NOSOTROS Y LA CRISIS MUNDIAL

Autor: Lionel Jospin

OTROS CONCEPTOS DE ECONOMÍA

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05-2005

Texto

Las crisis tienen una virtud: debilitan, al menos por un tiempo, a los conformistas y ponen en entredicho las certezas.

Como los escalofríos y la fiebre, las crisis son síntomas de enfermedades más serias, de heridas más profundas.

Cuando llega la tormenta, ya no es posible, ni siquiera para los habituales turiferarios del liberalismo, de la globalización sin fronteras, del reinado sin límite de los mercados, negar lo que puede provocar un capitalismo descontrolado.

El capitalismo, como la propia palabra indica, dio en el siglo XIV sus primeros pasos - y también sus primeros pasos en falso - en el mundo de las finanzas.

 Aún cuando, desde entonces, el capitalismo se ha desarrollado adoptando formas industriales, nunca ha renegado de esta impronta original.

Su última mutación, la de la globalización, va en la misma línea.

 A pesar de que las fuerzas del capitalismo, hasta entonces fragmentadas, se han unido y se han fortalecido con la desaparición de la Unión Soviética y con la integración creciente de los mercados emergentes, todavía conservan su talón de Aquiles:

 esa tendencia a la acumulación del dinero por el dinero - al margen incluso de los fines productivos -, lo cual permite explicar tantas imprudencias y alimentar tantos miedos, cuando no pánico.

En 1982 y, después, en 1994, Méjico; desde 1997, el sudeste asiático y Japón; en la actualidad, Rusia:

 la recurrencia de las crisis financieras recientes no hace más que subrayar este rasgo característico del capitalismo. Estas crisis ofrecen, desde mi punto de vista, tres enseñanzas:

 el capitalismo se mantiene inestable, la economía es política y la mundialización exige regulación.

El capitalismo se mantiene inestable

La lección de este siglo es clara: mientras el comunismo ha sido destruido por el totalitarismo, el capitalismo ha sido salvado por la democracia.

 Aunque desde 1989 el capitalismo ha perdido su adversario y rival oficial, no por ello se encuentra más a salvo. El mejor enemigo del capitalismo puede ser el propio capitalismo.

El economista norteamericano Lester Thurow escribe que la economía se parece a la geología:

 el capitalismo está recorrido por líneas de fractura, verdaderas fallas en las que pueden darse temblores de tierra.

 No se sabe ni dónde, ni cuándo, ni cómo se producirá el terremoto, pero se tiene la certeza de que se producirá.

 Lo extraño es que, cuando aparecen, estas crisis parecen coger desprevenidos a la mayoría de los observadores.

A pesar de su previsibilidad, el seísmo deja estupefactos a los actores del sistema financiero, actores que, por lo demás, tienen su parte de responsabilidad en el desencadenamiento de esos temblores.

Al igual que en las precedentes, en la crisis financiera actual hay unos mecanismos específicamente financieros.

 Los mercados financieros se rigen demasiado a menudo por una lógica del corto plazo que los conduce a preferir el beneficio de hoy al crecimiento de mañana.

El ritmo de la bolsa se basa en un movimiento demasiado vivo, ya que es técnicamente instantáneo, pero con una visión de corto alcance y, en cualquier caso, no es el de la economía y aún menos el de las sociedades.

Diligentes a la hora de emocionarse, pero lentos a la hora de razonar, los mercados financieros tienen además poca memoria.

Cuando ha pasado la crisis y a pesar de la claridad de sus enseñanzas, los operadores recuperan su miopía, lo olvidan todo y se quedan sin haber aprendido nada.

Quizás porque no tendrían que conformarse con un análisis puramente financiero.

El capitalismo no sólo padece una hipertrofia de sus finanzas, sino que además se basa en una debilidad estructural. Al tiempo que crea riqueza, la concentra en exceso.

Aunque, gracias al progreso técnico, garantiza el desarrollo continuo de la producción, tiende a excluir del mundo laboral a un número cada vez mayor de hombres y mujeres.

 El capitalismo lleva en sí esta fuente de desequilibrio. Y para contrarrestar ese desequilibrio interno, sólo hay una respuesta: la política.

La economía es política

En las crisis actuales, el activismo financiero no es el único en tela de juicio. La desregulación de la economía y el desfallecimiento de lo político también desempeñan su papel.

La crisis financiera de los países del sudeste asiático pone así de manifiesto el fracaso de un modelo de desarrollo.

 El crecimiento de esta parte del mundo era una realidad y volverá a serlo.

 Pero sólo el establecimiento de regímenes verdaderamente democráticos, la implantación de un modo de desarrollo social más igualitario, el respeto de las reglas cautelares y de las normas bancarias, podrán garantizar su continuidad.

La crisis japonesa es una crisis de decisión política.

 En Japón, los poderes públicos han dejado que se acumulasen centenas de miles de millones de créditos dudosos en el sistema bancario.

Hay que tener la fuerza y la voluntad de encarar los problemas, para aislar y después eliminar lo supuestamente afectado y recuperar lo que está sano.

La crisis en Rusia, aún más compleja, es una crisis de transición.

 Tras el hundimiento de un sistema estatal, centralizado, autoritario e incapaz de evolucionar, se ha impuesto un liberalismo salvaje y descerebrado.

Se podría incluso decir que no ha habido transición en Rusia.

Es como si, para vengarse retrospectivamente de la revolución de 1917, algunos hubiesen querido una revolución al revés, una revolución liberal y, prescindiendo del gradualismo, forzar y precipitar la evolución histórica por segunda vez. Con unos tremendos efectos desestabilizadores.

La crisis actual arroja una cruda luz sobre los resultados de esta liberalización a marchas forzadas.

Al querer "menos Estado", se ha dejado que se desarrollase una jungla cada vez más espesa.

 Allá donde se quería "más libertad", se ha permitido que se instalase la ley del más fuerte. La fortuna de algunos se ha construido sobre la desgracia de los demás.

 Estos desequilibrios profundos tienen importantes repercusiones en la esfera financiera.

Se ha creído que bastaría con suprimir el corsé de la economía planificada para que naciese una economía de mercado.

Mientras que todo debería haber actuado a favor de una transición progresiva, se ha querido, de manera demasiado brutal - y en esto los países occidentales han tenido su parte de responsabilidad -, imponer a una sociedad un modelo que le resultaba profundamente ajeno.

El resultado paradójico ha sido el de despertar la nostalgia del pasado, un pasado que sin embargo no volverá.

A fuerza de negar la historia, se le hace avanzar a trompicones. Lo que necesita Rusia no es que vuelva su pasado sino tener un futuro.

Lo urgente en Rusia es restablecer las funciones normales del Estado: recaudar impuestos, garantizar la seguridad, hacer respetar la ley.

El mercado no puede darse sin Estado.

La economía de mercado necesita reglas, instituciones sólidas, estabilidad, una organización.

Todas estas crisis disipan una ilusión: la de la autonomía de la esfera económica, desligada del sistema político, de la organización social, de la propia historia de las naciones.

 La crisis financiera no condena la economía de mercado, que se mantiene como un instrumento indispensable de asignación de los recursos, sino que rechaza la mercantilización total de la sociedad - lo que he llamado

"sociedad de mercado" - y muestra que una economía sana no es posible sin un Estado sólido, sin una norma jurídica aplicable a todos, sin cohesión ni protección sociales, sin respeto de los pueblos y sin conciencia histórica.

Aquí se plantea la necesidad de establecer una política nacional.

Es lo que estamos haciendo en Francia.

No tanto para negar la mundialización, ni olvidar las imposiciones de la competencia, sino para adecuarlas a nuestros objetivos, para seguir siendo un país protagonista de su propia historia.

Las naciones representan a los pueblos, son marcos de la democracia y deben seguir siendo los sujetos de la realidad mundial.

De ahí la importancia del diálogo entre las naciones. Respeto el principio de "no injerencia", practico la vía diplomática.

Pero "no injerencia" no quiere decir indiferencia. Y la diplomacia no excluye el intercambio sincero de puntos de vista ni la franqueza.

¿De qué sirve multiplicar cumbres y encuentros bilaterales, si sólo se consiguen aprobaciones, abrazos o prudentes silencios?

La economía mundial del mañana, el futuro de la comunidad internacional es nuestro bien común.

 Si tal o cual política les resulta perjudicial, hemos de decirlo, con el debido respeto a las personas y a los pueblos.

Ésta es nuestra responsabilidad colectiva.

Es así como instauraremos la regulación que necesita nuestro mundo.

La mundialización reclama la regulación

La globalización de la actividad económica exige, tanto para recoger sus frutos como para controlar sus excesos, una globalización equivalente de las políticas.

 No puede haber economía mundial sin regulación mundial.

Ante un problema global se impone una respuesta global: éste es el realismo al que nos invita el siglo XXI.

La futura regulación debe proponerse, en primer lugar, revisar el funcionamiento de los mercados de capitales.

 La crisis actual es la prueba de la inestabilidad generada por un desarrollo no controlado de los mercados financieros.

Nos muestra a todos, de forma clara y brutal, que el mercado debe tener unas reglas, que no podrán ignorarse sin incurrir en grandes riesgos.

 El Fondo Monetario Internacional y el Banco de Reglamentos Internacionales reconocen actualmente este imperativo.

Se trata de imponer reglas cautelares y de transparencia, combatir la delincuencia financiera e incluso reflexionar sobre la manera de estimular los buenos flujos financieros - aquéllos que están verdaderamente al servicio de la actividad económica - y de desalentar los otros.

A este respecto, hay que ampliar las competencias del FMI a los movimientos de capitales, aumentar rápidamente sus recursos y consolidar su legitimidad,

 por ejemplo reforzando el papel del Comité Interino, que constituiría de alguna manera su "gobierno político".

 Hay que abordar el problema que plantean los centros financieros "offshore", que constituyen un obstáculo para la transparencia de las actividades financieras y para el control cautelar, al tiempo que dan alas a la criminalidad.

Todos estos puntos han sido tratados en la cumbre de Birmingham, en mayo pasado, con el objetivo de "reforzar la arquitectura financiera mundial".

Son cuestiones que, en lo sucesivo, habrá que tener más presentes.

Después, hay que reconstruir un sistema monetario internacional.

No se trata de volver al orden antiguo, ya desaparecido y nacido de los acuerdos de Bretton Woods en 1945, aunque no sería inútil retomar su espíritu.

La globalización financiera no es compatible con los métodos del pasado, en este caso, con el sistema de cambios fijos generalizado.

La flexibilidad es indispensable para el funcionamiento de la economía de hoy en día, pero flexibilidad no quiere decir inestabilidad.

Así pues, la vía a seguir es la de la constitución de grandes conjuntos económicos regionales, llegando hasta las uniones monetarias, articulados entre sí por un régimen de cambios flexibles, pero controlados.

Ésta es la combinación que se debería potenciar a escala internacional, para aumentar la coordinación entre las grandes zonas.

 Asimismo, habría que implicar a los países en vías de desarrollo en la "gestión" de los mercados financieros mundiales.

La crisis actual nos hace tomar conciencia de los errores del pasado y, por tanto, nos debe permitir progresar hacia una mayor cooperación y coordinación, es decir, hacia más armonía y menos desórdenes.

Europa puede ser la impulsora de todas estas cuestiones.

Está legitimada para serlo, gracias a la estabilidad que la ha caracterizado desde el principio de estas crisis. Europa ha sabido unirse y crear el euro.

La futura zona euro ha superado con éxito su bautizo de fuego, al hacer posible que los países que participan en ella superen esta crisis sin grandes dificultades monetarias.

La coordinación económica europea puesta en funcionamiento gracias al Consejo del Euro sale reforzada de la prueba.

Europa también dispone de la capacidad política, gracias a una configuración en la que son mayoritarias las fuerzas de izquierda, normalmente sensibles a esta cuestión.

 Pero también hace falta que tenga la voluntad política.
 

Lionel Jospin  - http://www.lafactoriaweb.com 

Publicado Originalmente en la revista cuatrimestral la factoría*

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