Pero cierta forma de desencanto y algunas incertidumbres despuntan, en el seno de los pueblos y también para algunos responsables políticos.
Y es cierto que el porvenir de Europa plantea cuestiones legítimas.
¿No corre Europa el riesgo de deshacerse si se amplía hasta las fronteras de su continente? ¿Cómo abrirla a la mundialización sin diluir su identidad?
Para reformar sus instituciones, ¿debe difuminar el papel de las Naciones? ¿Cómo hacer para que los ciudadanos de la Unión se apropien Europa?
Atentos a estos interrogantes, los jefes de Estado y de Gobierno,
reunidos en Niza el año pasado, han decidido emprender una reflexión
profunda sobre el futuro de la Unión ampliada. Los ciudadanos europeos
están invitados a participar en ella. Hemos decidido abrir ese debate en
Francia. Dentro de este marco inscribo las palabras que pronuncio hoy.
Es la contribución del responsable político que soy a esa reflexión.
Soy francés. Me siento europeo. Yo quiero una Europa que afirme su
identidad, que responda mejor a los deseos de sus pueblos, que se haga
ejemplar en el mundo.
Por eso el debate no debe girar únicamente en torno a la cuestión de las
instituciones y su reforma.
Europa es ante todo un proyecto político, un "contenido" antes que un "recipiente". Europa no está sólo hecha de reglamentos, directivas o contenciosos.
Europa es, primero, una obra del espíritu, un modelo de sociedad, una visión del mundo.
La idea europea inscrita en la realidad: eso es, para mí, lo que
cuenta. La Europa que amo, la que quiero lograr con tantos otros, tiene
un proyecto de sociedad; una visión del mundo, una arquitectura
política.
Europa debe afirmar un proyecto de sociedad
Hasta hace poco tiempo, los esfuerzos de Europa se concentraban
esencialmente en establecer la Unión Económica y Monetaria.
Algo que nos ha sido provechoso. Pero ahora tenemos que ensanchar la perspectiva, si no queremos que Europa quede reducida a un mercado y se diluya en la mundialización.
Porque Europa es más que un mercado.
Es portadora de un modelo de sociedad, fruto de la Historia, que se despliega por medio de los vínculos cada vez más intensos que unen hoy a los pueblos europeos.
Existe un "arte de vivir" a la europea, una manera propia de actuar, de defender las libertades, de luchar contra las desigualdades y las discriminaciones, de pensar y organizar las relaciones laborales, de acceder a la instrucción y la atención médica, de ordenar el tiempo.
En cada uno de nuestros países hay tradiciones y reglas
propias, pero que componen un universo común.
Este modelo de sociedad original, debemos ahora inscribirlo en los
tratados y hacerlo vivir en nuestras políticas.
La justificación de Europa, es su diferencia. Recordemos que Europa
es una civilización, es decir, a la vez un territorio, una historia
compartida, una economía unificada, una sociedad humana, y culturas
diversas que dibujan juntas una cultura.
Una comunidad de valores
Entre los primeros de éstos, se cuentan la democracia y los derechos
humanos.
Los "Padres fundadores" han querido y construido la Europa política para librar a nuestro continente de los imperialismos solitarios, así como de los totalitarismos asesinos que lo han ensangrentado en el siglo XX.
Gracias a ellos, Europa es ahora una tierra de paz. Los enemigos de ayer se han reconciliado.
La desunión ha hecho lugar a la busca de una unidad siempre reforzada. Europa es el espacio del planeta donde el Estado de derecho está mejor cumplido.
Es el único conjunto político donde la pena de muerte ya no existe.
Es la tierra donde mayor hincapié se hace en el respeto de la persona
humana. Tiene la vocación de llevar este mensaje más lejos.
Europa se niega a disociar la prosperidad económica del progreso social.
Así es como ha podido recuperarse de las guerras que la han devastado.
Pese a las desigualdades que subsisten, Europa disfruta actualmente de un altísimo nivel de desarrollo económico.
Se han conquistado derechos sociales: el derecho a la protección
social, los derechos sindicales, el derecho a una enseñanza gratuita.
Para proclamar estos valores hemos dotado a la Unión de una Carta de los
derechos fundamentales.
Trátese de dignidad e integridad de la persona humana, de libertades o de solidaridad, de igualdad, ciudadanía o justicia, o incluso de derechos nuevos - como los que preservan nuestro patrimonio natural - el conjunto de los principios que fundamentan la civilización europea quedan así consagrados.
Esta Carta merece ser considerada como la clave de toda la
construcción europea. Me gustaría que formara parte integrante del pacto
que une a las naciones de Europa y que funda, entre los europeos, una
comunidad de destino.
Inspirar mejor nuestras políticas comunes
Europa necesita más solidaridad económica.
La moneda única nos aporta ahora una estabilidad importantísima.
Desde hace dos años, el euro ha desempeñado el papel de "escudo" común contra las crisis financieras internacionales y contra las devaluaciones competitivas.
Para equilibrar el edificio de la Unión, nos hace falta ahora dotarnos con un gobierno económico de la zona euro.
La coordinación de las políticas económicas debe incrementarse considerablemente.
Propongo que todo Estado miembro consulte previamente a los demás y tome en cuenta sus recomendaciones antes de tomar una decisión que tendrá consecuencias globales para toda la zona.
Creemos un fondo de acción coyuntural, al que podría optar todo Estado, que serviría para apoyar a cualquier país miembro afectado por las turbulencias económicas mundiales.
Hay que arremeter, por último, contra los comportamientos que atentan contra el interés general europeo.
La lucha contra el "dumping fiscal" es una prioridad inmediata: no es aceptable que
unos Estados miembros utilicen una competencia fiscal desleal para atraer las inversiones internacionales y los traslados de sedes sociales de los grupos europeos.
A la larga, una armonización global de la fiscalidad de las empresas
es necesaria.
Esta coherencia económica debe estar al servicio de la solidaridad
social.
Los ciudadanos la desean.
Europa no podría ser una simple zona de libre cambio. Desde hace cuatro años, el gobierno francés lucha por cambiar la orientación de la construcción europea en dirección del crecimiento y el empleo.
Se han realizado progresos importantes con la adopción de la agenda social europea.
Estos objetivos deben traducirse en resultados concretos, para todas las categorías de trabajadores. Las condiciones de trabajo de los empleados deben armonizarse por arriba.
Hagamos retroceder la precariedad y combatamos las discriminaciones.
Creemos las condiciones para un diálogo social con los sindicatos a escala europea.
Debe edificarse un auténtico derecho social europeo que fije normas comunes ambiciosas, en particular en materia de información y participación de los trabajadores en la vida de las empresas, de derecho de despido, de lucha contra el trabajo precario y política salarial.
Nuestra perspectiva debe ser la de un tratado social europeo.
Asimismo, los europeos necesitan, para garantizar la igualdad de los
ciudadanos, su solidaridad y el interés general, servicios públicos
fuertes y eficaces.
Estoy a favor de una directiva europea que definiría un marco
jurídico para consolidar, bajo la responsabilidad de los Estados, el
papel de los servicios públicos en Europa.
Al servicio del empleo, Europa debe tener una ambición industrial firme.
La integración europea ha facilitado grandes logros: ayer, Ariane y Airbus; hoy, EADS en el mundo de la aeronáutica civil o, en la esfera militar, el proyecto de gran avión de transporte.
Estas asociaciones son importantes para nuestras industrias:
les brindan los medios necesarios para sus inversiones, les confieren un
tamaño crítico en el mercado mundial, les permiten evitar un dominio
exclusivo de Estados Unidos en sectores decisivos.
Del mismo modo, Europa debe afirmarse como el continente de la ciencia y
la innovación.
El saber es un elemento de la conciencia europea.
Pero la fragmentación de la investigación europea en tantos otros
esfuerzos nacionales, demasiado poco coordinados, reduce hoy por hoy su
eficacia.
Urge constituir un verdadero espacio europeo de la investigación, en
campos tan esenciales como la salud o el medio ambiente, como Europa ha
sabido hacer en materia espacial, con la Administración Europea del
Espacio.
Derechos y protecciones para todos los europeos
Debemos edificar un espacio de derecho común, cuya referencia será la
Carta.
Al Tribunal de Justicia de las Comunidades Europeas deberían
poder dirigirse directamente los ciudadanos, en determinadas
condiciones.
Debemos armonizar las diferentes reglas nacionales de fondo y de
procedimiento.
De momento, un reconocimiento mutuo efectivo de las decisiones
judiciales y la creación de una instancia arbitral para resolver los
conflictos entre derechos nacionales constituirían grandes adelantos.
Estoy pensando en particular en la dolorosa cuestión de los divorcios de
matrimonios binacionales.
Uno de los derechos fundamentales del ciudadano es la seguridad. Europa
debe ayudar a garantizarlo.
Me refiero, para empezar, a la lucha contra la delincuencia.
Porque la delincuencia organizada no conoce fronteras - lo vemos en particular con el blanqueo de fondos, el tráfico de droga y todas las formas contemporáneas de trata de seres humanos -, hay que combatirla a nivel de Europa.
Varios de nuestros socios han propuesto la creación de una policía europea integrada.
Por mi parte, suscribo esta propuesta. Propongo la creación de una policía criminal operativa, cuyo núcleo sería Europol.
Confiemos también a un cuerpo de policía específico la misión
de proteger las fronteras exteriores de la Unión y sus aeropuertos
internacionales.
La seguridad de los europeos pasa también por la instauración de un
auténtico espacio judicial europeo que, apoyándose en una cooperación
reforzada entre magistrados y en la continuación de la armonización del
derecho penal de los Estados miembros,
podría llevar a la larga a la creación de una fiscalía europea.
Esta se encargaría de coordinar las actuaciones judiciales y la
acusación pública a nivel europeo y facilitaría, en particular, la
ejecución de las comisiones rogatorias en todo el territorio de la
Unión.
La seguridad sanitaria es otra exigencia. Las crisis recientes, en
particular la de las "vacas locas", han mostrado los peligros que hace
correr a los consumidores el productivismo a ultranza.
Ha sido una lección para todos: el ciudadano es también un
consumidor y hay que protegerlo mejor.
Dotemos a la Unión con un estatuto del consumidor europeo, fundado sobre
el principio de precaución, la transparencia en la información y la
rastreabilidad de los productos "del campo al plato".
Propongo, además, que en el terreno de la sanidad, se cree una red de
vigilancia y alerta sanitarias que facilite una reacción inmediata de
las autoridades públicas en caso de crisis.
En un mundo globalizado, nuestra Europa no podría conformarse con ser
una isla de prosperidad relativa y de estabilidad. Tal egocentrismo
sería una ilusión y una apostasía. Europa encierra un modelo, pero un
modelo abierto al mundo, en concreto al Mediterráneo y sus riberas.
Tiene por vocación orientar la mundialización en el sentido del derecho
y la justicia.
Europa debe influir en el curso del mundo
Quiero una Europa fuerte, que asuma plenamente su responsabilidad en la
redefinición del orden mundial y que se dote con los medios de comunicar
su mensaje de paz, de solidaridad y de pluralismo.
En nombre de ese pluralismo, Europa debe hacer vivir la diversidad
cultural.
La diversidad de las culturas es uno de los elementos más valiosos del patrimonio de la humanidad. Y sin embargo está amenazada actualmente.
La ley del mercado impulsa la uniformidad de los modos de consumo y la concentración de las industrias culturales.
Claro está, algunas formas de expresión -me refiero al cine, en particular- han adquirido una dimensión industrial.
Pero debemos protegernos, colectivamente, de la amenaza de la uniformidad y de la invasión de productos culturales provenientes de una sola fuente.
Es algo de importancia fundamental para la civilización.
Es un combate para las culturas europeas, por supuesto, pero también para todas las demás culturas.
Un combate liderado por Europa en la OCDE -cuando denuncia el Acuerdo multilateral sobre las inversiones- y en el seno de la Organización Mundial del Comercio -cuando defiende la especificidad de la creación y las obras culturales-.
Debe seguir por esa vía.
Europa es consciente de la importancia de este combate, porque ella
misma contiene una excepcional diversidad de culturas.
Estas culturas, con todos sus componentes -religiosos, filosóficos, literarios, musicales o plásticos- y en todas sus expresiones, las heredamos nosotros.
Son las que forman nuestro patrimonio común. Por eso, para nosotros, los europeos, la cultura no es una mercancía.
Es, ante todo, una parte de nuestra identidad.
Para que esa identidad viva, Europa debe permitir que todos compartan
este patrimonio. Favorezcamos aún mejor la movilidad de los estudiantes,
de los artistas y de los investigadores.
Dentro de diez años, todos los jóvenes europeos deberían poder realizar parte de sus estudios en un país de la Unión que no sea el suyo.
Hagamos que el aprendizaje de al menos dos lenguas europeas, desde la infancia, sea una regla.
Debe hacerse todo - sobre todo en la escuela - para que
nuestros hijos tomen conciencia de que su patrimonio nacional se
inscribe dentro de una riqueza más vasta todavía, la de Europa.
Porque la cultura está viva, le corresponde a Europa favorecer la
creación.
La cultura debe beneficiarse de una política común, pensada específicamente y no dominada por las reglas de la competencia y el mercado interno.
Con este espíritu, propongo la creación, a nivel europeo, de mecanismos de apoyo a la creación cinematográfica, audiovisual e informática y la de estudios cinematográficos europeos.
En el momento en que se multiplican en todos nuestros países
las televisiones numéricas, Europa debería disponer de una cadena de
televisión propia, siguiendo el modelo logrado por ARTE.
A mi modo de ver, el compromiso de Europa en pro de la diversidad
cultural es un ejemplo de nuestra visión de una sociedad internacional
abierta y solidaria.
Animada por esta concepción, Europa tiene la vocación de defender la paz
y la democracia en el mundo.
Frente a las tentaciones del unilateralismo -es decir, la ley del más
fuerte o visiones demasiado simplistas-, Europa debe ser un factor de
equilibrio en las relaciones internacionales.
No quiere ser una potencia dominante, pero puede poner su
potencia al servicio de valores.
Europa es capaz de hacer oír su voz gracias a una política exterior
común.
Profundicemos nuestras "estrategias comunes" en las zonas del mundo
donde nuestros intereses están en juego. Reforcemos el papel del Alto
representante de la PESC.
Velemos por la coherencia de nuestras diplomacias nacionales con la definición de una política que nos sea común.
Trabajemos por que irradie, en el mundo entero, una Europa presente y activa.
La unificación de la representación externa de la zona euro
mediante una presidencia electa del eurogrupo contribuirá a ello.
Pongámosla en práctica en breve.
Por otra parte, la fusión de las redes consulares europeas en el extranjero serviría para que las "casas de Europa" estuvieran al servicio de todos los europeos expatriados en el mundo entero.
Estas casas confortarían en ellos el sentimiento de la ciudadanía
europea.
Para su seguridad, pero también para contribuir a mantener la paz en el
mundo, Europa necesita una defensa común.
Se han echado sus bases.
Gracias a decisiones recientes, tomadas bajo la presidencia francesa de la Unión, Europa está dotándose con una fuerza de reacción rápida dirigida por instituciones políticas y militares permanentes.
La Unión pide una doctrina global de intervención y de empleo de esta fuerza. Hoy se da prioridad a reforzar una política de prevención de los conflictos, que es la más adaptada para que la seguridad sea duradera.
Al mismo tiempo, Europa debe definir, en función de sus intereses propios y respetando sus alianzas, una estrategia de defensa a largo plazo.
Lo que supone, en particular, que adopte una postura coherente frente
a la iniciativa controvertida de los Estados Unidos, de crear un escudo
antimisiles.
Dejando aparte las cuestiones diplomáticas y de seguridad, la economía y
el comercio deben organizarse de manera más justa y eficaz.
Construir la regulación que el mundo necesita
Para impedir que los intereses privados asfixien al interés general, que
la busca del provecho a corto plazo ignore la justicia social y
deteriore el medio ambiente, hay que definir "reglas del juego".
La Unión Europea puede tener un papel de primer orden en la
definición de esta regulación y ponerse al servicio de tres prioridades.
Hay que dar un marco estable a la economía mundial.
Las recientes crisis económicas y financieras han demostrado que las reglas, públicas y privadas, son indispensables para el buen funcionamiento de la economía de mercado.
Desde hace tres años, para aprender con estas crisis, se ha progresado mucho.
Pero mucho queda por hacer y, para empezar, en materia de regulación
financiera internacional. Reforcemos el papel de las instituciones de
Bretton-Woods en la gestión y prevención de las crisis.
Aseguremos mejor su transparencia y su responsabilidad política.
El primer accionista de estas instituciones, la Unión Europea, debe hacerles oír su voz.
Pensemos, para los países de la zona euro, en una representación coordinada, incluso única, en esas instituciones. Luchemos contra la delincuencia financiera y la competencia fiscal desleal;
las vacilaciones de la nueva administración estadounidense no
tendrían que poner en entredicho los trabajos del Grupo de Acción
Financiera Internacional y de la OCDE. Europa seguirá afirmando sus
posiciones a favor de la reforma de la arquitectura financiera
internacional.
Queremos un comercio equitativo.
Europa ha luchado por la creación de la OMC porque esta organización trata los conflictos comerciales con procedimientos objetivos, protegiéndonos del unilateralismo.
Esta regulación interesa al auge del comercio internacional.
Europa deberá abogar, en la OMC, por una política comercial que fije límites claros.
La liberalización del comercio no tiene porqué perjudicar a los servicios públicos, a la diversidad cultural, al progreso social o a la seguridad alimentaria.
Es necesario que Europa acentúe su esfuerzo de solidaridad con los países en desarrollo para hacer retroceder la pobreza.
El Sur necesita a Europa. Europa luchará por ayudar a estos países a
ocupar su lugar en los intercambios mundiales. Contribuirá a aliviar el
peso de la deuda, primer obstáculo a su desarrollo.
El único desarrollo posible es duradero.
El planeta está amenazado. Nuestra responsabilidad ante las generaciones futuras está comprometida.
Europa, vieja tierra industrial, espacio de población muy densa, modestamente dotada con materias primas, que ha aprendido con las crisis del petróleo, sabe que la Tierra no es un almacén inagotable de recursos naturales.
Por eso encabeza el combate por el desarrollo duradero, en el momento en que Estados Unidos parece eludir sus responsabilidades. Le corresponde dar ejemplo: el desarrollo duradero es ahora un objetivo prioritario de la construcción comunitaria.
Al cabo de casi diez años del acto fundador de Rio, hay que ir más lejos.
Pionera de la creación de una autoridad mundial del medio ambiente que mi gobierno ha propuesto, Europa debería fomentar una política ambiciosa de investigación y promoción de tecnologías respetuosas del medio ambiente.
Europa necesita instituciones dignas de su proyecto de sociedad y de su
visión del mundo.
Ahí es donde la reflexión institucional se justifica plenamente.
La Europa política exige reformas profundas
Se ha entablado un debate sobre el futuro de la Unión. Reflexión que
concluirá en 2004. Sabemos también que las consecuencias de esta
reflexión deberán ser unánimes.
El consenso será, pues, necesario entre los Quince.
Debemos, por supuesto, tomar en cuenta las preocupaciones de los países candidatos.
La mayoría de ellos disponen de instituciones democráticas y
viven su independencia, desde hace sólo diez años. Es indispensable
asociarlos a nuestra reflexión.
Ya se han aportado contribuciones interesantes a este debate. Se han
propuesto "modelos" institucionales.
En Alemania, por ejemplo, el SPD ha sugerido para Europa una construcción fuertemente inspirada en el sistema político de su país.
Otras proposiciones han sido hechas o lo serán.
Al final del proceso, habrá que buscar la línea de un compromiso aceptable para todos.
Por eso no es posible plantear arquitecturas institucionales o proponer fórmulas sin haber reflexionado, antes, sobre el sentido político que se quiere dar a Europa.
En particular, no se puede dejar de reflexionar sobre el lugar
de las Naciones en el seno del conjunto europeo.
Yo aportaré mi reflexión con este espíritu. Yo no separo a Francia de
Europa. Como tantos otros europeos convencidos, deseo a Europa pero
conservo mi apego por mi Nación. Hacer Europa sin deshacer a Francia -
ni a ninguna otra nación europea: tal es mi opción política.
Así, hago mía la hermosa idea de "federación de Estados-nación".
"Federación": palabra que presenta las apariencias de la simplicidad y el atractivo de la coherencia, pero que encierra en realidad una diversidad de sentidos.
Para unos, es un término que significa un ejecutivo europeo cuya legitimidad provendría únicamente del Parlamento europeo.
Este ejecutivo tendría el monopolio de la diplomacia y la defensa.
En este nuevo conjunto, los Estados actuales tendrían categoría de Länder alemanes o de Estados federados americanos.
Francia, como otras naciones europeas, no podría aceptar tal
categoría, ni esta noción de "federación".
Ahora bien, si por "federación" se entiende un proceso progresivo y
controlado para compartir o transferir competencias a nivel de la Unión,
entonces se hace referencia a la "federación de Estados-nación", según
la fórmula forjada por Jacques DELORS.
Esa sí que es una noción que suscribo plenamente. Desde el punto de vista jurídico, puede parecer ambigua.
Pero yo la juzgo políticamente pertinente, ya que Europa es una
construcción política original, que mezcla de manera indisociable en un
precipitado singular dos elementos diferentes: el ideal federativo y la
realidad de los Estados-nación europeos.
Por eso la noción de "federación de Estados-nación" traduce de modo
preciso la tensión constitutiva de la Unión europea.
Hay naciones, fuertes, vivaces, apegadas a su identidad, que son la riqueza de nuestro continente.
Hay también la voluntad de unir, de construir un conjunto que hará que cada uno sea más fuerte.
Está por un lado la historia, marcada por las rivalidades y los egoísmos nacionales, y por otro, el proyecto, orientado hacia la armonía y la alianza.
Ya existen elementos federativos muy fuertes:
la primacía del derecho europeo, sancionado por el Tribunal de Justicia, una Comisión Independiente, un Parlamento europeo elegido por sufragio universal, el mercado y la moneda únicos.
Pero la cooperación intergubernamental sigue ocupando un lugar
importante y seguirá siendo indispensable.
Si queremos ir hacia tal federación, debemos aclarar las competencias
respectivas de la Unión y los Estados.
Hay que hacerlo según el principio de la subsidariedad. Debe ser la
ocasión para simplificar los tratados, que han llegado a ser
indescifrables con el paso de las negociaciones sucesivas y a medida que
se apilaban políticas comunes.
Esta clarificación no debe poner en entredicho las competencias
compartidas. Estas favorecen las sinergias entre la acción de los
Estados y la de la Unión.
Es el caso, por ejemplo, de la formación, la educación y la cultura. Estos ámbitos son y serán competencia principal de los Estados;
pero también son objeto, por el bien de todos, de políticas
comunes o programas comunitarios que habrá que desarrollar aún en el
futuro.
Y con mayor razón aún debemos rechazar que se vuelvan a nacionalizar
políticas que hasta ahora se definen y dirigen a nivel de la Unión.
Sería paradójico sugerir que se den pasos adelante hacia una mayor integración europea empezando por operar retrocesos nacionales.
Me refiero en particular a los fondos estructurales. En cuanto a la política agrícola común, debe conservarse a nivel europeo, pero debe cambiarse su orientación.
Al tiempo que preservamos la competitividad de nuestra agricultura, hay que ayudar a los agricultores a producir mejor para atender las expectativas de calidad y seguridad alimentaria.
La política agrícola común debe alentar un desarrollo más equilibrado
del espacio rural, que preserva la diversidad de los terruños y las
prácticas agrarias.
Lo que sí convendría mejorar en ciertos sectores es el reparto
"vertical" de competencias:
el marco general, compuesto por principios u objetivos, sería así definido a nivel europeo, mientras que la ejecución política y técnica correspondería a los Estados o las regiones, según las formas constitucionales y las instituciones administrativas de cada Estado miembro.
Así evitaríamos multiplicar normas de detalle que se juzga, muchas
veces con razón, - estoy pensando en la caza, por ejemplo -excesivamente
puntillosas.
Una "federación de Estados-nación" implica que los parlamentos
nacionales estén mejor asociados con la construcción europea.
Reforcemos las prácticas actuales, demasiado tímidas, de concertación
entre el Parlamento europeo y los parlamentos nacionales.
Confiemos a un órgano común -Conferencia permanente de los Parlamentos o "Congreso"- un verdadero papel político. Reunido en sesiones periódicas, controlaría el respeto de la subsidariedad por las instancias comunitarias y debatiría cada año "el estado de la Unión".
Este "Congreso" podría desempeñar un papel en la evolución de las reglas de la Unión.
Con la salvedad de las normas de naturaleza "constitucional", para las que se mantendrían en vigor los procedimientos actuales de ratificación, las modificaciones aportadas en los tratados a las reglas técnicas relativas a las políticas comunes podrían seguir, gracias a este "Congreso", procedimientos simplificados.
Esta fórmula sustituiría, con ventajas, en la Europa del mañana, a la treintena de autorizaciones de ratificación nacional que habría sido necesaria de otro modo.
Podríamos así hacer evolucionar nuestras políticas comunes con
más flexibilidad.
En la perspectiva de la ampliación, las cooperaciones reforzadas serán
indispensables.
La ampliación de Europa es una necesidad histórica, pero también es un reto.
Con la adhesión de nuevos miembros, Europa tendrá que aprender a controlar su diversidad. Una Europa de dos velocidades es una perspectiva inaceptable.
Pero el parálisis institucional es una amenaza que debemos conjurar. Los que quieren ser emprendedores deberán poder hacerlo.
Por eso el mecanismo de cooperaciones reforzadas ha sido juiciosamente flexibilizado en Niza.
Podría ser apropiado aplicarlo, evidentemente, en materia de coordinación económica, en torno al euro, pero también en campos como la salud o el armamento.
Estas cooperaciones servirán para que un grupo de Estados
renueve la fuerza de arrastre que siempre ha sido indispensable para la
construcción europea.
Nuestra Unión sacará fuerzas también de la vitalidad de su vida
democrática.
Un espacio ciudadano
Europa debe constituir, para sus ciudadanos, un verdadero espacio
político.
Un espacio donde viva un debate y donde se encuentren auténticos partidos europeos, como ya lo es el Partido de los socialistas europeos.
Un espacio donde los pueblos de Europa podrían así, eligiendo a sus
representantes, expresar opciones políticas claras. Un espacio donde las
responsabilidades de los que deciden estarían mejor marcadas.
Europa ha llegado a ser un horizonte familiar para nuestros
conciudadanos, pero sienten la necesidad profunda de hacer que Europa
sea más suya.
Quieren trazar su destino. Para ellos, las elecciones al Parlamento europeo deberá afirmarse como momento crucial de la vida democrática europea. Yo deseo una reforma profunda del modo de elección actual.
Busquemos un modo de escrutinio que combine, en cada Estado miembro, la proporcional y un sistema de grandes circunscripciones regionales.
Así el representante electo podría acercarse al elector.
Entre dos elecciones, esta vida democrática no debe aletargarse. Por eso
propongo tres pistas. Primero, la consulta directa de la sociedad civil,
gracias a foros de diálogo. Apoyémonos en la riqueza del mundo
asociativo en Francia y Europa.
Apoyémonos en las nuevas tecnologías de la comunicación, a imagen del proyecto de elecciones en línea del primer Consejo de estudiantes europeos.
A continuación, la organización regular, en el seno de los Estados miembros, de consultas sobre un proyecto político importante, claramente identificado y de naturaleza europea. Esta consulta se haría por medio de los parlamentos nacionales o de foros ad hoc.
Por último, reforzar el papel del mediador europeo, cuya existencia es todavía ignorada por la inmensa mayoría de los ciudadanos europeos. Su papel sería mayor gracias a la instauración de corresponsales nacionales y locales.
El mediador estaría entonces en condiciones de cumplir plenamente su misión de resolución amistosa de los conflictos entre los ciudadanos y las instituciones europeas.
Estas necesitan evidentemente ser reformadas.
Las instituciones europeas deben ganar coherencia y eficacia
El sistema institucional europeo está construido alrededor del triángulo
de la Comisión, el Consejo y el Parlamento europeo. Este equilibrio es
esencial. Pero es necesario que haya evoluciones.
Hace falta garantizar mejor el interés general europeo. Ese es el papel
de la Comisión europea. Su autoridad y su legitimidad políticas deben,
pues, reforzarse. Con este fin, propongo la designación de un Presidente
de la Comisión procedente de la formación política europea victoriosa en
las elecciones europeas.
El Parlamento europeo, expresión de la voluntad de los pueblos,
ejercería así de modo más claro su papel de institución ante la que la
Comisión es políticamente responsable y por la que puede incluso ser
censurada.
A cambio, la responsabilidad de la Asamblea de Estrasburgo debería definirse mejor.
Propongo instituir, para el Consejo europeo, un derecho a disolver el Parlamento, a propuesta de la Comisión o los Estados miembros. Se podría utilizar en caso de crisis política o para levantar un bloqueo institucional.
Un equilibrio de este tipo, como sabemos, caracteriza a la mayoría de
las grandes democracias representativas.
Como la Comisión, el Consejo necesita reforzarse porque ya no desempeña
suficientemente su papel.
El futuro tratado debería consagrar plenamente el Consejo europeo como reunión de los jefes de Estado y de Gobierno, con el Presidente de la Comisión.
Este Consejo debería tener la responsabilidad de aprobar un auténtico programa de "legislatura" plurianual, a partir de una propuesta de la Comisión y el Parlamento europeo.
Debería reunirse más a menudo -por ejemplo, cada dos meses- y
dedicar sus trabajos, sin ribetes protocolarios, a los debates de
orientación y a las grandes decisiones de la Unión.
Por otra parte, ha llegado el momento de reflexionar sobre la
instauración de un Consejo permanente de ministros.
Sus miembros, una especie de viceprimeros ministros, coordinarían las cuestiones europeas en su propio gobierno nacional.
Tal formación podría cumplir las funciones de impulsión, preparación y coordinación del trabajo europeo, previas al Consejo europeo.
En contacto con el Parlamento europeo, asumiría mejor su papel de
colegislador en la elaboración de las "leyes" europeas.
Tratándose de esta última función, la regla de deliberación debería ser
sistemáticamente la de la mayoría cualificada.
Estas son las orientaciones y las reformas que podrían fundamentar, a mi
entender, la arquitectura institucional de la Europa del mañana.
Estas vías trazan la perspectiva, a la que soy favorable, de una
Constitución europea. Esta determinaría la organización y el
funcionamiento de las instituciones europeas. Claro está, no bastaría
con bautizar "Constitución" un nuevo tratado.
Tal texto sólo tendría sentido si fuera el resultado de reformas profundas y no el producto de una simple modificación ligera de los tratados actuales.
Es importante, al mismo tiempo, que esta actuación constitucional exprese un acto político fundamental: la afirmación de un proyecto común, la expresión de una ambición colectiva.
Esta actuación sería primero, por supuesto, llevada por los gobiernos, pero también debería ser asunto de los ciudadanos.
La Carta de los derechos fundamentales sería el alma de esta Constitución. A imagen del método empleado con éxito para elaborar la Carta, la preparación de esta Constitución podría ser confiada a nivel europeo a una Convención de los representantes de los diferentes actores de la Unión:
Estados, parlamentos nacionales, Parlamento europeo, sociedad civil.
Las decisiones finales serían tomadas por los Estados y ratificadas por
los pueblos.
Porque yo no soy un europeo tibio, yo no quiero una Europa insulsa.
La Europa que me gustaría construir es una Europa fuerte, consciente de su identidad política, respetuosa de los pueblos que la componen, que asuma sus responsabilidades en el mundo, dispuesta a soportar la carga de su defensa,
determinada a preservar su modelo equilibrado de desarrollo económico y social, decidida a definir en toda independencia y a defender con tesón sus intereses diplomáticos, industriales y comerciales, apegada apasionadamente a su diversidad cultural.
La edificación de Europa exige de nosotros lo mejor: la ambición y la imaginación en la perspectiva, la humildad y la tenacidad en el esfuerzo.
Es mi voluntad responder, con otros, a la llamada de Europa.
Lionel Jospin -
http://www.lafactoriaweb.com
Publicado Originalmente en la revista cuatrimestral la factoría*
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