LA SOCIEDAD EN RED Y LA PARTICIPACIÓN ACTIVA

Autor: Michel Hervé

OTROS CONCEPTOS DE ECONOMÍA

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05-2005

Texto

En un mundo que ha duplicado sus conocimientos en veinte años, que ha triplicado su población en un siglo y que ahora transmite información en una fracción de segundo, el cambio es inevitable.

Nos corresponde a nosotros adaptarnos a él y conocerlo.

 Pero para hacerlo tendremos que ser creativos.

En el universo de la producción ya lo somos, y por un simple motivo, y es que nuestra organización hace un llamamiento a los principios de la autoorganización.

Cada entidad empresarial define su identidad, busca su estrategia dentro de la singularidad para escaparse de las leyes de la competencia,

e intercambia y se comunica con sus clientes, proveedores y terceros útiles para su producción dentro de una total interactividad en el seno de un sistema de intercambio económico llamado mercado, en el cual ciertas leyes son los incentivos invisibles que todas las formas de autoorganización precisan.

A pesar de que dentro de este mundo llamado libre las empresas son creativas, éste no es siempre el caso en el seno de aquellas empresas en las que es muy difícil que se acuda a seres singulares,

 activos y comunicadores, así como tampoco es el caso dentro del propio sistema societario aunque para la mayoría de nosotros éste sea de naturaleza democrática.

Dado que una gran mayoría de ciudadanos pasa una gran parte de su vida como alumno, espectador o telespectador, productor-ejecutivo, enfermo-paciente y a fin de cuentas consumidor, ustedes comprenderán la necesidad de ayudar al ciudadano para que se vuelva creativo.

Nos veremos obligados a hacerlo en las empresas para todos los empleados si queremos perpetuarlos, y si en tanto que la persona elegida mediante votación que he sido, responsable de un territorio, no he sabido encontrar mejor respuesta a las crisis de una sociedad en movimiento de otro modo que facilitando el desarrollo de la creatividad de mis conciudadanos;

 aquí está el punto en común entre estas dos entidades, producción y territorio.

Ahora bien, ser empresario es ser responsable de un universo particular que significa para la empresa producir bienes y servicios capaces de responder a las necesidades vitales y a las necesidades de confort que el hombre aspira a consumir. S

e trata de un universo restringido, ya que no es mediante productos que saciamos las necesidades de sociabilidad y de especificidad que caracterizan el sentido de la vida: estar entre los otros, estar con los otros.

 Somos nosotros, los responsables de las instituciones públicas, los que hemos de tener en cuenta esta dimensión social y humana que es tanto más imperiosa cuando nos acercamos a los límites del confort en los países ricos como los nuestros.

 De este modo, mientras el mercado exacerba la necesidad de tener mediante una gran cantidad de anuncios, el empresario hace nacer una necesidad de ser en la identificación con las estrellas fabricadas por el cine y la televisión, que se impone en gran medida, pero que no podrá transcender eternamente.

 En esto reside, creo yo, la diferencia entre un empresario y el responsable elegido de un territorio público.

Para favorecer esta necesidad de ser, aparte de inventar paraísos artificiales, tenemos que desarrollar la comunicación interactiva de individuo a individuo.

 Gracias a ella podemos remitirnos a los otros para apreciar nuestros puntos en común y nuestras peculiaridades. Para ello es preciso un lugar y un momento comunes de encuentro.

 Es esta necesidad la que ha llevado a la construcción de las ciudades; la que ha provocado un aumento incontenible de los transportes cada vez más rápidos y el entusiasmo actual por las nuevas tecnologías de la información y de la comunicación; pero la rapidez de transmisión de la información y la potencia de su acumulación hace explotar el principio del lugar y del momento comunes.

Gracias a los industriales, el soporte de la comunicación evoluciona, la información se digitaliza, la imagen y el sonido se virtualizan, y la comunicación, gracias a estos nuevos soportes, se puede multiplicar, diversificar y densificar.

De todos modos, la comunicación es algo más que un soporte, son seres que necesitan emitir, escuchar, sentirse atraídos por la diversidad, sentirse tranquilizados por la visión común.

Es pues en este campo de la puesta en relación societaria y del imaginario cultural en donde se fundamenta el uso de la comunicación, el uso de estas nuevas tecnologías. Es aquí donde reside la complementariedad de los mundos que chocan entre sí para imponer su supremacía.

La tecnología actual de la información y de la comunicación transforma profundamente el soporte con el cual nos había dotado la naturaleza; aumenta para todos aquellos que la utilizan el campo informacional y se ensancha el espacio relacional.

Vuelve más complejo el juego interrelacional; favorece las recursividades; modela nuestra visión del futuro inmediato y gracias a los hipertextos aporta una capacidad metafórica suplementaria indispensable a toda creatividad.

Desde este momento comprenderemos que las fuerzas económicas dominantes, fuerzas de intercambio por excelencia, apuesten por estas tecnologías para asegurar su hegemonía.

Saben que, cada vez que podemos rechazar los límites de la naturaleza, nuestro cuerpo la reclama para permitirnos vivir mejor y da, además, un sentido a la vida por el mero hecho de crear.

Mis experiencias

Es esta innegable concepción del progreso científico y tecnológico como progreso en sí la que se ha impuesto a lo largo del siglo XX y que provoca hoy una desconfianza igualmente fuerte acerca de estas mismas tecnologías. Pero, como dice Manuel Castells, no son las tecnologías las que crean las desigualdades y los defectos del mundo,

es la forma de utilizarlas; a su vez, mi propósito será demostrar a través de mis experiencias como podemos hacer evolucionar la esfera de los derechos, por definición, incluso la política, para estas entidades humanas que construimos juntos con estos instrumentos de lo posible.

Mi experiencia se sitúa primero en una entidad de producción en la que el vínculo social es sobre todo contractual y no se construye más que en raras ocasiones sobre una afinidad, un proyecto colectivo.

Pero aunque esto es poco frecuente en la economía tradicional, puede suceder más a menudo cuando la entidad es cooperativa o asociativa, o incluso de interés público, como en los servicios territoriales (ciudad, región, Estado).

El Intranet transforma la organización del trabajo hasta el punto de que cada asalariado aporta y toma la información que está disponible en "stock" en la máquina; iba a decir, en la naturaleza.

 Esta libertad, combinada con una regla que define precisamente y con toda claridad el ámbito de su campo de acción, permite al individuo escapar parcialmente a la primacía de lo colectivo,

cuando no a la jerarquía, para hallar su primacía, su identidad, por lo menos su razón de vivir, aquel dicho de no perder su vida ganándola; de volver a encontrar, también, un proceso de creación, más que de adaptación, que dé sentido a su acción.

El nuevo alcalde de Parthenay ya casi no utiliza el Intranet municipal, y en lugar de compartir la información, es él quien la posee, quien la da según le place, el que vuelve a encontrar, de este modo, una posición dominante situando al otro como subordinado. Y, como para afirmar su poder,

los nuevos responsables elegidos desplazan el ámbito de trabajo de sus colaboradores sin precisar los límites; veréis como en pocos meses podemos hacer que un individuo autónomo y responsable se convierta en un funcionario pasivo y ejecutante.

Pero para que haya obra colectiva se precisa, además, que la necesidad de actuar se construya dentro de un ambiente de fraternidad; sin embargo, lo que prevalece en las organizaciones jerárquicas tradicionales es la competición, la división, la desconfianza y la falta de transparencia; elementos, todos ellos, que no incitan a comunicar, ni a intercambiar, ni a exteriorizarse.

La sociedad del miedo, de la violencia y de la máscara no puede construir la obra colectiva donde la suma de conocimientos, de competencias, de diferencias es tan necesaria. La red de intercambio y de comunicación no puede establecerse más que dentro de un orden ético donde el hecho de actuar dé sentido al amor.

Por este motivo también resulta tan difícil la existencia de redes en la desmesura, a menos que se recurra a lo más profundo y al bien más común a todos nosotros, tal como lo experimentan las redes que denuncian las violaciones de los derechos humanos fundamentales.

También por este motivo es fácil poner en red a los investigadores para conocer e ir más allá de los fundamentos físicos, biológicos y antropológicos universales;

 también es muy sencillo mundializar la red de operadores bancarios que participan en el intercambio de bienes vitales para el género humano; sin embargo, resulta difícil construir una red monetaria mundializada cuando se trata de dar un precio e intercambiar lo que es importante y que no tiene precio.

En el momento en el que pasamos del utilitarismo al esteticismo, Internet pierde su poder de creador de redes planetario, único e indivisible, y volvemos a encontrar la fuerza del vínculo social que se construye sobre la afinidad de un proyecto colectivo o aún más, sobre la proximidad de un territorio a su medida.

Por mi parte, diría que es más fácil dirigir un cambio organizativo en un territorio próximo que dentro de una estructura de producción, y por la simple razón que, en nuestras democracias, el ciudadano se siente naturalmente libre de expresar,

 actuar y crear, mientras que en su trabajo se siente más frecuentemente limitado por el vínculo contractual mediante el cual se le somete a cambio de un salario. Así, paradójicamente, la mundialización y el advenimiento de la sociedad en red, lejos de abolir la importancia y la dimensión del territorio contribuyen,

 contrariamente, a revalorizarlas. Vuelven a dar fuerza al nivel local, como "aquella esfera esencial en la cual se efectúa, de forma cotidiana, el intercambio", tal y como escribía Fernand Braudel.

De esta manera y a modo de compensación, cuanto más se desarrollan los intercambios mundializados, virtualizados y sin un espacio concreto, mayores son las fuertes demandas de fijación de las actividades humanas en la esfera local, sobre los territorios que constituyen lugares densos en interacciones humanas.

Por este motivo, la cuestión de la Ciudad y de su gobernabilidad se ha convertido hoy en día en una apuesta de la civilización;

tal y como escribía Félix Guattari: "Hoy no podemos contentarnos con definir la ciudad en términos de espacialidad. El fenómeno urbano ha cambiado de naturaleza.

No es sólo un problema más entre otros, es el problema número uno, el problema central de las apuestas económicas, sociales, ecológicas y culturales.

La ciudad produce el destino de la humanidad, sus promociones como sus segregaciones, la formación de sus elites, el futuro de la innovación social, de la creación en todos los ámbitos".

Y es por ello que en el interior mismo de las ciudades vemos manifestarse con fuerza nuevas exigencias de democracia local próxima, en el ámbito de barrios y de asociaciones, dentro de estos

 "territorios de lo cotidiano" donde los ciudadanos pueden implicarse de forma concreta.

Esta demanda de ciudadanía activa no se limita únicamente a la mera participación, aquella democracia participativa o consultiva, tal como vemos que se desarrolla en las comisiones extramunicipales y en los procesos de consulta a los ciudadanos.

Ciertamente, estos procesos de consulta son interesantes para llevar a debate y deliberar algunos aspectos esenciales y públicos de la vida local;

 esto puede mejorar la relación entre el responsable elegido y los ciudadanos.

Pero sin embargo no es suficiente, ya que nos quedamos finalmente en un esquema clásico de democracia representativa, donde el referente central sigue siendo el poder jerarquizado elegido -el Alcalde-, del cual esperamos todo como una especie de "deus ex machina"...

El veneno insidioso que destila este sistema representativo y consultivo es que estamos cada vez más en una "democracia de consumidores pasivos".

¡Imaginen los desgastes que esto puede provocar cuando aparejemos esta democracia pasiva de ciudadanos consumidores a un uso a gran escala de los sistemas electrónicos de voto en red mediante los cuales podremos consultar permanentemente a los ciudadanos bajo forma de telesondeo!

¡Corremos el riesgo de tener que soportar entonces pseudodemocracias populistas vestidas con los artilugios electrónicos de la modernidad!

Sin embargo, el desarrollo local y la vida cívica de la Ciudad exigen verdaderamente una reinversión activa y creativa de los propios ciudadanos.

La ciudadanía activa implica una nueva cultura de la acción pública y otorgar una verdadera autonomía-responsabilidad a los ciudadanos.

 En Parthenay, un territorio rural aislado y que sufría una disminución de su actividad, durante casi 20 años y mediante el método de la "ciudadanía activa",

hemos intentado suscitar las condiciones para que los ciudadanos sean no sólo "participantes",

sino verdaderos actores de la Ciudad. Y ello para generar a cambio un rebrote de la actividad y la creatividad como, factores de desarrollo local.

Un trabajo de larga duración que ha consistido, en primer lugar, en ayudar a los ciudadanos a ser autónomos y creadores de proyectos ayudándoles a crear una empresa, una asociación, una actividad, una manifestación creativa.

El resultado ha llegado a través de una eclosión de iniciativas en todas las esferas, un tejido asociativo de gran riqueza (más de 250 asociaciones en los ámbitos más variados) y el surgimiento de importantes manifestaciones culturales dirigidas por los actores de la vida local.

Potenciar la creatividad

Este método de "ciudadanía activa" implica un papel sensiblemente modificado del actor público: el papel del Político no consiste ya necesariamente en "actuar en lugar" de los ciudadanos, sino más bien en ser "catalizador" de la acción:

 aportando una ayuda (para poner a disposición locales, material o una ayuda financiera) o facilitando la interrelación de los actores.

De ahí la necesidad de estar constantemente escuchando iniciativas y proyectos, y de saber construir los espacios "vacíos" para la creación.

 Un buen ejemplo de este método lo encontramos en la esfera cultural en Parthenay, donde realmente no existía una programación cultural municipal;

en cambio, el servicio cultural del Ayuntamiento intervenía acompañando y como "catalizador" de las múltiples iniciativas culturales de las asociaciones y los ciudadanos, dentro de las esferas más diversas de la creatividad.

Encontramos aquí una nueva concepción de la acción política.

De este modo, el papel más importante del actor público local ya no se limita sólo a ofrecer servicios al consumidor-usuario, sino que también es un elemento catalizador para suscitar la creatividad de los propios ciudadanos.

Ya no nos encontramos en la relación tradicional entre un poder político jerárquico y un ciudadano consumidor que lo espera todo de la institución.

Esta dimensión de la "ciudadanía activa" permite, como vemos, ir más lejos que los mecanismos tradicionales de la democracia representativa y de la democracia participativa.

Permite situar al ciudadano en el centro, partir de sus iniciativas y permitirle acceder a una "autonomía" real.

Y es el nacimiento de la sociedad en red -la cual, con sus implicaciones organizativas, lleva a los individuos a ser más autónomos aún siendo interdependientes- la que le da finalmente su plena potencialidad de desarrollo.

Por lo tanto, también conviene comprender que la ciudadanía activa no substituye pura y simplemente a los otros sistemas democráticos (representativo y participativo).

Se sobrepone a las otras prácticas democráticas dándoles más vivacidad. De hecho, asistimos en la realidad a una "mezcla"

 de estos tres tipos de sistemas ya que la democracia representativa, a pesar de las insuficiencias que todos deploramos, es un ámbito necesario e indispensable.

Pero precisa ser regenerada desde dentro, ya que de lo contrario se vuelve vacía.

En este contexto, comprendemos fácilmente como el uso de las TIC y la intensiva puesta en red de los actores territoriales aparece como una palanca muy interesante para desarrollar, a mayor escala, una práctica de "ciudadanía activa" y una dinámica de desarrollo local en un territorio concreto.

Tuve muy pronto (lo escribí en 1984 durante una intervención en Santa Fe de Bogotá sobre el desarrollo local) la intuición de que las redes telemáticas llegarían a tener un papel estratégico en el desarrollo local, aumentando la densidad de los intercambios de comunicación.

 Mi convicción era que Internet podía aplicarse en el ámbito local en forma de Intranet urbano.

Intranet, un nuevo medio de comunicación local, es especialmente interesante ya que multiplica las fuentes de información próximas o lejanas y de este modo puede desempeñar el papel de catalizador de la creatividad individual y colectiva.

Conviene sin duda recordar aún una vez más que Internet por sí misma no crea un vínculo social y que una red electrónica no suple la falta de red humana.

Sería ilusorio pensar que bastaría con "conectar" territorios aislados o que sufren una pérdida de desarrollo para suscitar allí de forma determinista un desarrollo local.

 Para que pueda ser una fuente de enriquecimiento para un territorio, una red electrónica debe estar articulada mediante una dinámica de desarrollo endógeno.

Pero desde el momento en que las redes humanas preexisten y son activas,

 la red electrónica puede transformarse, en el ámbito local, en una verdadera herramienta de valorización de la inteligencia colectiva y del "capital social" de una comunidad (1).

Aplicada en el ámbito de la Ciudad, la red puede desempeñar el papel de "revelador" (en el sentido fotográfico del término) de las inteligencias humanas presentes en un territorio concreto.

Esto es lo que hemos intentado hacer en Parthenay, donde nuestro proyecto ha consistido en la utilización del Internet local como medio para hacer crecer la "ciudadanía activa", privilegiando tres ejes de acción en torno a las TIC:

A modo de conclusión diría que aquí se encuentra la mayor apuesta política para el futuro de nuestras democracias.

 Pero si a cada uno de nosotros le resulta fácil iniciar la construcción de esta sociedad en red haciendo que el ciudadano se convierta en actor de la vida local, aún queda un obstáculo conceptual muy importante en el surgimiento de su advenimiento.

La representación partidaria de la conquista del poder y, más tarde, de su ejercicio, se apoya en la aceptación del hecho mayoritario según el cual aquel que gana la mayoría impone su concepción a los demás.

La sociedad en red en un territorio concreto no puede ser más que pluriminoritaria y construirse en una cultura de la tolerancia del mismo modo que la red de producción de un proyecto colectivo no puede desarrollarse más que en una cultura de la confianza.

Allí donde el ciudadano no vea hoy más que la opresión de una mundialización que le niega cualquier humanidad, simple consumidor pasivo de un mundo sacralizado de racionalistas y de uniformidad, es recomendable volver a dar fuerza a la primacía del hombre sobre la primacía de lo colectivo dándole el gusto de vivir en la construcción de un vínculo de fraternidad, ya que actúa como ciudadano en su ciudad, y que perciba el carácter creativo de la acción que da sentido a su vida. Esto no puede más que favorecer el sentimiento de ser un todo: cuerpo -espíritu y cuerpo-, dentro de un todo societario y medioambiental.

Ingenua o primitiva, ésta es en todo caso mi vivencia como ciudadano activo que confío a vuestra opinión.

Michel Hervé  - http://www.lafactoriaweb.com 

Publicado Originalmente en la revista cuatrimestral la factoría*

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