta precisión para que se tenga en cuenta en el futuro y para mis sucesores:

 la izquierda si tiene la voluntad y la ambición de gobernar, no debería nunca multiplicar sus candidatos en las presidenciales, a riesgo de conceder tales ventajas a sus rivales, que de hecho equivaldrían a una derrota.


Menos fragmentada, la izquierda tendrá que ser también más solidaria.

 No fue esta la situación en el 2002, después de gobernar conjuntamente durante cinco años.

 La campaña del candidato MDC fue la más nociva.

Ministro del interior en mi gobierno durante más de tres años, Jean-Pierre Chevènement nos atacó con el significativo tema de la inseguridad.

Antigua figura de la izquierda, intentó volver a plantear el debate, -tan antiguo como la misma Republica- sobre las diferencias entre la derecha y la izquierda y, -de una manera completamente injustificada- nos lo endosó a Jacques Chirac y a mí.

 En unas elecciones en las que tanto la derecha como la izquierda necesitaban tener un compromiso claro para ganar, esa actitud sembró la confusión y la desmovilización.

Por su parte el Partido Comunista y los Verdes,

si bien no rechazaron todo aquello que realizamos juntos en el gobierno y no me confundieron con mi adversario de la derecha, no asumieron realmente ni defendieron nuestro balance de acción gubernamental.

Me criticaron mucho más a mí que a nuestro principal adversario de la derecha, a pesar de pretender derrotarlo en la segunda vuelta.

La lógica de esta estrategia se reveló nefasta.

 No aportó a nadie el resultado esperado, pero me privó a mí de unos votos con los que se hubiera notado la diferencia entre mi candidatura y las de Jean-Marie Le Pen y Jacques Chirac.

 Por lo tanto, era una contradicción atacar la gestión de quien, -durante cinco años- había conducido el gobierno, pidiéndole al mismo tiempo, que clasifique a la izquierda en la segunda vuelta.

En última instancia, fui el único candidato de la mayoría plural que en la primera vuelta evitó atacar a sus rivales y se negó a añadir más división a la división.

Cometí errores en la campaña. Pero lo que más me faltó en esta extraña elección, para dar sentido e impulso a mi compromiso presidencial, fue la política dinámica de una izquierda unida.

 Es decir, el sentimiento de confianza que genera una mayoría saliente cohesionada a partir de un balance en común, de la voluntad común de salir victoriosos.

No se tuvo en cuenta lo esencial y más tarde no se supo reaccionar.

La elección del 2002 concluyó con una doble y decepcionante paradoja.

En 1995, conseguí que la izquierda pudiera concurrir en la segunda vuelta, y siete años más tarde tuve que abandonar, quedando la elección únicamente entre la derecha y la extrema derecha.

En lo que respecta a la izquierda, al no haber logrado obtener suficientes sufragios para el único candidato susceptible de ganar las elecciones,

 inmersa en el desconcierto, tuvo que acabar pidiendo el voto para el candidato de la derecha, a fin de impedir el ascenso de la extrema derecha.

Por lo tanto, de haber permanecido la izquierda y los Verdes unidos y solidarios, habrían tenido, -tanto en la presidencial como en las legislativas- oportunidades reales de ganar en beneficio de Francia, ahorrándose, cada uno en su parcela, toda esa “crisis existencial “.

La derecha gobierna

Hoy, la derecha gobierna. ¿Y, qué es lo que hace? Como era de esperar, ha dado prioridad al tema de la lucha contra la inseguridad.

Con la ayuda del entusiasmo y del activismo del ministro de Interior, esta cuestión ocupa un lugar preferencial en los medios de comunicación y en el dispositivo del gobierno.

 De esta manera, la derecha, se sustenta de una demanda de la opinión pública que, por otra parte, la misma derecha ha contribuido a mantener.

No se dedican medios suplementarios, porque los que prometieron todavía están por llegar.

 Se necesita tiempo para reclutar y formar policías.

La derecha lo hace apuntando y estigmatizando a colectivos muy precisos (prostitutas, vagabundos, jóvenes de barrios conflictivos), y dejando las riendas sueltas a las fuerzas de la policía (cosa que a corto plazo puede producir desviaciones) mermando ciertas libertades.

 Por el momento, las estadísticas sitúan el número de delitos por debajo de lo que ant

eriormente se consideraba insoportable, pero los resultados concretos no parecen ser muy convincentes: ni en los barrios, ni en los centros escolares, ni en Córcega, ni contra ETA, ni para proteger los transportes blindados o algunos comercios.

Es pues -¡oh paradoja!- contra la sensación de inseguridad donde la derecha dirige sus esfuerzos, multiplicando las proclamas y los dispositivos legales.

Por otra parte, los medios de comunicación que antes a nosotros nos agobiaban, ahora, a ellos los dejan en paz. Esto ayuda.

La derecha minusvalora los retos económicos y sociales.

Subestima las dificultades de la coyuntura y espera la vuelta de un hipotético crecimiento económico que solucione sus problemas.

 No se atreve a llevar a la practica los compromisos contradictorios del candidato, ahora presidente: baja de los impuestos, pero aumento de los gastos;

invocación de los compromisos europeos, pero aumentando el déficit público, entrando en contradicción con el pacto de estabilidad que asumieron en 1996.


Por esto, no sólo no define el rumbo de su política sino que aumenta las incertidumbres que en economía son especialmente molestas.

 Como no se consideran “gaullistes”, sino neoliberales, piensan que desmantelando nuestras grandes reformas económicas y sociales y dejándolas en manos de la patronal, -que por cierto no tiene mucha prisa en invertir- se volverá a relanzar la economía.

Mientras se multiplican los planes de despidos, la lucha contra el paro no se considera una prioridad y aún menos la lucha contra las desigualdades.

La actual mayoría de derechas, está convencida que hablar de la seguridad es más que suficiente para convencer a las capas populares sin que sea necesario hacer concesiones en el plano social.

 Halaga a la opinión pública y al mismo tiempo favorece a su clientela.

Están empezando a extralimitarse con algunos principios republicanos.

Las primeras amenazas se perfilan con la autoridad de la justicia sobre la policía y con su independencia frente a un poder político, que pretende volver a tener peso especifico en los nombramientos.

 De la misma manera, hay motivos para inquietarse por la improvisada reforma judicial que, con la excusa de la proximidad, permitirá actuar como jueces a personas sin formación de juez,

reemplazando a magistrados profesionales para zanjar litigios y administrar la justicia.

La derecha dispone ahora de todos los poderes: El Elíseo, Matignon, los ministerios, la Asamblea y el Senado. Ostenta las presidencias del Consejo Constitucional y del Consejo Superior del Audiovisual.

Aparentemente, todo esto no es suficiente. Esto vulnera el principio de neutralidad de la administración.

Durante mis cinco años de gobierno, -por principio republicano, mucho más que por la obligada cohabitación- propuse el nombramiento de los mejor calificados para servir al Estado, nunca tuve en cuenta su color político.

El presidente y el gobierno actuales han empezado a actuar con una serie de destituciones y nombramientos partidistas que son chocantes y mucho más cuando seguramente, se trata de simples agradecimientos.

En fin, si la República es a la vez una cuestión de estilo y un estado de espíritu, no dejan de sorprender las confusiones entre las funciones del Estado y los intereses familiares que se producen actualmente.

La última característica de este gobierno es el protagonismo que se conceden a la propaganda.

Marcados por el contratiempo de Alain Juppé, desde 1995 el presidente, el primer ministro y el gobierno deshacen más que hacen y anuncian mucho más que realizan,

 prefieren tantear antes que tomar decisiones y se andan con rodeos a la menor resistencia.

Más allá del tema de la seguridad, en el que la política -se esté o no de acuerdo- queda bastante definida, la acción de la derecha aparece en la mayoría de los ámbitos confusa y sin un rumbo fijo, a pesar de que en el fondo, sirve a los mismos intereses de siempre.

Pueden decirme que la derecha tiene a su favor la opinión publica.

 Todo poder elegido democráticamente tiene ese beneficio en sus comienzos.

 No hay que olvidar que el poder actual es el resultado de unas determinadas circunstancias:

el presidente de la Republica, -del que este gobierno y esta mayoría proceden-, fue elegido con el 82% de los sufragios, es decir con los votos de la izquierda.

Este préstamo no será, sin duda alguna, suficiente para tener viaje apacible hasta el final.

Aunque ahora es normal que los franceses no se desdigan del voto masivo que se vieron obligados a emitir el 5 de mayo, en las circunstancias que todos conocemos.

Seria ilógico, -a pesar de las dudas y de sus primeros errores- que al gobierno le afectara ahora el reflujo.

 Y mucho menos cuando la oposición sigue marcada por la derrota y experimenta -como es natural- interrogantes y dudas.

La opinión pública actualmente considera, que el gobierno corresponde a sus aspiraciones del mantenimiento del orden, pero yo no veo que exista en Francia el clima de dinamismo y de confianza que nosotros supimos crear en 1997.

La mirada lúcida que se debe aplicar en esta situación, no debe desanimar a la oposición de izquierdas.

La base política que obtuvo Jacques Chirac en la primera vuelta fue muy reducida.

Respecto al gobierno de Jean-Pierre Raffarin, se le juzgará por su duración, y no le bastará ser anti-Jospin en el fondo y anti-Juppé en la forma.

 Un gobierno no puede contentarse con manejar la opinión pública y esquivar las dificultades, también debe solucionar los problemas.

De él no se espera que dispense generosamente compasión sino, que actúe de una manera justa y eficaz. Sus acciones en este momento no lo son.

Por lo que se refiere a la izquierda, a pesar de su reciente fracaso, los franceses no piensan que esté descalificada para gobernar. Puede demostrarlo con su balance de gobierno y con sus proyectos.

La derecha conocerá el retroceso. Esta es una de las posibilidades que se dan en los procesos democráticos.

Dudo que este retroceso se produzca debido a los problemas de la inseguridad, incluso aunque no se obtengan los resultados esperados.

La opinión pública sólo se volvería contraria al gobierno, si el ministro del interior utilizara la prepotencia y cometiera errores graves o amenazara las libertades esenciales.

Se puede pensar y se debe esperar que no lo haga.

A mi entender, el gobierno pasará el examen en los terrenos económico y social. Por el momento pasan mucho tiempo deshaciendo lo que nosotros hicimos y tratando de reducir las tensiones.

 Afirman que bajar las cargas sociales (al menos para las empresas) y replantearse los mecanismos de protección de los asalariados (supuestamente paralizar nuestras iniciativas) servirán para liberar energías y estimular la actividad económica.

Dentro de unos meses podremos evaluar el alcance de los resultados de esta política.

Durante el tiempo que la izquierda estuvo en el poder, supimos obtener una tasa de crecimiento económico regular, superior al de nuestros vecinos (Alemania en particular),

hicimos descender el paro de forma notoria, reducimos el déficit presupuestario, reequilibrando las cuentas sociales y ahorrándole al país un plan de ajuste económico.

Los franceses juzgarán a este gobierno por sus resultados, pero dudo que lleguen a ser satisfactorios, tanto por los contradictorios compromisos adquiridos, como por el rumbo poco claro que están tomando.

Si la nueva mayoría obtiene resultados en el plano económico, permanece indiferente a los problemas sociales, cede a su tendencia a apropiarse del Estado y comete errores en la política internacional, no contará en un futuro con la estima de los franceses.

 La derecha se dividirá y se enfrentaran sus miembros cuando se aproximen las próximas elecciones.

Si los hechos me dan la razón, la izquierda deberá estar preparada para la alternancia. Pero esta no llegará sin un Partido socialista fuerte.

El debate socialista

El Partido socialista, al igual que siempre hizo en los momentos conflictivos, sostiene un debate en el seno del partido.

Este debate me parece muy interesante, pero no quiero intervenir directamente en él.

Sólo pretendo plantear unas reflexiones que sean útiles para todos.

De los temas que debaten los socialistas a mí me gustaría destacar cuatro.

 Primero sería analizar lo ocurrido desde 1997 a la primavera del 2002.

 ¿Fue el fracaso del 21 de abril del 2002, un hecho fortuito, vinculado a la división de una izquierda demasiado confiada en pasar a la segunda vuelta? O,

¿fallaron los socialistas y su candidato en su cometido?.

 La necesidad de “hacer balance“, es tan necesaria hoy como ayer, y pasa por la justa valoración de la política que hemos aplicado durante cinco años.

La economía capitalista globalizada en la que vivimos, crea automáticamente desigualdades entre las naciones y las economías.

Uno de los objetivos del socialismo es reducir las desigualdades para facilitar el desarrollo y asegurar la armonía social.

Y debemos conducir esta lucha con unos medios y condiciones que no desestabilicen nuestra economía y que sean aceptados por nuestra sociedad.

Hemos sufrido a lo largo del siglo XX, las experiencias trágicas de las soluciones radicales, así como la de los “atajos históricos”;

la secular confrontación entre el socialismo autoritario y el revolucionario, y entre el socialismo democrático y el reformista, ha quedado zanjada.

Uno se derrumbó y el otro continúa su camino.

 Economías competitivas, sociedades frágiles, democracias sensibles: estas son las condiciones reales en las que debemos actuar.

Teniendo en cuenta este escenario y si admitimos que nuestro socialismo no aspira sólo a la polémica, sino también a la acción, entonces podremos juzgar verdaderamente lo que hemos hecho.

Promover el crecimiento, modernizar nuestra industria, disminuir el paro, proteger el medioambiente, mantener un esfuerzo continuo por la educación,

ampliar los servicios públicos, actuaciones en los barrios, justicia fiscal, reducción del tiempo de trabajo, cobertura universal por enfermedad, subsidios para mantener la autonomía individual, paridad... etc.

Durante estos cinco largos y prósperos años de gobierno, tuvimos siempre muy presente la realidad, para poder cambiarla mejor.

Cualquiera de nuestras acciones o de nuestras inacciones pueden ser criticable y evidentemente debemos aprender de nuestras insuficiencias.

 Pero no creo que se deba ni se tenga que cuestionar el conjunto de nuestras actuaciones durante los cinco años que estuvimos al frente del gobierno.

De otro modo, se tendría que proponer, por ejemplo, una política económica y social completamente diferente de la realizada y que, por otra parte, fuera aplicable.

 Además, no reconocer lo que hemos logrado, destruiría la base de una futura reconquista.

Las 35 horas

Tomemos por ejemplo las 35 horas, compromiso faro de nuestro programa en 1997. Lo impulsamos y lo llevamos a la práctica tal y como nuestros parlamentarios y los líderes de la izquierda acordaron:

 rápidamente y por la vía legislativa, sin rebajas de salarios (35 horas remuneradas como 39)

y en paralelo a las múltiples negociaciones que al mismo tiempo mantuvieron los representantes de las empresas y los sindicatos.

Tuvimos que prever ayudas (financiación por las rebajas en las cargas sociales) para no penalizar a las empresas.

 Esta reforma permitió crear entre 350 y 400.000 empleos, significó más tiempo libre y ayudó a mejorar las condiciones de vida.

Afectaba a los obreros y a los empleados, de la misma manera que a los cuadros intermedios y todos aquellos que se beneficiaron lo aprecian.

En revancha, las 35 horas fueron caricaturizadas por la derecha y por algún entorno patronal.

No obstante, si el gobierno actual cuestiona las 35 horas, lo hace en nombre de una cierta flexibilización, sin atreverse a abolirlas.

Esta ofensiva justificaría que por parte de la izquierda, se entablase una verdadera batalla política para defender este avance esencial.

 Creo que permanecemos demasiado a la expectativa en esta circunstancia.

 No es necesario añadir a la mala fe de la derecha la mala conciencia de la izquierda.

Recientemente me quedé muy desconcertado al escuchar a M. Raffarin acusar a nuestros parlamentarios de hacerle el juego a la extrema derecha,

bajo el pretexto que criticaban al gobierno. ¿No es el derecho a la crítica una prerrogativa fundamental de la oposición? Y esta,

¿no lo ejerce en el momento que cree oportuno?. No es sólo en el pasado cuando la derecha ha utilizado este derecho, al igual que a menudo ha practicado la desinformación.

 Muchos de los responsables y de los órganos de la oposición de derechas multiplicaron los ataques de mala fe contra temas sensibles, como las 35 horas, la seguridad, Córcega... incluso hasta con la caza.

Córcega

El ejemplo de Córcega es bien representativo. Proseguí con firmeza -después del asesinato del prefecto Erignac- una política respetuosa con las reglas del derecho e invité a los cargos electos de Córcega -bajo la más absoluta transparencia-

 a sumarse a una iniciativa de desarrollo económico y de reforma institucional, sin renunciar nunca a continuar la lucha contra la violencia.

Esta iniciativa política tan razonable fue condenada por la derecha, en un agobiante juicio de intenciones.

Bueno, en lo esencial es la misma política que hoy en día ha retomado el ministro del interior Sarkozy -que me complace decir, tiene el mérito de haberla hecho aprobar recientemente- y no se ha escuchado critica alguna.

El acercamiento de los prisioneros corsos -vilipendiado cuando nosotros lo propusimos-, la “corsización” de los puestos de trabajo -que yo recusaba por alejarse del espíritu republicano-

y las conversaciones privadas con los nacionalistas -yo hubiera preferido un diálogo público con todos los representantes políticos- se aceptan por el nuevo gobierno, sin que sea exigida previamente la renuncia a la violencia, y todo esto no suscita ni un murmullo a los puntillosos censores de ayer.

En ese contexto, la oposición no tiene por que dejarse intimidar por la derecha ni impresionar por aquellos que siempre serán complacientes con los vencedores e intratables con los vencidos.

 La izquierda debe buscar convencer a los franceses sin practicar la desinformación y respetando siempre la realidad.

Ahora bien, ante adversarios políticos que nunca nos han tratado con consideración, debemos actuar sin condescendencia.

 La verdad y la firmeza nos guiarán.

La estrategia

El segundo desafío para los socialistas afecta a su estrategia.

En los años 70, con François Mitterrand, supimos construir un sistema de alianzas sobre principios comunes con el Partido Comunista (PC) y los Radicales de Izquierda (MRG) que, a pesar de algunas etapas de tensión,

nos permitió obtener la victoria en 1981 y dar a los franceses una verdadera alternancia política.

Desde entonces hemos ido conociendo reflujos y derrotas (1986, 1993, 1995) y cada vez las hemos remontado (1988, 1997).

Lo hicimos al final de los años 90, retomando la política de unión, extendiéndola a los ecologistas y obteniendo el retorno a las responsabilidades gubernamentales del PC.

Así nació en 1997 la mayoría plural.

Mientras se mantuvo unida, mientras tuvo conciencia que la dinámica de conjunto garantizaba el éxito de cada uno de sus miembros, el poder de convocatoria se mantuvo.

 Cuando algunos componentes mantuvieron distancias frente a la acción común, creyendo garantizar su éxito a costa de los demás -y esto sucedió ya en las municipales de 2001- el conjunto se debilitó.

¿Que hacer de ahora en adelante? ¿Debemos volver a empezar? ¿Podemos encontrar una fórmula nueva para la línea estratégica?

 ¿Un partido de toda la izquierda? Este no puede ser más que un objetivo a largo plazo, ya que nuestros socios no parecen estar predispuestos hoy en día.

Presentar al país un compromiso renovado y preparado con debates en profundidad con nuestros socios, seria sin duda una buena perspectiva para los socialistas.

 Tenemos tiempo por delante y en estos momentos el Partido Socialista, cuyo papel será decisivo, actúa correctamente afirmando y fortaleciendo en primer lugar su proyecto.

Lo que, a la luz de mi experiencia me parece seguro, es que la izquierda no logrará este objetivo si no respeta unas reglas fundamentales:

competir, pero respetando a los socios, reflexionar colectivamente sobre cuantas han de ser y que sentido tienen las diferentes candidaturas de izquierdas en las principales elecciones, solidarizarse sin fisuras con la acción del gobierno que se ha acordado apoyar.

 Cuando al final de la legislatura, las divisiones renazcan en la derecha, será decisivo que la unión prevalezca entre la izquierda.

El liderazgo

El tercer desafío para los socialistas es el del liderazgo.

Este problema afecta a todos los partidos, pero en lo que se refiere a los socialistas, obedece a reglas muy particulares.

La tradición de la izquierda democrática no contempla el culto al jefe. El líder es en primer lugar el colectivo.

¿Habría François Mitterrand reconstruido un gran partido socialista y llegar a presidente, si no se hubiera rodeado de hombres y mujeres capaces?

 ¿Habríamos podido ganar en 1997 y gobernar eficazmente durante cinco años, si yo no hubiera contado con el apoyo de personalidades tan capacitadas?

Estas enseñanzas aún son válidas hoy en día.

 La capacidad del partido socialista de disponer -a todos los niveles- de hombres y mujeres aptos para ejercer responsabilidades, así como la voluntad de formar dirigentes competentes para ejercer las funciones del estado consiguiendo que,

-motivados por sus convicciones- trabajen juntos, es un logro que debe ser preservado siempre.

Esto significa que el debate no debe empañar el sentimiento de fraternidad.

Será sin duda necesario, que cuando llegue el momento, se escoja un candidato a la presidencia, o un potencial primer ministro.

 Pero el plazo será dentro de cuatro años y la existencia de un líder se constata, no se proclama. Los socialistas no tienen ninguna necesidad de tratar con urgencia este tema.

O una candidatura a la presidencia de la república surge de manera natural (como sucedió en 1981, 1988, 2002) o bien los militantes del partido escogerán a los candidatos (como hicieron en 1995).

Lo esencial ahora es velar por el entendimiento y la capacidad de acción colectiva del equipo, -que yo confío sea lo más amplio posible- que dirigirá el partido después de su congreso y escoger al mejor primer secretario posible.

Yo creo que François Hollande es el más apropiado, porque es quien mejores cualidades ha demostrado tener para este cargo y porque es el que está mejor situado para reagrupar sensibilidades.

 Los militantes socialistas decidirán.

El futuro programa

El último desafío concierne nuestro pensamiento político y nuestro futuro programa. El pensamiento socialista no está ni mucho menos inadaptado para los tiempos actuales.

 La mayoría de las grandes reformas políticas y sociales que, históricamente han transformado nuestra sociedad (sufragio universal directo, leyes sociales, creación de los grandes servicios públicos, medidas de justicia social, modernización de las costumbres)

fueron propuestas por la izquierda, y en especial por los socialistas.

 El gobierno del general De Gaulle en 1945, hizo las reformas esenciales junto con el Partido Comunista, el Partido Socialista (SFIO) y el MRP, que formaron una mayoría progresista, surgida de la resistencia.

Desde 1981, fueron obra de nuestros gobiernos: la jubilación a los 60 años, la abolición de la pena de muerte, la descentralización...

Sería paradójico juzgar como anacrónica una corriente de pensamiento que ha contribuido constantemente a la evolución de nuestro país.

Una segunda razón parte de la experiencia más reciente: durante la confrontación de las elecciones presidenciales, nuestros adversarios de la derecha se esforzaron mucho más en fagocitar los temas de nuestro programa que en distanciarse de ellos, conscientes que nuestros puntos de vista estaban mucho mejor adaptados a nuestros tiempos que los suyos.

En el año 2003, no partimos de cero.

 No debemos olvidar que de haber ganado las elecciones, ahora estaríamos poniendo en práctica nuestro proyecto. Antes de hacer tabla rasa,

¿no sería más conveniente buscar una mejor articulación entre lo realizado ayer y las nuevas propuestas para el mañana? Situados en este escenario, quisiera mencionar tres aspectos que en la actualidad se consideran importantes.

Seguridad y estabilidad

El primero trata de la preocupación por la seguridad que actualmente intranquiliza a la sociedad francesa y que se plasma en los problemas de inseguridad.

Hace tiempo que pienso que la distinción clásica entre el orden y el progreso, el uno encarnado por la derecha y el otro por la izquierda, debe matizarse.

La derecha, en su versión liberal es portadora de desordenes económicos, sociales o ecológicos.

La izquierda en su dimensión protectora, no tiene únicamente vocación de conquistar o de transformar, debe también preservar -las conquistas sociales, la cultura, el medio ambiente- y transmitir confianza.

En un periodo en el que las mutaciones tecnológicas son enormes, que la apertura exterior es imperiosa, que los cambios en la sociedad son rápidos y la identidad nacional se cuestiona, numerosas categorías sociales, -en particular en el sector obrero- sufren una perdida de referentes y aspiran únicamente a la estabilidad. Sienten la inseguridad, a menudo insoportable, de la cotidianidad.

Se ha hablado de “ruptura” de los socialistas con las capas populares.

 Pero bueno, ¿desde cuando los obreros votan a la extrema derecha por su programa social? No será más cierto que si los votan, lo hacen por el eco que la extrema derecha ha sabido dar a algunos de sus temores, impregnándolos de xenofobia?

Hay que tener en cuenta que los sectores populares tienen tanta o más necesidad de seguridad cuanto más frágiles son económicamente.

La izquierda debe pretender llegar a la doble aspiración: a la seguridad en la vida civil y a la seguridad en materia de empleo, de salud o de jubilación.

Para esto no necesitamos cambiar de política.

Debemos únicamente asumirla plenamente.

Desde 1997 el equilibrio que establecimos entre la represión, la reparación y la prevención, es el correcto.

 Sobretodo porque aplicábamos al mismo tiempo políticas sociales.

La entrada en funcionamiento de la policía de proximidad demostró que nuestra preocupación era la seguridad de la población en la cotidianidad.

Mis dos ministros del interior mantuvieron -como yo- una línea a la vez firme y humanista.

Pero la mayoría plural no se alineó al completo bajo esta política, los verdes, el partido comunista -lo que es sorprendente- y ciertos socialistas tenían dificultades para aceptar la inevitable dimensión represiva de nuestra política.

Este punto débil fue convenientemente explotado por la derecha.

A mi entender, la alternativa es simple:

o bien toda la izquierda asume una política de seguridad equilibrada y creíble, o bien la derecha se hará cargo en exclusiva de la exigencia de seguridad y actuará con la visión estrecha y los excesos que le son propios.

 Ni la izquierda ni el país tienen ningún interés en que les cedamos terreno en este asunto.

 Ante el orden moral impuesto desde arriba a “las gentes de abajo” tenemos que optar por una sociedad de responsabilidad compartida entre todos.

El segundo punto afecta a la política económica y social.

Es delicado anticipar cual va a ser la situación en el momento de las próximas elecciones.

 Debemos tener en cuenta la coyuntura para determinar nuestra política.

 Incluso pensar que si el gobierno Raffarin no sabe relanzar la máquina, pronto impondrá un plan de austeridad a los franceses.

Los socialistas deben conciliar -de nuevo- el crecimiento con los equilibrios presupuestarios y sociales, la eficacia económica y las reformas sociales, la afirmación de la voluntad nacional y la coordinación con las políticas europeas. Lo más importante es proponer, desde la oposición, las medidas que será capaz de llevar a cabo una vez recuperadas las responsabilidades de gobierno.

Más allá de la prioridad dada a la lucha contra el paro, hay algunos aspectos sobre los cuales los socialistas -con mucha razón- se interrogan de nuevo.

 ¿Cómo mantener una política salarial más favorable a los asalariados pequeños y medianos, sin que ello pese demasiado sobre los costos de las empresas y sin gravar el presupuesto del estado?

¿Cómo permitir a las empresas públicas participar en condiciones en la competición internacional, preservando siempre su carácter y sus finalidades de servicio público?

¿Cómo establecer un reparto más justo de los ingresos en una economía tan abierta como la nuestra?

Sobre estos aspectos claves, -repito- los socialistas pueden ser más audaces de lo que lo fuimos nosotros, pero sabiendo que de ellos se esperan políticas realizables y eficaces.

El tercer desafío trata del papel que debe ejercer Francia en la organización internacional.

Hoy en día se confrontan la lógica seca de los mecanismos económicos liberales, la afirmación unilateral de la potencia americana y la conciencia creciente que unas reglas internacionales más justas son necesarias.

En la escena mundial, como en nuestros espacios nacionales, se mantienen debates sobre cuestiones comerciales, financieras, sociales, medioambientales o de seguridad...

Los socialistas, -especialmente atentos a las protestas y a las críticas radicales- deben dejar las posiciones únicamente negativas para las extremas izquierdas.

El papel de los socialistas es adelantar proposiciones precisas para la regulación internacional.

Esto pasa por una renovación de la política europea.

Es evidente y necesario reformar las instituciones de la Unión en el marco de los trabajos de la Convención, pero no se puede separar este ejercicio institucional del relanzamiento de las grandes políticas europeas.

 La reforma de la PAC no puede eludirse y debe ser negociada con el objetivo final de evitar que nos sea impuesta.

 El desarrollo de la investigación y de las grandes industrias civiles y militares europeas debería estar por encima de la política de competencia que uniformiza obsesivamente el mercado europeo.

Desde este punto de vista, las últimas dificultades de Galileo o la compra del avión americano F-16 por Polonia, -candidata a la adhesión- son preocupantes. Aquí nadie ve una decidida intervención francesa.

Los socialistas deberán proponer grandes proyectos de desarrollo económico y de progreso social para que la Europa ampliada no sea una simple zona de libre cambio disuelta en un liberalismo universal, sino un espacio de civilización y una comunidad de pueblos unidos en la búsqueda de un destino común.

Para conseguir que progresen las regulaciones a nivel mundial, los socialistas deben oponerse con firmeza a las denuncias contra las grandes instituciones internacionales, nacidas, como la ONU, de las lecciones de la crisis del 1929 y de la guerra mundial,

 y que continúan siendo un marco de organización y de negociación indispensable, a poco que alguien se empeñe en reformarlas y democratizarlas.

¿De que serviría protestar contra la globalización si, por falta de instancias apropiadas para fijar las reglas, se tuviese que dejar sin contención alguna, las relaciones de fuerza y de dominio unilateral de la potencia americana?

En el actual contexto internacional se plantea el problema de esta potencia. Nuestra histórica amistad con los Estados Unidos, la gratitud que les debemos por su participación a nuestro lado en las dos guerras mundiales, los valores que tenemos en común,

no tienen porque llevarnos a un seguidísimo automático cuando estamos en desacuerdo, como sucede ahora con la crisis de Iraq.

Nunca manifesté indulgencia ninguna por el régimen iraquí, contrariamente a aquellos que, en los Estados Unidos o en Francia, se acomodaban a la dictadura de Saddam Hussein, cuando lo veían como una muralla contra la potencia del Irán.

Por mi parte acepté la guerra del Golfo porque Iraq se había anexionado un país miembro de las Naciones Unidas y representaba una amenaza para el equilibrio en el Oriente Próximo.

 La situación es muy diferente hoy.

Tampoco nos encontramos delante de un caso como el del conflicto de Kosovo en el que un pueblo era objeto de la limpieza étnica.

Por esto me preocupa el acercamiento de las autoridades francesas.

 Este acercamiento se hace hábilmente, protegiéndose en la forma detrás de lo que decidirá la ONU y dejando abierta nuestra posición sobre el fondo, de una manera incierta y ambigua.

Dicen que es necesario disimular nuestra posición, de modo que el miedo a una guerra obligue a ceder a Iraq.

 Pero, ¿para qué nos necesitan los Estados Unidos si dicen con toda claridad que intervendrán militarmente a la que se les proporcione cualquier pretexto?

Añaden que es necesario combatir el terrorismo, -y estamos de acuerdo- pero no se ha aportado ninguna evidencia de los lazos entre Iraq y Al-Qaida, y una guerra en Oriente Próximo corre el riesgo de dificultar la lucha contra el terrorismo.

Nos advierten que no se puede confiar en Saddam Hussein en lo que se refiere a la posesión de armas peligrosas.

Eso es algo sabido.

Pero si es así, que los inspectores de la ONU continúen con su trabajo y que los americanos proporcionen al Consejo de Seguridad las pruebas que pretenden tener, ¡en lugar de mantenerlas escondidas!

De cualquier modo, Iraq no esta hoy en condiciones de atacar a nadie sin arriesgarse a su propia destrucción.

Nos recuerdan también que Iraq es una dictadura. Ya lo sabíamos. Busquemos entonces los medios para ayudar a derrocarla.

Sólo que, ¿de verdad la ONU va, a partir de ahora, a actuar militarmente contra todas las dictaduras? ¿Debemos comenzar a escribir la lista? Todos sabemos que no.

Dejo a la diplomacia francesa hacer su trabajo, sin por ello dejar de exponer mi opinión. Francia no está interesada en una expedición militar a Iraq, y no es cierto que solo los principios están en juego en este conflicto.

Una guerra podría muy bien provocar un recrudecimiento del terrorismo, humillaría mucho más al mundo árabe y tendría un impacto negativo en una coyuntura económica ya de por sí sombría, en resumen, sería desestabilizadora.

Esta guerra sería conducida en exclusiva por las fuerzas de los Estados Unidos, y los otros países que participen no estarían allí más que para aportar un aval político. Francia no tiene vocación de ser relegada a un papel subalterno, mucho menos cuando la causa es incierta.

Si la guerra llega, Francia no debe participar. Mi opinión es que, junto con Alemania, consigamos convencer a nuestros socios europeos que adopten esta misma posición. Si no es así, decidámoslo por Francia.

A principios del 2003, la izquierda no tiene razones para desesperarse. No ha dejado un mal recuerdo a los franceses. Comienza un difícil trabajo de reconquista. Tiene que conducirlo con seriedad hasta el fin.

 Para ofrecer una alternativa, el papel del partido socialista será crucial, tanto sus propuestas como su imagen. Tiene que reconstruir su fuerza.

Si se sabe debatir, no se puede romper. Si los socialistas saben dominar el presente, -y Francia nos necesita- yo veo el futuro con optimismo.
 

Lionel Jospin  - http://www.lafactoriaweb.com 

Publicado Originalmente en la revista cuatrimestral la factoría*

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