Nuestra decisión, como es sabido, tendrá importantes consecuencias
para la posición de Francia, para el futuro de Europa, para el
movimiento socialista. ¿Por qué elegir el sí?
El Partido Socialista ha sido siempre europeo. Lo fue con Jean Jaurès,
contra los nacionalismos y la guerra.
Lo fue con Léon Blum, que a su vuelta de la deportación trabajó en los fundamentos de una nueva Europa, democrática y pacífica.
Si bien la idea europeísta no resume el socialismo, resulta esencial para su identidad.
Cierto es que la distancia entre nuestra ambición de Europa y su realidad nos ha llevado varias veces a interrogarnos.
Sin embargo, las imperfecciones de Europa no nos han llevado
nunca hasta ahora a decirle no.
Con François Mitterrand, conocimos esos momentos de vacilación.
En 1973, estando en la oposición, Mitterrand provocó una discusión en el Partido Socialista y puso sobre la mesa su dimisión porque temía que el partido se alejara de su vocación europea. Su orientación prevaleció, y estuve a su lado.
En 1983, convertido en presidente y teniendo que hacer frente a dificultades económicas y políticas, prefirió el compromiso europeo a la aventura solitaria de Francia.
Como primer secretario del Partido Socialista, apoyé con los
socialistas esa elección. En 1992, François Mitterrand quiso celebrar un
referéndum para ratificar el tratado de Maastricht. Aunque poco
entusiasmado por las condiciones de la votación, rechacé el no.
Cuando asumí la responsabilidad del gobierno, tras 1997, pude vivir de
cerca la inevitable complejidad de una construcción europea dirigida por
quince países libres.
Excluí la estrategia de la ruptura, que me fue sugerida a veces, y mi gobierno pudo, por medio de la convicción, las propuestas, buscando aliados, hacer avanzar las preocupaciones de la Unión Europea hacia el empleo,
la política social, la coordinación de las políticas económicas la regulación de la globalización, la seguridad marítima e incluso la moralización del deporte.
No resulta exacto afirmar que Europa es verdaderamente liberal; si así fuera, su modelo no se distinguiría del modelo estadounidense.
En todo caso, la dejé menos liberal de lo que la había encontrado. Y
los obstáculos a los que nos enfrentamos para seguir avanzando llegaron
con mayor frecuencia de París (de un presidente de derechas) que de
Bruselas.
Hoy, estando en la oposición, ¿deben los socialistas llevar a cabo, a
propósito de la ratificación del tratado constitucional, una ruptura con
respecto a su tradición? No lo creo.
Si las examinamos, creo que las razones en favor del sí superan con creces la tentación del no.
Citaré tres razones.
El tratado es un compromiso aceptable
Primera razón: el tratado constitucional es un compromiso aceptable.
Es verdad que no encarna el ideal socialista.
Lo contrario sería sorprendente, puesto que ha sido elaborado por representantes de corrientes políticas opuestas y de países diferentes.
Sin embargo, retoma los valores y los principios de libertad, de solidaridad y progreso de las grandes democracias.
No cabe duda de que podría haber sido mejor, tras la negociación final entre gobiernos, si la diplomacia francesa hubiera estado más convencida, hubiera sido más convincente y se hubiera encontrado menos aislada.
Tal como está -y que todos lean el texto para desechar caricaturas-, este tratado crea una mejor arquitectura institucional y no comporta ninguna regresión con respecto a los tratados precedentes, cuya ordenación lleva a cabo.
No veo ninguna razón para que los socialistas deban renegar por él de
sus votos europeos anteriores.
El tratado permite incluso, en puntos importantes, avances
significativos.
Es así en el caso de la Carta de los Derechos Fundamentales, el objetivo
del pleno empleo, los derechos sociales, los servicios públicos,
el gobierno económico de la zona euro, el papel de los agentes sociales, los derechos del Parlamento Europeo y los parlamentos nacionales, la democracia participativa y la posibilidad de iniciativas ciudadanas.
Se oye decir que el tratado sería un “corsé” que “constitucionalizaría” las políticas de la Unión.
Laurent Fabius, en su primer movimiento, ha refutado este argumento destacando que sería posible cambiar las políticas europeas y llegar a cabo políticas sociales sin cambiar el tratado.
Les tocará hacerlo a los socialistas llegado el momento.
Por otra parte, el tratado no es una Constitución. Si lo fuera, la Unión
Europea sería un sólo Estado, federal o unitario; y los europeos, un
pueblo.
No es así. Francia sigue siendo Francia; y los franceses, franceses. Una constitución rige las relaciones entre un Estado y sus ciudadanos.
Este tratado constitucional organiza las relaciones entre los Estados miembros de una Unión.
Es “el reglamento interior necesario de la Unión ampliada”, como bien ha dicho Hubert Védrine.
Este marco deja a cada país libertad para desarrollar su política, de derechas o de izquierdas.
En cuanto a la orientación de la Unión Europea, dependerá como siempre de la naturaleza de las políticas concretas que se lleven a cabo.
A nosotros nos toca definir orientaciones susceptibles de convencer y
arrastran a los demás hacia una auténtica política social.
Los que desean una crisis europea no desean Europa
Segunda razón: la tesis de una crisis europea saludable es quimérica.
Una parte de quienes desean una crisis europea no desean sencillamente
Europa.
Es el caso de la derecha extremista y los soberanistas, que oponen
nación y Europa, que sólo acceden a vagas cooperaciones entre Estados,
cuando es seguro que Francia se vería debilitada sin Europa.
Entre los europeístas sinceros, algunos dicen que Europa necesita una
crisis, una especie de electrochoque para volver a avanzar con más
fuerza.
La imagen es engañosa, porque quienes aceptan correr el riesgo de la
crisis no saben cómo solucionarla.
El rechazo del texto propuesto hoy no nos ofrecerá mañana, como por ensalmo, un tratado conforme a nuestras opiniones.
Nuestros socios no se plegarán de repente a nuestras exigencias.
Habrá que encontrar unánimemente un compromiso -cercano, por fuerza,
al actual- o persistir en la crisis.
La primera consecuencia de un bloqueo europeo sería dejar el campo libre
a Estados Unidos.
Este país, desembarazado de la Unión Soviética y demasiado indulgente con una Rusia que endurece peligrosamente su régimen, no desembriagado aún
-a pesar de sus contratiempos en Irak- de sus sueños de poderío absoluto y de la ilusión unilateralista, prefiere hoy una Europa trabada a una Europa activa.
Si la Unión se atasca en un debate institucional no resuelto, apartará su energía de las grandes cuestiones prioritarias:
el crecimiento, el empleo, el progreso social, la investigación, la seguridad, la integración armoniosa de los nuevos miembros (esencial para tratar de modo correcto la cuestión de las deslocalizaciones).
Vivirá en la amargura y el conflicto interno y le será más difícil
aún tomar iniciativas en política exterior, iniciativas que el mundo
necesitará.
La segunda consecuencia negativa será para Francia.
Si, como país fundador, asume la responsabilidad de desencadenar la crisis, Francia verá un aumento del aislamiento. Ya hoy su situación no es favorable.
Tras haber tomado una postura acertada sobre Irak, nuestras autoridades han multiplicado los errores en Europa. Han mostrado demasiada arrogancia, fustigado los países del Este, maltratado la Comisión,
puesto en tela de juicio nuestras obligaciones en relación con los tratados en materia presupuestaria y sacrificado a un comisario europeo reconocido, respetado, que tenía peso dentro de la Comisión (Pascal Lamy presentaba un único defecto, ser socialista),
para acabar obteniendo un puesto humillante en el nuevo ejecutivo europeo.
De modo que nuestra influencia ha disminuido. No la
restauraremos por medio de un rechazo al tratado.
Los gobiernos democráticos que son nuestros socios no esperan de
nosotros un aumento de la brutalidad o un electrochoque.
No cabe imaginar ni siquiera por un instante que tras una confrontación supuestamente breve los demás países de la Unión, que son nuestros iguales, aceptarán dócilmente una arquitectura de Europa decidida de forma unilateral por nosotros.
Ese escenario carece de la menor credibilidad.
El método de Europa es el compromiso; si se convence, se avanza; no es
posible avanzar a base de ultimátums.
La elección del no por parte de los socialistas franceses los aislaría.
Las fuerzas políticas susceptibles de ejercer las responsabilidades del poder en los diferentes países europeos aceptan hoy el compromiso realizado por el tratado, aun cuando –imagino- no les satisfaga enteramente.
La Confederación Europea de Sindicatos lo aprueba. Los demás partidos socialistas europeos piden el sí.
Nuestro lugar natural está con ellos.
El sí es una apuesta por la izquierda
Decir sí es también una apuesta por la izquierda en Francia. Nuestra
estrategia ha sido desde hace treinta años agruparla.
Aunque lo hemos hecho siempre según nuestras convicciones, manteniéndonos fieles a nuestra historia y sin renunciar nunca a nuestra identidad (sobre todo, en relación con Europa).
Esa izquierda es diversa: incluye a los comunistas -que iniciaron una evolución en relación con Europa- y también a los radicales y los Verdes.
La vocación de la principal fuerza, el Partido Socialista, no es alimentar la argumentación de los otros, sino hacer progresar las cosas partiendo de sus propias ideas.
Por último, la paradoja de la posición del no es que desplaza la
atención de los franceses de la verdadera crisis política que sacude
ante nuestros ojos el poder ejecutivo y la mayoría en nuestro país hacia
el mito de una crisis salvadora para Europa, que según cabe temer
perturbará ante todo al Partido Socialista.
Tercera razón: el no al tratado no es la mejor manera de decir no a
Jacques Chirac y su gobierno.
Se afirma que muchos de nuestros conciudadanos y muchos socialistas guardan un mal recuerdo de su voto en favor de Jacques Chirac en el 2002 y se muestran poco inclinados a repetir la experiencia con ocasión del referéndum.
Sin embargo, decir sí a Europa no es decir sí a Jacques Chirac.
No se le puede reprochar al presidente de la República la convocatoria del referéndum, ya que se lo habíamos pedido expresamente.
En realidad, no habiendo negociado ese tratado y viéndole algunos defectos, podíamos haber sugerido al poder que lo hiciera ratificar por la vía parlamentaria,
dado que dispone de una amplia mayoría en las dos Cámaras y, por lo tanto, en el Congreso. Hemos obrado de otro modo:
asumámoslo.
Si hay referéndum, no se tratará de votar a favor o en contra de
Chirac, sino de aprobar o no un tratado adoptado por 25 gobiernos.
Dirigiremos la respuesta a nuestros socios y a nadie más. Si dicha
respuesta fuera negativa, el choque se produciría en Bruselas, no en
París.
Porque sabemos de sobra que el presidente no extraerá ninguna
consecuencia de semejante voto en lo referente a su función.
Oigo decir también que habría que votar no porque así estarían tentados de hacerlo los franceses.
En resumen, habría que precederlos para estar seguros de seguirlos.
El caso es que los franceses no han dado a conocer sus intenciones.
Ellos son dueños de su voto; seamos nosotros responsables de nuestras elecciones. Nuestros conciudadanos tendrán más posibilidades de votar sí si los llamamos a ello.
Y, si hay que correr un riesgo, corrámoslo de forma meditada y de acuerdo con nuestras convicciones.
Debo añadir además que si el no venciera en Francia con ayuda de los socialistas, éstos serían considerados responsables;
en cambio, si nos hemos decantado por el sí, cumpliendo con nuestro deber, el presidente cargaría con el peso del fracaso.
De todos modos, decir no a Europa por motivos de política interior constituiría un contrasentido.
Es evidente que el proyecto histórico europeo no podría
construirse si tuviera que replantearse a cada alternancia política, en
Francia o en otras partes.
Es el mensaje que nos han transmitido todos los grandes europeístas.
Si hacemos política interior, que sea con los problemas nacionales.
Son numerosos y graves. Los millones de personas que protestan desde hace dos años contra la disminución de las pensiones, la fragilización de la Seguridad Social, el aumento del paro y tantas medidas injustas,
los numerosos electores que han permitido los éxitos socialistas en las elecciones regionales, cantonales y europeas, saben que los problemas a los que se enfrentan hoy derivan de una política decidida en París y que se resolverán en París, no en Bruselas.
Dividirnos a propósito de Europa en lugar de unirnos contra la derecha sería hacerle a ésta un regalo inesperado.
No convirtamos Europa en un chivo expiatorio: subrayemos los errores y los fracasos de la política del gobierno y avancemos nuestras propuestas.
Los franceses las esperan y desean.
La visión política debe inscribir la acción presente en un tiempo más largo.
Las elecciones que tomen hoy los socialistas deberán ser asumidas mañana si llegan de nuevo al poder.
Un no de Francia provocado por ellos sólo dejaría una alternativa: el
callejón sin salida o la media vuelta; es decir, la crisis prolongada o
el desdecirse.
La elección del sí puede abrir la vía de la reactivación de Europa.
Esta reactivación pasa por las propuestas constructivas que los
socialistas sabrán hacer a los franceses y de las cuales tienen que
convencer progresivamente a los europeos, conforme a lo que cabe esperar
de Francia.
Lionel Jospin - http://www.lafactoriaweb.com
Publicado Originalmente en la revista cuatrimestral la factoría*
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