Históricamente, los miembros de las naciones sin estado –es el caso de los Países Catalanes, sin ir más lejos- hemos visto en Europa una "salida al mar"
para nuestras reivindicaciones, sistemáticamente obstruidas por los estados creados según el modelo de la Francia de la Revolución.
No encaja con nosotros, la idea de "una patria, una lengua, una
bandera...", ni desde un punto de vista nacional, ni desde una
perspectiva cultural, ni -evidentemente- desde un punto de vista
estrictamente económico.
Aquella Europa que nos tenía que arrancar de las zarpas de los estados
jacobinos, por el momento no está lo suficiente consolidada para
realizar una misión de tales características.
Al contrario, aún se encuentra en pañales, y es por ello que mantiene intacta la fuerza anestesista de los estados.
El actual tratado constitucional no garantiza más democracia, ni más Europa, ni más pluralidad en el seno de la Unión, ni más cohesión hacia el exterior...
¡Cómo podríamos, pues, votarlo a favor, de manera alegre e
irresponsable!
La Constitución que necesitamos
Necesitábamos una Constitución europea, elaborada por el Parlamento y
sometida a referéndum en toda Europa un mismo día, para que el pueblo
europeo se sintiera partícipe a la misma vez.
¿Qué tenemos? Un tratado entre estados -como los anteriores tratados-
que puede ser bloqueado, eventualmente, por la oposición de un sólo
estado y que no toca ninguna de las prerrogativas de estos.
Necesitábamos una constitución que garantizara más poder para Europa y
para sus instituciones, y, correlativamente, un desgaste del poder de
los estados jacobinos.
Una Europa, en definitiva, que pudiera hacer de árbitro en los casos en que los estados fueran contra las naciones (como a menudo nos pasa a nosotros).
En vez de esto, se consagra la Europa de los estados y no se acaba de
definir bastante bien qué entidad jurídica será, a fin de cuentas, la
Unión Europea propiamente dicha.
Necesitábamos un parlamento que pudiera hacer leyes para todos los
europeos, y que garantizara ser depositario de la soberanía popular de
todos nosotros.
¿Cómo queremos construir una ciudadanía europea, si no tenemos unas instituciones con estas potestades?
Tenemos un parlamento con más fuerza, ciertamente, pero aún no tendrá
el poder de un parlamento clásico; a estas alturas, desgraciadamente,
muchas veces no pasa de ser un mero órgano consultivo, una especie de
consejo de ancianos.
Necesitábamos una Europa cimentada en todos sus pueblos, con una
ampliación interior que reconociera naciones sin estado como Escocia,
Gales, Bretaña, Euskadi, Galicia, Cerdeña, Córcega, Occitánia, Flandes o
los Países Catalanes.
Queríamos, también, la oficialidad plena de la lengua catalana (y quizás con esto ya nos habríamos decidido a votar a favor). No tenemos “ni chicha ni limoná”
. ¿Cómo respetará esta Europa de los estados su diversidad interna?
Necesitábamos una Europa con una política exterior bien definida, con
una voz unificada en el contexto internacional.
Y nos queda una suma de veinticinco políticas exteriores que pueden
ser tan diferentes cómo se quiera.
Entendemos que es más fácil votar contra este tratado e intentar crear
una Constitución mejor que no esperar a modificarla una vez esté
aprobada.
El tratado constitucional sólo se podrá cambiar cuando el acuerdo de los estados se dé por unanimidad (es decir, nunca).
No tenemos que dejarnos atrapar por las trampas apocalípticas que nos
tenderán desde la implacable maquinaria de propaganda que posee cada uno
de los estados que integran la mal llamada Unión.
Bernat Joan - http://www.lafactoriaweb.com
Publicado Originalmente en la revista cuatrimestral la factoría*
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